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lunes, 18 de julio de 2011

71. El amor es una herida absurda

No ves que vengo de un país
Que está de olvido siempre gris
Tras el alcohol.

Alicia es la (Hansël und) Gretel de mis recuerdos, las migas que va dejando su itinerario activa en mi memoria historias mínimas, casi olvidadas.

París, rive gauch, principio de siglo, la revista Lugares me había pedido una nota, años donde los argentinos viajábamos poco y nada y querían algo distinto, fotografiar la torre era anatema. Las chicas de la redacción me habían conseguido un buen apart frente al Seine (como Alicia escribo todo en lengua madre).

Ese día de mayo me levanto temprano, me ducho, me afeito, me seco (casi un niño de Discovery Kids)…y cuando pego la vuelta para salir al cuarto encuentro la toalla que acabo de soltar bañada en sangre, en sangre fresca, en sangre de mi propia sangre. Me aterro: busco la herida, semejante cantidad de sangre viene necesariamente de una herida enorme. No encuentro nada (reconozco que no soy bueno investigando). Me miro las manos, también bañadas en sangre. Las pongo debajo del chorro de agua, no veo siquiera un mínimo tajito. A esas alturas, ya era una película de terror y no tenía la menor idea como iba a terminar. Me examino con más detenimiento jurando que no vuelvo a viajar solo, es más, jurando que jamás vuelvo a viajar, a bañarme, a nada…

Una ínfima venita (¿Un capilar acaso?) que alimentaba el testículo derecho era la causa del descontrol rojo. Capilar con vocación de aorta.

Me hago un pañal de papel higiénico, tipo momia y me fajo con el bóxer más ajustado que encuentro. En la cama rezo mis últimas oraciones. Luego de un rato, no sin temor, verifico que he dejado de perder sangre. El capilar cicatrizó. Una herida absurda.

El amor es una herida absurda, dice Castillo en La última curda.

Para Cicerón (De Oratoria III, 41) lo absurdo (de ab-surdus; en latín sordo) es algo que no se entiende. El amor es lo que no se entiende.

Sigo a Barthes cuando dice que el amor es espera. Espero una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. La espera como un encantamiento, como un hechizo: alguien me ordena no moverme. Esperando su llamada me obligo a no hacer nada, a mantener la línea de teléfono siempre disponible, a no moverme por temor a perder la señal, paralizado por un ser que no es real, no es real porque lo he creado yo.

La locura es una experiencia de despersonalización, yo soy otro.

En el amor es todo lo contrario, no poder ser otro me enloquece, con pavor compruebo que Yo no soy otro. Que yo nunca podré satisfacer completamente al objeto de mi deseo, que no seré todo para él. Aún así, la paradoja –desorbitante- es que no ceso de creer que soy amado.

Un delirio existe sólo si despertamos de él (no hay delirios retrospectivos). Un día comprendo lo que me ha ocurrido: creía sufrir por no ser amado y sin embargo sufría porque creía serlo.

Hechizos que paralizan, creación de seres imaginarios, locura de persistir, delirio de amor. Barthes nos explica, o intenta explicarnos, porque el amor no se entiende.

El padecer del amor no se explica, sana sólo si puedo afirmarlo, decirle sí, evitando la repetición. Quiero el regreso, no la repetición. Digo al otro (viejo o nuevo): recomencemos.

Alice, me gusta Prevert, soy melancólico y voto a la inteligencia, pero puestos a elegir prefiero el gris de Castillo:

Cerrame el ventanal, que arrastra el sol
su lento caracol de sueño
no ves que vengo de un país
que esta de olvido siempre gris
tras el alcohol.

Waldo Williams, 18 de julio, San Juan y Boedo, Buenos Aires

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