Art Happens
James Whistler
Alicia debería haber sido regisseur y no oftalmóloga.
El día de la visita que no fue y de la conversación que no tuvo lugar (¿Puede haber existido un momento doblemente negado? Sí, claro, pero sólo por esa extraña regla matemática que indica que menos por menos es más) retomo, ese día Alicia en su auto escuchaba las Variaciones Goldberg ¿Casualidad? De ninguna manera.
Las Variaciones son parte de la banda sonora de El Paciente Inglés, obra enorme que contiene una decena de películas.
La primera es la historia de amor del conde László Almásy (Ralph Fieness) y Katharine Clifton (Kristin Scott Thomas; increíblemente –léase de de manera literal- linda). Ella es casada, él no. Se encuentran en el desierto africano durante la segunda guerra mundial. László traza mapas, Katharine acompaña a su marido fotógrafo; todos están perdidos y lo saben. El desierto con sus dunas cambiantes y huellas que desaparecen tras el viento es un laberinto perfecto, el desierto puede ser también un lienzo en blanco.
La película se ordena a través de una serie de flashbacks con Almásy yaciente y desfigurado por el fuego, bajo el cuidado de Hana (Juliette Binoche, tan linda como siempre pero más) en un monasterio italiano, ruinoso.
Recuerden, hago una síntesis salvaje de una película inmensa y enfáticamente fotográfica.
El Paciente Inglés tiene dos momentos memorables (miento, tiene muchos, pero aquí me estoy refiriendo sólo a la versión base) y esos dos momentos tienen que ver con pinturas.
Uno es de Hana, iluminando con antorchas los frescos de la capilla del monasterio, mientras se deja volar con un arnés abrazada a Kip (Naveen Andrews) soldado que llega a ese refugio.
El otro es de Katharine, dentro la Cueva de los Nadadores, sola, con una lámpara de aceite. Las figuras pintadas sobre la roca, sutiles, oscuras, esenciales parecen moverse bajo la luz dorada. Vuelven a nadar, desnudas, después de siglos, esa noche delante de sus ojos.
Mucho tiempo después de ver la película descubrí que los frescos no eran obra de un escenógrafo de Hollywood sino de Piero della Francesca y se los podía apreciar en la Basílica de San Francisco en Arezzo. La Cueva de los Nadadores es Wadi Sora, en el desierto de Libia y creo, me han dicho, está muy, muy dañada.
Alicia iba a ir a una exposición de pintura con Waldo y en su auto sonaba un tema de El Paciente Inglés.
Pintura rupestre que resalta la flexibilidad, la sensualidad de los cuerpos en el agua, en el medio del desierto (algo así como el deseo a la tercera potencia).
Pintura del renacimiento, obra maestra, redescubriendo esos mismos cuerpos largamente perdidos.
El origen y la vuelta al origen, subrayando la idea de belleza como universal del que participan las cosas bellas. Lo bello como retorno a lo bello. Lo bello como entidad única.
Pareciera que Alicia no fue del todo inocente y voluntariamente evitó ir a la exposición para poder plantear la idea –monumental en términos de Waldo- “…necesitamos de diversas muestras de arte para captar lo bello que está detrás de cada obra, quizás sea inmaterial seguir haciéndolo si ya lo hemos aprendido…”. La no visita como puesta en escena de una reflexión medieval.
El subrayado de lo que estaba escuchando, lo deja como pista para los espíritus policiales y cinéfilos.
* * *
Para escribir estas líneas volví a ver El Paciente Inglés durante el fin de semana, menos por la intención de ser preciso que por interés genuino de no dejarme ninguna opinión en el tintero. Rescato, ahora, dos escenas que quizá refuten el pensamiento de Alicia.
László y Katharine pasan por primera vez la noche juntos, refugiados dentro de su auto, mientras afuera los cerca una tormenta de arena. El desierto los puede sepultar para siempre, pero ellos apenas se rozan, sólo en las caras se les deja ver la pasión que reprimen. Tarde en la mañana son rescatados y cada uno duerme en la habitación de un hotel confortable. Ha pasado un día completo y László se despierta, aún sucio y revuelto por la arena. Al borde de la cama, de pie, lo espera Katharine con un vestido ligero y sutil y blanquísimo y muy fino. El la abraza y se arrodilla y la besa y le rasga, animal ese vestido y va corte. La escena siguiente, un primer plano sobre su cara que al alejarse nos lo deja ver cosiendo con delicadeza el encaje rasgado.
Segunda escena. Hana es enfermera y ha sufrido dos golpes simultáneos, la muerte de su prometido en el frente –cuando la guerra llega al fin- y la de su amiga al explotar una mina enterrada en el camino. Está convencida que aquello que toca, muere. Decide entonces bajarse de la caravana militar para guardar los últimos días de su paciente inglés en un monasterio abandonado. Lleva uniforme de soldado, gris. Se quita el casco y el pelo cae largo y revuelto, un ícono de la sensualidad femenina. La vemos tomar una tijera y cortarlo rápido, sin cuidado. Cada corte la hace más bella. En la escena siguiente cambia el uniforme por un vestido modesto. Más bella aún.
Cualquier hombre y cualquier mujer pueden enamorarse de László y Katharine y Hana. De los tres al mismo tiempo y tentarse, siguiendo a Alicia, y decir que los tres participan de la idea universal de belleza.
Sin embargo, modestamente, con Guillermo de Ockham opino que no existen los universales.
Sólo existen individuos, individuales. Lo universal no existe fuera de la mente. No existe la humanidad, es sólo una palabra que reemplaza a diferentes e incontables seres humanos. Es una palabra que los sustituye en la oración, que ocupa su lugar por la fuerza de las convenciones.
El mundo no es ordenado, no hay formas puras, patrones; no hay una idea única de belleza o de equilibrio o de lo que sea que alcanzamos a partir de contemplar ciertas personas que participan de esa cualidad. El mundo no es un teorema que una vez aprehendido no necesita ser resuelto nuevamente.
Cada persona debe ser resuelta. El enamoramiento y la belleza se dan espontáneos y de modo diverso. Cada uno es uno. László y Katharine y Hana lo saben.
El Arte Sucede. La vida también. Cada cosa se resuelve cada vez.
Guillermo García Avogadro, 31 de Octubre, 2011