Estas líneas las escribo desde el Four Seasons de Carmelo.
Me encanta el perfume de los pinos y eucaliptos uruguayos.
Escapé con Mateo (7) y Delfi (9) después de los festejos del bicentenario.
Afuera diluvia, pedí que prendieran el hogar y yo me serví un Nespresso.
Releo lo que escribió Waldo… creo que si Lapicerapices fuera conocido más allá de Ustedes, si fuéramos ligeramente más populares (¿Quiero realmente ser más popular?) Waldo ya habría sido lapidado públicamente ¡Nuestros verdaderos próceres son Batman y Los Tres Chiflados!... Ay Waldo mirá las cosas que decís…
Los millones de ciudadanos que desfilaron, se emocionaron, cantaron, y bailaron agitando gorros, banderas y vinchas en la 9 de julio lo hicieron movidos por algún sentimiento patrio, sí, pero también por una intensa necesidad de festejar, de sentirse unidos, de encontrar algo que les avive la esperanza.
También para salir del tedio y de la monotonía. Por curiosidad (no se sabía muy bien qué es lo que pasaría) por que la multitud atrae otras multitudes (…mirá toda la gente que hay, vayamos) por temor a perder el tren de la historia, para poder decir yo estuve ahí, porque a los chicos no se los podía tener más tiempo encerrados, porque va haber mujeres, porque va haber hombres, porque la gente ahí se respeta, porque dicen que va ir Mesi, porque es como la peregrinación a Lujan pero más descansado (…porque es como Punta Mogotes pero sin protector solar o como El Reino Mágico de Disney, pero sin magia ni disney ni reino) porque sí ¿Por qué no?
Así, la cuestión de festejar el Primer Gobierno Patrio era una variante -de peso menor- entre muchas otras tantas.
La cantidad de gente en la calle no es un indicador de patriotismo, of course.
Waldo dice que la verdadera patria es la infancia. Estoy de acuerdo, pero la infancia es mucho más que eso.
La infancia es la eternidad.
La eternidad como la posesión simultánea y perfecta de una vida interminable.
La infancia es como estar en el cielo, pero sin saberlo.
Cuando somos chicos-chiquitos no hay una clara sensación de fin, tampoco el principio está muy presente, todo lo que pasa, pasa aquí y ahora de modo interminable.
Sólo en raros momentos esta sensación de eternidad se reproduce cuando somos grandes.
Me acuerdo de hace años en un río menor del Delta, cansada de remar y luego de comer unas uvas con sabor a manzanas, recostada sobre el muelle, sin preocupación alguna, bañada por un sol discreto de septiembre que también brillaba modestamente sobre el río. Ese día, hace años, en el Delta, el tiempo dejó de fluir: fue la primera vez que tuve sensación consciente de eternidad.
El tiempo se había detenido, no el movimiento, el tiempo.
Me resulta difícil explicarme, me enredo con las palabras y quedo a medio camino entre Claudio María Domínguez y la catequesis del padre Rubén, sepan disculpar.
Esta sensación de eternidad la viví otras veces, sí, pero jamás desde que fui madre.
Lo eterno se opone a la maternidad.
La maternidad es efímera.
Desde el primer momento vemos el fin y la velocidad de acercamiento desespera.
Una quiere durar para siempre, para proteger siempre. Una desea que nada cambie.
Pero sabemos que no va a ser así, porque nadie va a dejar que así sea: ni nuestros hijos (e hijas) ni nuestras nueras (ni yernos) ni tampoco Dios ¡Nadie!
- ¡Nadie quiere nuestra protección por los siglos de los siglos!
- Amén!
- Ustedes se lo pierden (fui abanderada en quinto grado, mejor compañera en sexto y séptimo, delegada de curso en cuarto año y cha-cha, cha-chan… Miss Simpatía a los 17 ¿Viste?).
Alicia Lis, 2 de junio.
miércoles, 2 de junio de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario