viernes, 22 de julio de 2011
74. Sinforiana
En principio, Dina, el nombre de la modista de Alicia es menos, digamos, llamativo; pero ¿De dónde viene Dina? ¿De Dina-marca de Ano-dina?
Sinforiana vivía cerca del colegio nacional en Río IV. Cinco o seis cuadas de viento y frío y tierra desde la casa de mi abuelo en la calle Lamadrid. Mamá siempre la visitaba en invierno; o quizá sólo me llevaba con ella en invierno, donde no se podía jugar en la terraza o en los patios de la avenida Italia. Olor a querosén alimentando la estufa Eskabe, pilas de revista con figurines, una piedra imán cubierta de alfileres, la tiza de costura y baldosas moltracio.
La modista como interface entre los sueños y la realidad. De una foto de modelo francesa, tomada por Voge en Mónaco, a un vestidito cortado sobre la tela más parecida que se encontró en alguna sedería cercana a la plaza del pueblo, levantado sobre la vieja línea de fortines.
Cuestionarse o dudar que en laly, july o marilé la copia del vestido no luciera igual que en la modelo sobre el yacth, no era parte de la ecuación. Era tirarse en la pileta sin mirar si efectivamente había pileta. La mera intuición indicaba si el talle, el largo, el escote, la cintura y el motivo eran para ellas o no. La intuición… o el oficio; allí estaban entonces las sinforianas estirando el cuello, haciendo pasar las hojas de las revistas, frunciendo el ceño, arqueando las cejas, guiñando un ojo, sugiriendo combinaciones y quitas, desechando posibilidades por la caída de un género imposible, cerrando un acuerdo mientras con el centímetro confirmaban las medidas.
El sólo vestir la prenda materializaría a su alrededor una realidad distinta, incluyendo la masa y el volumen de los cuerpos, el índice de humedad y el ángulo de incidencia del sol. Seguramente también transformaría el perfil de los invitados a la fiesta.
Esa capacidad de las modistas para transformar la realidad, me corrijo, para transformar nuestra manera de percibir la realidad, para crear una realidad virtual previa a las tecnologías de efectos especiales, previa al mundo digital, atrapó mi mente quizás antes que el cine, la literatura, el teatro.
Las modistas fueron las primeras en descubrirme la magia, aunque en ese momento yo aún no lo sabía.
* * *
Una profesora de inglés me decía que lo que primero se aprende es el pasado. La sentencia, para mí, no era más que un axioma que sostenía su método de enseñanza. Injustificado. Mis hijos de tres años me demuestran que la teacher estaba en lo correcto, su única referencia de tiempo es la época en que eran bebitos (cualquier momento entre los 3 meses y la semana pasada). A ellos, todavía, les encanta ver fotos donde no pueden reconocerse como ellos mismos.
* * *
Mi tío Manolo tenía una radio (no una a transistores. Un edifico con locutores y micrófonos y discos) un Ford Falcón Futura y también, un día, una filmadora super ocho. Como todos los dueños de super ochos no debe haber filmados más de tres o cuatro rollos. Una sola vez vi una película de su creación. Esa misma vez le debo haber pedido que la repitiera, que la pasara de nuevo, por favor. El argumento simple, casi, nouvelle vague. Siesta de verano, calle desierta de casas bajas (calle María Olguín, para más datos) caminando por la vereda del sol una mujer jovencita, tanto como se lo podía ser en los años sesenta, con un vestido sin mangas de rombos grises, amarillos y blancos, a su lado un chiquito, en pantalones cortos, mirándola. La mujer era mamá y yo el chico y yo era muy parecido a mi hijo Andrés, tanto, que me da miedo.
Ninguno de los dos puede estar más feliz.
¿Adónde habrá ido a parar ese rollo? Mataría por volverlo a ver.
Lo que primero se aprende es el pasado. Somos más pasado que futuro, no importa la edad que tengamos.
La memoria de esa escena, que seguramente duró nada, es de felicidad plena (pleno; en los juegos de azar es acertar todos los resultados). No hay más nada que ganar, porque me gané esta mamá.
Me la trajo la suerte, no hice nada para merecerla, soy un favorecido.
Veo a mis chicos cuando abrazan a su madre, no hay más nada que ganar.
No sé por qué, pero ese vestido a rombos que sólo tengo en el recuerdo de la película, tiene una presencia definitoria en el armado de la vivencia. Mi mamá es ese vestido.
Gracias, Sinforiana.
Modistas que producen en la realidad copias, parecidas pero no iguales (como dice mi platónico hijo Benjamín) de un modelo inaccesible para los humanos.
Películas vistas en la niñez que operan del mismo modo, nos distraen con una mera copia de lo real y mantienen lo que fue, inaccesible para todos.
Hemos saldado cada puntada de deuda, no dejamos de pagar una sola entrada de cine.
Quizá sólo ser padre equilibre la cuenta del azar.
Guillermo García Avogadro, Buenos Aires, 8 de agosto, 2011
73. Pan de la felicidad
Me lo hizo Dina, a quien fui a visitar ayer, en las afueras de París, allí donde la ciudad se parece a cualquier otra.
Dina era la modista de mamá y ella me llevaba a su casa en el sur de Buenos Aires, para mí era como viajar al extranjero, claro, en esos años todo lo que estuviera más allá de la avenida Corrientes, mano Teatro San Martín, era otro país.Dina cosía como los dioses y todos los años en diciembre hacía un pan de la felicidad, tipo torta galesa pero quinientas veces más dura que el granito. Yo lo guardaba hasta el año siguiente, en mi cómoda, envuelto en papel de seda, perfumando mi ropa con sus avellanas. No lo comía, pero para no tentar a la mala surte, lo atesoraba.
Recuerdo que una vez respondiendo algún elogio de mamá, Dina dijo que lo único que hacía bien era el trabajo de modista, que en el resto de las cosas de la vida era un desastre. Falso. Fue una excelente madre. Durante once años acompañó a su hija todos los días desde Adrogué al Instituto de Arte del Teatro Colón y se pasó allí las tardes esperándola. Como no podía llevar la máquina de coser, a un grupo de selectas clientes le cosía a mano, mamá y yo fuimos parte de las privilegiadas. En el noventa y siete se fue acompañando a su hija, cantante lírica, a Francia. Desde ese entonces todos los años, en invierno y verano me manda dos colecciones de nueve vestidos cada una.
El nueve es mi número predilecto. Tres veces tres, el numero más sagrado, el de la santísima trinidad, el misterio más inexplicable de los cristianos. El nueve es casi un diez, pero menos arrogante, con menos conciencia de sí.
Estoy yendo a encontrarme con Quety. La vi por última vez en noviembre, en La Avelina, en Punta chica. La cita era para contarme que había sido contratada como profesora de francés de los hijos de un jeque árabe. Su pasaporte había vencido, no importaba, salían ese mismo día en el Airbus privado del jeque. Quety viviría en el harem. Tomamos agua mineral, insípida, como yo imaginaba sería su próxima vida, aunque Paul Bowles pudiera opinar lo contario. Su hijo, pasaría el año en un intercambio en New Zealand.
Hace tres días llegó en el avión del jeque y con su American Express Black (titanio, no plástico). No, no se casó con él, no es una de sus 37 mujeres (número finito, cantidad de apuestas posibles en una mesa de ruleta) vino por encargo de éstas a realizar una tarea específica donde ser argentina y hablar francés eran dos habilidades casi excluyentes.
Cada tres meses, las mujeres del harem, hartas de velo y sumisión y retiro, juegan a ser occidentales y mandan a Quety a la Avenue Montaigne a buscar sus disfraces en Dior, Givenchy, Hermes y Christian Lacroix.
No deja de ser curioso que la calle de la moda en París lleve el nombre de quien a los 38 años, en el inicio de sus Ensayos, escribe “Quiero que se me vea en mi forma simple, natural y ordinaria, sin contención ni artificio, pues yo soy el objeto de mi libro”. El proyecto de Montaigne era mostrarse sin máscaras, evitar todo artificios para desvelar su yo más íntimo en su esencial desnudez.
La eternidad tiene forma de parodia.
* * *
La ausencia de límite, precipita el hastío. Lo que iba ser una bacanal de perchas, probadores y bolsas y más bolsas pronto se convirtió en tedio de supermercado, en un obsceno deme tres, no, no; mejor cinco de feriante al por mayor, el reverso de la trama del té con limón, miel y canela, que disfruté con Dina.
Un ¿eunuco? pronto desapareció con toda la compra y caminamos libres con Quety que había leído mis últimas entradas en Lapicerápices. En un puesto de libros viejos encontré una colección de poemas de Idea Vilariño en las ediciones que le hizo Schapire en los años 60.
Llegamos hasta el Pont des Arts, hombres y mujeres de todas las edades toman vino en copas y comen tostadas con foie gras. Abrimos nuestra botella, un Cabernet Sauvignon de los Vascos, mi preferido, me retiro sobre un banco de madera y mirándome a mi misma me leo
Ya no será
Ya no
No viviremos juntos
No criaré tu hijo
No te tendré de noche
No te besaré al irme
Nunca sabrás quién fui
Por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
Por qué ni cómo nunca
Ni si era verdad
Lo que dijiste que era
Ni quién fuiste
Ni qué fue para ti
Ni cómo hubiera sido
Vivir juntos
Querernos
Esperarnos
Estar.
Ya no soy más que yo
Para siempre y tú
Ya no serás para mí
Más que tú.
Ya no estás
En un día futuro
No sabré donde vives
Con quién
Ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
Como esa noche
Nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.
Mañana vuelvo a casa, extraño a los chicos.
Alicia Lis, Seine Rive Droite, Julio 31, 2011
72. No pasa un día en que no estemos, un instante, allí
Muhammad Ali (Cassius Clay)
Waldo es capaz de rescribir incluso a Lucas 23, 34 (Padre, perdónales porque no saben lo que hacen) cambiar cualquier cita, doblar el concepto que sea con tal de sostener su literatura. Puestos a elegir, entre rigor y alas, elije alas.
Castillo dice, la vida es una herida absurda. No habla de amor.
Ya sé, no me digás tenés razón
la vida es una herida absurda
y es todo, todo tan fugaz
que es una curda, nada más
mi confesión.
Si no le tiene respeto al tango con más interpretaciones, no quiero imaginar la rigurosidad de su versión de Roland Barthes, que no leí jamás.
Es un acierto, me alegra cuando cierra su texto con la estrofa final de La última curda (¡Inalterada!)
Cerrame el ventanal, que arrastra el sol
su lento caracol de sueño
no ves que vengo de un país
que esta de olvido siempre gris
tras el alcohol.
Las dos primeras líneas, son un momento de epifanía (revelación, acto religioso) poética
Cerrame el ventanal, que arrastra el sol
su lento caracol de sueño
Sigo a Borges… “Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso.”
Lo mismo puede aplicarse a nuestras noches.
Junio frío y lluvioso, tormenta eléctrica. Vivimos frente a una laguna, sobre un telón de fondo oscuro y cerrado, rayos y truenos, estalla la luz y estalla la furia. Disputa de dioses antiguos. Naturaleza y rock&roll. Terminamos la comida y lo llevo a Benja de tres años frente a la ventana. Un relámpago enciende sus ojos y me pregunta:
- ¿Los compraste vos, papá?
Todavía estamos en esa etapa que me consideran todopoderoso. Lo desilusiono.
- No, vienen solos
- ¿A adornar mi casita? Benja es un esteta.
No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso.
El paraíso no es un hotel cinco estrellas ni un crucero por islas vírgenes. No es apple ni armani. El paraíso es un albergue simple, les recomiendo ver Hombre de Familia, la única película de Nicolas Cage que merece algo de atención. El paraíso es serenidad, es despojado pero no empobrecido. Lo justo y necesario. Las elecciones ya fueron hechas.
El infierno es lo próximo, un dolor errático y agudo en la mano derecha, letras que se amontonan y desvanecen. El infierno es huir a los sueños y resistir el despertar. Estar encerrado en el mundo, reconocer que la vida que nos tocó es la de aprender y esperar ansiosos la próxima, la de gozar. No encontrar mis alitas de ángel caído. Repetir.
Borges dice, quizás siguiendo la tradición de los judíos y de los cristianos que el infierno y el paraíso le parecen desproporcionados. Me permito discrepar, al cabo de los años he observado que el infierno como el paraíso son frecuentes, que no pasa un día en que no estemos, un instante, allí.
Guillermo García Avogadro, Laguna de Santa Bárbara, 25 de Julio 2011
lunes, 18 de julio de 2011
71. El amor es una herida absurda
Que está de olvido siempre gris
Tras el alcohol.
Alicia es la (Hansël und) Gretel de mis recuerdos, las migas que va dejando su itinerario activa en mi memoria historias mínimas, casi olvidadas.
París, rive gauch, principio de siglo, la revista Lugares me había pedido una nota, años donde los argentinos viajábamos poco y nada y querían algo distinto, fotografiar la torre era anatema. Las chicas de la redacción me habían conseguido un buen apart frente al Seine (como Alicia escribo todo en lengua madre).
Ese día de mayo me levanto temprano, me ducho, me afeito, me seco (casi un niño de Discovery Kids)…y cuando pego la vuelta para salir al cuarto encuentro la toalla que acabo de soltar bañada en sangre, en sangre fresca, en sangre de mi propia sangre. Me aterro: busco la herida, semejante cantidad de sangre viene necesariamente de una herida enorme. No encuentro nada (reconozco que no soy bueno investigando). Me miro las manos, también bañadas en sangre. Las pongo debajo del chorro de agua, no veo siquiera un mínimo tajito. A esas alturas, ya era una película de terror y no tenía la menor idea como iba a terminar. Me examino con más detenimiento jurando que no vuelvo a viajar solo, es más, jurando que jamás vuelvo a viajar, a bañarme, a nada…
Una ínfima venita (¿Un capilar acaso?) que alimentaba el testículo derecho era la causa del descontrol rojo. Capilar con vocación de aorta.
Me hago un pañal de papel higiénico, tipo momia y me fajo con el bóxer más ajustado que encuentro. En la cama rezo mis últimas oraciones. Luego de un rato, no sin temor, verifico que he dejado de perder sangre. El capilar cicatrizó. Una herida absurda.
El amor es una herida absurda, dice Castillo en La última curda.
Para Cicerón (De Oratoria III, 41) lo absurdo (de ab-surdus; en latín sordo) es algo que no se entiende. El amor es lo que no se entiende.
Sigo a Barthes cuando dice que el amor es espera. Espero una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. La espera como un encantamiento, como un hechizo: alguien me ordena no moverme. Esperando su llamada me obligo a no hacer nada, a mantener la línea de teléfono siempre disponible, a no moverme por temor a perder la señal, paralizado por un ser que no es real, no es real porque lo he creado yo.
La locura es una experiencia de despersonalización, yo soy otro.
En el amor es todo lo contrario, no poder ser otro me enloquece, con pavor compruebo que Yo no soy otro. Que yo nunca podré satisfacer completamente al objeto de mi deseo, que no seré todo para él. Aún así, la paradoja –desorbitante- es que no ceso de creer que soy amado.
Un delirio existe sólo si despertamos de él (no hay delirios retrospectivos). Un día comprendo lo que me ha ocurrido: creía sufrir por no ser amado y sin embargo sufría porque creía serlo.
Hechizos que paralizan, creación de seres imaginarios, locura de persistir, delirio de amor. Barthes nos explica, o intenta explicarnos, porque el amor no se entiende.
El padecer del amor no se explica, sana sólo si puedo afirmarlo, decirle sí, evitando la repetición. Quiero el regreso, no la repetición. Digo al otro (viejo o nuevo): recomencemos.
Alice, me gusta Prevert, soy melancólico y voto a la inteligencia, pero puestos a elegir prefiero el gris de Castillo:
Cerrame el ventanal, que arrastra el sol
su lento caracol de sueño
no ves que vengo de un país
que esta de olvido siempre gris
tras el alcohol.
Waldo Williams, 18 de julio, San Juan y Boedo, Buenos Aires
lunes, 11 de julio de 2011
70. La melancolía
El gris es el color de París; el color de la inteligencia y de la melancolía.
Jacques Prevert
El Charles de Gaulle (Charles-André-Joseph-Marie) es un aeropuerto a puro cemento, como el de San Pablo. Los sillones son de un anaranjado años setenta, desvencijados. Un cocktail imposible.
El camino a mi valija no es claro, todo está cerrado, son pasadas las diez de la noche. Nunca es bueno llegar tarde a ninguna ciudad.
Subo por una escalera mecánica que asciende en diagonal por un pozo de luz circular, otras escaleras como ésta se mueven dentro de cilindros transparentes cruzándose con la mía en ángulos agudísimos. Es como si fuera la entrada a un juego de Epcot en Orlando, a un simulador de espermatozoide (así es como me sentía dentro de esos tubos que me eyectaban al carroussell del equipaje).
No reservé auto y no hay taxis. Sólo bus al Arc de Triomphe y de ahí se verá. Me dejo ir, al borde de la ruta una mano enorme, azul Miró, atrapa a un celular Samsung. Pobre Miró. Un profesor corrige pruebas con una Bic colorada. Suena estridente Para Elisa, si antes no me gustaba, después de la telefonía móvil, tanto menos. El hombre atiende y yo me desentiendo de él, del mundo.
Llego al George V en un taxi viejo, manejado por una gorda enorme escuchando chansons románticas. El portero no lo puede creer. Un oprobio para el establecimiento, gracias a Dios no me niega la entrada.
Mi habitación en el piso quinto da a la avenida, abro las ventanas, no menos de veinte grados. Siempre me encantaron esos edificios de piedra grís. El viento me despeina, ligero. Busco mis anteojos, aunque no los necesitaría: releo por enésima vez. Me detengo en los versos que dicen
Los ojos entrecerrados
Y vos natural,
Cercana y lejana,
Como debe ser, para sostener la magia,
A mi lado apenas.
Caligrafía diminuta e infantil. Diego me dejó sus versos antes de irse del Dylan y de mis días.
Antes que la noche terminara, nos impusimos la obligación de crear clima de vida cotidiana, de distancia afectiva madurada en rutina conyugal, conversamos falsamente y sin convicción de los mejores colores para pintar una pileta y otras banalidades, desaprovechamos voluntariamente ese momento callando con programática prudencia. Lo cotidiano como forma de lobotomía afectiva, como auto-bloqueante de impulsos vitales.
Entonces Diego tomó un papel membretado, escribió, dobló lentamente la hoja en cuatro, la dejó sobre la mesa, me abrazó ligeramente y salió al mundo estrecho. Edificios, canales y calles estrechas, angostas de Amsterdam.
Angustia y angosto, comparten la misma raíz.
Estoy escribiendo para Lapicerápices, releo la última entrada. Waldo no se equivoca, miente deliberadamente cuando adjudica a Margaret Thatcher la frase El corazón es un músculo muy flexible. Es de Woody Allen, con ella cierra Hannah y sus Hermanas, cuando el personaje finalmente consigue encarrilar su vida al comprometerse afectivamente con la hermana más destrazada de la perfecta Hannah, su ex esposa.
Waldo lo hace a propósito, me deja la cita servida para que yo pueda auto-justificarme con base a toda la filmografía de Allen, invocando la irracionalidad de amor.
En momentos de crisis, prefiero volver a la niñez, a Sor Juana, no a la juventud de Manhattan.
Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias, atractivo,
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.
Soneto 165, Sor Juana Inés de la Cruz
El amado, siempre es sombra, imagen del hechizo, ilusión y ficción: un fugitivo. Sólo la fantasía puede retenerlo “poco importa burlar brazos y pecho, si te labra prisión mi fantasía”.
Sor Juana, aún monja y barroca es una genia pero igual no me alcanza, no me toca. Soy intocable.
Desde chica supe que era una tarda, luego, sólo me queda París y la melancolía.
Todo es solemne: no tengo sentido de las proporciones, mejor ducha caliente y a contar ovejas en la cama.
George V Avenue, París, 11 de Julio
miércoles, 6 de julio de 2011
69. (casi) Setenta veces rojo
Una mujer que cuida hasta el más mínimo detalle no puede iniciar una novela romántica por entregas desde un domicilio conocido, por nosotros -adolescentes de los años 70- sólo por su barrio rojo, jamás por Van Gogh, menos aún por las gestas náuticas. Creo que al menos debería haberse corrido a la cercana Brujas, le hubiera costado nada y todo hubiera quedado mucho más acorde con el Alicia-way-of-life.
Estuve en Amsterdam un par de días a principio de siglo. Fui por solicitud del joven ejecutivo de la tabacalera a realizar una auditoría de creatividad. Sí, auditoría y creatividad es casi un oxímoron (combinar dos palabras de sentido opuesto en la misma línea) auditar es verificar el apego a la norma, creatividad es quebrar el sentido, fomentar la disrupción. No me contrataban para verificar la corrección de la solicitud, sólo para llevar adelante un programa insensato. Pagaron lo suficiente como para convencerme que era posible y no defraudé a nadie redactando todas mis conclusiones en potencial simple. Un informe de marketing inobjetable.
La noche que tuve libre salí a caminar por el setenta veces rojo barrio de mi juventud.
Sin desafiar mucho el origen de mis percepciones, Barrio Rojo era sinónimo de holandesas celestes y rubias, casi universitarias, finalistas de un casting de película de Zalman King (director de Nueve semanas y Media, comercial sobre el sado-masoquismo en 90 minutos de cool glamour neoyorquino). Me pregunto, pasada la adolescencia temprana ¿A quién se le puede pasar por la cabeza semejante cosa? ¿O acaso creemos que las Naciones Unidas financia un programa para mantener las costumbres tradicionales de los barrios que son patrimonio de la humanidad? En las ventanas alquiladas, atrapadas por deudas y drogas, pagando impuestos religiosamente, sólo mujeres provenientes de las antiguas colonias, de ese tercer mundo, que está cerca del segundo sólo porque no hay un cuarto, un quinto y un sexto.
En cada esquina de cada callejón un colega negro vigila sin disimulo ¿Qué desesperación mueve al que paga 50 euros por 15 minutos de suck-and-fuck en esas miserables condiciones?
Entre ventana y ventana un sex-shop, con excepción de una tienda de preservativos de diseño, el resto da más ganas de hacerse monje recoleto que intentar robarle un beso a Miss Costa Rica. Ni siquiera da curiosidad entrar, todo el portafolio de chabacanería infanto-juvenil, perversa y polimorfa está expuesta en la vidriera como alfajores en kiosquito.
Caminaba sin un plan por el dédalo sórdido, repitiéndome varias veces en la misma esquina. Turba (linda palabra para aplicar a este grupo) repito, turba de japoneses, hombres y mujeres, mayores de cuarenta, en ropa gris-amarronada-azulina, rostros cetrinos y miradas esquivas, con respeto pero empujándose, como no entendiendo pero entendiendo seguían la banderita de su guía hacia Casa Rosso. Esa imagen anula toda fantasía sexual que uno se haya hecho de lo que pueda pasar en aquel espacio bacanal. En el hall de entrada del teatro una fuente, en el centro un falo erecto (¿Existe acaso algún falo que no lo sea?) da una idea del concepto del show. No junté valor para verificar ninguna hipótesis. Frente a la boletería reviso el programa y luego confirmo que en todos los teatros colegas siguen una idéntica rutina de candelabros, duchas, frutas y demás vituallas. El sexo como número circense, como animales de circo.
Si caminamos por el viejo centro de Buenos Aires (una obligación no un paseo) veremos repetida, una y otra vez en todos los bares las fotos de la misma pizza y la misma milanesa. En el barrio rojo pasa lo mismo con la foto de la rubia, del marinero y de la morocha en su bañera. Al igual que los colegas porteños, con economía platónica, entienden que si la pizza, es siempre la misma pizza, no hay motivo para fotografiarla dos veces.
Diferentes rubias, condenadas a ser la misma rubia, reproduciendo el mismo número del candelabro, sin siquiera identidad en la marquesina, frente a los japoneses gris-amarronados-azulinos de mirada esquiva, ese es el sexo desangelado del barrio rojo.
El paraíso juvenil desilusionado.
Recapitulo, el sexo como acrobacia animal, el sexo sin identidad, el sexo donde cualquiera da lo mismo. El género sobre la especie.
A pesar de que la ropa sea propia de la cultura, que lo natural sea el propio cuero, siempre me resultó un poco raro eso de estar desnudo junto a otro, no les digo algunas poses, ni hablar del abrazo y la transpiración.
Me cuesta creer que Alice, aunque sea una mujer sin jaquecas, haya elegido esta ciudad para encontrarse con un viejo amor.
El corazón es un músculo muy flexible.
Margaret Thatcher (La dama de hierro).
Waldo Williams, Las Heras y Juncal, Julio 2011