Consideraciones previas
1. Alicia ha escrito la entrada más larga de la historia de Lapicerapices (1,209 palabras).
2. Alicia utiliza la antigua expresión talle (Diego me toma firme y sereno por el talle…) en vez de la más moderna cintura, tratando de disfrazar su declaración con la ropa de la novela romántica del siglo XIX.
3. Cuando la invitamos a formar parte de Lapicerapices, nunca imaginé que convertiría el blog en un remedo de Intrusos, donde ella es su propio paparazzi.
4. Alicia lo ha hecho, creo, para justificar (justificarse) un arrebato amoroso.
5. Alicia te quiero, de nada tenés que arrepentirte, menos de haberlo besado.
Para entender Holanda, según yo la entiendo, no hay que empezar por las pinturas de Van Gogh o por los pólderes, hay que empezar por el museo naval. Recuerdo el día que lo visité. Poca gente, silencio, madera en los pisos y en los techos, media luz, lugar preparado para el encuentro amoroso si uno es amante de los barcos, caso contrario es un infierno interminable de modelos a escala.
Mapa de la ciudad en el 1.600. Muralla serpenteante, un molino en cada torre y los canales internos atestados de barcos, hacinados como en vagón de tren Tokiota.
El agua para los holandeses, como para los venecianos, fue instrumento de riqueza y poder. En los tiempos en que un camino, cuando existía, no era más que una huella incierta, los ríos eran la vía regia de transporte entre ciudades.
En todas las estaciones centrarles de trenes del mundo destaca el reloj. En la de Amsterdam, la veleta. El oro, siempre, lo trajo el viento sobre los paños.
Unir, vender y comprar, burguesía y riqueza, el mar Báltico y el Mediterráneo, América (Olinda ¡OH Linda! en Brazil, Las Antillas, Surinam y hasta New York que nació con el nombre de New Amsterdam). También buscaron oriente, eligen la ruta del norte y quedan atrapados por el hielo ártico. Fracaso y cambio de planes, hacen espionaje sobre los portugueses y entonces sí llegan a Japón.
Holanda comercia con Japón por 200 años, celo y monopolio.
En el siglo XVIII Japón quiere el intercambio de bienes y al mismo tiempo preservar a su pueblo del contacto con el mundo.
Durante dos siglos los japoneses supieron de los otros, por los cuentos de holandeses que ni siquiera tacaban ese suelo. Fondeaban en una isla cercana. Cortina de seda, cortina de hierro.
El Kimono y las estampas japonesas que encantan a los impresionistas, llegan a Europa por los holandeses.
La llamada Compañía de las Indias Orientales, se enorgullece en decir que fue la primera compañía multinacional de la historia (aunque otras corporaciones comparten ese fanatismo atávico de querer ser los primeros, los más grandes, los únicos). Cuadros y cuadros describiendo lo ordenadas, limpias y armoniosas que eran sus colonias en Bengala y otros destinos de las mil y una noches. Sin embargo el Demonio de Tasmania debe su nombre a un señor Tasman, que anduvo ordenando y limpiando por ahí (también descubrió que Australia no es parte de Antártida, confirmando que desde la base Marambio no pueden avistarse canguros).
Los holandeses fueron comerciantes y piratas y cazadores y traficantes de esclavos, en tiempos que los hombres eran un commodity, como el trigo y el arroz. Los holandeses fueron invasores y soldados y en su muy oficial museo no lo esconden bajo capas de íbamos buscando conocimiento y llevando nuestra cultura, nos empujaba el valor y las ansias de saber. El sistema de audio que recorre los pasillos susurra –de verdad- ¡Profit…profit…! (ganancias…ganancias…).
Holanda más que un paísito lechero, inocente y enamorado de los tulipanes fue un imperio naval.
No hay imperio sin batallas. En todas las pinturas del museo, enormes en blanco, marfil y negro los mares y los cielos son siempre grises-azules-verdosos-revueltos-pesados-ominosos- finales. Me pregunto ¿Es que nunca hubo una batalla un día tranquilo de primavera? Racimos de barcos, como racimos de uvas. Racimos de hombres. Hormigueros. Fuego, más gris y rojo y mástiles quebrándose y marineros que vuelan por el aire, liberados, flotando sobre el horizonte por encima del velamen. No hay imperio sin batallas.
No sé qué objeto de nuestra cultura se conservará por miles dentro de una par de siglos. En una cultura náutica son los barcos en escala, llenando salas y salas indefinidamente. Se los hacía como maqueta al inicio de la construcción, enormes para presumir frente al almirantazgo del reino vecino, estrechos y alargados para corregir los efectos de la perspectiva cuando colgaran de las iglesias (para recaudar fondos de los feligreses y sostener los astilleros) como herramienta para entrenar oficiales, por el mero placer de tenerlos cerca e imaginar que no somos tenderos, que somos marinos y sabemos estar lejos, lejos y solos.
Ultimo recuerdo. Mascarón de popa, enorme cocodrilo de cuerpo entero, con las fauces abiertas muestra en su interior la cabeza de un hombre, ileso y feliz. Ser marinero requiere inconciencia. Alicia, el amor también.
El amor requiere de inconciencia.
Guillermo García Avogadro, Tigre, Junio 2011
martes, 21 de junio de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario