En La Decisión de Sophie, Meryl Streep debe elegir en las puertas del campo de concentración de Auschwitz cuál de sus dos hijos sobrevivirá y cuál mandarán a morir a una cámara de gas.
Guillermo tiene razón cuando dice que en toda decisión siempre hay una pérdida. En la raíz latina de la palabra decidir (decidere) se encuentra el concepto muerte (cida es compartido con la palabra homicida). También tiene razón cuando dice que la escena que concentra toda nuestra vida es una decisión que nos presenta o cobardes o valientes. Me pregunto ¿La diferencia entre ancianos alegres y tristes, será que unos y otros saben o intuyen –al final de sus días- el carácter de esa decisión fundamental?
Tampoco creo que Guillermo se haya confundido con su versión de los hechos que desembocaron en El Archipiélago Gulag. Guillermo cree que el universo sólo existe para ser disfrutado en forma de cuento entretenido (aceptemos que él entiende por entretenido algo muy diferente a lo que, por ejemplo, los hermanos Sofovich nos pueden proponer).
La única verdad es el asombro y la reflexión literaria, muy lejana del registro periodístico.
Leo en el libro de Di Giovanni que me prestó Quety, Whitman comentó una vez que le daban “miedo los historiadores, si no son mentirosos, está en gran medida a merced de los mentirosos”. A Guillermo le da lo mismo, la Historia para él son historias, fuentes de placer donde se aprende no por el contenido sino por la forma.
Cerrando, no opino igual que Asunción y Waldo (de todos modos la opinión es la forma más elemental de conocimiento, puede ser verdadera o falsa…no es más que una opinión). No creo que escribir sea un acto automático, una descarga motora un mero desahogo. Un diario intimo, la pintada en un baño o la catarsis en una sesión de análisis no son de por sí y necesariamente un acto literario. Escribir supone –para mí- decantar, reducir, eliminar.
Amigos, no busquen detectivescamente errores en las siguientes líneas, copié directamente del número de agosto del 99 del National Geographic:
...Agentes de seguridad del estado de China arrestaron al electricista Wei Jingsheng en 1979, por escribir ensayos a favor de la democracia. Pasó 18 años prisionero en una celda de 1,5 x 2,5 metros. La luz estaba encendida todo el tiempo y ni siquiera los guardias estaban autorizados para hablarle. No se le permitía leer o escribir. Sus pedidos de papel y lápiz eran ignorados.
Wei visualizaba los caracteres en su cabeza y se enorgullecía de su caligrafía mental. Dos años más tarde alguien le dejó un lápiz, clandestinamente, en su bandeja de comida. Wei escribiría cartas a su familia usando las ásperas hojas del papel para el baño. Descubrieron las cartas. Lo trasladaron pero logró llevar el lápiz consigo, furtivamente. Wei escribía ahora a los líderes chinos que criticaba. Las autoridades le quitan sucesivamente el lápiz que le encuentran, pero secretamente otros presos le hacen llegar un remplazo.
Las autoridades Chinas lo liberan a finales del 93 tratando de ganar apoyo para realizar los juegos olímpicos del 2000. Seis meses después, una vez rechazada la postulación de China, es arrestado nuevamente.
Entonces endurecen el confinamiento y dos de las paredes de la celda pasan a ser de vidrio, así la vigilancia constante se aseguraba que no escribiera. Durante seis meses ni siquiera su familia sabe si está vivo o muerto. Lo golpean frecuentemente y se le niega atención médica. Aún así, logra escribir algunas líneas precisas.
Finalmente, en noviembre de 1997, el gobierno Chino libera a Wei, como respuesta a las presiones internacionales. Ya en New York le responde a un periodista de National Geographic “Escribir me mantuvo vivo. Redactaba mis cartas en la cabeza durante una semana antes de escribir una sola palabra. Deberíamos hacer siempre esto, aún cuando no tengamos el tiempo que nos ofrece la cárcel”.
Alicia Lis, 9 de Septiembre
jueves, 9 de septiembre de 2010
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