Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



domingo, 26 de mayo de 2013

139. ArteBA

El arte es el más bello de todos los engaños
Claude Debussy

Estacionamiento subterráneo, camposanto de autos. Lenta voy buscando mi espacio. Leo un cartel «lugar especial para 4x4, mayor seguridad, máximo confort» no lo puedo creer, dejo el Smart en los lindes de ese jardín de paz para elefantes y todo me confirma que estoy en lo correcto cuando pienso que esas camionetas, en la ciudad, son obscenas. Sólo para el campo, la ruta o el pool escolar.

Saco mi entrada para ArteBA. Camino los primeros metros de la feria. Mujeres, muchas mujeres, «Alicia en el reino de las mamushkas», demasiadas, todas cortadas por la misma tijera, el sueño de todo hombre de marketing: «el segmento áureo», el target perfecto, un conjunto claro, distinto y completo. No importa la edad, todas llevan calzas negras, vestidos de punto bien coloridos, con mucho diseño atrás...y botas, botas, botas. Soy la única con una faldita por debajo de la rodilla y una campera, todo de cuero amarillo limón, que le compré a Prada. Llevo zapatos de taco.

Veo obra colgada aquí y allá, luego entrecierro los ojos y miro a todas mis congéneres, moviéndose lentamente, reducidas a sus formas y colores esenciales, son una instalación, una performance que me atrapa y me distrae del novato o del Kuitka que dejo atrás.
Alguien podría tomar una foto de ellas, a baja velocidad y luego otras más, en La Salada, en un mercado de trueque en Guatemala, en un súper, sería la serie «feria de vanidades». Muy obvio.

¿Qué es arte? ¿La novedad,la ruptura en el eje de la repetición? ¿Una idea algo distinta (si no nueva) ejecutada con maestría? ¿Una cosa que nos agrada y quisiéramos tener cerca todo el tiempo? ¿O la que nos enfrenta a lo que no queremos ver, pero al mismo tiempo no podemos dejar de mirar? ¿Lo sorpresivo, o lo de siempre, lo propio (si hay algo que sea enteramente propio) pero dicho de un modo que nosotros nunca hubiéramos podido? ¿Lo que nos armoniza? ¿Lo que nos saca de nuestro centro? ¿Una cosa inútil, pero que de modo inevitable venimos haciendo desde siempre?

¿Qué es arte? Nadie lo sabe. Recuerdo lo que me dijo Alberto Ure, en ese momento director del Centro Cultural Recoleta, una tarde que le fuimos a pedir espacio para montar una obra de Guillermo Avogadro y Fernando Albinarrate, «Yo no pongo ninguna restricción a lo que vamos a mostrar, hoy no podemos saber, lo que mañana será un clásico. No puedo dejar que mis criterios, nos priven de una obra de arte que podría ser».

Serie de fotos, fotos de cartelitos. Leo: «se busca chica», «se busca chica con cama», «se busca chica, urgente», «se busca, se busca...». Simpático. Para las centenas de «señoras» que pasan apurando el paso debe ser un cuadro aterrador, casi una denuncia social ante la escasez de empleadas «como las de antes» que todas sufren. Es casi la versión, Buenos Aires siglo XXI, de «Les raboteurs de parquet».

En otro stand una Ipad mini. Escenas de estructuras viniéndose abajo sobre un fondo blanco sinfín. Maderas, cajas, telas, botellas plásticas, sillas. El ruido de la caída apenas atenuado. Una y otra vez. No puedo dejar de mirar. Ninguna interpretación ¿Qué es arte?

Dos obras del pintor tal, una de cual, tres del otro. Así, todo, multiplicado por cien. Me cuesta apreciar la totalidad o el detalle en tamaña dispersión. Para alguien que vive armando conjuntos, buscando relaciones, tomando perspectiva, caminar por estos pasillos es una experiencia de sonambulismo.

Una pintura grande, me gusta, me acerco, es de Maccio. Luego me pasa lo mismo con otras de Russo. Me detengo largamente sobre los trabajos de Xul Solar y luego sobre una talla en madera color tizne y hueso de Berni, que iluminada de modo mágico, literalmente flota sobre el panel.
Me pregunto si será que tengo gustos bien definidos, o si esas obras tendrán valores incuestionables (que yo modestamente soy capaz de observar) o si es imposible conocer algo nuevo, si somos genéticamente limitados en nuestra habilidad para sumar, y sólo podemos jugar con dos o tres cosas y cuando creemos que evaluamos no hacemos mas que recordar. «Evaluar es recordar». Sólo nos gusta, lo que ya nos gustaba. Una paradoja, el arte como repetición.

La gente saca muchas fotos, de modo constante. Alguien tiene que decirles que confíen más en ellos mismos, que hay placer en la evocación, que el olvido purifica la realidad.
La sola imagen, omnipresente, iluminando cada aspecto de la vida va a terminar empalagando y el límite está cerca. Como esos spas que aseguran estar a salvo de señal de celular e internet, pronto promocionaran hoteles y residencias libres de imágenes.

Un castigo adicional, los que sonrientes se toman fotos con la obra de León Ferrari o Gyula Kosice o cualquiera ¿Qué escribirán en sus facebooks? ¿Desde estas hermosas obras de arte les escribo unas líneas, para hacerles saber que lo estamos pasando muy bien? El mundo como postal y banalidad. A veces tengo instintos asesinos.

En la sección Arte Joven, unas figuras de arcilla de Angeles Rodriguez, que son como jeroglíficos color terracota, tipos móviles, 3D, parte huaco parte historieta. Las leo de izquierda a derecha y aunque no entienda su lenguaje, me complace la poesía de sus formas.
Más allá, una artista de Bahía Blanca (perdón, olvidé el nombre) que pinta con tinta china, paisajes de la meseta, sobre papel, que guarda arrugado y luego plancha con descuido. Dos cosas nuevas que me gustaron, quizá solo para contradecirme.
 
Llego hasta el espacio Chandom. Fila de veinte personas «para entrar a un cuartucho donde te pasan un videíto» como diría mi amiga Quety. Yo soy una chica de personalidad fuerte y no me dejo influenciar con facilidad. Me pongo a esperar. Detrás de mí una pareja, son jóvenes, estudiantes. Ella tiene cara con forma de corazón, el pelo negro, pesado, lacio de verdad y los ojos y la sonrisa llena de luces. El tiene mirada inquisidora, verde y profunda. La mira como nunca vi que alguien mirara a otro. Ese chico sólo vino a verla a ella. Sólo tiene ojos para ella.
Llegamos hasta la puerta, que es como una puerta de hotel. La mujer que guarda la entrada me pregunta si estamos juntos, le digo que no, me dice si prefiero entrar sola o lo hago con ellos. Me sonrío (disimulo lo fóbica que soy) y contesto que prefiero sola.

La instalación es de Aili Chen y recrea el cuarto de la película Hiroshima Mon Amur de Alain Resnais. Es el decorado de la habitación 118 del hotel donde los amantes tuvieron sus encuentros amorosos.
A la autora le interesa la superposición de los límites de la percepción. Ese espacio íntimo, el cuarto de hotel, es un decorado tomado de una película y trasladado ahora al espacio público de la feria. Público y privado, ficción y realidad.

Al entrar una se transforma en la protagonista de la película. El arte genera emoción a partir de un engaño, de una confusión de la percepción.

La habitación en blanco, negro y tonos de grises. La cama desecha,en la mesa de luz, los relojes pulsera y un atado de cigarrillos. A un lado cerca de las ventanas abiertas a la bahía, un servicio de té, sobre la silla las medias de seda de ella, más lejos una valija pequeña. Luz incierta previa al amanecer, se escucha un dialogo en francés. Yo me siento en la esquina de la cama, con la punta del zapato juego con las cobijas que caen sobre el suelo. Casi lloro. No es bueno que el hombre esté solo.

El arte es el más bello de los engaños.
Hay gente que es feliz engañándose.



Alicia Lis, domingo 27, soleado

sábado, 11 de mayo de 2013

138. Las Tetas de Tiresias

A Guillermo Silveira, que tanto en nosotros creía.


En los años ochenta Guillermo era un artista post-moderno clásico. El tipo de músico que esparcía partituras y cucharitas de café sobre las cuerdas del piano y ejecutaba pulsando directamente sobre ellas.

Guillermo nos convocaba a todas sus producciones, a Rizo, a Costa, a Daniel a Alby, a mí. Guillermo tenía una fé inquebrantable en nuestro genio. Quizá porque suscribía de modo natural lo dicho por Whistler, «Art happens».

También estaba convencido que todos los hombres eran gays y las mujeres lesbianas.

Creo que en ambas cuestiones, estaba, al menos, parcialmente, muy equivocado.

Tengo un recuerdo, es decir, siempre me estoy acordando de una tarde de marzo o de principios de abril. Guillermo tendría unos veintidós y yo no más de veinte y en su casa, en una pausa me dice, sin impostura, que no importaba la conversación que tuviera con alguien, siempre sentía que cuanto más hablaba, más se alejaba del otro y a mí, oh paradoja, me pasaba lo mismo y no sé si compartí esto con él. Creo que no.

Nada ha cambiado, cuanto más escribo, lector, más cosas nos separan.

A Guillermo le debo mucho, entre otra cosas, el entendimiento del motivo erótico como algo valioso artísticamente y valorado más allá de la pantalla del cine Devoto e Isabel Sarli. A ver, a los dieciocho yo era un chico de parroquia en el ambiente de la dictadura militar ¿Me explico? El sustantivo teta, nunca iba, nunca podía ir en la misma oración que el sustantivo arte. Arte y piel, había muerto con los griegos. Sólo los griegos tenían derecho al cuerpo desnudo. El resto, caca o prohibido para menores.

Como si fuera ayer, tengo conmigo el asombro que me produjo «Las tetas de Tiresias» título de la obra de teatro de Apollinaire, que en alguna discusión Guillermo trajo, célebre,  a la mesa.

Lo erótico y lo poético podían ser (eran) parte del mismo conjunto.

Sin embargo, años después yo acordaría con Daniel Rodriguez Mujica cuando escribe «Siempre es difícil, arriesgado, determinar el límite del erotismo, tan arriesgado como hablar del límite de la poesía».

La cuestión (como todo, con los años) se complicaba un poco.

Del otro lado del erotismo está el trazo grueso, lo obvio, vulgaridad después de copas o mera descripción anatómica. Más acá de la poesía, el lugar común, más allá el juego de palabras, la sonoridad y el ritmo vacío.

Hay límites ¿Pero dónde están? ¿Dónde empieza el otro lado? No le pregunten a Moebius, está jugando con su cinta.

Lo erótico y lo poético son parte del mismo conjunto, sí, pero es un conjunto inhallable la más de las veces, un conjunto secreto.

Casi siempre lo que llamamos poesía erótica se sale fuera de los límites, por un extremo o por el otro.

Hay excepciones, cito de memoria, con el riesgo de purificar según mi gusto a Juan Gelman.

«Habítame, penétrame.
Sea tu sangre una con mi sangre.
Tu boca entre mi boca.
Tu corazón agrande el mío hasta estallar...
Desgárrame.
Caigas entera en mis entrañas.
Anden tus manos en mis manos.
Tus pies caminen en mis pies, tus pies.
Árdeme, árdeme.
Cólmeme tu dulzura.
Que ya no puedo así, con esta sed
quemándome.

Con esta sed quemándome.

La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos»


Hay Gelman, hay otros sí, pero no muchos, la poesía erótica, es casi siempre pura imposibilidad.

Aquí algunas hipótesis de trabajo.

La poesía erótica es una manifestación exaltada de la belleza del cuerpo del otro o el recuerdo enloquecedor del encuentro amoroso ¿Sí?

En cualquier caso, la descripción del cuerpo desnudo, de las partes del cuerpo, es una necesidad.

La palabra pechos funciona en cualquier verso, teta en algunos (mucha connotación infantil) pero ya cola y cualquiera de sus sinónimos cae sin excepción en lo naif, kistch, absurdo, ridículo o bobo. Peor aún en el caso de la insalvable vagina que va del manual de anatomía al tópico de teatro de revistas, sin escalas.

Allí está la primera dificultad, narrar poéticamente la desnudez con palabras que no existen, que no fueron aún escritas. Que siempre vivieron para el chiste o la academia, pero de sonetos, nada.
Entonces ahí vienen las comparaciones, las metáforas. Contadas con los dedos de una mano, son pobres y se reducen, casi siempre, a jugosas y maduras frutas a ser disfrutadas por una boca sedienta.

Palabras con poesía pocas, metáforas menos. Vamos mal.

Ritmo. Casi siempre un remedo de El Bolero de Ravel. Una simulación, con más o menos suerte, del ritmo entrecortado y creciente del acto sexual. Variantes casi nula. El ciclo de la repetición (propia de la sexualidad) le gana ampliamente a la creatividad poética.

Tópicos. Nunca leí nada que narrara el miedo a no estar a la altura del otro, a decepcionar, a la urdimbre de instinto y cultura, al continuo entre lo espontáneo y lo probado, al temor a la pérdida, a la soledad del abrazo final, a las vísperas, a las infinitas noches previas. Nunca.

Como ya dijimos, para el amante existe una sola cosa, la manifestación exaltada de la belleza del cuerpo del otro y el recuerdo enloquecedor de un encuentro amoroso.

Termino por comprender que  la poesía erótica,  no es para nosotros, es sólo para el otro. Es un acto privado. Como palabras susurradas al oído, en la penumbra íntima. El tono y la intención es lo que importa. Lo que allá es áspero, aquí contigo a mi lado, enciende.

La poesía erótica no resiste ninguna crítica. Su afán no es ser parte de una antología. Sólo se quiere como ofrenda. El otro es un Dios al que debo agradar, ganarme su favor, suspender el devenir.

Detén el tiempo como Moisés lo hizo.

Mediodía eterno.


Waldo Williams, Eterna Cadencia, Palermo, Mayo 2013