Jueves a la
noche en el West End, teatro histórico
a metros de Covent Garden. Reservé las entradas hace meses, tiempo suficiente
para llegar con todas las crónicas leídas y bien repasadas las vidas de Charles
Laughton y Elsa Lanchester.
Estoy ansioso por entrar al cabaret reducido y sentarme
a la mesa mínima con velador de pantalla colorada, adelanto el disfrute de Nor Dogs Neither Children. Soy el reloj
pulsera de un novio.
Lo que no fue. Nada
de eso pasó, pero ninguna tristeza, el encantamiento obró idéntico.
Jueves,
mismo cabaret, misma mesa y velador, Ni
con Perros ni con Chicos de Fernando Albinarrate se estrena en el Cervantes
de Buenos Aires, sólo porque el azar lo trajo a nacer aquí. Sólo por azar
anoche no estuvimos en Londres, nada más.
Me siento quizá en la mejor ubicación
para gozar del tímpano de los actores, justo en el extremo izquierdo del arco
que delimita el escenario. En otro momento me hubiera volcado todos los ceniceros en la cabeza. Hoy no. Me interesa
mucho más la obra que el modo en que actúen la obra. Desde mi platea, podré ver
luego como Fernando dirige la música, parado contra la pared de la última fila,
enfrentando a los actores y la orquesta.
Me hubiera gustado estar al lado. Llamémoslo nostalgia.
La obra cuenta la vida
de dos actores ingleses que triunfan en Hollywood durante los treinta y los
cuarenta. Pareja disfuncional, glamour en tonos de negro y plata. Ella sería
Peter Pan y la Novia de Frankenstein, él… Captain Kidd y Quasimodo. Monstruos y
Angeles. Engaños y celos y alcohol y reproches y necesidades y soledad y depresión
y risa y tabla en la tormenta y tormenta y compañía y vida, una vida. Un matrimonio.
La obra es musical, no una mera sucesión de textos y canciones. La obra es una
partitura donde se indican las notas de comedia y drama. No nos requiere la suspensión
del juicio para hacer creíble la entrada de los instrumentos y las voces, es un
devenir natural, como la curiosidad por esos actores –casi- olvidados, la
identificación, la risa, el aliento en
suspenso, el nudo en la garganta y de nuevo lo amable y lo ligero y
burbujeante. No hay revés de la trama, nunca mis ideas interponiéndose con las
de los personajes, nunca una objeción por el camino ni por el tono que elijen. Es
bueno encontrar un lugar donde descansar
de uno mismo.
Como en una película de Woody Allen, todo nos lleva a creer que
la historia es sobre él, pero a medio andar nos damos cuenta (o cuenta para mí)
que todo tiene más que ver con Elsa que con Laughton.
Ni con Perros ni con Chicos, habla de la tensión entre lo bueno y
lo genial y la imposibilidad de dar el salto si antes no fuimos tocados por el
hada. Nos habla de la difícil convivencia entre el hombre común, capaz y el
superdotado. Y sobre entender y no entender y de la búsqueda de un lugar y nuestro
esfuerzo para que ese lugar nos guste y el cerrar los ojos y mordernos el labio
y esperar, desesperados, que el otro alguna
vez, no pueda dormirse sin darnos la
mano.
Dos momentos: Elsa cantando La Novia de Frankenstein y luego preguntándose
sobre sí (para qué está en el mundo) cuando Laughton conoce Brecht. Estuve a
punto de llorar y enamorarme de Laura Oliva. En ambos casos conseguí
controlarme. No sé si hice bien.
Les dije, mi platea me da una visión inmejorable
de Fernando dirigiendo. Y allí está, impecable, disfrutando de su trabajo.
Quedaría rendido y pleno y orgulloso y emocionado. Y en las cien personas que
lo rodean no están ni Raúl, ni Lola, ni China pero se dejan ver en cada línea
de la obra y yo de esos cien, quizá sea el único que lo sepa. Quizá seamos dos.
Melodías tontas y aristogatos y la noche del cazador y la malvada y mary popins y rick y el chico gordito –como Laughton-
ensayando en el piano de la parroquia y el jazz y las primeras obras y la
valentía, la valentía, la valentía.
Fernando hizo lo que sus amigos de
entonces no nos animamos.
Ni Con Perros
Ni Con Chicos es una cumbre, un trabajo bien hecho, un trabajo que llevó años.
Estoy rendido y
pleno y orgulloso y emocionado.
Guillermo Avogadro, 16 de Octubre
viernes, 16 de octubre de 2015
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