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viernes, 22 de julio de 2011

74. Sinforiana

La modista de mi mamá se llamaba Sinforiana.

En principio, Dina, el nombre de la modista de Alicia es menos, digamos, llamativo; pero ¿De dónde viene Dina? ¿De Dina-marca de Ano-dina?

Sinforiana vivía cerca del colegio nacional en Río IV. Cinco o seis cuadas de viento y frío y tierra desde la casa de mi abuelo en la calle Lamadrid. Mamá siempre la visitaba en invierno; o quizá sólo me llevaba con ella en invierno, donde no se podía jugar en la terraza o en los patios de la avenida Italia. Olor a querosén alimentando la estufa Eskabe, pilas de revista con figurines, una piedra imán cubierta de alfileres, la tiza de costura y baldosas moltracio.

La modista como interface entre los sueños y la realidad. De una foto de modelo francesa, tomada por Voge en Mónaco, a un vestidito cortado sobre la tela más parecida que se encontró en alguna sedería cercana a la plaza del pueblo, levantado sobre la vieja línea de fortines.

Cuestionarse o dudar que en laly, july o marilé la copia del vestido no luciera igual que en la modelo sobre el yacth, no era parte de la ecuación. Era tirarse en la pileta sin mirar si efectivamente había pileta. La mera intuición indicaba si el talle, el largo, el escote, la cintura y el motivo eran para ellas o no. La intuición… o el oficio; allí estaban entonces las sinforianas estirando el cuello, haciendo pasar las hojas de las revistas, frunciendo el ceño, arqueando las cejas, guiñando un ojo, sugiriendo combinaciones y quitas, desechando posibilidades por la caída de un género imposible, cerrando un acuerdo mientras con el centímetro confirmaban las medidas.

El sólo vestir la prenda materializaría a su alrededor una realidad distinta, incluyendo la masa y el volumen de los cuerpos, el índice de humedad y el ángulo de incidencia del sol. Seguramente también transformaría el perfil de los invitados a la fiesta.

Esa capacidad de las modistas para transformar la realidad, me corrijo, para transformar nuestra manera de percibir la realidad, para crear una realidad virtual previa a las tecnologías de efectos especiales, previa al mundo digital, atrapó mi mente quizás antes que el cine, la literatura, el teatro.

Las modistas fueron las primeras en descubrirme la magia, aunque en ese momento yo aún no lo sabía.

* * *

Una profesora de inglés me decía que lo que primero se aprende es el pasado. La sentencia, para mí, no era más que un axioma que sostenía su método de enseñanza. Injustificado. Mis hijos de tres años me demuestran que la teacher estaba en lo correcto, su única referencia de tiempo es la época en que eran bebitos (cualquier momento entre los 3 meses y la semana pasada). A ellos, todavía, les encanta ver fotos donde no pueden reconocerse como ellos mismos.

* * *

Mi tío Manolo tenía una radio (no una a transistores. Un edifico con locutores y micrófonos y discos) un Ford Falcón Futura y también, un día, una filmadora super ocho. Como todos los dueños de super ochos no debe haber filmados más de tres o cuatro rollos. Una sola vez vi una película de su creación. Esa misma vez le debo haber pedido que la repitiera, que la pasara de nuevo, por favor. El argumento simple, casi, nouvelle vague. Siesta de verano, calle desierta de casas bajas (calle María Olguín, para más datos) caminando por la vereda del sol una mujer jovencita, tanto como se lo podía ser en los años sesenta, con un vestido sin mangas de rombos grises, amarillos y blancos, a su lado un chiquito, en pantalones cortos, mirándola. La mujer era mamá y yo el chico y yo era muy parecido a mi hijo Andrés, tanto, que me da miedo.

Ninguno de los dos puede estar más feliz.

¿Adónde habrá ido a parar ese rollo? Mataría por volverlo a ver.

Lo que primero se aprende es el pasado. Somos más pasado que futuro, no importa la edad que tengamos.

La memoria de esa escena, que seguramente duró nada, es de felicidad plena (pleno; en los juegos de azar es acertar todos los resultados). No hay más nada que ganar, porque me gané esta mamá.

Me la trajo la suerte, no hice nada para merecerla, soy un favorecido.

Veo a mis chicos cuando abrazan a su madre, no hay más nada que ganar.

No sé por qué, pero ese vestido a rombos que sólo tengo en el recuerdo de la película, tiene una presencia definitoria en el armado de la vivencia. Mi mamá es ese vestido.

Gracias, Sinforiana.

Modistas que producen en la realidad copias, parecidas pero no iguales (como dice mi platónico hijo Benjamín) de un modelo inaccesible para los humanos.

Películas vistas en la niñez que operan del mismo modo, nos distraen con una mera copia de lo real y mantienen lo que fue, inaccesible para todos.

Hemos saldado cada puntada de deuda, no dejamos de pagar una sola entrada de cine.

Quizá sólo ser padre equilibre la cuenta del azar.

Guillermo García Avogadro, Buenos Aires, 8 de agosto, 2011

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