No deja de llamarme la atención que Alice encuentre un viejo amor en la ciudad de Amsterdam.
Una mujer que cuida hasta el más mínimo detalle no puede iniciar una novela romántica por entregas desde un domicilio conocido, por nosotros -adolescentes de los años 70- sólo por su barrio rojo, jamás por Van Gogh, menos aún por las gestas náuticas. Creo que al menos debería haberse corrido a la cercana Brujas, le hubiera costado nada y todo hubiera quedado mucho más acorde con el Alicia-way-of-life.
Estuve en Amsterdam un par de días a principio de siglo. Fui por solicitud del joven ejecutivo de la tabacalera a realizar una auditoría de creatividad. Sí, auditoría y creatividad es casi un oxímoron (combinar dos palabras de sentido opuesto en la misma línea) auditar es verificar el apego a la norma, creatividad es quebrar el sentido, fomentar la disrupción. No me contrataban para verificar la corrección de la solicitud, sólo para llevar adelante un programa insensato. Pagaron lo suficiente como para convencerme que era posible y no defraudé a nadie redactando todas mis conclusiones en potencial simple. Un informe de marketing inobjetable.
La noche que tuve libre salí a caminar por el setenta veces rojo barrio de mi juventud.
Sin desafiar mucho el origen de mis percepciones, Barrio Rojo era sinónimo de holandesas celestes y rubias, casi universitarias, finalistas de un casting de película de Zalman King (director de Nueve semanas y Media, comercial sobre el sado-masoquismo en 90 minutos de cool glamour neoyorquino). Me pregunto, pasada la adolescencia temprana ¿A quién se le puede pasar por la cabeza semejante cosa? ¿O acaso creemos que las Naciones Unidas financia un programa para mantener las costumbres tradicionales de los barrios que son patrimonio de la humanidad? En las ventanas alquiladas, atrapadas por deudas y drogas, pagando impuestos religiosamente, sólo mujeres provenientes de las antiguas colonias, de ese tercer mundo, que está cerca del segundo sólo porque no hay un cuarto, un quinto y un sexto.
En cada esquina de cada callejón un colega negro vigila sin disimulo ¿Qué desesperación mueve al que paga 50 euros por 15 minutos de suck-and-fuck en esas miserables condiciones?
Entre ventana y ventana un sex-shop, con excepción de una tienda de preservativos de diseño, el resto da más ganas de hacerse monje recoleto que intentar robarle un beso a Miss Costa Rica. Ni siquiera da curiosidad entrar, todo el portafolio de chabacanería infanto-juvenil, perversa y polimorfa está expuesta en la vidriera como alfajores en kiosquito.
Caminaba sin un plan por el dédalo sórdido, repitiéndome varias veces en la misma esquina. Turba (linda palabra para aplicar a este grupo) repito, turba de japoneses, hombres y mujeres, mayores de cuarenta, en ropa gris-amarronada-azulina, rostros cetrinos y miradas esquivas, con respeto pero empujándose, como no entendiendo pero entendiendo seguían la banderita de su guía hacia Casa Rosso. Esa imagen anula toda fantasía sexual que uno se haya hecho de lo que pueda pasar en aquel espacio bacanal. En el hall de entrada del teatro una fuente, en el centro un falo erecto (¿Existe acaso algún falo que no lo sea?) da una idea del concepto del show. No junté valor para verificar ninguna hipótesis. Frente a la boletería reviso el programa y luego confirmo que en todos los teatros colegas siguen una idéntica rutina de candelabros, duchas, frutas y demás vituallas. El sexo como número circense, como animales de circo.
Si caminamos por el viejo centro de Buenos Aires (una obligación no un paseo) veremos repetida, una y otra vez en todos los bares las fotos de la misma pizza y la misma milanesa. En el barrio rojo pasa lo mismo con la foto de la rubia, del marinero y de la morocha en su bañera. Al igual que los colegas porteños, con economía platónica, entienden que si la pizza, es siempre la misma pizza, no hay motivo para fotografiarla dos veces.
Diferentes rubias, condenadas a ser la misma rubia, reproduciendo el mismo número del candelabro, sin siquiera identidad en la marquesina, frente a los japoneses gris-amarronados-azulinos de mirada esquiva, ese es el sexo desangelado del barrio rojo.
El paraíso juvenil desilusionado.
Recapitulo, el sexo como acrobacia animal, el sexo sin identidad, el sexo donde cualquiera da lo mismo. El género sobre la especie.
A pesar de que la ropa sea propia de la cultura, que lo natural sea el propio cuero, siempre me resultó un poco raro eso de estar desnudo junto a otro, no les digo algunas poses, ni hablar del abrazo y la transpiración.
Me cuesta creer que Alice, aunque sea una mujer sin jaquecas, haya elegido esta ciudad para encontrarse con un viejo amor.
El corazón es un músculo muy flexible.
Margaret Thatcher (La dama de hierro).
Waldo Williams, Las Heras y Juncal, Julio 2011
miércoles, 6 de julio de 2011
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