Me lo hizo Dina, a quien fui a visitar ayer, en las afueras de París, allí donde la ciudad se parece a cualquier otra.
Dina era la modista de mamá y ella me llevaba a su casa en el sur de Buenos Aires, para mí era como viajar al extranjero, claro, en esos años todo lo que estuviera más allá de la avenida Corrientes, mano Teatro San Martín, era otro país.Dina cosía como los dioses y todos los años en diciembre hacía un pan de la felicidad, tipo torta galesa pero quinientas veces más dura que el granito. Yo lo guardaba hasta el año siguiente, en mi cómoda, envuelto en papel de seda, perfumando mi ropa con sus avellanas. No lo comía, pero para no tentar a la mala surte, lo atesoraba.
Recuerdo que una vez respondiendo algún elogio de mamá, Dina dijo que lo único que hacía bien era el trabajo de modista, que en el resto de las cosas de la vida era un desastre. Falso. Fue una excelente madre. Durante once años acompañó a su hija todos los días desde Adrogué al Instituto de Arte del Teatro Colón y se pasó allí las tardes esperándola. Como no podía llevar la máquina de coser, a un grupo de selectas clientes le cosía a mano, mamá y yo fuimos parte de las privilegiadas. En el noventa y siete se fue acompañando a su hija, cantante lírica, a Francia. Desde ese entonces todos los años, en invierno y verano me manda dos colecciones de nueve vestidos cada una.
El nueve es mi número predilecto. Tres veces tres, el numero más sagrado, el de la santísima trinidad, el misterio más inexplicable de los cristianos. El nueve es casi un diez, pero menos arrogante, con menos conciencia de sí.
Estoy yendo a encontrarme con Quety. La vi por última vez en noviembre, en La Avelina, en Punta chica. La cita era para contarme que había sido contratada como profesora de francés de los hijos de un jeque árabe. Su pasaporte había vencido, no importaba, salían ese mismo día en el Airbus privado del jeque. Quety viviría en el harem. Tomamos agua mineral, insípida, como yo imaginaba sería su próxima vida, aunque Paul Bowles pudiera opinar lo contario. Su hijo, pasaría el año en un intercambio en New Zealand.
Hace tres días llegó en el avión del jeque y con su American Express Black (titanio, no plástico). No, no se casó con él, no es una de sus 37 mujeres (número finito, cantidad de apuestas posibles en una mesa de ruleta) vino por encargo de éstas a realizar una tarea específica donde ser argentina y hablar francés eran dos habilidades casi excluyentes.
Cada tres meses, las mujeres del harem, hartas de velo y sumisión y retiro, juegan a ser occidentales y mandan a Quety a la Avenue Montaigne a buscar sus disfraces en Dior, Givenchy, Hermes y Christian Lacroix.
No deja de ser curioso que la calle de la moda en París lleve el nombre de quien a los 38 años, en el inicio de sus Ensayos, escribe “Quiero que se me vea en mi forma simple, natural y ordinaria, sin contención ni artificio, pues yo soy el objeto de mi libro”. El proyecto de Montaigne era mostrarse sin máscaras, evitar todo artificios para desvelar su yo más íntimo en su esencial desnudez.
La eternidad tiene forma de parodia.
* * *
La ausencia de límite, precipita el hastío. Lo que iba ser una bacanal de perchas, probadores y bolsas y más bolsas pronto se convirtió en tedio de supermercado, en un obsceno deme tres, no, no; mejor cinco de feriante al por mayor, el reverso de la trama del té con limón, miel y canela, que disfruté con Dina.
Un ¿eunuco? pronto desapareció con toda la compra y caminamos libres con Quety que había leído mis últimas entradas en Lapicerápices. En un puesto de libros viejos encontré una colección de poemas de Idea Vilariño en las ediciones que le hizo Schapire en los años 60.
Llegamos hasta el Pont des Arts, hombres y mujeres de todas las edades toman vino en copas y comen tostadas con foie gras. Abrimos nuestra botella, un Cabernet Sauvignon de los Vascos, mi preferido, me retiro sobre un banco de madera y mirándome a mi misma me leo
Ya no será
Ya no
No viviremos juntos
No criaré tu hijo
No te tendré de noche
No te besaré al irme
Nunca sabrás quién fui
Por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
Por qué ni cómo nunca
Ni si era verdad
Lo que dijiste que era
Ni quién fuiste
Ni qué fue para ti
Ni cómo hubiera sido
Vivir juntos
Querernos
Esperarnos
Estar.
Ya no soy más que yo
Para siempre y tú
Ya no serás para mí
Más que tú.
Ya no estás
En un día futuro
No sabré donde vives
Con quién
Ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
Como esa noche
Nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.
Mañana vuelvo a casa, extraño a los chicos.
Alicia Lis, Seine Rive Droite, Julio 31, 2011
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