A Guillermo Silveira, que tanto en nosotros creía.
En los años ochenta Guillermo era un artista post-moderno clásico. El tipo de músico que esparcía partituras y cucharitas de café sobre las cuerdas del piano y ejecutaba pulsando directamente sobre ellas.
Guillermo nos convocaba a todas sus producciones, a Rizo, a Costa, a Daniel a Alby, a mí. Guillermo tenía una fé inquebrantable en nuestro genio. Quizá porque suscribía de modo natural lo dicho por Whistler, «Art happens».
También estaba convencido que todos los hombres eran gays y las mujeres lesbianas.
Creo que en ambas cuestiones, estaba, al menos, parcialmente, muy equivocado.
Tengo un recuerdo, es decir, siempre me estoy acordando de una tarde de marzo o de principios de abril. Guillermo tendría unos veintidós y yo no más de veinte y en su casa, en una pausa me dice, sin impostura, que no importaba la conversación que tuviera con alguien, siempre sentía que cuanto más hablaba, más se alejaba del otro y a mí, oh paradoja, me pasaba lo mismo y no sé si compartí esto con él. Creo que no.
Nada ha cambiado, cuanto más escribo, lector, más cosas nos separan.
A Guillermo le debo mucho, entre otra cosas, el entendimiento del motivo erótico como algo valioso artísticamente y valorado más allá de la pantalla del cine Devoto e Isabel Sarli. A ver, a los dieciocho yo era un chico de parroquia en el ambiente de la dictadura militar ¿Me explico? El sustantivo teta, nunca iba, nunca podía ir en la misma oración que el sustantivo arte. Arte y piel, había muerto con los griegos. Sólo los griegos tenían derecho al cuerpo desnudo. El resto, caca o prohibido para menores.
Como si fuera ayer, tengo conmigo el asombro que me produjo «Las tetas de Tiresias» título de la obra de teatro de Apollinaire, que en alguna discusión Guillermo trajo, célebre, a la mesa.
Lo erótico y lo poético podían ser (eran) parte del mismo conjunto.
Sin embargo, años después yo acordaría con Daniel Rodriguez Mujica cuando escribe «Siempre es difícil, arriesgado, determinar el límite del erotismo, tan arriesgado como hablar del límite de la poesía».
La cuestión (como todo, con los años) se complicaba un poco.
Del otro lado del erotismo está el trazo grueso, lo obvio, vulgaridad después de copas o mera descripción anatómica. Más acá de la poesía, el lugar común, más allá el juego de palabras, la sonoridad y el ritmo vacío.
Hay límites ¿Pero dónde están? ¿Dónde empieza el otro lado? No le pregunten a Moebius, está jugando con su cinta.
Lo erótico y lo poético son parte del mismo conjunto, sí, pero es un conjunto inhallable la más de las veces, un conjunto secreto.
Casi siempre lo que llamamos poesía erótica se sale fuera de los límites, por un extremo o por el otro.
Hay excepciones, cito de memoria, con el riesgo de purificar según mi gusto a Juan Gelman.
«Habítame, penétrame.
Sea tu sangre una con mi sangre.
Tu boca entre mi boca.
Tu corazón agrande el mío hasta estallar...
Desgárrame.
Caigas entera en mis entrañas.
Anden tus manos en mis manos.
Tus pies caminen en mis pies, tus pies.
Árdeme, árdeme.
Cólmeme tu dulzura.
Que ya no puedo así, con esta sed
quemándome.
Con esta sed quemándome.
La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos»
Hay Gelman, hay otros sí, pero no muchos, la poesía erótica, es casi siempre pura imposibilidad.
Aquí algunas hipótesis de trabajo.
La poesía erótica es una manifestación exaltada de la belleza del cuerpo del otro o el recuerdo enloquecedor del encuentro amoroso ¿Sí?
En cualquier caso, la descripción del cuerpo desnudo, de las partes del cuerpo, es una necesidad.
La palabra pechos funciona en cualquier verso, teta en algunos (mucha connotación infantil) pero ya cola y cualquiera de sus sinónimos cae sin excepción en lo naif, kistch, absurdo, ridículo o bobo. Peor aún en el caso de la insalvable vagina que va del manual de anatomía al tópico de teatro de revistas, sin escalas.
Allí está la primera dificultad, narrar poéticamente la desnudez con palabras que no existen, que no fueron aún escritas. Que siempre vivieron para el chiste o la academia, pero de sonetos, nada.
Entonces ahí vienen las comparaciones, las metáforas. Contadas con los dedos de una mano, son pobres y se reducen, casi siempre, a jugosas y maduras frutas a ser disfrutadas por una boca sedienta.
Palabras con poesía pocas, metáforas menos. Vamos mal.
Ritmo. Casi siempre un remedo de El Bolero de Ravel. Una simulación, con más o menos suerte, del ritmo entrecortado y creciente del acto sexual. Variantes casi nula. El ciclo de la repetición (propia de la sexualidad) le gana ampliamente a la creatividad poética.
Tópicos. Nunca leí nada que narrara el miedo a no estar a la altura del otro, a decepcionar, a la urdimbre de instinto y cultura, al continuo entre lo espontáneo y lo probado, al temor a la pérdida, a la soledad del abrazo final, a las vísperas, a las infinitas noches previas. Nunca.
Como ya dijimos, para el amante existe una sola cosa, la manifestación exaltada de la belleza del cuerpo del otro y el recuerdo enloquecedor de un encuentro amoroso.
Termino por comprender que la poesía erótica, no es para nosotros, es sólo para el otro. Es un acto privado. Como palabras susurradas al oído, en la penumbra íntima. El tono y la intención es lo que importa. Lo que allá es áspero, aquí contigo a mi lado, enciende.
La poesía erótica no resiste ninguna crítica. Su afán no es ser parte de una antología. Sólo se quiere como ofrenda. El otro es un Dios al que debo agradar, ganarme su favor, suspender el devenir.
Detén el tiempo como Moisés lo hizo.
Mediodía eterno.
Waldo Williams, Eterna Cadencia, Palermo, Mayo 2013
sábado, 11 de mayo de 2013
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario