Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



martes, 26 de abril de 2011

60. El Círculo Dior (Smart, Havanna, Sperry y Anzieu)

Estoy en el Havanna café de Martínez esperando a las chicas. Me gusta el otoño y el sol de la tarde sobre la madera oscura. Las mozas (camarera es una palabra horrible cruza de cama y ramera) demasiado edulcoradas para mi gusto. Cambié el mini-Cooper por un Smart (más mini todavía)…vamos a ver cuánto tarda en convertirse en trofeo de novia de futbolista (Botinera ¿Es la que se hizo con un zapato deportivo o la depositaria de un saqueo?).

Con algunas madres del colegio hicimos un grupito, gente común, de acá, no la típica mentalidad de gueto, de barrio cerrado. Tomábamos clases de pintura, de vez en cuando cruzábamos la General Paz e íbamos al Malba, aunque confieso que nos sentíamos más cómodas en las ferias de San Isidro, son otra cosa, todo el mundo se conoce…igual, Milo Lockett está en todos lados, casi un taller del renacimiento. Éramos entusiastas, pintábamos flores (muy influenciadas por Georgia O´Keeffe) aunque luego caímos en cuenta que nuestros trabajos le debían más a la mano de la profesora (una divina de Punta Chica) que a al talento propio y abandonamos. Una convicción nos une, a esta altura no queremos tener cuentas pendientes con nadie. El grupo se partió en dos, las más tradicionales volvieron al gimnasio, las menos, fundamos el Círculo Dior (Disfrutando la Ontología Razonada) orientado por el método socrático de la conversación filosófica. Nuestro punto de arranque fue la siguiente pregunta ¿Yo, me, mi, conmigo significa algo para mí? (ecos de Albinarrate resuenan en esta línea).

La cuestión era la misma que hoy aqueja a Guillermo… ¿Hasta dónde se puede estirar el Yo sin romperse? ¿Existe un yo individual o es una ilusión como Barbie y como Ken?

Una de las chicas, Ceci Sperry, en los primeros encuentros, acá en el Havanna, nos contó los experimentos de su tío Roger, a principios de los sesenta. Esa revelación me cambió la vida, o casi.

Para evitar que los ataques epilépticos producidos por lesión en un hemisferio se propaguen al hemisferio contrario, algunos neurocirujanos de Estados Unidos en la década del cincuenta, seccionaban el cuerpo calloso generando pacientes con cerebro divididos. El tío de Ceci, que por esto recibió un premio Nobel, le contaba en su casa de los Hamptons, que esos pacientes tenían pensamientos independientes en cada hemisferio.

“Cada hemisferio parece tener sus sensaciones, separadas y privadas, sus propios ideas y sus propios impulsos para la acción” decía Roger.En algunos pacientes esta situación creaba conflictos insalvables; la mano izquierda cometía un error y la derecha lo corregía. Una mano escribía algo y la otra intentaba impedirlo. En estos pacientes existían dos personalidades distintas, dos Yos, dos conciencias, dos hombres en pugna.

Hasta ese momento, la esponja era la metáfora para explicarme el Yo. El Yo se constituía absorbiendo experiencias, éramos nuestras experiencias, las experiencias que podíamos retener. La continuidad del Yo estaba dada por nuestra historia personal.
Pero ahora, cuando una mano escribe con el lado azul del lápiz Dios Existe y la otra, en un arrebato garabatea, enérgica ¡No! con el lado colorado…las cosas cambian… el Yo empieza a ser como un Lego, bloquecitos que pueden construir algo pero también su contrario, ahora un aeroplano, luego un bote de remos. Mismas vivencias en diferentes momentos constituyen órdenes diferentes. Barby y Ken mañana pueden ser Cenicienta y Shreck.

¿Qué me une a mí con la niña que fui, con esa chica que se crió en el piso de arriba de una farmacia? ¿Lo qué me une, es sólo el esfuerzo que yo hago para ver una continuidad? ¿La unidad del yo, será entonces sólo mi necesidad de unidad?

Esta revelación me produjo vértigo. Tuve nauseas. La historia como línea nos ayuda para entendernos en un modelo de cuento tradicional, aunque no pueda dar razón de trayectos inesperados, de llegada a lugares insólitos (el Círculo Dior en el Havanna de Martínez). Por otro lado, la historia como construcción / re-construcción permite explicar cualquier cosa, pero es difícil de aceptar.

Y es difícil de aceptar, me parece, porque anhelamos ser eternos y para eso no hay más remedio que perseverar sin cambios en lo que somos… tarea propia de dioses, no de mortales que nunca brindan con el mismo vino.

Aunque también es difícil aceptar la Relatividad y el Principio de Indeterminación y sin embargo ambos se verifican en la realidad. Consuelo (gnoseológico) y decepción (ontológica): lo que va en contra de nuestro sentido común, es tan real como las hojas que el otoño se está llevando. La relatividad es ley y el Yo puede ser, tranquilamente, una ilusión.

Mal que nos pese, somos devenir, concluimos en el primer mes de nuestra indagación socrática.

El devenir constante convierte a la montaña de granito, en la playa que caminás todos los veranos. Por más que haya una historia común la Playa no es la Montaña. Por suerte para mí, lo que todavía resiste al devenir, lo que sigue inmutable (¿Hasta cuando, por Dios, hasta cuándo? ¡Necesito una certeza!) es el radio de mi cintura y el volumen de mi cola (comprobación indirecta efectuada a través de la compra del mismo talle de jean desde que tengo 19). En mi caso, mi Yo se sostiene a través del Levis Red Tab Girls 557.

El Yo como jean clásico, tome nota señor Didier Anzieu.

El Yo-Jean.

Alicia Lis, 25 de Abril, 2011

martes, 19 de abril de 2011

59. Aunque todo nos desmienta

Barrio de clase alta. Casas y jardines. Dos hombres y una mujer indagan la vecindad, se detienen cuando ven a Vittorio Gassman subir a un trampolín, es el hombre que buscan. La cámara lo congela en el momento del salto. Han pasado cinco minutos de proyección de Nos Habíamos Amado Tanto.

Vi la película por única vez a los veinte años en el cine Plaza y me encantó.

El narrador contará la historia de tres amigos que durante la guerra lucharon contra los nazis, de algún modo se deben la vida, se aman, son italianos. Hombres de izquierda. Les llegó la paz y todo está por hacerse, son entusiastas. Luego, el amor por una mujer, Stefanía Sandrelli, los distancia, creen ellos. Buena excusa. Son las elecciones de cada día lo que los va separando, el jardín de los senderos que se bifurcan. En la raíz de la palabra decisión, está la idea de muerte. En la encrucijada, elegir un camino implica anular el alternativo. Pero quizá no existan diarias elecciones. Quizá sólo hay que decidir una vez. Creer en la multiplicidad también es una buena excusa. La verdad es triste y es gris.

Gassman es el abogado mediocre que cambia su vida casándose con la hija de un poderoso empresario. Nino Manfredi maneja ambulancias y vive, al fin, con Stefanía, casi como premio consuelo de una vida donde no sobra nada. Satta, fanático del cine, tiene su modesto momento de gloria en la televisión, antes de perder –sin justificación- en la última pregunta. Cuando finalmente se encuentran, todo los separa. El pretérito pluscuamperfecto es preciso, indica acciones realizadas en un momento del pasado, Nos habíamos amado. Hoy ¿Los amaríamos? Más aún ¿Nos seguimos amando a nosotros, tanto?

Fin del flashback, corte al presente. Sábado, cuatro de la tarde, Cine-Teatro Regio, función de El Gran Circo, títeres. Gabriela, mi mujer, Ben y Andus, nuestros hijos y Marilecita, su abuela. En la fila de atrás Alain, el marido de mamá, Tere, la niñera –infaltable- y yo. Salida familiar y cultural: es una reposición (mutilada) de la puesta original de Ariel Bufano. Los chicos están inquietos, yo también. Miró a un lado y al otro buscando nada. Y entonces ahí, haciéndose paso en mi fila, flaca e intocada por los años, Asunción Prado, amiga de la primera juventud. Abrazo largo: Gaby y Tere consternadas. Intento reproducir un diálogo.

Yo: (tratando de evitar que me hagan preguntas) ¡Tanto tiempo! ¿Qué es de tu vida?
Asunción: Sabía que en algún momento te iba a encontrar ¡Tenía que ser en un teatro!
Yo: (algo incómodo, a quemarropa) ¿Dónde vivís, a qué te dedicas?
Asunción: Estuve en Brazil mucho tiempo, hacía cerámica, luego volví, lo mío era actuar, estudié, estoy haciendo títeres ¿Vos seguís con esto, hacés teatro?
Yo: (no, hago plata; pienso mientras cubro el Rolex y disimulo el cocodrilo del pecho) no, no… (Balbuceo)
Asunción: una pérdida…
Yo: (cambiando de tema, con torpeza) ahora vivo en Tigre…
Asunción: ¡…En una isla…! Bien agreste… ¡Qué bueno!
Yo: (Callo “no en un barrio cerrado y carísimo”. Cambio de tema) Pásame el número de celular, hablamos.

Fin de le escena. Cae telón. El público está algo desconcertado, no hay aplauso.

Imagine por un segundo que hace treinta años Usted era, digamos, estudiante de letras o psicología, que había fundado un grupo de teatro, que escribía, actuaba y dirigía. Era creativo. Lideraba a más de treinta personas, vivía para eso. No había otra cosa en su horizonte. Su gente lo consideraba, por decirlo de alguna manera, un referente cultural. Digamos que alguien de esa época lo encuentra ahora y a ese alguien le faltan las doscientas hojas del libro dónde se explica cómo Usted llegó a ser el directivo eficiente, objetivo, serio y sin tiempo de la compañía global. Seguramente tampoco le resultará fácil a Usted, explicarse ese encuentro entre fantasmas, encuentro que sólo se sostiene en la ilusión del Yo, esa convicción nuestra de que somos los mismos en cuerpo y mente desde niños a viejos, aunque nada en la naturaleza a nuestro alrededor permanezca constante. Aunque todo nos desmienta.

Chicago, año 1934, Cine Biograph. Sentado en la platea, apenas disimulado por un modesto bigote, John Dillinger, el enemigo público número uno de los Estados Unidos. Lo busca Hoover y todo el FBI y no es una cuestión de rutina, es una cuestión de honor y supervivencia. Dillinger tiene los días contados, siente el asedio, lo acorralan pero no deja de persistir en su ser, ama el cine. Está viendo Manhattan Melodrama, una de gangsters. A la salida lo matan de un balazo, entre la multitud, a los 31 años. Una mujer lo traiciona. Buena excusa. Todos soñamos la inmortalidad, seguir siendo por siempre los mismos. Sólo la alcanzan, los que mueren jóvenes.

Guillermo García Avogadro, 19 de abril, 2011


jueves, 14 de abril de 2011

58. Se Enamoró Tres Veces en la Vida

Decíamos ayer… Fray Luis de León


Alicia tiene el don de equivocarse con la palabra correcta, así termina nuestra última entrada (16 de noviembre) cambiando olmo (el olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido) por alma.


“Alma quiero anotar en mi cartera,


La gracia de tu rama verdecida”


Conocí a Machado por Serrat. En el principio Machado fue una canción. Luego en la facultad de Letras leímos A un Olmo Seco. La copio para Ustedes y les sugiero repasarla en voz alta y pausada.


Al olmo viejo, hendido por el rayo


y en su mitad podrido,


con las lluvias de abril y el sol de mayo


algunas hojas nuevas le han salido.


¡El olmo centenario en la colina


que lame el Duero! Un musgo amarillento


le mancha la corteza blanquecina


al tronco carcomido y polvoriento.


No será, cual los álamos cantores


que guardan el camino y la ribera


habitado de pardos ruiseñores.


Ejército de hormigas en hilera


va trepando por él, y en sus entrañas


urden sus telas grises las arañas.


Antes que te derribe, olmo del Duero


con su hacha el leñador, y el carpintero


te convierta en melena de campana


lanza de carro o yugo de carreta,


antes que rojo en el hogar, mañana


ardas de alguna mísera caseta,


al borde de un camino;


antes que te descuaje un torbellino


y tronche el soplo de las sierras blancas;


antes que el río hasta la mar te empuje


por valles y barrancas,


olmo quiero anotar en mi cartera


la gracia de tu rama verdecida.


Mi corazón espera


también, hacia la luz y hacia la vida,


otro milagro de la primavera.


El profesor, de nombre españolísimo e imposible de recuperar, guapo para las mujeres y ex sacerdote para el mito nos contó que Machado, un hombre mayor (para la época, treinta y cinco años…) serio, introvertido y solitario se identifica con el olmo y la gracia de la rama verdecida tenía que ver con el encuentro del amor en una joven mujer.


Un disparate. Un disparate de seductor.


Es Mayo de 1912 y Antonio y Leonor han vuelto a Soria desde París. Alquilan una casita en el paseo del Mirón en busca de aire puro. Han luchado con todas sus fuerzas para salvarla de una terrible enfermedad, pero nada mejora la situación de la enferma. Caminando, una tarde, quizá el poeta detiene su mirada en un olmo centenario y enfermo, quizá la imagen le sugiere un paralelo con el dolor de su mujer, quizá. La esperanza de la rama verdecida, no tiene ningún fundamento, Leonor muere pronto, nos queda el consuelo de los versos.


Machado, como todos los hombres se enamoró tres veces en la vida.


Los poetas no eligen sus obsesiones, la de Machado fue la pérdida de la compañera, lo que no puede ser.


Su primer amor fue a los cuatro años. Él habla de una fiesta, un baile, adonde le lleva en brazos el hada más joven. La criada se marcha y los versos siguen la estética del sufrimiento por la pérdida, por el abandono.


Juan Ramón Jiménez dice de Machado "Era sucio, desaliñado y comía papeles". Su madre Se preguntaba quién le había robado a Antonio la alegría de su juventud.


A los treinta y tres, recobra al hada más joven, ahora se llama Leonor y tiene catorce años. Leonor y su familia sufrían muchísimo, el padre guardia civil jubilado y borracho, las golpea y les grita, y Machado, hospedado en esa casa como pensionista, se convierte en padre sustituto y luego en marido. Sabemos que Leonor muere a los tres años y él vuelve a quedarse solo. Blasfema contra Dios por habérsela robado.


Antonio es melancólico. De chico, para molestarlo, su hermano le decía “Tú no eres Antonio Machado”.


El milagro vuelve a ocurrir a principios de junio de 1928 cuando la poetisa madrileña Pilar de Valderrama, de treinta y nueve años (Machado ahora roza los cincuenta) llega a Segovia con una tarjeta de presentación.


El encuentro tiene lugar en el vestíbulo del hotel Comercio. Llueve y hace un frío intenso. Nada más verla y el poeta se enamora. Machado es un hombre muy solo, incapaz de conquistar a una mujer. No tiene confianza en sí mismo pero llega Pilar, que es bellísima, y conoce sus poemas, y ella misma es poetisa, y hablan y hablan y se ven en parques y cafés, y se escriben, y esto le da un aliento y una esperanza, pero también es un tormento, ni siquiera deja que la toque, lo ama y no puede entregarse, es desdichada pero está casada y es creyente.


Machado le escribió doscientas cartas durante los siete años que duró la relación. Ella quemó todas menos "unas cuarenta" en vísperas de la Guerra Civil, antes de salir para Portugal, escogidas al azar, las que estaban encima, sin releerlas siquiera. Peor aún, las cartas salvadas de las llamas fueron mutiladas cuando Pilar las quiso dar a conocer. Cortó y aplicó decolorantes para borrar pasajes considerados imprudentes o arriesgados.


Como todos los hombres, Machado se enamoró tres veces en la vida. Como suele pasar, esos amores no dejaron mucho más que un recuerdo intenso que con él se pierde, una tumba azotada por el viento y unas pocas frases, intercambios, sólo fragmentos, que se prestarán a error y controversia.


Fue el preferido de su madre. Ella dijo “sólo moriré cuando muera mi Antonio".


Y así sucede. Machado muere el día 22 de febrero de 1939 en el Hotel Bougnol-Quintana, en Collioure, Francia. A los tres días, fallece su madre. En el bolsillo del abrigo encuentran un último verso "Estos días azules y este sol de la infancia".


Waldo Williams, Buenos Aires, 14 de Abril