El arte es el más bello de todos los engaños
Claude Debussy
Estacionamiento subterráneo, camposanto de autos. Lenta voy buscando mi espacio. Leo un cartel «lugar especial para 4x4, mayor seguridad, máximo confort» no lo puedo creer, dejo el Smart en los lindes de ese jardín de paz para elefantes y todo me confirma que estoy en lo correcto cuando pienso que esas camionetas, en la ciudad, son obscenas. Sólo para el campo, la ruta o el pool escolar.
Saco mi entrada para ArteBA. Camino los primeros metros de la feria. Mujeres, muchas mujeres, «Alicia en el reino de las mamushkas», demasiadas, todas cortadas por la misma tijera, el sueño de todo hombre de marketing: «el segmento áureo», el target perfecto, un conjunto claro, distinto y completo. No importa la edad, todas llevan calzas negras, vestidos de punto bien coloridos, con mucho diseño atrás...y botas, botas, botas. Soy la única con una faldita por debajo de la rodilla y una campera, todo de cuero amarillo limón, que le compré a Prada. Llevo zapatos de taco.
Veo obra colgada aquí y allá, luego entrecierro los ojos y miro a todas mis congéneres, moviéndose lentamente, reducidas a sus formas y colores esenciales, son una instalación, una performance que me atrapa y me distrae del novato o del Kuitka que dejo atrás.
Alguien podría tomar una foto de ellas, a baja velocidad y luego otras más, en La Salada, en un mercado de trueque en Guatemala, en un súper, sería la serie «feria de vanidades». Muy obvio.
¿Qué es arte? ¿La novedad,la ruptura en el eje de la repetición? ¿Una idea algo distinta (si no nueva) ejecutada con maestría? ¿Una cosa que nos agrada y quisiéramos tener cerca todo el tiempo? ¿O la que nos enfrenta a lo que no queremos ver, pero al mismo tiempo no podemos dejar de mirar? ¿Lo sorpresivo, o lo de siempre, lo propio (si hay algo que sea enteramente propio) pero dicho de un modo que nosotros nunca hubiéramos podido? ¿Lo que nos armoniza? ¿Lo que nos saca de nuestro centro? ¿Una cosa inútil, pero que de modo inevitable venimos haciendo desde siempre?
¿Qué es arte? Nadie lo sabe. Recuerdo lo que me dijo Alberto Ure, en ese momento director del Centro Cultural Recoleta, una tarde que le fuimos a pedir espacio para montar una obra de Guillermo Avogadro y Fernando Albinarrate, «Yo no pongo ninguna restricción a lo que vamos a mostrar, hoy no podemos saber, lo que mañana será un clásico. No puedo dejar que mis criterios, nos priven de una obra de arte que podría ser».
Claude Debussy
Estacionamiento subterráneo, camposanto de autos. Lenta voy buscando mi espacio. Leo un cartel «lugar especial para 4x4, mayor seguridad, máximo confort» no lo puedo creer, dejo el Smart en los lindes de ese jardín de paz para elefantes y todo me confirma que estoy en lo correcto cuando pienso que esas camionetas, en la ciudad, son obscenas. Sólo para el campo, la ruta o el pool escolar.
Saco mi entrada para ArteBA. Camino los primeros metros de la feria. Mujeres, muchas mujeres, «Alicia en el reino de las mamushkas», demasiadas, todas cortadas por la misma tijera, el sueño de todo hombre de marketing: «el segmento áureo», el target perfecto, un conjunto claro, distinto y completo. No importa la edad, todas llevan calzas negras, vestidos de punto bien coloridos, con mucho diseño atrás...y botas, botas, botas. Soy la única con una faldita por debajo de la rodilla y una campera, todo de cuero amarillo limón, que le compré a Prada. Llevo zapatos de taco.
Veo obra colgada aquí y allá, luego entrecierro los ojos y miro a todas mis congéneres, moviéndose lentamente, reducidas a sus formas y colores esenciales, son una instalación, una performance que me atrapa y me distrae del novato o del Kuitka que dejo atrás.
Alguien podría tomar una foto de ellas, a baja velocidad y luego otras más, en La Salada, en un mercado de trueque en Guatemala, en un súper, sería la serie «feria de vanidades». Muy obvio.
¿Qué es arte? ¿La novedad,la ruptura en el eje de la repetición? ¿Una idea algo distinta (si no nueva) ejecutada con maestría? ¿Una cosa que nos agrada y quisiéramos tener cerca todo el tiempo? ¿O la que nos enfrenta a lo que no queremos ver, pero al mismo tiempo no podemos dejar de mirar? ¿Lo sorpresivo, o lo de siempre, lo propio (si hay algo que sea enteramente propio) pero dicho de un modo que nosotros nunca hubiéramos podido? ¿Lo que nos armoniza? ¿Lo que nos saca de nuestro centro? ¿Una cosa inútil, pero que de modo inevitable venimos haciendo desde siempre?
¿Qué es arte? Nadie lo sabe. Recuerdo lo que me dijo Alberto Ure, en ese momento director del Centro Cultural Recoleta, una tarde que le fuimos a pedir espacio para montar una obra de Guillermo Avogadro y Fernando Albinarrate, «Yo no pongo ninguna restricción a lo que vamos a mostrar, hoy no podemos saber, lo que mañana será un clásico. No puedo dejar que mis criterios, nos priven de una obra de arte que podría ser».
Serie de fotos, fotos de cartelitos. Leo: «se busca chica», «se busca chica con cama», «se busca chica, urgente», «se busca, se busca...». Simpático. Para las centenas de «señoras» que pasan apurando el paso debe ser un cuadro aterrador, casi una denuncia social ante la escasez de empleadas «como las de antes» que todas sufren. Es casi la versión, Buenos Aires siglo XXI, de «Les raboteurs de parquet».
En otro stand una Ipad mini. Escenas de estructuras viniéndose abajo sobre un fondo blanco sinfín. Maderas, cajas, telas, botellas plásticas, sillas. El ruido de la caída apenas atenuado. Una y otra vez. No puedo dejar de mirar. Ninguna interpretación ¿Qué es arte?
Dos obras del pintor tal, una de cual, tres del otro. Así, todo, multiplicado por cien. Me cuesta apreciar la totalidad o el detalle en tamaña dispersión. Para alguien que vive armando conjuntos, buscando relaciones, tomando perspectiva, caminar por estos pasillos es una experiencia de sonambulismo.
Una pintura grande, me gusta, me acerco, es de Maccio. Luego me pasa lo mismo con otras de Russo. Me detengo largamente sobre los trabajos de Xul Solar y luego sobre una talla en madera color tizne y hueso de Berni, que iluminada de modo mágico, literalmente flota sobre el panel.
Me pregunto si será que tengo gustos bien definidos, o si esas obras tendrán valores incuestionables (que yo modestamente soy capaz de observar) o si es imposible conocer algo nuevo, si somos genéticamente limitados en nuestra habilidad para sumar, y sólo podemos jugar con dos o tres cosas y cuando creemos que evaluamos no hacemos mas que recordar. «Evaluar es recordar». Sólo nos gusta, lo que ya nos gustaba. Una paradoja, el arte como repetición.
La gente saca muchas fotos, de modo constante. Alguien tiene que decirles que confíen más en ellos mismos, que hay placer en la evocación, que el olvido purifica la realidad.
La sola imagen, omnipresente, iluminando cada aspecto de la vida va a terminar empalagando y el límite está cerca. Como esos spas que aseguran estar a salvo de señal de celular e internet, pronto promocionaran hoteles y residencias libres de imágenes.
Un castigo adicional, los que sonrientes se toman fotos con la obra de León Ferrari o Gyula Kosice o cualquiera ¿Qué escribirán en sus facebooks? ¿Desde estas hermosas obras de arte les escribo unas líneas, para hacerles saber que lo estamos pasando muy bien? El mundo como postal y banalidad. A veces tengo instintos asesinos.
En la sección Arte Joven, unas figuras de arcilla de Angeles Rodriguez, que son como jeroglíficos color terracota, tipos móviles, 3D, parte huaco parte historieta. Las leo de izquierda a derecha y aunque no entienda su lenguaje, me complace la poesía de sus formas.
Más allá, una artista de Bahía Blanca (perdón, olvidé el nombre) que pinta con tinta china, paisajes de la meseta, sobre papel, que guarda arrugado y luego plancha con descuido. Dos cosas nuevas que me gustaron, quizá solo para contradecirme.
Llegamos hasta la puerta, que es como una puerta de hotel. La mujer que guarda la entrada me pregunta si estamos juntos, le digo que no, me dice si prefiero entrar sola o lo hago con ellos. Me sonrío (disimulo lo fóbica que soy) y contesto que prefiero sola.
La instalación es de Aili Chen y recrea el cuarto de la película Hiroshima Mon Amur de Alain Resnais. Es el decorado de la habitación 118 del hotel donde los amantes tuvieron sus encuentros amorosos.
A la autora le interesa la superposición de los límites de la percepción. Ese espacio íntimo, el cuarto de hotel, es un decorado tomado de una película y trasladado ahora al espacio público de la feria. Público y privado, ficción y realidad.La instalación es de Aili Chen y recrea el cuarto de la película Hiroshima Mon Amur de Alain Resnais. Es el decorado de la habitación 118 del hotel donde los amantes tuvieron sus encuentros amorosos.
Al entrar una se transforma en la protagonista de la película. El arte genera emoción a partir de un engaño, de una confusión de la percepción.
La habitación en blanco, negro y tonos de grises. La cama desecha,en la mesa de luz, los relojes pulsera y un atado de cigarrillos. A un lado cerca de las ventanas abiertas a la bahía, un servicio de té, sobre la silla las medias de seda de ella, más lejos una valija pequeña. Luz incierta previa al amanecer, se escucha un dialogo en francés. Yo me siento en la esquina de la cama, con la punta del zapato juego con las cobijas que caen sobre el suelo. Casi lloro. No es bueno que el hombre esté solo.
El arte es el más bello de los engaños.
Hay gente que es feliz engañándose.
Alicia Lis, domingo 27, soleado