Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



sábado, 6 de julio de 2013

143. Polka dots


Estoy parado en la esquina de San Martín de Tours y Figueroa Alcorta.

Levanto mi botita de gamuza 45 grados manteniendo la punta del taco firme sobre el suelo. Mitad de la suela de crepe se balancea entre el cuero y el vacío. Parece un castor bostezando. Con desesperanza le sonrío a ese zapato con vocación de muppet, le digo: ya no hay tiempo para Poxiram, mirá, ahí llega Alicia dentro de un abrigo a rayas en tonos esmeralda y arena con cinturón de fieltro gris. Alicia es todo un PNT de Carolina Herrera a las puertas del Malba.

Le pregunto si quiere que hagamos la remake de La Dama y el Vagabundo, la podría dirigir Baz Luhrmann. Ella contesta que prefiere una versión stop-motion filmada por Tim Burton, que al menos una vez en la vida quiere ser una muñequita de verdad. Le digo que seguramente Helena Bonham Carter le doblará la voz. Alicia, sacando su billetera Louis Vuitton “Curieuse”, susurra que mientras no sea Shakira, ella no tiene ningún problema.

La billetera es de cuero color lila, Alicia me lee la mente y como hablándose a sí misma deja caer «el isologo repetido y evidente es para japoneses» y compra dos entradas para la exhibición de Yayoi Kusama.

En el hall chicas y no tanto, con redondeles color fluo, pegados en la cara y en la ropa. Los sacan de una planchuela que entregan con el programa de la muestra.

Mirá ese lunar, le digo a Alicia, señalando a la rubia con cara de conejo que lo lleva puesto en la punta de la nariz. Le queda gracioso, claro, tiene diecinueve años.

Son Polka dots... Desde final del siglo XIX.. ¿Sabés porque los llamaron así? Por un baile que hacía furor... Aunque nada tiene que ver una cosa con la otra... Más allá que ese baile se hizo popular al tiempo que se puso de moda vestirse con lunares.

Yo miro al vacío y me pregunto ¿De dónde saca esas cosas? Debo haberlo hecho, sin querer, en voz alta. Alicia responde «hay una neurona en mí que codifica todo lo que tenga que ver con moda». Yo también la tengo, pero sólo codifica cosas relativas a Jeniffer Aniston.

 Llegamos al segundo piso, descorremos una cortina negra y vemos como se proyectan diapositivas que muestran una Yayoi joven en New York, con trenzas y vestido rosado con flores celestes y amarillas, lleva una sombrilla también floreada. Camina por lugares desolados, largos paredones, calles de cemento, vidrieras cubiertas por carteles de ofertas, una sombra, alguien que la mira desde una escalera. A cada paso se la nota más triste. Abatida. El extrañamiento de una extranjera. El extrañamiento del artista ante el mundo cuando cae el artificio de su obra.

Luego una serie de early works. Siempre me gustan mirar primeros trabajos. Es como una versión africana del autor, primitiva y esencial.

Detrás de nosotros dos de esas mujeres que piensan que el universo existe para que ellas lo glosen. Comentan que Yayoi nació en Kioto como Murakami... Como Yoko Ono... Se embelesan (además de inconexas están erradas, Yoko nació en Tokio). Sus comentarios son como un crochet sin gracia, señala Alicia, laxo, lleno de agujeros, inútil.

No dicen que nació en una familia japonesa tradicional, y que la madre le hacía seguir al padre cuando se iba con sus amantes, para luego obligarla a describir las escenas de sexo, descargando toda su ira sobre ella. A Yayoi le aterrorizó lo sexual durante toda su vida. Desde pequeña comenzó a sufrir alucinaciones visuales y auditivas.

En la siguiente sala trabajos neoyorquinos típicos del pop: reproducción mecánica, repetición, acumulación, por ejemplo de falos blandos (gracias a Dios, a esta altura estamos lejos de The Master of the Gloss).

Hacemos una fila larga para entrar a un espacio espejado por los cuatro lados, el observador se ubica en el centro y se multiplica largamente rodeado de falos inflables blancos con lunares colorados. Simpático. Siempre me gustó el efecto que producen los espejos enfrentados. Pero no fue algo nuevo... de chico he pasado horas en el hall del edificio donde vivía Enrique Reppen, viendo como marchaba un ejército de mí-mismos que copiaban todos mis movimientos.

Seguimos hasta un living-comedor oscuro, iluminado por luz negra y cubierto de puntos de colores fluorescentes. Un poco aterrador cuando sabemos que esos puntos son una alucinación recurrente de Yayoi. Algunos se sacan fotos como si estuvieran en la cocina de Mickey Mouse.

Cierra otro cubo oscuro y espejado que se atraviesa siguiendo un camino en forma de ese, bordeado por agua. Desde el cielo, caen hilos con pequeñas lucesitas que lentamente cambian de color y se extienden al infinito en todas direcciones. Mágico. Recorrido que no dejaremos de contar, inútilmente, es una experiencia visual imposible de traducir en palabras.

La exposición termina en el subsuelo, un gran espacio donde todo es blanco, paredes, muebles, objetos. El público es invitado a que pegue sus propios lunares.
Es difícil encontrar un espacio libre.

Muchas obras con polka dots, llevan nombres del tipo Obliteración del Mundo y Auto-obliteración.

Obliterar significa anular. Los puntos que cada uno de nosotros vamos pegando cubren todo y de algún modo anulan ese mundo blanco, frío y distante. Como las alucinaciones de Yayoi, tratando de borrar el recuerdo de sus padres.

En 1977 Yayoi se internó por su propia voluntad en un hospital neuropsiquiatrico, donde vive y trabaja. Ella dice «si no pudiera hacer arte me suicidaría».

Salimos, Buenos Aires tiene todos los climas, hoy tiene el de Londres, gris, húmedo y melancólico. En la avenida los árboles se recortan locos, rojos con lunares blancos.

Waldo Williams, Buenos Aires, 7 de junio, 2013

miércoles, 3 de julio de 2013

142. Hasta los feos son lindos



Mientras las personas son jóvenes y la composición musical de su vida está aún en sus primeros compases, pueden escribirla juntas e intercambiarse motivos, pero cuando se encuentran y son ya mayores, sus composiciones musicales están ya más o menos cerradas y cada palabra, cada objeto, significa una cosa distinta en la composición de la una y de la otra. Milan Kundera

Son las once de la noche y dejé a mi tía en su casa.
Mi abuela le puso Rosa Rosita con la esperanza que la llamaran por el segundo nombre, Rosita, evitando apodos como “Porota”, el de su hija mayor.
Su éxito fue parcial. Todos siempre le dijeron rosarrosita sin-pausa-alguna.
Tiene setenta y seis años, buena salud y aunque vive en Barrio Norte, sólo se atiende en el Hospital Británico, en Barracas. Ella y mami siempre estuvieron convencidas que no había como los ingleses para manejar un hospital… Quizá algo tengan que ver las películas de guerra y las dulces y bellas y abnegadas enfermeras asistiendo a recios y atléticos y valientes soldados.

Cuando el rol de una pasa a ser, primariamente, el de chauffeur (de niños y mayores) casi puedo asegurar que se está cerca del borde del abismo, asistencialismo a dos puntas, vaca con el lazo puesto.

Es jueves, hace un frío de guillotina, en la calle no hay nadie y yo me muero de hambre. Casi una escena de Los Miserables, si no fuera porque voy manejando una Range Rover Evoque.
En una esquina, un espacio donde estacionar fácil, todo un signo. A metros está Romario, otro llamado que no dejo pasar.

Adentro está algo oscuro, paredes de colores fuertes y mucho neón. Buscó una mesa. En la barra, como bellas durmientes recién hechizadas, las meseras conversan entre sueños, mientras los pedidos, a su lado, se hielan.

Hago señas hasta que viene una. Son argentinas típicas: pelo largo, buena cola y pocas lolas. Pantalón, botas y sweater negro, todo muy ajustado. Ligeras y casi altas.

Cuando yo tenía su edad todo mi guardarropa era un tapadito seis octavos navy blue, dos polleras por debajo de la rodilla, dos zapatos de taco bajo (azules y marrones) tres camisas con puntillas, de cuello alto y abotonadas en la espalda, una bufanda escocesa en tonos oscuros y… no mucho más. Era el inicio de los ochenta y en materia de moda yo seguía los dictados de Louisa M. Alcott.

Le pido una pizzita, tratando de acortar, con mis modos, la distancia. No tiene registro de mi intento y me sigue tratando como a su abuela, aunque sin ningún cariño ni respeto.

Pensaba comer algo rápido y salir enseguida para casa. Tardan siglos. El fuego del horno lo encendió Dante.

Espero y espero, miro a mí alrededor. En todas las mesas chicos y chicas entre diecisiete y veintiuno. Todos son lindos, hasta las feítas, hasta los gordos bajitos son lindos. Me quedo en shock.

Nacieron al inicio de los noventa, antes de las grandes migraciones a Tigre y Pilar.

Una parejita a mi lado conversa con sonrisas y miradas, en otra mesa cuatro amigos, todos con camperas que alguna vez fueron de sus padres, más allá un grupo grande de mujeres y varones, relajados, sin histeria, naturales, en frente de mí tres amigas festejando. Todos son lindos. Me pegunto ¿Por qué? ¿Es el brillo de los ojos, la piel fresca, el pelo fuerte, los cuerpos flexibles? No, no, es otra cosa. No es algo físico. Es un modo de ser, de estar.

Su vida es de ellos y todavía no ven las olas de responsabilidad que ya están en viaje. Son inmortales. Saben lo que no quieren y lo dicen. Eligen hacer lo que les gusta. Pueden ir y venir y volver a empezar. Están más cerca del amor que del olvido. Los no, fueron los justos y necesarios. Nada es para siempre, todo es un ensayo general. El mundo es ligero y ellos son el mundo. Una pompa de jabón es ligera.

Su belleza está en esa liviandad. Como las acuarelas, los haiku, los móviles de Calder.

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Al día siguiente, por teléfono, le cuento a Guillermo mi experiencia nocturna. Está ocupado con una visita de Londres. Dice: “esos chicos son autos poco rodados, sin marcas, sin opacidades. Todos los autos nuevos son lindos, hasta los modelos más feos de la década del 70 están buenos  si los vemos hoy, en versión 0 KM en la vidriera de una concesionaria.
Los autos son bolas de acero sobre ruedas, de a miles, yendo en todas a direcciones a diferentes velocidades. Imposible que no se toquen,  rocen. Imposible moverse sin fricción, sin trato. Moverse, cambiar, deja huellas. "


 Paradoja, donde yo veo levedad, el encuentra solidez.

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Esa misma tarde me encuentro con Waldo en el Malba y le muestro el borrador de esta entrada. Levanta la vista y educativo responde que con Guillermo estoy recreando de algún modo la tesis de La Insoportable Levedad del Ser, la tensión entre lo liviano y lo pesado y con envidiable memoria recita la frase que ahora abre mi texto.

En la juventud habría belleza porque es el momento del intercambio, donde podemos construir algo juntos, donde todos los significados están abiertos.

Me pregunto quién de los tres está mas cerca de la verdad.

Ninguno de los chicos de anoche se hará esta pregunta por muchos años.

Todavía tienen poco que añorar.

Alicia Lis, 3 de julio, 2013