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lunes, 21 de noviembre de 2011

90. Sorprendente e intolerable

¿Qué ves? ¿Qué ves cuando me ves?
Cuando la mentira es la verdad
Divididos

Son las doce de la noche, diluvia y hace frío. Adentro de casa también llueve, inexplicablemente se rompió un caño y ha inundado todo. Estoy dormido y desesperado, no tengo claro que hacer. Debo, creo, salir a la calle para cerrar la llave de paso general. Me abrigo con un viejo piloto verde, sé que voy a terminar enfermo de algo. Afuera está oscuro y el viento húmedo me traspasa.


De nuevo bajo techo. Con Gabriela nos lleva más de tres horas sacar el agua que está en todos lados. El trabajo luce infinito, soy Mickey Mouse en El Aprendiz de Brujo y no dejo de pensar en los que pierden su vida entera cuando los ríos se desmadran. A las tres de la mañana me cambio el pantalón pijama por otro seco e intento calentarme con un café con leche. En el bolsillo del viejo piloto verde encuentro un permiso de trabajo, en la foto, yo y esa misma prenda, los dos, con cara de miedo y quince años menos. En Septiembre del 97 lo había gestionado para trabajar en Londres. Recuerdo que el día siguiente –era el cumpleaños de Gabriela- nos fuimos de excursión (vivíamos de excursión) a conocer Windsor Castle, que no se inundó, pero sí que se prendió fuego.


Estábamos en la Capilla de la Reina cuando entró un tour de ciegos. Tour de ciegos luce a colmo infantil… ¿Sabés cuál es el colmo de un turista?... Esa imagen es lo único que recuerdo de aquella estancia, me aturdía ese grupo que escuchaba con atención su guía y luego, cuando se podía, pasaba la mano sensualmente sobre un bajo relieve, sobre un trabajo en mármol o madera. Caminaban lentamente, cada uno direccionando la cabeza para diferente lado. Era sorprendente e intolerable a la vez, parecían disfrutar de lo que yo tenía por una condena ¿Debía alegrarme o sentir compasión?


* * *


Un veterinario en un pequeño zoológico abre la jaula del faisán dorado y entra de la mano de un chico. Primero le hace tocar las plumas rojas, luego acariciar las doradas. Se toma su tiempo, como siempre, aunque esta vez quiere que la experiencia termine rápido, el chico es ciego. Hacen lo mismo en otras jaulas y al llegar a la de una mulita, el chico pide, que le enseñen, de nuevo, el color rojo ¿Tienen los colores cualidades táctiles? Me refino ¿Qué evoca en él la textura roja de esas plumas?


¿El rojo de la pluma es equivalente al de su próxima manzana? Si la respuesta fuera negativa ¿Por qué el rojo de mi pantalón de baño en un río de las sierras, cuando niño, debería valer igual que el rojo de los crayones de Benjamín y Andrés, mis hijos, que duermen sin saber nada de la inundación y de mi vida pasada?


Algunos daltónicos perciben el verde como si fuera rojo (no logro imaginar cómo los científicos pueden determinar eso). No me veo en el campo, buscando tranquilidad y perdiendo la mirada en una vasta llanura roja, con árboles añosos de frondosas copas, rojas también. Esos campos marcianos no exasperan a los daltónicos, por el contrario los llena de profunda paz ¿Qué es el verde, qué es el rojo? ¿Es la experiencia vivida o el tipo de radiación no absorbida, digamos por una serpiente, digamos por un cardenal?


Roselino de Compiege (siglo XI) negó la realidad de las especies. La especie no es algo real, sí los individuos que la constituyen.


¿Se habría Roselino animado a decir que no existen los colores, sólo las experiencias individuales que los constituyen?


Amanece (que no es poco) sobre el piso de largos listones de madera arruinados por la inundación, cinco o seis gotas resistieron mis trabajo, el sol las ilumina, brillan apenas, color a derrota.


Guillermo García Avogadro, exhausto, 21 de Noviembre 2011

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