Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



lunes, 31 de octubre de 2011

87. Un laberinto, un lienzo en blanco

Art Happens
James Whistler

Alicia debería haber sido regisseur y no oftalmóloga.


El día de la visita que no fue y de la conversación que no tuvo lugar (¿Puede haber existido un momento doblemente negado? Sí, claro, pero sólo por esa extraña regla matemática que indica que menos por menos es más) retomo, ese día Alicia en su auto escuchaba las Variaciones Goldberg ¿Casualidad? De ninguna manera.


Las Variaciones son parte de la banda sonora de El Paciente Inglés, obra enorme que contiene una decena de películas.


La primera es la historia de amor del conde László Almásy (Ralph Fieness) y Katharine Clifton (Kristin Scott Thomas; increíblemente –léase de de manera literal- linda). Ella es casada, él no. Se encuentran en el desierto africano durante la segunda guerra mundial. László traza mapas, Katharine acompaña a su marido fotógrafo; todos están perdidos y lo saben. El desierto con sus dunas cambiantes y huellas que desaparecen tras el viento es un laberinto perfecto, el desierto puede ser también un lienzo en blanco.


La película se ordena a través de una serie de flashbacks con Almásy yaciente y desfigurado por el fuego, bajo el cuidado de Hana (Juliette Binoche, tan linda como siempre pero más) en un monasterio italiano, ruinoso.


Recuerden, hago una síntesis salvaje de una película inmensa y enfáticamente fotográfica.


El Paciente Inglés tiene dos momentos memorables (miento, tiene muchos, pero aquí me estoy refiriendo sólo a la versión base) y esos dos momentos tienen que ver con pinturas.


Uno es de Hana, iluminando con antorchas los frescos de la capilla del monasterio, mientras se deja volar con un arnés abrazada a Kip (Naveen Andrews) soldado que llega a ese refugio.


El otro es de Katharine, dentro la Cueva de los Nadadores, sola, con una lámpara de aceite. Las figuras pintadas sobre la roca, sutiles, oscuras, esenciales parecen moverse bajo la luz dorada. Vuelven a nadar, desnudas, después de siglos, esa noche delante de sus ojos.


Mucho tiempo después de ver la película descubrí que los frescos no eran obra de un escenógrafo de Hollywood sino de Piero della Francesca y se los podía apreciar en la Basílica de San Francisco en Arezzo. La Cueva de los Nadadores es Wadi Sora, en el desierto de Libia y creo, me han dicho, está muy, muy dañada.


Alicia iba a ir a una exposición de pintura con Waldo y en su auto sonaba un tema de El Paciente Inglés.


Pintura rupestre que resalta la flexibilidad, la sensualidad de los cuerpos en el agua, en el medio del desierto (algo así como el deseo a la tercera potencia).


Pintura del renacimiento, obra maestra, redescubriendo esos mismos cuerpos largamente perdidos.


El origen y la vuelta al origen, subrayando la idea de belleza como universal del que participan las cosas bellas. Lo bello como retorno a lo bello. Lo bello como entidad única.


Pareciera que Alicia no fue del todo inocente y voluntariamente evitó ir a la exposición para poder plantear la idea –monumental en términos de Waldo- “…necesitamos de diversas muestras de arte para captar lo bello que está detrás de cada obra, quizás sea inmaterial seguir haciéndolo si ya lo hemos aprendido…”. La no visita como puesta en escena de una reflexión medieval.


El subrayado de lo que estaba escuchando, lo deja como pista para los espíritus policiales y cinéfilos.


* * *



Para escribir estas líneas volví a ver El Paciente Inglés durante el fin de semana, menos por la intención de ser preciso que por interés genuino de no dejarme ninguna opinión en el tintero. Rescato, ahora, dos escenas que quizá refuten el pensamiento de Alicia.


László y Katharine pasan por primera vez la noche juntos, refugiados dentro de su auto, mientras afuera los cerca una tormenta de arena. El desierto los puede sepultar para siempre, pero ellos apenas se rozan, sólo en las caras se les deja ver la pasión que reprimen. Tarde en la mañana son rescatados y cada uno duerme en la habitación de un hotel confortable. Ha pasado un día completo y László se despierta, aún sucio y revuelto por la arena. Al borde de la cama, de pie, lo espera Katharine con un vestido ligero y sutil y blanquísimo y muy fino. El la abraza y se arrodilla y la besa y le rasga, animal ese vestido y va corte. La escena siguiente, un primer plano sobre su cara que al alejarse nos lo deja ver cosiendo con delicadeza el encaje rasgado.


Segunda escena. Hana es enfermera y ha sufrido dos golpes simultáneos, la muerte de su prometido en el frente –cuando la guerra llega al fin- y la de su amiga al explotar una mina enterrada en el camino. Está convencida que aquello que toca, muere. Decide entonces bajarse de la caravana militar para guardar los últimos días de su paciente inglés en un monasterio abandonado. Lleva uniforme de soldado, gris. Se quita el casco y el pelo cae largo y revuelto, un ícono de la sensualidad femenina. La vemos tomar una tijera y cortarlo rápido, sin cuidado. Cada corte la hace más bella. En la escena siguiente cambia el uniforme por un vestido modesto. Más bella aún.


Cualquier hombre y cualquier mujer pueden enamorarse de László y Katharine y Hana. De los tres al mismo tiempo y tentarse, siguiendo a Alicia, y decir que los tres participan de la idea universal de belleza.


Sin embargo, modestamente, con Guillermo de Ockham opino que no existen los universales.


Sólo existen individuos, individuales. Lo universal no existe fuera de la mente. No existe la humanidad, es sólo una palabra que reemplaza a diferentes e incontables seres humanos. Es una palabra que los sustituye en la oración, que ocupa su lugar por la fuerza de las convenciones.


El mundo no es ordenado, no hay formas puras, patrones; no hay una idea única de belleza o de equilibrio o de lo que sea que alcanzamos a partir de contemplar ciertas personas que participan de esa cualidad. El mundo no es un teorema que una vez aprehendido no necesita ser resuelto nuevamente.


Cada persona debe ser resuelta. El enamoramiento y la belleza se dan espontáneos y de modo diverso. Cada uno es uno. László y Katharine y Hana lo saben.


El Arte Sucede. La vida también. Cada cosa se resuelve cada vez.


Guillermo García Avogadro, 31 de Octubre, 2011

lunes, 24 de octubre de 2011

86. Historias

Leo la entrada donde Alicia me participa. Es completamente cierto que en su auto sonaban las Variaciones Goldberg y tenía puesto un vestido con grandes círculos de colores. Lucía cansada, quizás alguna discusión con sus hijas, aunque ella prefiera describirlo como un estado entre el sueño y la vigilia (casualmente las Variaciones nacen del insomnio del Conde Kaiserling que alberga al clavicordista Johann Goldberg con el único objetivo de entretenerlo durante las noches…).

Para nada recuerdo la monumental frase …necesitamos de diversas muestras de arte para captar lo bello que está detrás de cada obra, quizás sea inmaterial seguir haciéndolo si ya lo hemos aprendido… Tal vez cierto mal humor por la espera (se me había quedado el auto) y una urgencia por volver temprano, la llevaron a que dijera, escuetamente, no creo que haya algo muy distinto en esta exposición –mientras hojeábamos el catálogo del año anterior- es tarde… ¿Querés qué te acerque a algún lado?

Alicia lucía cansada. Me preocupó, en las mujeres como ella el cansancio es una de las formas que toma la tristeza. Alicia estaba triste y quería quedarse sola.

* * *

Como Alicia -totalmente sesgado por la narración de Sábato- siempre tuve a Lavalle por un héroe romántico, por un hombre que habiendo batallado en ciento cinco combates por la libertad de este continente, en su gesta final para terminar con la tiranía de Rosas y acosado por el fantasma de Dorrego, de modo inexplicable, decide huir hacia el norte desértico y cansino, norte donde encuentra la muerte, de modo casual, a manos de las fuerzas federales.

Guillermo presenta otra historia, la de un Lavalle que al igual que el Coronel Kurtz de Apocalipsis Now, descubre, maduro, el horror de la guerra, las de la emancipación y las civiles, de todas las guerras.

Cualquier guerra se resume en matar. En matar y matar hombres y hombres y Lavalle en un atardecer pampeano entiende que ése es su don, la destreza para dar muerte. Decide entones incendiarlo todo, un colosal incendio que barra también con la gloria de la campaña de los andes, al fin una guerra más. El combustible es una orgía de ordalías y ejecuciones que no bastan para llevarle tranquilidad alguna y termina dándose muerte por su propia mano, como un cobarde, como un valiente.

La Historia son historias, como apunta Gustavo Bulacio. Solamente.

* * *

Zelig de Woody Allen es un falso documental para contar la historia de Leonard Zelig, el camaleón humano que en su deseo de obtener la aprobación de los demás toma atributos y rasgos de quienes lo rodean, volviéndose negro en compañía de Louis Armstrong y haciendo suyas por mero contacto las habilidades de médicos, músicos y pilotos.

Tras sobreponerse una temporada a su mal, la falta de identidad, vuelve a caer en el conformismo y la existencia camaleónica y huye del país. Zelig es seguido en el periplo intercontinental por la Dra. Eudora Fletcher (Mia Farrow) esposa, terapeuta y responsable de su cura, quien finalmente lo encuentra en la comitiva bávara de Hitler.

En la mitad del discurso del fuhrer, molesto por la presencia de los americanos, se introduce una segunda película basada en esos hechos reales. Zelig dentro de Zelig. Un documental dentro de otro. Eudora y Leonard, protagonizados por apolíneos e inmarcesibles estrellas de los años cuarenta, alcanzan su final made in Holliwood, escapando de sus perseguidores nazis a bordo de una avión piloteado por él. Baten el record mundial de vuelo transoceánico. Nada en ese film luce como los acontecimientos que narra el primero, tan falso como el segundo.

Años más tardes dirá el inevitablemente inglés Jeremy Irons “no importan los géneros, todo lo que filma Hollywood es ciencia ficción”.

* * *

Alicia nos cuenta, naturalmente, un encuentro, una charla que no fue. Lo real es insignificante sin trascendencia alguna. Ella lo recrea, crea un motivo que merezca el recuerdo.

Zelig evidencia la imposibilidad de llegar a ser como uno es. No somos muy diferentes de Alicia, todos queremos ser recordados de un modo especial, aceptados, queridos. Nos rescribirnos.

En la Historia perduran, complementarios y contrapuestos, cada intento de eternidad, versiones de nosotros mismos, agradables a distintos lectores, incompatibles con el principio de identidad.

Zelig, el falso documental y el falso documenta al cuadrado son la extensión visual de esa incertidumbre. De la incertidumbre de la Historia, de las historias de cada uno de nosotros.

Tres pájaros picotean una piedra, pobres.

Waldo Williams, 24 de Octubre, 2011


viernes, 14 de octubre de 2011

85. El ya no era parte

Esperaba a Waldo en la Vicente López. Un oprobio, si no fuera por las medialunas.



Las seis de la tarde y Maipú era una masa indistinguible de colectivos y gente y colores opacos y el día haciéndose noche y el ruido y la nada y la confusión. Waldo, cansado, bajó de un sesenta creo, el auto se había quedado antes de llegar a la General Paz.



Mi vestidito con grandes círculos en colores primarios estaba amenazado por olas de frituras que los extractores no alcanzaban a contener. Cuando Waldo cruzó la puerta yo ya había pagado y lo invité a subir al Smart.



A salvo. Entrecerré los ojos y puse Las Variaciones Goldberg. Me dejé estar sin arrancar el auto.



El sacó de una bolsa de papel el catálogo de Arte Espacio. Le digo… ¿Cómo, ya fuiste? ¿No ibas a ir conmigo, ahora? Waldo me muestra la primera hoja, leo del 16 al 20 de Septiembre del 2010 ¿Estás jugando al túnel del tiempo...? ¿Quién es Tony…yo soy Douglas?



Waldo va hasta la última página, donde se listan los artistas participantes, al lado de cada nombre, a mano con una letra familiar pero irreconocible una puntuación, una flecha, un comentario. Lo miro sin entender. Waldo sonríe ¡No lo puedo creer…se ha hecho blanquear los dientes! Se da cuenta que me doy cuenta y se gira, como al descuido, contra la ventanilla y mirando al piso dice, me dolió un montón, no me lo hago más. Mirando al piso más fijamente aún deja caer es la letra de Quety.



¿Quety? ¿El año pasado fuiste con Quety? ¿Te veías con Quety…mi mejor amiga? Digo desconcertada.



Una probabilidad en veinte millones cuatrocientos cuarenta y siete mil trescientos treinta y ocho, si confiamos en los números de Moreno y te exceptúo a vos. Lo sé, una probabilidad baja; pero no imposible.



No me dijeron nada.



Preferimos ser prudentes, contesta Waldo, lacónico, mientras hojea el catálogo como buscando la receta de la felicidad.



Quety es una de las pocas mujeres que cuando sonríe pone distancia. La estrategia comunicacional que mejor se le da a Waldo es el monólogo. Me pregunto cuánto de la decisión de Quety de irse a enseñar francés al harem del emirato tuvo que ver con la prudente relación que mantenía con Waldo. Salvando las distancias (Waldo no habla noruego) Liv Ullmann confesó una vez Me resulta imposible vivir con Bergman, pero luego de vivir con él no podré hacerlo con otro hombre que no sea Ingmar Bergman. Si fuera hombre y no pudieran decir de mí que me aman o me admiran, me gustaría que me recordaran de esa manera.



Era evidente que Waldo quería contármelo, pero no estaba interesado en ir más allá de lo dicho ¿Quién entiende a los hombres, eh? Mis reflexiones le dan aire y despersonalizando el tema, abre el catalago y me muestra el trabajo de Fernando Goin. Sabe que me va a gustar, carbonilla de una pareja paseando en Vespa. Ella conduce, look años cincuenta. En el margen Quety le asigna 6/7 puntos. Para mí, máximo glamour.



Una idea simple, tanto que no puede ser cortada en dos. Lo simple tiene más posibilidades de ser bello que lo complejo.



La navaja de Ockham, aplicada a las artes plásticas, completa Waldo.



Tiene razón.



Guillermo de Ockham se hizo famoso por su navaja, las buenas metáforas siempre ayudan, aunque dedico su vida, creo, al problema de los Universales, tal como lo discutimos en el círculo DIOR.



¿Existen universales o sólo cosas singulares? Vamos al cuadro de la Vespa. Cuando pronunciamos la palabra moto ¿Nos referimos a ésta en particular o a una entidad “moto” universal que funda la realidad de todas las motos que andan por ahí? ¿Existe la idea de esta moto, o es una construcción de nuestra mente? ¿Por qué son parecidos algunos objetos? ¿Por qué la muestra de arte de este año luce tan similar a la del año pasado que pareciera no ser necesario visitarla? ¿El lenguaje reagrupa las cosas parecidas de modo artificial para comodidad del entendimiento humano en categoría generales o existen formas universales de las que participan las formas específicas?



A esta altura estaba un poco mareada, pero concluyamos, falta sólo una puntada, para Ockham las cosas son singulares, sólo existen motos, ésta y aquella, lo universal es erróneo.



Mi amiga Renée y yo no estamos de acuerdo con Guillermo.



¿Qué cosa hay en común entre la moto de Goin y digamos algo bien diferente, un óleo de Xul (Solar)? El ojo reconoce en esos trabajos una forma común de la que ambos participan, la de la belleza. Tiene que haber algo real en esas formas, no puede ser sólo la estrategia de una mente perezosa que clasifica a como de lugar para aprender más rápido y más fácil. No se puede clasificar nada que no se preste a ello.



Los objetos que se parecen participan de la misma universalidad y eso universal sólo lo percibimos a través de los conjuntos de cosas reales y diversas que participan de esa forma común.



Con las Variaciones de fondo, lentamente me despierto de mis reflexiones y entre sueño y vigilia digo, como justificando nuestra inmovilidad, nuestra estancia en mi auto, necesitamos de diversas muestras de arte para captar lo bello que está detrás de cada obra, quizás sea inmaterial seguir haciéndolo si ya lo hemos aprendido….



Creo que fue la única vez que dejé sin palabras a Waldo, que seguía buscando sin éxito, en la diminuta letra de Quety, la forma universal de la que él ya no era parte.



Alicia Lis, 17 de Octubre, 2011

viernes, 7 de octubre de 2011

84. Historia de Juan

Esta es la historia de Juan Galo de La Valle, hijo de Manuel José Levieux de La Vallée y Cortés, contador de las Rentas y el Tabaco del Virreinato del Río de la Plata, quien a los quince años se llamó a sí mismo Juan Lavalle, para desprenderse de su origen español y unirse como granadero al Ejército de los Andes.



En la batalla de Riobamba con menos de noventa hombres derrota a más de cuatrocientos realistas. Para San Martín sería la primera espada de su ejército… Lo que Lavalle haga como valiente, muy raro será el que lo imite y el que lo exceda ninguno. Su coraje lo distingue en las campañas de Chile y Perú y no caben en su pecho las condecoraciones que cinco naciones le entregan. A su vuelta defenderá de los indios la frontera sur del río Salado y luego, bravo e irremplazable, luchará la guerra contra el Brazil. En Ituzaingó, audaz y con la suerte en contra, triunfa sobre las tropas del imperio y asciende a General en el campo de batalla.



De regreso, los unitarios, que buscan retornar al poder lo convencen de enfrentar a Dorrego, gobernador de Buenos Aires, a quien apresa y ejecuta…y luego las dudas, el infortunio y el tiempo y el pedido de un pasaporte y el exilio en Montevideo y Rosas en el gobierno largamente.



* * *



Han pasado diez años y quizás convencido de poder terminar con la tiranía, con Rosas, con su hermano de leche, vuelve a la patria.



Desembarca en Entres Ríos, vence en Yeruá y lanza una arenga…La hora de la venganza ha sonado. Vamos a humillar el orgullo de esos cobardes asesinos. Es preciso degollarlos a todos. Muerte, muerte sin piedad…Derramad a torrentes la inhumana sangre para que esta raza maldita no tenga sucesión…



Leerlo fue conectarlo con el enloquecido general Walter Kurtz (Marlon Brando) de Apocalypese Now, ex boina verde de gran formación y enorme inteligencia. En una grabación de 1968 Kurtz dice…Debemos matarlos. Debemos incinerarlos. Cerdo tras cerdo, vaca tras vaca. Poblado tras poblado. Ejércitos tras ejército… Me llaman asesino ¿Cómo se dice cuando los asesinos acusan a otros de asesinos?...Mienten. Los odio. De verdad los odio…



Kurtz era uno de los oficiales más extraordinarios que produjo América. Luego se unió en Vietnam a las fuerzas especiales, después sus ideas y sus métodos se volvieron dementes. Rodeado de primitivos, en el medio de la selva es el dueño de la vida y de la muerte.



Dice el general Paz en sus Memorias… En el ejército de Lavalle no se pasaba lista, no se hacía ejercicio periódicamente, no se daban revistas. Los soldados no necesitaban licencia para ausentarse por ocho o por quince día, y lo peor es que estas ausencias no eran inocentes, las hacían para ir a merodear y a devastar el país.



La teoría y la disciplina militar son un modelo de organización y una coartada. La guerra es poco racional, es demencial. La guerra es matar más hombres que el otro, tantos más, tanto más rápido, tanto más brutalmente para que el otro abandone, se rinda, desaparezca. La guerra es el horror de la guerra. La guerra no es el clarín, ni la bandera inmaculada ni el caballo blanco, es el barro y la carga a degüello y el general ya se había dado cuenta. Brutal y sin retorno. No se vuelve a la inocencia.



Lavalle llega hasta las puertas de Buenos Aires pero no ataca, le escribe a Dolores, su mujer, No he encontrado sino hordas de esclavos, tan envilecidos como cobardes y muy contentos con sus cadenas... No concibas muchas esperanzas… Su lucha contra Rosas no entusiasma a los paisanos, los franceses retacean el apoyo prometido, el fantasma de Dorrego lo persigue, entonces mueve sus hombres hacia el norte, a los Andes, hacia el calor, el viento y la tierra, hacia sus principios, hacia la primera gloria, pero como queriendo incendiarla, para siempre.



Santa Fé es saqueada y los soldados no vuelven al ejército sino después de cincuenta días de desorden, borrachera y escándalos.



Lavalle está en el corazón de las tinieblas. Nada se respeta ni las manadas de yeguas, ni las crías de mulas que se destrozan para hacer botas.



Descontentos, antiguos jefes, poco a poco se irán yendo, Chilavert, Montero, Paz, Elía, Vega, Pueyrredón, Salvadores, Pieres…



Fusila y fusila, cuanto más grande sea el número, menos caras en el recuerdo. Fusila y fusila; al baqueano Viana y también el Capitán Rodríguez, que entra a San Pedro con bandera blanca en alto y al gobernador Méndez y al gobernador Villafañe y a Franco y a Guerrero y también a Boedo, Pereda y Chavez. A estas alturas, Dorrego es sólo un grito más y sentirse Dios, una gran tentación.



Lavalle, cuenta Paz, ya no era el atildado oficial de la escuela de San Martín. Su vestimenta y sus actitudes mostraban un cambio enorme: desaliñado, sin cuidar de sí ni de la disciplina de su ejército, daba la impresión de andar como dormido, de estar dominado por un escepticismo invencible. Como Kurtz en el medio de la selva.



En estas tierras no hay quien me mate, gracias al terror que inspiramos, confiesa Lavalle y en ese momento, o tal vez la tarde siguiente quizá lo atraviese la frase que le deja San Martín, años atrás, al dejar el Río de la Plata… Una sola víctima que pueda economizar a su país le servirá de un consuelo inalterable… y Lavalle que nunca ha huido comienza a retirarse, en ese momento o tal vez la tarde siguiente, llevando consigo a Damasita Boedo, hermana del fusilado Mariano, que lo sigue buscando vengar su muerte o encendida por un amor raro.



Llegan a Jujuy. Golpean las puertas de varias casas, no hay nadie o nadie los quiere atender. Entran a una casa vacía, la de Zenarrusa, los soldados se acomodan en los patios y ellos en una pieza grande y tentadora, al fondo.



A las seis de la mañana se oye ruido de caballos. La partida enemiga son catorce hombres dominados por el miedo. En la casa, el único que mantiene la sangre fría es Lavalle. Nos vamos a abrir paso dicen que fue lo último que dijo. Suenan los disparos y una bala perdida lo mata.



Mienten que la bala perdida entró por la cerradura, lo dicen a sabiendas de que las balas no podían atravesar la pesada puerta de madera. Mienten, mienten…esa bala enemiga no puede haberle dado muerte. Cerrados desde adentro esos humildes pistolones nada podían hacer ¿Damasita? Imposible, los viejos leales del general no la habrían protegido jamás. Tampoco lo hicieron esos hombres que lo acompañarían hasta el último círculo del infierno.



Lavalle era un hombre derrotado. Había buscado la muerte en Famaillá sin éxito, con éxito había matado todo lo bueno de su juventud. Derrotado se quita la vida y cae en el zaguán ensangrentando la bufanda de vicuña. Como Kurtz, puede haber balbuceado…El Horror, el horror… No de la mazorca ni de la montonera, el horror de sí mismo.



Sus amigos callan y ocultan. Huyen hacia adelante, hacia el calor, el viento y la tierra, al corazón de las tinieblas.



Guillermo García Avogadro, 7 de Octubre, 2011

miércoles, 5 de octubre de 2011

83. Vanidad

Alicia inicia su entrada envuelta en una bata de toalla, eligiendo que ponerse para una vernissage. En quince líneas nos dice sobre la vanidad de las bibliotecas, lo efímero del bienestar de una salida de baño, la ropa como espina dorsal de la personalidad a construir y la sexualidad latente de un vestido rojo.

Luego a través de un brodery introduce un recuerdo de la primera juventud, una de sus primeras salidas con su futuro marido y en trescientas cincuentas palabras resume el Romance de la Muerte de Juan Lavalle. Compara hacer un resumen con trazar un mapa y ambas tareas con imitar el trabajo de Dios (en este caso Sábato) aunque sea de modo imperfecto (ella sabe que en su resumen se escapa la tensión y gran parte de la épica del relato; pero sabe también que sólo se puede sintetizar lo que se captó en esencia).

El Romance cuenta un destino sudamericano, como el de Juan Narciso De Laprida, un destino universal. Cuenta el final de una vida, perseguida por los fantasmas de la juventud; registra las vueltas de la rueda de la fortuna, ayer la primera espada del Ejército de los Andes hoy un fantasma harapiento y traza un paralelismo con la corta vida de su marido, que a la larga es la corta vida de todos.

La narración opera también como cierre a la serie última de Lapicerapices. Hablamos sobre los cerebros de Borges, de Einstein y de Kennedy. Cerebros y recuerdos. Sobre la tensión entre cabeza y corazón. Los ciento setenta soldados llevan el corazón de un jefe y una cabeza sagrada, las dos cosas.

La entrada se inicia con una cita de Borges, de alguna manera el reverso de Sábato, el homenajeado. Alicia nos invita al acuerdo pero también a continuar la polémica.

Drácula (no sé si el de Bram Stoker o el de Bela Lugosi) dice que los espejos son una manifestación de la vanidad humana.

Voy a la cocina en búsqueda de algo, un sándwich de queso, un pedazo de leber(wurst) algo…Sobre mi heladera (Siam Bolita, circa 1953) los siete tomos de En Busca del tiempo perdido y los tres del Diccionario Filosófico de Voltaire. Alicia tiene razón, Fabio Zerpa no sé.

Waldo Williams, 5 de Octubre, 2011


lunes, 3 de octubre de 2011

82. Esa noche bajo las estrellas

82. Esa noche bajo las estrellas


La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece
Jorge Luis Borges


Estoy parada en el medio del vestidor. Tengo un vestidor grande, me cuesta tirar. Si alguien acumula libros y los guarda en un cuarto llamado biblioteca, ocupando metros y metros lineales, aunque sepamos que difícilmente vuelva a releer más de cinco, no pasa nada, es el guardián de un tesoro. Ahora si la guarda es de ropa, una es una frívola y una mezquina por no donar faldas y saquitos a Cáritas. El guardián que expone con vanidad lo que ha leído es igual de frívolo y también debería hacer su donación parroquial.


Salí de la ducha envuelta en una bata de toalla que me regalaron en el Four Seasons de Carmelo. A estas batas abría que aplicarles un procedimiento análogo al que usamos para determinar la edad de los perros en años humanos, contabilizando cinco por cada mes de uso. A los seis meses, andan por los treinta y a los doce ya están para jubilarse. Gruesas, suaves y esponjosas en un principio, rápido devienen en finitas, ásperas y pesadas. Hay que saber decirles adiós. Epifanía, hoy estamos estrenando.


El principio de la primavera desconcierta, o estás muerta de frío o te asás de calor. Voy a una muestra de arte, busco algo colorido. Cuando una mujer dice no tengo que ponerme, no hay que interpretarla literalmente (nunca hay que interpretar literalmente a una mujer) lo que ella quiere decir, lo digo por experiencia propia, es no encuentro la ropa que hoy diga de mí lo que quiero que los otros lean.


Miro las perchas una por una, ordenadas por color y antigüedad. En la última, un vestido colorado con algo de brodery.


Toda mujer tiene que ponerse un vestido colorado, al menos una vez en la vida. Así lo hicieron Marilyn en Niágara y Michelle Pfeiffer en Los Fabulosos Baker Boys, única película en la que está fatalmente sexy, si pasamos por alto –claro está- Batman (donde tenía que entalcarse completamente para poderse meter dentro del traje de látex negro de Gatúbela…).


Levanto la percha, sólo una vez lo usé, cuando tenía veinte, en una de las primeras salidas con Patricio, mi novio en ese momento. Era verano, cerca de navidad y fuimos a escuchar Romance de La Muerte de Juan Lavalle en San Isidro. Su padre le había prestado un MG B de colección color verde inglés y yo llegué bastante despeinada, no había previsto ni vincha ni pañuelo para el convertible. Daba igual, a Patricio le gustaba más así, no tan prolija. Nos sentamos en las gradas altas, abajo, cercanos a Sábato y Falú los vi a Esteban Martini, Guillermo y Andrea, su novia de ese momento con un vestido colorado exactamente igual al mío. No era un modelo exclusivo.


En esa época no nos veíamos mucho, Guillermo y Waldo sentían que competían con Patricio y la diferencia de años, la experiencia e historial con Amex, era difícil de remontar. Estacionando el Taunus Ghia del padre de Esteban a Guillermo se le hubiera venido el alma al piso de verme bajar de un auto con el que había jugado de chico y al que sólo podía acceder en su versión a escala 1/64 de los Matchbox coleccionables. Creo que nunca le dije que compartimos esa noche bajo las estrellas, porque de algún modo la compartimos.


Lavalle desembarca para combatir contra Rosas en 1840, después de años de exilio. Ante el desconcierto de sus soldados, no atacan Buenos Aires y marchan hacia el norte, peregrinaje que durará casi dos años.


Y las batallas se pierden bajo el fantasma de Dorrego, a quien hace años mandó fusilar, joven, en Navarro.


Quebracho Herrado inicia el desastre final y luego de la derrota de Famaillá, sólo ciento setenta hombres permanecen fieles a su jefe. Marchan hacia el norte y ni siquiera son soldados; son seres derrotados y sucios. Algunos, muchos, no saben tampoco por qué combaten. Ciento setenta hombres y una mujer, porque también va al lado de Juan Lavalle, Damasita Boedo que en la ciudad de Salta decidió unirse al destino de esos derrotados.


El General Juan Galo de Lavalle, descendiente de Pelayo y de Hernán Cortés, parece el harapiento fantasma de aquel Lavalle de la independencia.


El General va enfermo, hace días que no duerme. En Salta, el doctor Bedoya les pide que huyan a Bolivia, de cualquier manera, pero es inútil, nunca ha huido en su vida.


Esa noche se escuchan algunos disparos. Los federales no saben a quién han muerto y tienen que salir antes de que lo adviertan. Oribe ha jurado mostrar la cabeza de Lavalle en la Plaza de la Victoria. Aquellos ciento setenta hombres inician entonces su marcha final hacia el exilio, setenta leguas hasta la frontera de Bolivia.


Días de angustia con el cadáver de un jefe querido, galopando bajo el sol de la Quebrada. Podían dispersarse en la montaña, huir en todas direcciones, después de enterrar a Lavalle, pero no se detendrán hasta Bolivia, no cejarán hasta que el cuerpo de su General tenga descanso digno.


El sol pudre el cuerpo de Lavalle. A los tres días de marcha comprenden que es imposible seguir así y resuelven descarnar el cadáver.


Llevan un montón de huesos, el corazón de un jefe y una cabeza sagrada. Al fin, en medio de la noche atraviesan el límite de la patria y pueden derrumbarse en paz, pronto no se distinguen, polvo en el polvo.


Me gratifica resumir el largo romance en sólo trescientas cincuenta palabras, quizá porque es una tarea similar a dibujar un mapa. Me encantan los mapas. El contorno del Golfo de San Jorge, de color negro, apenas salpicado por azul marino es el golfo, aun perdiendo toda su belleza está ahí.


Dibujar un mapa es remedar la acción de Dios, aunque de modo tosco e imperfecto.


Tomo un largo trago de jugo de tomate con mucha pimienta que me acerca Feliciana. Quisiera imitar la tarea de Dios y producir, re-producir aquella noche de verano en San Isidro.


Un vestido colorado que no era único, pero yo sí lo era para Patricio, bajo las estrellas. El acompañando en susurros cada línea recitada por Sábato, joven, sano y seguro de sí. Todo estaba por hacerse, las vísperas, siempre son júbilo; las realizaciones, en cambio, cargan el desasosiego de los fantasmas.


La vida convirtió en un fantasma harapiento a Lavalle a quien San Martín llamó La Primera espada del Ejército de los Andes.


Fantasma sí, harapienta no. Me pongo un chemise de seda con grandes círculos en colores primarios; cuelgo el vestidito con brodery para siempre, salgo, Waldo me espera en el Almacén de Arte.


Alicia Lis, 3 de Octubre, 2011