Nota. Este artículo es parte de una serie, cuya primera entrada es la 96, del martes 10 de enero.
Miro el reloj, son las nueve. Enrico se debe haber levantado muy temprano, sobre la mesa de mi habitación modestas flores de montaña todavía frescas y una hoja de papel doblada en dos, como puedo, traduzco
Si cada momento que vivimos
Es copia de uno anterior
Y presagio de otro idéntico que vendrá
Antes habré escritos los mismos versos
Persuadido por la misma sonrisa
Por la misma chispa de los mismos ojos.
Mi memoria no recuerda tales hechos,
Para mí esta noche es la primera,
La única, la irreproducible noche.
* * *
Frío de película de frío.
Sobre una colina baja un bloque esculpido en piedra clara, es Assisi, la versión global de nuestro Lujan… San Francisco viene por debajo de Jesús compitiendo cabeza a cabeza con la Virgen María por el segundo puesto en el panteón de la iglesia católica… y en Assisi están preparados para recibir miles de peregrinos, es el único lugar de Europa que conozco donde tienen escaleras mecánicas entre el estacionamiento y la ciudad misma.
La arquitectura se muestra santa, vuelan mínimos copos de nieve. En mi cabeza, escenas de Hermano Sol, Hermana Luna de Zeffirelli.
Llegamos de la mano a la iglesia de Santa Clara, de piedra blanca y rosada, románica frente a una plaza seca que parece haber sido terminada ayer. En el interior el crucifijo que motivó a Francisco seguir su vocación.
Nos dejamos llevar por las calles, nosotros somos el rumbo. Nieve sobre el pelo y la mejilla de Enrico, suave con las manos, limpia los cristales sobre mis cejas.
El frío genera pureza espiritual.
En el otro extremo de la ciudad la basílica de San Francisco, que en realidad son dos, una arriba de la otra.
La superior, inmensa, luminosa enteramente pintada al fresco por Giotto. Pregunto ¿Es ésta la que sufrió tanto en el terremoto de los noventa?... Tengo imágenes del techo desplomándose envuelto en una nube de polvo, oscura, muy oscura…el fin de los tiempos. Enrico responde que sí, que a la tarea de restauración se la llamó Il cantiere dell’utopia (El Taller de la Utopía)… más de trescientos mil fragmentos seleccionados y clasificados por colores, matices y modo en que fueron pintados.
Debajo una iglesia subterránea, oscura, de techos bajos con pisos de mármol rosado que se asemejan a prosciutto di Parma (no es una irreverencia, es un homenaje). Bajando aún más, el cofre de piedra donde descansa el santo. Lugar pequeño y silencioso, cerca algunas reliquias. Un hábito enorme, tan remendado, tan perfecta y primorosamente remendado que si se hubiera usado en una película todos lo hubiéramos objetado por demasiado Hollywood.
Quiero comprar una copia de la famosa cruz (creo recordar que Esteban Martini tenía una así) doy vueltas y vueltas y finalmente no me llevo nada, todas son de factura muy ordinaria.
Frente a la basílica el inevitable Bar Francesco. Lleno. Digo las palabras mágicas “Could I rest with you?” y nos sentamos a la mesa con una parejita de teens americanos estudiando en Firenze. Ella Ciencias Políticas, él Filosofía. Su comentario más relevante: la actividad de los carteristas en Toscana.
Enrico se desentiende y me dice Alice, eres transparenti… y se me va el hambre y dejo casi completa mi ensalada waldorf con pollo (bien asado, per favore). El me besa una mano y apura su vino.
* * *
Nieva. Subimos lentamente por la montaña hasta el pequeño monasterio levantado sobre las cuevas donde se retiró Francisco y sus primeros discípulos. Caminamos entre los árboles y todo luce muy Doctor Zhivago (cresase o no, por la noche en un restaurante el mozo nos diría que estábamos muy parecidos a Omar Sharif y Julie Christie. Bien por Julie). Respiro profundo, yo también podría despojarme de todo, cierro los ojos, casto, Enrico me besa los párpados y yo me derrito cual cirio pascual, sereno me besa los labios y San Pedro me dice “bienvenida, Alicia, Usted se lo merece”. El mundo no existe, es una ilusión.
Llegamos a la iglesia de San Damián. De la primera, mínima, sólo quedan las paredes y el techo. Peregrinos rezando, auténtica devoción. Me emociono al escucharlos cantar, detrás del muro, un canto dulce y algo triste.
Volvemos sobre nuestros pasos, no dejo de preguntarme ¿Cómo puede ser que un movimiento tan fuerte haya causado tan poco impacto en la iglesia? ¿Cómo luego de Francisco tuvimos Papas Borgia, de nombre y de espíritu?
¿Impactamos? ¿Mucho? ¿Por cuánto tiempo? ¿A quien nos importa o a cualquiera que no volveremos a ver, nunca?
* * *
El último rayo de luz de la tarde entra por mi ventana, veo volar polvo, fragmentos mínimos de los valles toscanos… leves, muy leves… suspendidos de la nada.
Efímero, frágil, inestable.
Lo ligero siempre está dejando de ser . Lo leve está del lado de los sentidos. Leí una vez, no en Kundera, que lo más cercano a lo leve es un orgasmo, gloria de lo vital y pasajero.
Quieta espero, no esperando nada.
Afuera, la nieve doblega a los cipreses.
Alicia Lis –o la que espera, desespera- Assisi, 6 de Febrero 2012
lunes, 6 de febrero de 2012
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