Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



lunes, 3 de octubre de 2011

82. Esa noche bajo las estrellas

82. Esa noche bajo las estrellas


La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece
Jorge Luis Borges


Estoy parada en el medio del vestidor. Tengo un vestidor grande, me cuesta tirar. Si alguien acumula libros y los guarda en un cuarto llamado biblioteca, ocupando metros y metros lineales, aunque sepamos que difícilmente vuelva a releer más de cinco, no pasa nada, es el guardián de un tesoro. Ahora si la guarda es de ropa, una es una frívola y una mezquina por no donar faldas y saquitos a Cáritas. El guardián que expone con vanidad lo que ha leído es igual de frívolo y también debería hacer su donación parroquial.


Salí de la ducha envuelta en una bata de toalla que me regalaron en el Four Seasons de Carmelo. A estas batas abría que aplicarles un procedimiento análogo al que usamos para determinar la edad de los perros en años humanos, contabilizando cinco por cada mes de uso. A los seis meses, andan por los treinta y a los doce ya están para jubilarse. Gruesas, suaves y esponjosas en un principio, rápido devienen en finitas, ásperas y pesadas. Hay que saber decirles adiós. Epifanía, hoy estamos estrenando.


El principio de la primavera desconcierta, o estás muerta de frío o te asás de calor. Voy a una muestra de arte, busco algo colorido. Cuando una mujer dice no tengo que ponerme, no hay que interpretarla literalmente (nunca hay que interpretar literalmente a una mujer) lo que ella quiere decir, lo digo por experiencia propia, es no encuentro la ropa que hoy diga de mí lo que quiero que los otros lean.


Miro las perchas una por una, ordenadas por color y antigüedad. En la última, un vestido colorado con algo de brodery.


Toda mujer tiene que ponerse un vestido colorado, al menos una vez en la vida. Así lo hicieron Marilyn en Niágara y Michelle Pfeiffer en Los Fabulosos Baker Boys, única película en la que está fatalmente sexy, si pasamos por alto –claro está- Batman (donde tenía que entalcarse completamente para poderse meter dentro del traje de látex negro de Gatúbela…).


Levanto la percha, sólo una vez lo usé, cuando tenía veinte, en una de las primeras salidas con Patricio, mi novio en ese momento. Era verano, cerca de navidad y fuimos a escuchar Romance de La Muerte de Juan Lavalle en San Isidro. Su padre le había prestado un MG B de colección color verde inglés y yo llegué bastante despeinada, no había previsto ni vincha ni pañuelo para el convertible. Daba igual, a Patricio le gustaba más así, no tan prolija. Nos sentamos en las gradas altas, abajo, cercanos a Sábato y Falú los vi a Esteban Martini, Guillermo y Andrea, su novia de ese momento con un vestido colorado exactamente igual al mío. No era un modelo exclusivo.


En esa época no nos veíamos mucho, Guillermo y Waldo sentían que competían con Patricio y la diferencia de años, la experiencia e historial con Amex, era difícil de remontar. Estacionando el Taunus Ghia del padre de Esteban a Guillermo se le hubiera venido el alma al piso de verme bajar de un auto con el que había jugado de chico y al que sólo podía acceder en su versión a escala 1/64 de los Matchbox coleccionables. Creo que nunca le dije que compartimos esa noche bajo las estrellas, porque de algún modo la compartimos.


Lavalle desembarca para combatir contra Rosas en 1840, después de años de exilio. Ante el desconcierto de sus soldados, no atacan Buenos Aires y marchan hacia el norte, peregrinaje que durará casi dos años.


Y las batallas se pierden bajo el fantasma de Dorrego, a quien hace años mandó fusilar, joven, en Navarro.


Quebracho Herrado inicia el desastre final y luego de la derrota de Famaillá, sólo ciento setenta hombres permanecen fieles a su jefe. Marchan hacia el norte y ni siquiera son soldados; son seres derrotados y sucios. Algunos, muchos, no saben tampoco por qué combaten. Ciento setenta hombres y una mujer, porque también va al lado de Juan Lavalle, Damasita Boedo que en la ciudad de Salta decidió unirse al destino de esos derrotados.


El General Juan Galo de Lavalle, descendiente de Pelayo y de Hernán Cortés, parece el harapiento fantasma de aquel Lavalle de la independencia.


El General va enfermo, hace días que no duerme. En Salta, el doctor Bedoya les pide que huyan a Bolivia, de cualquier manera, pero es inútil, nunca ha huido en su vida.


Esa noche se escuchan algunos disparos. Los federales no saben a quién han muerto y tienen que salir antes de que lo adviertan. Oribe ha jurado mostrar la cabeza de Lavalle en la Plaza de la Victoria. Aquellos ciento setenta hombres inician entonces su marcha final hacia el exilio, setenta leguas hasta la frontera de Bolivia.


Días de angustia con el cadáver de un jefe querido, galopando bajo el sol de la Quebrada. Podían dispersarse en la montaña, huir en todas direcciones, después de enterrar a Lavalle, pero no se detendrán hasta Bolivia, no cejarán hasta que el cuerpo de su General tenga descanso digno.


El sol pudre el cuerpo de Lavalle. A los tres días de marcha comprenden que es imposible seguir así y resuelven descarnar el cadáver.


Llevan un montón de huesos, el corazón de un jefe y una cabeza sagrada. Al fin, en medio de la noche atraviesan el límite de la patria y pueden derrumbarse en paz, pronto no se distinguen, polvo en el polvo.


Me gratifica resumir el largo romance en sólo trescientas cincuenta palabras, quizá porque es una tarea similar a dibujar un mapa. Me encantan los mapas. El contorno del Golfo de San Jorge, de color negro, apenas salpicado por azul marino es el golfo, aun perdiendo toda su belleza está ahí.


Dibujar un mapa es remedar la acción de Dios, aunque de modo tosco e imperfecto.


Tomo un largo trago de jugo de tomate con mucha pimienta que me acerca Feliciana. Quisiera imitar la tarea de Dios y producir, re-producir aquella noche de verano en San Isidro.


Un vestido colorado que no era único, pero yo sí lo era para Patricio, bajo las estrellas. El acompañando en susurros cada línea recitada por Sábato, joven, sano y seguro de sí. Todo estaba por hacerse, las vísperas, siempre son júbilo; las realizaciones, en cambio, cargan el desasosiego de los fantasmas.


La vida convirtió en un fantasma harapiento a Lavalle a quien San Martín llamó La Primera espada del Ejército de los Andes.


Fantasma sí, harapienta no. Me pongo un chemise de seda con grandes círculos en colores primarios; cuelgo el vestidito con brodery para siempre, salgo, Waldo me espera en el Almacén de Arte.


Alicia Lis, 3 de Octubre, 2011

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