Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



lunes, 27 de junio de 2011

68. Tres motivos

Dios mío, si existes, apiádate de mi alma, si es que tengo.
Stendhal.


Una puede escribir por tres motivos: para crearse una personalidad (una máscara etimológicamente hablando) para que te quieran o para producir un quiebre, una disrupción. Nada más.


Cuando escribí sobre Diego, que puede ser Henry, Andrea, Gaël o Iván, lo hice por las tres razones a la vez.


Estoy sentada en el aeropuerto de Schipol, de schip, barco y ol, infierno. Cuando se desecó el lago sobre el que fue construido encontraron restos y restos de de naufragios “El infierno de los barcos”. Me miro mi mano derecha, mi mano vaga, soy un naufragio, me digo y estoy allí.


Al día siguiente de la visita al museo Van Gogh, fui al reconocimiento que le hacían a Patricio. No me estrené el vestidito blanco de Motonari Ono, era yo misma, pero yo vuelta demasiado sexy. Quise, como cuando era chica, vestir de monja, pero no tenía habito y me puse entonces el más gris sabor a nada miserable prêt-à-porter C&A que pude encontrar.


Diego vive en Barcelona y está casado y tiene chicos y lo que menos quiero en el mundo es hacerle cualquier daño a esa familia, que como todas, seguro tendrá sus problemas, que tampoco estoy interesada en conocer.


Al salir del museo caía la tarde, primavera fría con vocación de otoño, unas hojas diminutas corrían ligeras por los canales, fiesta impresionista.


Crearse una máscara. Los griegos la usaban para que el personaje sea creíble. Yo la modelo en palabras, no en cartapesta. La máscara me representa y me protege. Me permite decirme a los cuatro vientos pero también me oculta. Yo soy Alicia, sí, y también la otra lo es, la de Lapicerápices, ella es la que hace lo que la madre modelo evita. Me allana el camino, pone a mi mundo sobre aviso. Nada muy original, por cierto, pero le agradezco lo mismo.


Caminamos por el empedrado húmedo. Una tienda, venden relojes, sobre el dintel, en mármol, la leyenda Tempus Fugit, la frase de Fausto y los grandes relojes de péndulo. En los de sol, es posible leer la versión completa “Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra”. El tiempo vuela, como las nubes, como las naves, como las sombras. El tiempo somos nosotros, digo y no rehúyo al abrazo, no. Abrazada con zeta y con ese, abrasada.


Para que me quieran. Desde chica supe que iba ser una tarada. A partir de ese axioma fundacional todo lo que hice es para que me quieran. Quizás hoy me conforme con menos, con diez minutos de atención, no de cualquiera, claro, siempre tuve mis veleidades.


Diego me miró y me dijo con pasión verdadera,
ahogada pero irreprimible
y yo quería caminar y moverme lentamente,
que los diez minutos de mirada
no terminaran nunca, nunca más.


El elogio a la lentitud, es la oda de las enamoradas. Pero lo lento, aunque lento, vuela como las sombras.


Ya es de noche, ni lunas ni estrellas, sólo una lluvia fina. Pasamos frente a la casa de Anna Frank.


Producir un quiebre, una disrupción. La creatividad es un corte transversal en la serie de la repetición, me explicó una vez Waldo (intuyo que vuelvo a Waldo para distraerme de mí, para darme un respiro sentimental).


Anna Frank era una chica como otras. Estudio, juegos, amigas, visita a los abuelos, paseos, la vida como una cinta de color, ligera, recortándose en el cielo. Conocemos la historia, una tarde ella, su familia y otra familia, deben esconderse por años, en dos cuartos disimulado tras unos estantes. La cinta se corta y cae. El encierro pone fin a una serie y da inicio a otra. Ya no es una chica como las demás, su diario deviene en testimonio de la locura nazi. De la locura.


Anna da su primer y único beso en cautiverio. Aunque opresivo, siniestro y final, de algún modo envidio ese espacio. Estoy loca. O no, quizá sea el sueño de todos, volver a un tiempo sin compromisos, donde lo ominoso está afuera y lo amado, cerca, apenas del otro lado de un modesto tabique. La disrupción es hacer conciente lo inconciente.


Cruzamos un puente. No quiero y quiero. Sí, quiero. Déjà vu, soy la adolescente que fui, soy Jeimy Sommers, la mujer biónica, capaz de cualquier cosa.


Y ahí estaba yo, paradita en la puerta del Dylan, mi hotel, una mujercita petrificada sobre un pedestal de barro. El hotel más chic de Amsterdam, se convertía en la puerta de la farmacia de mamá en la calle Azcuénaga. Le pregunto a Diego si quiere tomar un café y me dice que sí y cruzamos el arco de entrada y agradecí estar en el Dylan y no en Buenos Aires y haber crecido algo, un poco.


En el lounge the Air France anuncian mi vuelo, casi un pudoroso corte a la siguiente escena. Busco en el bolso mi ticket, ni paracetamol ni ibuprofeno, nunca una jaqueca.

Alicia Lis, Aeropuerto de Schipol, Holanda, Junio 2011

martes, 21 de junio de 2011

67. Cortina de seda, cortina de hierro

Consideraciones previas

1. Alicia ha escrito la entrada más larga de la historia de Lapicerapices (1,209 palabras).
2. Alicia utiliza la antigua expresión talle (Diego me toma firme y sereno por el talle…) en vez de la más moderna cintura, tratando de disfrazar su declaración con la ropa de la novela romántica del siglo XIX.
3. Cuando la invitamos a formar parte de Lapicerapices, nunca imaginé que convertiría el blog en un remedo de Intrusos, donde ella es su propio
paparazzi.
4. Alicia lo ha hecho, creo, para justificar (justificarse) un arrebato amoroso.
5. Alicia te quiero, de nada tenés que arrepentirte, menos de haberlo besado.


Para entender Holanda, según yo la entiendo, no hay que empezar por las pinturas de Van Gogh o por los pólderes, hay que empezar por el museo naval. Recuerdo el día que lo visité. Poca gente, silencio, madera en los pisos y en los techos, media luz, lugar preparado para el encuentro amoroso si uno es amante de los barcos, caso contrario es un infierno interminable de modelos a escala.

Mapa de la ciudad en el 1.600. Muralla serpenteante, un molino en cada torre y los canales internos atestados de barcos, hacinados como en vagón de tren Tokiota.

El agua para los holandeses, como para los venecianos, fue instrumento de riqueza y poder. En los tiempos en que un camino, cuando existía, no era más que una huella incierta, los ríos eran la vía regia de transporte entre ciudades.

En todas las estaciones centrarles de trenes del mundo destaca el reloj. En la de Amsterdam, la veleta. El oro, siempre, lo trajo el viento sobre los paños.

Unir, vender y comprar, burguesía y riqueza, el mar Báltico y el Mediterráneo, América (Olinda ¡OH Linda! en Brazil, Las Antillas, Surinam y hasta New York que nació con el nombre de New Amsterdam). También buscaron oriente, eligen la ruta del norte y quedan atrapados por el hielo ártico. Fracaso y cambio de planes, hacen espionaje sobre los portugueses y entonces sí llegan a Japón.

Holanda comercia con Japón por 200 años, celo y monopolio.

En el siglo XVIII Japón quiere el intercambio de bienes y al mismo tiempo preservar a su pueblo del contacto con el mundo.

Durante dos siglos los japoneses supieron de los otros, por los cuentos de holandeses que ni siquiera tacaban ese suelo. Fondeaban en una isla cercana. Cortina de seda, cortina de hierro.
El Kimono y las estampas japonesas que encantan a los impresionistas, llegan a Europa por los holandeses.

La llamada Compañía de las Indias Orientales, se enorgullece en decir que fue la primera compañía multinacional de la historia (aunque otras corporaciones comparten ese fanatismo atávico de querer ser los primeros, los más grandes, los únicos). Cuadros y cuadros describiendo lo ordenadas, limpias y armoniosas que eran sus colonias en Bengala y otros destinos de las mil y una noches. Sin embargo el Demonio de Tasmania debe su nombre a un señor Tasman, que anduvo ordenando y limpiando por ahí (también descubrió que Australia no es parte de Antártida, confirmando que desde la base Marambio no pueden avistarse canguros).

Los holandeses fueron comerciantes y piratas y cazadores y traficantes de esclavos, en tiempos que los hombres eran un commodity, como el trigo y el arroz. Los holandeses fueron invasores y soldados y en su muy oficial museo no lo esconden bajo capas de íbamos buscando conocimiento y llevando nuestra cultura, nos empujaba el valor y las ansias de saber. El sistema de audio que recorre los pasillos susurra –de verdad- ¡Profit…profit…! (ganancias…ganancias…).

Holanda más que un paísito lechero, inocente y enamorado de los tulipanes fue un imperio naval.

No hay imperio sin batallas. En todas las pinturas del museo, enormes en blanco, marfil y negro los mares y los cielos son siempre grises-azules-verdosos-revueltos-pesados-ominosos- finales. Me pregunto ¿Es que nunca hubo una batalla un día tranquilo de primavera? Racimos de barcos, como racimos de uvas. Racimos de hombres. Hormigueros. Fuego, más gris y rojo y mástiles quebrándose y marineros que vuelan por el aire, liberados, flotando sobre el horizonte por encima del velamen. No hay imperio sin batallas.

No sé qué objeto de nuestra cultura se conservará por miles dentro de una par de siglos. En una cultura náutica son los barcos en escala, llenando salas y salas indefinidamente. Se los hacía como maqueta al inicio de la construcción, enormes para presumir frente al almirantazgo del reino vecino, estrechos y alargados para corregir los efectos de la perspectiva cuando colgaran de las iglesias (para recaudar fondos de los feligreses y sostener los astilleros) como herramienta para entrenar oficiales, por el mero placer de tenerlos cerca e imaginar que no somos tenderos, que somos marinos y sabemos estar lejos, lejos y solos.

Ultimo recuerdo. Mascarón de popa, enorme cocodrilo de cuerpo entero, con las fauces abiertas muestra en su interior la cabeza de un hombre, ileso y feliz. Ser marinero requiere inconciencia. Alicia, el amor también.

El amor requiere de inconciencia.

Guillermo García Avogadro, Tigre, Junio 2011

lunes, 13 de junio de 2011

66. Un cielo con porvenir de verano

Estoy en Amsterdam (el corrector de Word se empeña en ponerle acento ortográfico a la A de inicio, sin embargo los holandeses acentúan prosódicamente la última, la de dam).

Patricio, que supo tener tambos y mucha relación con productores locales de queso artesanal, se convirtió – ya no recuerdo ni cómo ni porqué- en fuerte benefactor de la Flamenca Sociedad para la Preservación del Zueco Artesanal. Mañana le rendirán un homenaje en la Trek ze maar aan Logia de Barendrecht, a cinco años de su fallecimiento. Me preguntaba si debía ir de negro. Al ser un país lechero y siguiendo la tradición japonesa (donde el luto se lleva de blanco) me decidí por un vestidito así de Motonari Ono.

Hoy fui al Museo Van Gogh. Llegué temprano, curiosa por saber cómo se había preservado tanta obra, 900 pinturas y 1,000 dibujos, imposible de juntar para cualquier institución empezando de la nada.

Estoy sacando la entrada y se me cae todo, tarjetas, platas, documentos. Un blazer de corderoy verde inglés con refuerzo de gamuza en los codos se inclina para ayudarme, cuando se da vuelta y me alcanza las cosas, adentro ¡Me muero, no lo puedo creer, mi primer novio! Muy canoso pero con sus ojos verdes o grises según el día sea soleado o nuboso, intactos. Fue mi novio en el primer año de la carrera de farmacia, yo me recibí, el dejó todo para iniciar un negocio de exportación (artesanía del altiplano a Europa). Le tomé la mano con todas mis fuerzas, me quedé sin aire y me pregunté cómo estaría de baterías mi sonrisa luminosa y mis ojos chispeantes después de treinta años de estar encendidos.

- Hola Alicia
- Diego… justo ahora… no lo puedo creer (dije mientras miraba de reojo mi reflejo sobre una vidriera del shop. No tan mal, no tan mal).

Tuvo la precaución (o la sabiduría. A las mujeres no nos gusta responder preguntas) de no querer profundizar en el justo ahora.

Naturalmente recorrimos juntos las galerías, como antes el art-district de Buenos Aires.

Diego, como siempre, tratando de evitar ser didáctico, como al descuido, como recordándome algo que yo sabía, contó que los tíos de Vincent y Theo eran marchands en Europa y que los dos hermanos también habían vendido pintura. La mujer de Theo era hija de un galerista y cuando muere su marido meses después del suicidio de Vincent, se encarga de mantener y promover la obra que aquél había recibido a cambio de sostener económicamente a su hermano.

A su muerte, el hijo, al principio –parece- con poco entusiasmo, continua la tarea de de su madre y así el tesoro llega a nosotros muy poco desperdigado por Sotheby’s, Christies & Friends. Como en un cuento del padre Brown, de Chesterton, algo que en principio parece de naturaleza fantástica tiene una resolución necesaria y terrenal.

Diego, siempre tan caballero, me toma muy ligeramente por los hombros, casi nada y me lleva hasta un enorme trabajo de Anton Mauve, en la planta baja. Mariposas en el pecho.

Mauve casado con una prima de Van Gogh, lo aconseja al inicio de su carrera. En las biografías que leí siempre aparece como un artista exitoso pero academicista (como nota negativa) y así lo tenía yo. Los turistas pasan sin mirar, como quien cruza una plaza de pueblo y yo me quedé helada. Una pintura enooorme en tonos de grises, un bosque en invierno y los hacheros haciendo su trabajo…y Diego y yo, hilvanando 30 años de historia con puntadas largas y la atención dividida. Mauve, aunque hoy lateral, pintaba como una bestia.

Subimos a la sala principal, en el ascensor nos quedamos callados, esquivamos las miradas, Diego me mira las manos. Verá pecas y una esmeraldita colombiana. La compró Patricio en Cartagena de Indias.

La pintura original de Van Gogh era muy oscura, (recordemos también que Rembrandt hacía lo imposible para mantener a oscuras la mayor parte de la tela)… recién en los Comedores de Papas se empieza a ver algo… Diego me cuenta, sabiendo que me voy a desilusionar, que la tela no la hizo con la familia comiendo frente a sí, que la pintó en su estudio.

Hago oídos sordos, pero fracaso y lo escucho igual. Contraataco y digo “Entre Van Gogh y San Francisco de Asís hay un secreto vínculo”, el primero es a la pintura lo que el segundo a la religión católica. Sagaz, Diego sonríe y no pregunta ¿Por qué? La estúpida pregunta que rompe el encanto de los vínculos secretos.

Caminamos hasta la sala llamada Estudio y no puedo creer que esté aquí con él, Diego me inició en la pintura cuando no conocía mucho más que los hombrecitos de Magritte.

Un retrato de Van Gogh, por John Rusell. Lo presenta como un hombre común de su tiempo, vestido de negro, podría pasar por el Whistler de Art Happens (el arte sucede). Al lado, ese autorretrato donde -por el modo en que están aplicadas las pinceladas- la cabeza parece coronada por una aureola. Un hombre intenso, fuera de sí.

Veo las dos obras juntas y recuerdo la línea de una carta a Theo donde Vincent describe otro autorretrato diciendo “Soy yo, pero yo vuelto loco”. Mirando la vitrina, los dos repetimos como para nosotros, como rezando el “Soy yo, pero yo vuelto loco” e infantil casi grito ¡Suerte para mí!

Volvemos a la sala principal y están los trabajos de los campos florecidos y los girasoles pintados una y otra vez para Gaugin y el famoso cuarto donde no existen ángulos rectos y las copias de la estampas japonesas y lento llegamos a los años de su encierro voluntario en el loquero y yo me debo estar volviendo loca porque lo único que quiero es que ese casi desconocido me abrace un poquito, pero no.

Un trigal que es como un mar en tiempo de guerra. Un campesino segando con una hoz, bajo el sol implacable. Diego dice que Vincent dice “El trigo es la vida, que siempre renace”.

Que me querrá decir, me digo, no soy buena para las indirectas.

Llega el último trabajo, antes del disparo en el pecho. Los campos de trigo, los cuervos y el cielo cargado de azules intensos. Mi cuadro favorito, aún antes de saber que era el de la despedida. Diego busca un cuaderno de notas escritas con una letra diminuta, lee “no debe tomarse esta pintura como la nota final del suicida. El cielo cargado, los trigales azotados por el viento y las nubes impenetrables estuvieron en sus trabajos siempre, como lo estuvieron siempre en la escuela holandesa. Yo digo, que sí, que puede ser, pero que prefiero a Sábato cuando dice que los árboles de Van Gogh son únicos, porque lo expresan únicamente a él. Los cielos, los cuervos y el campo pueden haber estado siempre, pero nunca con la intensidad de los últimos días. Diego me toma firme y sereno por el talle, las caras muy cerca. Lo beso.

No me arrepiento de haberlo besado.

Allí, la la rama florecida de blanco pintada sólo unas semanas antes, para el sobrino recién nacido que lleva su nombre. Serenidad sobre un cielo con porvenir de verano.

Alicia Lis, Amsterdam, Mayo 2011

lunes, 6 de junio de 2011

65. Se quitan las herings y saltan al agua

Verano del 82 o del 83. Quizá me equivoque, no importa, fue hace tanto tiempo que la perspectiva juega a favor de la memoria incierta. El pretérito perfecto, ese cuyas acciones se inician y concluyen en el pasado, es siempre lejano, no importa cuánto.

Siesta irresponsable, calor sofocante. No hay SMSs, ni redes sociales. Sólo amigos.

Esteban Martini, un tío y Daniel Rolleri se encuentran en el amarradero de CUBA en Núñez. Los padres de Daniel están en Miramar los de Esteban en el sur. Diciembre es un mes de casamientos, enero de liberación de adolescentes. Sólo ellos saben lo que hacen, sólo ellos saben con quién y dónde están.

Abordan el barco del gordo (de Esteban…de Jorge, el padre de Esteban). No es el Caribe, no. El Caribe era un grumete de madera donde aprendimos a navegar. Este es el otro, el nuevo, uno de fibra de vidrio, un eighteen de nombre olvidado. Dos cocas y facturas y caladril para la nariz y al río de una vez por todas.

El sol revienta, la brisa es mínima, el velero apenas se mueve a fuerza de bordes y bordes. La costa está ahí nomás. Esa costa sin gracia, de enormes bloques de cemento; la cancha de River, la ciudad universitaria y el arco que describe la autopista. Cubismo puro. Juan Gris y río barroso.

Ningún vértigo, la mayor y la genoa cuelgan inertes, son sábanas secándose al sol. El río está bajo, no llegan a cruzar el canal Mitre, quedan varados, el quillote encajado en esa ciénaga que es el Plata. Les da igual, nada importante dejaron en la ciudad. Nada que extrañar. Los adolescentes no extrañan.

Entonces se quitan las herings y saltan al agua. El calor puede más que el espanto de lo turbio, del fango, de la contaminación. Se agotan caminando como astronautas en un planeta acuático, bochornoso, plástico y marrón. La tarde parece infinita, no termina nunca.

Se desafiaron, rieron, intentaron lo imposible. Se saben sucios, las espaldas arden. Cansados esperan que la suerte cambie.

Cruzan algunas gaviotas escapando de la pampa, destino: incierto. Un viento rachado les empieza a pegar, saben que es tiempo de salir de la varadura…si el río sube algo, si lo escoramos un poco, si todo ayuda nos vamos, piensan mecánicamente, despreocupados.

El viento, duro y seco, empuja unas olas cortas que levantan al barco, ligero y lo dejan caer, muerto, de nuevo sobre el lecho del río. Golpe tras golpe, una demolición profesional. El ruido y la lluvia y los cabos mojados y la tensión en el cuerpo y en las velas. El castigo se va acelerando y cuando llega a su máximo, en seguida, ya es tarde, ni siquiera pueden rescatar los chalecos salvavidas. Esos mazazos sobre la quilla del barco la deshacen y el agua inunda, rápido, la cabina. No hubo tiempo para temer ese final probable, tampoco para imaginar las consecuencias. Sin entender ni cómo ni por qué el barco da media vuelta y queda a la deriva, sólo parte del el casco y una banda lateral, ligera, se mantienen fuera del agua y los amigos se aferran como pueden al guardamancebo, ese cable de acero, que en un velero oficia de límite, de protección al borde de la cubierta.

La tarde que no terminaba de irse, pronto se hace noche de tormenta y los rayos caen sobre el agua y sobre la ciudad y los truenos apenas se escuchan tapados por el viento, por el desconcierto.

Se toman con todas sus fuerzas del cable áspero, metálico, todo está empapado y el riesgo ahora es que resbale entre los dedos, el desafío es no distraerse, no soltarlo. Las olas los lleva y los trae, los empuja sobre el casco, tragan agua, están a centímetros pero se pierden de vista, se les nubla la vista, tienen la ciudad ahí, cerca, pero es imposible alcanzarla, se repiten para convencerse, para no tentar acciones heroicas. Temen que en algún momento el agua los arrastre, los lleve. Están cansados, el frío los quiebra, orinarse, experimentar esa tibieza primitiva y cercana, es el único placer que les queda.

Nadie sabe que salieron a navegar. Nadie los busca. Son nadie.

Alrededor es una mancha negra, impredecible y asesina. Los minutos se cuentan por horas, empiezan a perder las fuerzas o a pensar que pronto las van a perder y se van a dejar ir. Se preguntan a qué distancia estarán del canal, calculan las probabilidades de ser embestidos por una enorme chata de río y el agua vuelve a golpearlos sobre el casco y las manos empiezan a lastimarse y el desánimo y la resignación y la angustia se les mete en la sangre.

Y toda esta secuencia se repitió una y mil veces y ninguno supo qué los mantuvo agarrados (nunca mejor dicho) a ese guardamancebo hasta el amanecer de un día nublado.

Lo peor había terminado, alguien los vería, pronto llegaría el rescate.

Pasan las horas y es lo único que pasa. Nadie a la vista y menos ellos, que ocupan una superficie menor a la de una tabla de windsurf.

Es el mediodía, nadar es imposible, una mezcla de cansancio, lógica y miedo lo impide; pero también es imposible resistir una segunda noche, todos lo saben, nadie lo dice.

A lo lejos una lancha. Le hacen señas, como pueden, parece detenerse, sigue su camino y el desánimo les patea la cabeza. Insultan la suerte sin mirarse. Pero al rato el destino pega la vuelta y despacio, con el motor regulando, llega el rescate, el piloto dudó y prefirió la certeza.

Suben al bote, no sé si en silencio o a los gritos, quizá hubo un abrazo largo, unas palabras sueltas. Al tomar distancia ven como el mástil parece dirigirse hacia el fondo del río, cómo hundiéndose en el lecho, como aferrándose él también a una vida.

He contado su historia cien veces, la repetición fijó los detalles que la hacen épica, creo que mi relato no defrauda a los protagonistas.

Mil veces los envidié. La envidia es el gris contemplar del bien inalcanzable. La envidia no es verde, la envidia es gris. El gris es carente de aventura, de hermandad hasta el fin de los días, de pactos de sangre, de vueltas de la muerte, de celebraciones, de cadenas más fuertes que las cadenas de los años.

Yo fui parte y yo elegí quedar fuera.

Guillermo García Avogadro, Tigre, Mayo 2011