miércoles, 3 de julio de 2013
142. Hasta los feos son lindos
Mientras las personas son jóvenes y la composición musical de su vida está aún en sus primeros compases, pueden escribirla juntas e intercambiarse motivos, pero cuando se encuentran y son ya mayores, sus composiciones musicales están ya más o menos cerradas y cada palabra, cada objeto, significa una cosa distinta en la composición de la una y de la otra. Milan Kundera
Son las once de la noche y dejé a mi tía en su casa.
Mi abuela le puso Rosa Rosita con la esperanza que la llamaran por el segundo nombre, Rosita, evitando apodos como “Porota”, el de su hija mayor.
Su éxito fue parcial. Todos siempre le dijeron rosarrosita sin-pausa-alguna.
Tiene setenta y seis años, buena salud y aunque vive en Barrio Norte, sólo se atiende en el Hospital Británico, en Barracas. Ella y mami siempre estuvieron convencidas que no había como los ingleses para manejar un hospital… Quizá algo tengan que ver las películas de guerra y las dulces y bellas y abnegadas enfermeras asistiendo a recios y atléticos y valientes soldados.
Cuando el rol de una pasa a ser, primariamente, el de chauffeur (de niños y mayores) casi puedo asegurar que se está cerca del borde del abismo, asistencialismo a dos puntas, vaca con el lazo puesto.
Es jueves, hace un frío de guillotina, en la calle no hay nadie y yo me muero de hambre. Casi una escena de Los Miserables, si no fuera porque voy manejando una Range Rover Evoque.
En una esquina, un espacio donde estacionar fácil, todo un signo. A metros está Romario, otro llamado que no dejo pasar.
Adentro está algo oscuro, paredes de colores fuertes y mucho neón. Buscó una mesa. En la barra, como bellas durmientes recién hechizadas, las meseras conversan entre sueños, mientras los pedidos, a su lado, se hielan.
Hago señas hasta que viene una. Son argentinas típicas: pelo largo, buena cola y pocas lolas. Pantalón, botas y sweater negro, todo muy ajustado. Ligeras y casi altas.
Cuando yo tenía su edad todo mi guardarropa era un tapadito seis octavos navy blue, dos polleras por debajo de la rodilla, dos zapatos de taco bajo (azules y marrones) tres camisas con puntillas, de cuello alto y abotonadas en la espalda, una bufanda escocesa en tonos oscuros y… no mucho más. Era el inicio de los ochenta y en materia de moda yo seguía los dictados de Louisa M. Alcott.
Le pido una pizzita, tratando de acortar, con mis modos, la distancia. No tiene registro de mi intento y me sigue tratando como a su abuela, aunque sin ningún cariño ni respeto.
Pensaba comer algo rápido y salir enseguida para casa. Tardan siglos. El fuego del horno lo encendió Dante.
Espero y espero, miro a mí alrededor. En todas las mesas chicos y chicas entre diecisiete y veintiuno. Todos son lindos, hasta las feítas, hasta los gordos bajitos son lindos. Me quedo en shock.
Nacieron al inicio de los noventa, antes de las grandes migraciones a Tigre y Pilar.
Una parejita a mi lado conversa con sonrisas y miradas, en otra mesa cuatro amigos, todos con camperas que alguna vez fueron de sus padres, más allá un grupo grande de mujeres y varones, relajados, sin histeria, naturales, en frente de mí tres amigas festejando. Todos son lindos. Me pegunto ¿Por qué? ¿Es el brillo de los ojos, la piel fresca, el pelo fuerte, los cuerpos flexibles? No, no, es otra cosa. No es algo físico. Es un modo de ser, de estar.
Su vida es de ellos y todavía no ven las olas de responsabilidad que ya están en viaje. Son inmortales. Saben lo que no quieren y lo dicen. Eligen hacer lo que les gusta. Pueden ir y venir y volver a empezar. Están más cerca del amor que del olvido. Los no, fueron los justos y necesarios. Nada es para siempre, todo es un ensayo general. El mundo es ligero y ellos son el mundo. Una pompa de jabón es ligera.
Su belleza está en esa liviandad. Como las acuarelas, los haiku, los móviles de Calder.
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Al día siguiente, por teléfono, le cuento a Guillermo mi experiencia nocturna. Está ocupado con una visita de Londres. Dice: “esos chicos son autos poco rodados, sin marcas, sin opacidades. Todos los autos nuevos son lindos, hasta los modelos más feos de la década del 70 están buenos si los vemos hoy, en versión 0 KM en la vidriera de una concesionaria.
Los autos son bolas de acero sobre ruedas, de a miles, yendo en todas a direcciones a diferentes velocidades. Imposible que no se toquen, rocen. Imposible moverse sin fricción, sin trato. Moverse, cambiar, deja huellas. "
Paradoja, donde yo veo levedad, el encuentra solidez.
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Esa misma tarde me encuentro con Waldo en el Malba y le muestro el borrador de esta entrada. Levanta la vista y educativo responde que con Guillermo estoy recreando de algún modo la tesis de La Insoportable Levedad del Ser, la tensión entre lo liviano y lo pesado y con envidiable memoria recita la frase que ahora abre mi texto.
En la juventud habría belleza porque es el momento del intercambio, donde podemos construir algo juntos, donde todos los significados están abiertos.
Me pregunto quién de los tres está mas cerca de la verdad.
Ninguno de los chicos de anoche se hará esta pregunta por muchos años.
Todavía tienen poco que añorar.
Alicia Lis, 3 de julio, 2013
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