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lunes, 13 de junio de 2011

66. Un cielo con porvenir de verano

Estoy en Amsterdam (el corrector de Word se empeña en ponerle acento ortográfico a la A de inicio, sin embargo los holandeses acentúan prosódicamente la última, la de dam).

Patricio, que supo tener tambos y mucha relación con productores locales de queso artesanal, se convirtió – ya no recuerdo ni cómo ni porqué- en fuerte benefactor de la Flamenca Sociedad para la Preservación del Zueco Artesanal. Mañana le rendirán un homenaje en la Trek ze maar aan Logia de Barendrecht, a cinco años de su fallecimiento. Me preguntaba si debía ir de negro. Al ser un país lechero y siguiendo la tradición japonesa (donde el luto se lleva de blanco) me decidí por un vestidito así de Motonari Ono.

Hoy fui al Museo Van Gogh. Llegué temprano, curiosa por saber cómo se había preservado tanta obra, 900 pinturas y 1,000 dibujos, imposible de juntar para cualquier institución empezando de la nada.

Estoy sacando la entrada y se me cae todo, tarjetas, platas, documentos. Un blazer de corderoy verde inglés con refuerzo de gamuza en los codos se inclina para ayudarme, cuando se da vuelta y me alcanza las cosas, adentro ¡Me muero, no lo puedo creer, mi primer novio! Muy canoso pero con sus ojos verdes o grises según el día sea soleado o nuboso, intactos. Fue mi novio en el primer año de la carrera de farmacia, yo me recibí, el dejó todo para iniciar un negocio de exportación (artesanía del altiplano a Europa). Le tomé la mano con todas mis fuerzas, me quedé sin aire y me pregunté cómo estaría de baterías mi sonrisa luminosa y mis ojos chispeantes después de treinta años de estar encendidos.

- Hola Alicia
- Diego… justo ahora… no lo puedo creer (dije mientras miraba de reojo mi reflejo sobre una vidriera del shop. No tan mal, no tan mal).

Tuvo la precaución (o la sabiduría. A las mujeres no nos gusta responder preguntas) de no querer profundizar en el justo ahora.

Naturalmente recorrimos juntos las galerías, como antes el art-district de Buenos Aires.

Diego, como siempre, tratando de evitar ser didáctico, como al descuido, como recordándome algo que yo sabía, contó que los tíos de Vincent y Theo eran marchands en Europa y que los dos hermanos también habían vendido pintura. La mujer de Theo era hija de un galerista y cuando muere su marido meses después del suicidio de Vincent, se encarga de mantener y promover la obra que aquél había recibido a cambio de sostener económicamente a su hermano.

A su muerte, el hijo, al principio –parece- con poco entusiasmo, continua la tarea de de su madre y así el tesoro llega a nosotros muy poco desperdigado por Sotheby’s, Christies & Friends. Como en un cuento del padre Brown, de Chesterton, algo que en principio parece de naturaleza fantástica tiene una resolución necesaria y terrenal.

Diego, siempre tan caballero, me toma muy ligeramente por los hombros, casi nada y me lleva hasta un enorme trabajo de Anton Mauve, en la planta baja. Mariposas en el pecho.

Mauve casado con una prima de Van Gogh, lo aconseja al inicio de su carrera. En las biografías que leí siempre aparece como un artista exitoso pero academicista (como nota negativa) y así lo tenía yo. Los turistas pasan sin mirar, como quien cruza una plaza de pueblo y yo me quedé helada. Una pintura enooorme en tonos de grises, un bosque en invierno y los hacheros haciendo su trabajo…y Diego y yo, hilvanando 30 años de historia con puntadas largas y la atención dividida. Mauve, aunque hoy lateral, pintaba como una bestia.

Subimos a la sala principal, en el ascensor nos quedamos callados, esquivamos las miradas, Diego me mira las manos. Verá pecas y una esmeraldita colombiana. La compró Patricio en Cartagena de Indias.

La pintura original de Van Gogh era muy oscura, (recordemos también que Rembrandt hacía lo imposible para mantener a oscuras la mayor parte de la tela)… recién en los Comedores de Papas se empieza a ver algo… Diego me cuenta, sabiendo que me voy a desilusionar, que la tela no la hizo con la familia comiendo frente a sí, que la pintó en su estudio.

Hago oídos sordos, pero fracaso y lo escucho igual. Contraataco y digo “Entre Van Gogh y San Francisco de Asís hay un secreto vínculo”, el primero es a la pintura lo que el segundo a la religión católica. Sagaz, Diego sonríe y no pregunta ¿Por qué? La estúpida pregunta que rompe el encanto de los vínculos secretos.

Caminamos hasta la sala llamada Estudio y no puedo creer que esté aquí con él, Diego me inició en la pintura cuando no conocía mucho más que los hombrecitos de Magritte.

Un retrato de Van Gogh, por John Rusell. Lo presenta como un hombre común de su tiempo, vestido de negro, podría pasar por el Whistler de Art Happens (el arte sucede). Al lado, ese autorretrato donde -por el modo en que están aplicadas las pinceladas- la cabeza parece coronada por una aureola. Un hombre intenso, fuera de sí.

Veo las dos obras juntas y recuerdo la línea de una carta a Theo donde Vincent describe otro autorretrato diciendo “Soy yo, pero yo vuelto loco”. Mirando la vitrina, los dos repetimos como para nosotros, como rezando el “Soy yo, pero yo vuelto loco” e infantil casi grito ¡Suerte para mí!

Volvemos a la sala principal y están los trabajos de los campos florecidos y los girasoles pintados una y otra vez para Gaugin y el famoso cuarto donde no existen ángulos rectos y las copias de la estampas japonesas y lento llegamos a los años de su encierro voluntario en el loquero y yo me debo estar volviendo loca porque lo único que quiero es que ese casi desconocido me abrace un poquito, pero no.

Un trigal que es como un mar en tiempo de guerra. Un campesino segando con una hoz, bajo el sol implacable. Diego dice que Vincent dice “El trigo es la vida, que siempre renace”.

Que me querrá decir, me digo, no soy buena para las indirectas.

Llega el último trabajo, antes del disparo en el pecho. Los campos de trigo, los cuervos y el cielo cargado de azules intensos. Mi cuadro favorito, aún antes de saber que era el de la despedida. Diego busca un cuaderno de notas escritas con una letra diminuta, lee “no debe tomarse esta pintura como la nota final del suicida. El cielo cargado, los trigales azotados por el viento y las nubes impenetrables estuvieron en sus trabajos siempre, como lo estuvieron siempre en la escuela holandesa. Yo digo, que sí, que puede ser, pero que prefiero a Sábato cuando dice que los árboles de Van Gogh son únicos, porque lo expresan únicamente a él. Los cielos, los cuervos y el campo pueden haber estado siempre, pero nunca con la intensidad de los últimos días. Diego me toma firme y sereno por el talle, las caras muy cerca. Lo beso.

No me arrepiento de haberlo besado.

Allí, la la rama florecida de blanco pintada sólo unas semanas antes, para el sobrino recién nacido que lleva su nombre. Serenidad sobre un cielo con porvenir de verano.

Alicia Lis, Amsterdam, Mayo 2011

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