El teatro Colón era un recinto donde la maravilla imperaba y donde la cotidiana realidad no tenía acceso
Manuel Mujica Láinez
Estoy sentada en la platea 87 de El Colón, cuarta fila al centro. Está por empezar La Viuda Alegre, de Franz Lehár, la opereta; no Parsifal de Wagner, el rito sagrado.
La Viuda Alegre, parece un chiste, pero no.
Parsifal fue la primera ópera que vi, en un palco bajo, impar, con Patricio. Ese día me acuerdo conocí a su madre, Lucía, en el living de su casa, sentada en un sofá debajo del retrato de ella misma firmado por Andy Warhol. Lo primero que pensé fue ¿Cuánto le habrá cobrado? Cuando Patricio me preguntó que me parecía, riéndome algo le dije ¡Kitsch! El también se rió y sólo dijo sí… Lucía era una divina, más allá del cuadro, aclaro.
Patricio nunca había ido antes al palco familiar, él prefería el paraíso, muchos lo consideraban esnobismo; no sabían que fue allí donde descubrió el género bajo la guía de Osvaldo Pontino, su profesor de Cultura Musical en el secundario. Pontino, dicen, supo dirigir la orquesta sinfónica de la GGT, una vez frente a Perón y Evita; pero en los setenta era un hombre grande y cansado y todos contaban la anécdota, que nadie presenció, de cuando llegó abrió la libreta y empezó a llamar para dar lección: Bárbara Durand ¡Ausente! Mariana Fritz ¡Ausente! Y así hasta que levanta la vista, ve cuarenta varones y se corrige…perdón, pensé que estaba en el colegio de las chicas. Pontino con partitura en mano, como si fuera La Fija, lo fue encantando con tramas y acordes de alto voltaje.
Esa noche de tres horas y más de Parsifal, además de pasar revista en detalle a cada vestido, zapato, collar y aros, comí –uno tras otro- Cadburies con pasas de uva, cuando todavía eran importados, sin parar.
Escucho, desde el foso, como la orquesta afina los instrumentos. Estoy sola, ninguno de los chicos quiso venir. Un zapato me aprieta y me lo saco.
Mi acto preferido es el tercero, cuando en la casa de campo de Hanna, una viuda rica, se monta una fiesta replicando al Maxim´s de París, incluyendo bailarinas y mobiliario de cabaret y restaurante fino. Pero hoy paso de la cuisine francaise, muero por un taco pastor (no por chimichangas ni nachos, cosas inexistentes en México) comido en la barra de El Huequito del DF. Definitivamente hoy no estoy para el gran abono, el pasado arrecia y no me suelta. Me pongo el zapato me levanto y me voy.
El centro es un horror, camino rápido hasta la Avenida Santa Fé, pero antes de llegar me detengo en un ciber-locutorio (antes de su extinción definitiva). Máquina tres, me indica el hombre y pareciera que mi vestidito negro de satén bordado de Givenchy y mis Majorica, no le dicen nada. Mejor. Googleo el nombre completo de Patricio y no puedo creer la cantidad de resultados que me arroja ¡69.000 no es un mal número! Puro pasado sólido y excluyente ¡Hacia atrás todo, hacia adelante nada!
Hacia adelante sólo el reflejo de mi cara en una pantalla que no da más. A veces yo tampoco.
Viene a mí el recuerdo de una noche en Amsterdam y Googleo ahora a Diego, tan lejos. Diego fue mi primer novio, creo que en el jurásico, vive en Barcelona y tiene dos hijos. En el Blog del grupo de historia del arte que lidera, aparece su foto, relajado, con los anteojos en la mano, junto a unas estudiantes llenas de cosas por venir. Yo me quedo mirándolo como si también fuera un fantasma y quizás lo sea. Internet como juguete para masoquistas, internet como el sucesor del bolero y las revistas del corazón con poster central a todo color.
Abro la cartera y busco una libreta pequeña. Más de la mitad tiene una caligrafía, menos de la mitad otra. La libreta la empezó mami cuando murió papá, luego yo la continué. Mami siempre la llevaba con ella, yo también. Anotamos poesías para situaciones de emergencia. Un talismán que nos protege, una magia doméstica, un conjuro rimado.
Leo, me leo.
Suavemente, creyendo en lo que me decía, me dijo:
"Adiós, Fernando, hasta la próxima reencarnación”
A veces yo también lo creo firmemente.
Me veo, entonces, más alto y elegante,
igual oscuro de piel,
hablando una lengua melodiosa y precisa,
con otras palabras menos torpes saludándola,
seguramente volvería a ser en una playa,
una amiga de esas que siempre están de más también estaría
pero ella sería la misma, inconfundible,
aquella que ya una vez reconocí en esta vida pródiga.
Y nos veo muy cerca desde ese mismo instante.
Hay muchos y diversos hijos y profundas siestas campesinas,
hablamos casi nada, ninguna señal al costado
nos distare de nosotros: estamos celebrándonos.
Veo nombres como los de Blas y Camila,
vestigios de otros remotos tiempos
apenas sospechados por el insomnio.
Otras veces, sin embargo, no veo mucho que digamos,
y me convierto en un incrédulo de ella.
Y sólo existe desolación y error.
Mis ojos, entonces, se dirigen al sueño
Y allí la encuentro…pero alejada de mí:
la veo abandonándome, en brazos ajenos,
el dolor se hacer perfectamente intenso,
despierto y la vigilia imita al sueño.
Fernández Sánchez Sorondo, Primeros Auxilios
Cierro la libreta. Manucho escribe (pero por motivos diferentes de los míos)…"casi rosándose conviven en la atmósfera del gran teatro quienes hallan allí la fuente de su felicidad y quienes encuentran el páramo de su tortura."
Apostemos a lo primero, apostemos a creer en lo que ella le dice. Me parece que si apuro el paso llego para el tercer acto ¡Rubio champagne, life at last, happy ending and merry christmas para todos!
Alicia Lis, 19 de Diciembre, 2011
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