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viernes, 7 de octubre de 2011

84. Historia de Juan

Esta es la historia de Juan Galo de La Valle, hijo de Manuel José Levieux de La Vallée y Cortés, contador de las Rentas y el Tabaco del Virreinato del Río de la Plata, quien a los quince años se llamó a sí mismo Juan Lavalle, para desprenderse de su origen español y unirse como granadero al Ejército de los Andes.



En la batalla de Riobamba con menos de noventa hombres derrota a más de cuatrocientos realistas. Para San Martín sería la primera espada de su ejército… Lo que Lavalle haga como valiente, muy raro será el que lo imite y el que lo exceda ninguno. Su coraje lo distingue en las campañas de Chile y Perú y no caben en su pecho las condecoraciones que cinco naciones le entregan. A su vuelta defenderá de los indios la frontera sur del río Salado y luego, bravo e irremplazable, luchará la guerra contra el Brazil. En Ituzaingó, audaz y con la suerte en contra, triunfa sobre las tropas del imperio y asciende a General en el campo de batalla.



De regreso, los unitarios, que buscan retornar al poder lo convencen de enfrentar a Dorrego, gobernador de Buenos Aires, a quien apresa y ejecuta…y luego las dudas, el infortunio y el tiempo y el pedido de un pasaporte y el exilio en Montevideo y Rosas en el gobierno largamente.



* * *



Han pasado diez años y quizás convencido de poder terminar con la tiranía, con Rosas, con su hermano de leche, vuelve a la patria.



Desembarca en Entres Ríos, vence en Yeruá y lanza una arenga…La hora de la venganza ha sonado. Vamos a humillar el orgullo de esos cobardes asesinos. Es preciso degollarlos a todos. Muerte, muerte sin piedad…Derramad a torrentes la inhumana sangre para que esta raza maldita no tenga sucesión…



Leerlo fue conectarlo con el enloquecido general Walter Kurtz (Marlon Brando) de Apocalypese Now, ex boina verde de gran formación y enorme inteligencia. En una grabación de 1968 Kurtz dice…Debemos matarlos. Debemos incinerarlos. Cerdo tras cerdo, vaca tras vaca. Poblado tras poblado. Ejércitos tras ejército… Me llaman asesino ¿Cómo se dice cuando los asesinos acusan a otros de asesinos?...Mienten. Los odio. De verdad los odio…



Kurtz era uno de los oficiales más extraordinarios que produjo América. Luego se unió en Vietnam a las fuerzas especiales, después sus ideas y sus métodos se volvieron dementes. Rodeado de primitivos, en el medio de la selva es el dueño de la vida y de la muerte.



Dice el general Paz en sus Memorias… En el ejército de Lavalle no se pasaba lista, no se hacía ejercicio periódicamente, no se daban revistas. Los soldados no necesitaban licencia para ausentarse por ocho o por quince día, y lo peor es que estas ausencias no eran inocentes, las hacían para ir a merodear y a devastar el país.



La teoría y la disciplina militar son un modelo de organización y una coartada. La guerra es poco racional, es demencial. La guerra es matar más hombres que el otro, tantos más, tanto más rápido, tanto más brutalmente para que el otro abandone, se rinda, desaparezca. La guerra es el horror de la guerra. La guerra no es el clarín, ni la bandera inmaculada ni el caballo blanco, es el barro y la carga a degüello y el general ya se había dado cuenta. Brutal y sin retorno. No se vuelve a la inocencia.



Lavalle llega hasta las puertas de Buenos Aires pero no ataca, le escribe a Dolores, su mujer, No he encontrado sino hordas de esclavos, tan envilecidos como cobardes y muy contentos con sus cadenas... No concibas muchas esperanzas… Su lucha contra Rosas no entusiasma a los paisanos, los franceses retacean el apoyo prometido, el fantasma de Dorrego lo persigue, entonces mueve sus hombres hacia el norte, a los Andes, hacia el calor, el viento y la tierra, hacia sus principios, hacia la primera gloria, pero como queriendo incendiarla, para siempre.



Santa Fé es saqueada y los soldados no vuelven al ejército sino después de cincuenta días de desorden, borrachera y escándalos.



Lavalle está en el corazón de las tinieblas. Nada se respeta ni las manadas de yeguas, ni las crías de mulas que se destrozan para hacer botas.



Descontentos, antiguos jefes, poco a poco se irán yendo, Chilavert, Montero, Paz, Elía, Vega, Pueyrredón, Salvadores, Pieres…



Fusila y fusila, cuanto más grande sea el número, menos caras en el recuerdo. Fusila y fusila; al baqueano Viana y también el Capitán Rodríguez, que entra a San Pedro con bandera blanca en alto y al gobernador Méndez y al gobernador Villafañe y a Franco y a Guerrero y también a Boedo, Pereda y Chavez. A estas alturas, Dorrego es sólo un grito más y sentirse Dios, una gran tentación.



Lavalle, cuenta Paz, ya no era el atildado oficial de la escuela de San Martín. Su vestimenta y sus actitudes mostraban un cambio enorme: desaliñado, sin cuidar de sí ni de la disciplina de su ejército, daba la impresión de andar como dormido, de estar dominado por un escepticismo invencible. Como Kurtz en el medio de la selva.



En estas tierras no hay quien me mate, gracias al terror que inspiramos, confiesa Lavalle y en ese momento, o tal vez la tarde siguiente quizá lo atraviese la frase que le deja San Martín, años atrás, al dejar el Río de la Plata… Una sola víctima que pueda economizar a su país le servirá de un consuelo inalterable… y Lavalle que nunca ha huido comienza a retirarse, en ese momento o tal vez la tarde siguiente, llevando consigo a Damasita Boedo, hermana del fusilado Mariano, que lo sigue buscando vengar su muerte o encendida por un amor raro.



Llegan a Jujuy. Golpean las puertas de varias casas, no hay nadie o nadie los quiere atender. Entran a una casa vacía, la de Zenarrusa, los soldados se acomodan en los patios y ellos en una pieza grande y tentadora, al fondo.



A las seis de la mañana se oye ruido de caballos. La partida enemiga son catorce hombres dominados por el miedo. En la casa, el único que mantiene la sangre fría es Lavalle. Nos vamos a abrir paso dicen que fue lo último que dijo. Suenan los disparos y una bala perdida lo mata.



Mienten que la bala perdida entró por la cerradura, lo dicen a sabiendas de que las balas no podían atravesar la pesada puerta de madera. Mienten, mienten…esa bala enemiga no puede haberle dado muerte. Cerrados desde adentro esos humildes pistolones nada podían hacer ¿Damasita? Imposible, los viejos leales del general no la habrían protegido jamás. Tampoco lo hicieron esos hombres que lo acompañarían hasta el último círculo del infierno.



Lavalle era un hombre derrotado. Había buscado la muerte en Famaillá sin éxito, con éxito había matado todo lo bueno de su juventud. Derrotado se quita la vida y cae en el zaguán ensangrentando la bufanda de vicuña. Como Kurtz, puede haber balbuceado…El Horror, el horror… No de la mazorca ni de la montonera, el horror de sí mismo.



Sus amigos callan y ocultan. Huyen hacia adelante, hacia el calor, el viento y la tierra, al corazón de las tinieblas.



Guillermo García Avogadro, 7 de Octubre, 2011

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