Yo escribo porque leo
La sentencia de Dolina “Escribimos para conquistar a una mujer” (levantarse una mina, en versión del autor) es universal (aplicable a todos, en todo el mundo y en todas las épocas) y por lo tanto no me escapo de ella. Podrá cambiar la mina, según pasan los años, pero siempre en el escribir hay un afán de conquista (y no me refiero a la conquista del auto-conocimiento).
Dicho esto, en segundo término, escribimos porque leemos. Primero uno lee la eme y luego la escribe, lee la a y la escribe… y así leyendo y escribiendo redactamos nuestra primera declaración de amor… mamá me ama, yo amo a mi mamá. Nota al paso: en el escribir siempre hay un vínculo especular.
Pasar a un segundo nivel de escritura, más sofisticado en el contenido y la forma supone la lectura de Otros. No es necesariamente así, pero lo cierto es que jamás encontré ejemplos de (grandes) escritores salvajes, trabajando, solitarios, en el bosque cerrado.
Leo, creo, por mi papá
Primer Acto. Mi papá tenía fama de muy lector, de leer sentado en el piso, encorvado sobre el libro (muy mala postura, que yo debía evitar, según mi abuela). Seguramente eso debe haber influido, no sé.
Segundo Acto. Yo era más de leer historietas (aunque me parece que las historietas se miran más de lo que se leen… el diálogo sigue a la imagen… parecido a cuando los chicos empiezan a ver dibujitos, ahora cartoons). Pero un verano hostil, en un cuarto sofocante en la terraza de mi abuelo, en Río IV, empecé a leer una versión de Tom Sawyer en entregas semanales de la revista Anteojito. Una siesta me ganó la ansiedad, no aguanté los siete días de espera y le pedí a mi papá que me regalara, por favor, el libro escrito por un Mark Twain. Papá me mandó por encomienda, desde Buenos Aires, un ejemplar de la colección Robin Hood comprado en una librería de usados de la calle Corrientes. Lo leí, lentamente (aunque me haya parecido muy rápido) y no paré más.
Tercer Acto. Cuando yo andaría por los trece (catorce, quizás) papá trabajaba –para redondear los ingresos- en el Círculo de Lectores. Recuerdo claramente el bolso de cuerina (hoy cuero ecológico) marrón que usaba para entregar los pedidos a los socios. Papá dejaba que me quedara con los libros que quisiera, recuerdo Grandes Enigmas de Nuestro Mundo (libro con mucha ilustración y poco texto, sobre Machu-Pichu; Las pirámides…allí vi por primera vez la foto de una momia, hasta ese momento creía que eran una ficción como el hombre-lobo o la máquina del tiempo)… esos libros del Círculo me llevaron a lecturas de adulto, el famoso Archipiélago Gulag, Las Tumbas de Enrique Medina, El Túnel… y un librito –seguramente menor- pero que jamás olvidé, Seis Meses con Una Mujer de Cierta Edad, que me descubrió a Magritte y me inició en el placer de la pintura…pero punto, esa es otra historia.
Mi papá no me lee
Ocasionalmente ha leído papá este blog. Lo ha hecho cuando le hice saber que lo mencionaría… aún en esos casos sus comentarios fueron generales, hechos con cierta distancia, tanta, que dudé si había sido una lectura o un mero pasar revista, un cumplir. Papá es un hombre afectuoso pero distante, quizá, con el tiempo los dos hemos acordado –tácitamente- mantener una distancia exquisita.
Papá se divorció de mamá cuando yo tenía diecisiete años. Papá se había enamorado de otra mujer. Nunca supe, nunca le pregunté si sólo se había enamorado de Cristina o si también había dejado de querer a mamá o si la quería menos o si la decisión de dejarnos era un desgarro o una liberación o si era completamente feliz o feliz a medias o si todos los trastornos habían valido realmente la pena o si se había enamorado sin querer o queriendo o si sentía culpa o no, o sí… pero igual tenía que seguir ese camino, porque era el único camino honesto, posible para él. Nunca le pregunté nada, ni siquiera estas preguntas se me pasaron por la cabeza y si hubieran pasado, igual jamás las hubiera hecho. Por un tiempo dejé de verlo, no estuve en su casamiento, por años no conocí su casa, su modo de vida, sus nuevos amigos, no compartí fiestas, aniversarios, vacaciones, nada de nada, distancia absoluta.
A veces el persistir en una idea empobrece.
El tiempo ha pasado, hoy con cuarenta y ocho años, soy mayor al papá que nos abandonó, hoy me arrepiento de muchas cosas. Mi corazón y la ideología me quitaron más de lo que me dieron.
Nacieron los nietos y eso limó las últimas asperezas, el domingo veía charlar amigablemente a mamá y a Cristina sobre las gracias de Andrés y Benjamín… entonces me preguntaba ¿Adonde se fueron las tormentas, adonde el tiempo perdido? Preguntas retóricas, sé con claridad la amarga respuesta, toda ciudad tiene baldíos y recodos yertos.
Guillermo García Avogadro, 23 de Septiembre
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