Escribí en cuadernos con letra diminuta (evito, deliberadamente, la palabra chiquita). También en el dorso de resmas de papel carta impreso y descartado por otros; en reversos de formularios de pedidos en tickets de almacenes y también en boletos de colectivo. Mucho collage… mis originales lucen más obra gráfica que literaria. Lo hice con máquina de escribir y a mano y a veces dictando. Con Parker, 303, Cross, Silvapen, Bic y lápiz HB. En PC y luego en notebook. Rara vez perdí algo. Desde hace seis meses en un Ipad que me pasó Alicia.
Escribo por qué se me da la gana y por pedidos. Los primeros que recuerdo son las composiciones Mis Vacaciones (perdón por la fea rima) donde tenía que inventar los paseos de no menos de siete amigos. Marcelo Llanas era el único que me dejaba que lo vacacionara en el vientre de una ballena o en una luna de Júpiter. Gracias, Marcelo.
* * *
Había terminado Sólo para agradar, mi entrada anterior. La había leído dos veces en voz alta y estaba contento con el resultado. Por la noche decidí actualizar los programas de la tablet y en algún momento ante esas temibles preguntas del tipo ¿Está seguro que quiere hacer esto y no aquello? debo haber clickeado yes y no cancel y las dos carillas –Time New Roman, 12- de Sólo para agradar desaparecieron en la nube, para siempre.
No maldije a la tecnología, no, me enojé conmigo y despreciándome di por terminado el día.
* * *
¿Alguna vez les pasó de intentar reescribir algo perdido?
La sensación es bastante parecida a la de recordar un sueño… tenemos las imágenes muy claras en la cabeza, pero cuando queremos ponerlas en palabras, todo se desmorona y nos quedamos con poco y nada.
O es como querer armar un rompecabezas y al encontrar dos piezas que debieran coincidir, al acercarlas, nos damos cuenta que mínimas diferencias no lo permiten.
Cuando volvemos, de grandes, a un lugar que disfrutamos de chico, ese palacio –a nuestros ojos de hoy- luce pequeño, oscuro, convencional, ajado. Intentar reescribir, produce en mí el mismo efecto.
Todo eso me pasó y más.
(… Las tres comparaciones que parecieron inspiradas cuando se me ocurrían mientras manejaba en la ruta 202, luego de tipearlas lucen vulgares… Pero de alguna manera necesito expresar mi frustración al reescribir lo perdido, y no encontrando un modo mejor, las dejo así como las ves y me apuro a pasar al siguiente párrafo…)
Empecé la reconstrucción por el título, que recordaba era un fragmento de la línea final…“Me pregunto con vergüenza, si tanto dolor ha sido sólo para agradar”.
Yo jugaba con la idea de Sólo para agradar / Sólo para tus ojos (Quety), aunque en todo momento descarté que alguien, leyendo a la carrera pudiera hacer esa asociación… al fin y al cabo no era más que un… Sólo para mis ojos.
Cualquier psicoanalista podría señalar ¿“Quety sólo para sus ojos”? Pero aquí estamos haciendo análisis literario y no terapéutico. Sigamos.
Es cierto lo del profesor de inglés y su afición por el box y las herramientas, pero mis conversaciones con él tuvieron lugar mucho tiempo atrás. No recuerdo bien si el padre había matado a una boa o si éste había sido muerto por un cocodrilo. Las dos eran buenas historias, pero preferí la primera porque de algún modo preanunciaba, introducía la siguiente y ayudaba a construir el personaje.
Erré al situar la acción en La Molinera, hace años que no voy, luego de publicada la entrada, caí en cuenta que ya no era un café de mala muerte, había mutado a bar gay de la Avenida Santa Fé.
La charla con Quety fue tal como la describo, salvo que en un momento confesaría que no le gusta cuando Alicia habla de ropa y de marcas. Como no era tema mío, pasé por alto el comentario.
Sin embargo -y en plan de agradarle- evité decir que su vestido lucía muy Versace y escribí que era como una nube que en cualquier momento puede llevarse el viento, sólo para que el lector supiera que era sexy. En la misma línea le cambié el color y dije que era verde manzana y no coral. La palabra coral no me gusta como suena y la manzana ayudaba contribuía a la idea de sensualidad, evite que fuera colorada para no ser demasiado obvio.
La segunda historia de mi profesor era la que me permitiría escribir con el estilo despojado que buscaba. Yo recordaba que Jan me había contado que su padre era autor de un hecho siniestro ¿Era sólo la muerte de la famosa víbora y yo estaba duplicando en mi cabeza ese recuerdo horrible? Negativo… era peor aún… estoy convencido o creo estarlo que era la muerte de una persona cercana –querida- y los motivos no eran los habituales, dinero o amor ¿Había sido con su hacha, a golpes? no, no… la violencia no era tan explosiva. En ese cavilar me venía una y otra vez la imagen de la madre muerta por el hijo, tratando de salvar al grupo… pero algo en mí me decía, que esa era una escena de alguna película ¿Bastardos sin Gloría, de Tarantino? me parece que no, pero por las dudas evité revisarla. Cuánto más trataba de invalidar ese recuerdo confuso, más fuerte se hacía. Al final me dejé llevar y lo escribí tal como la memoria me lo dictaba. Ciertamente que los detalles fueron recreados y que de haber pasado hubiera tenido más sentido histórico ubicar los hechos en Polonia y no en Checoslovaquia, pero Praga tiene mejor eco que Varsovia. Aunque igual de reales, la segunda suena a país ficticio, de serie de espías de los años setenta.
Yo comparaba –trataba de comparar- la secuencia narrativa que Ustedes han leído con la perdida. No sé explicarme… Veamos si éste símil ayuda: a una divinura de Hollywood se le practica una cirugía plástica exitosa. Algunas cosas se ven mejor, otras han empeorado, pero en conjunto –aún con sus achaques- seguimos prefiriendo la cara anterior. Sí, más o menos ese era mi sentimiento al comparar.
Antes de escribir las líneas finales hice una pausa, hojeando un libro de Paul Auster. El libro presenta el guión de la película Smoke in the Face y el cuento de no más de cinco carillas que le dio origen.
Auster nos dice allí que un editor del New York Times le pide un cuento de navidad, él en principio no quiere comprometerse, le cuesta pensarse escribiendo una moraleja de tono edificante. Pero aparece en la trama Auggie, el empleado de la tienda donde compra cigarritos, un fotógrafo aficionado con el que se demora por las tardes y que le dice tener una buena historia, que compartirá con él si lo invita a comer. Así lo hace y la historia que le acerca luce muy Paul Auster y al mismo tiempo cumple con todos los requisitos de un cuento navideño.
Auster comparte con nosotros que “a Auggie una sonrisa malévola se le extendía por la cara…tan misteriosa, tan llena de resplandor que se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle… pero luego comprendí que nunca me lo diría. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad…
…Supongo que estoy en deuda contigo (dice finalmente Auster). No, no simplemente escríbela como yo te la he contado y no me debes nada…”
Peor que peor, ahora no sabía si la estructura de mi relato era propia (hasta donde puede ser propia una estructura de un relato) o de alguna manera la había tomado de El Cuento de Navidad de Auggie Wren, que estoy –casi- seguro no haber leído antes (el libro lo había comprado hace sólo cinco días atrás en una librería de viejo de Corrientes y permanecía intocado).
La situación no podía ser más mala para mí autoestima.
Mi narración cruda y seca devenía en un cuento fantástico. Quizá por eso escribí –casi al final- la frase La inspiración está ahí, afuera, que tanto le debe a The truth is out of there, de los Archivos Secretos X .
Mal, otra oportunidad desperdiciada. Queriendo acercarme a Hemingway, termino del lado de Marcelino Menéndez y Pelayo (1). Perdón Quety, hice lo posible, me traicionó el mismo inconsciente de siempre.
Waldo Williams, 19 de marzo, 2012
(1) Me incliné por Marcelino que muchos recordaremos del manual de literatura de segundo año, aunque mi primera elección había sido Ana María Barrenechea, autora del fantástico título –y trabajo- “La Expresión de la Irrealidad en a Obra de Borges”… Ana no es tan conocida por todos, y a decir verdad, me daba un poco de vergüenza ubicarme a su lado. No somos nada.
lunes, 19 de marzo de 2012
sábado, 17 de marzo de 2012
112. Sólo para agradar
Estoy en un bar sentado frente a Jan, nos hemos encontrado unas veinte veces. Tiene más de setenta y es alto, grande, rubio y colorado. Nació y se hizo hombre en Misiones, en una colonia, fue boxeador y hachero como su padre. Es mi profesor de inglés, native o casi native por parte de madre.
Me corrige una vez más... se dice campany no company.
La agencia me ofreció trabajar seis meses en Los Ángeles, para Arco, la petrolera. Cursos de creatividad para estacionemos, nada muy edificante, pero buen dinero, casi como un detective pagado para seguir maridos infieles. Me advierten que los salvadoreños y nicaragüenses de California no respetan a los que no pronuncian bien el inglés. Todo será en español pero sé que alguna palabra se colará, entonces volví a llamar a Jan.
Tiene dos hijos y le gustan las herramientas, a mí no. Sólo coincidimos en el mutuo respeto que nos inspira Carlos Monzón.
Prefiero un bar a mi casa, o peor aún, a un instituto. Un bar es cero compromiso, es lo más parecido a la vida misma.
Desde el principio convinimos que cada uno pagara lo suyo, sólo para reforzar la idea de independencia. Hoy rompí esa regla explícita, lo invité con una ginebra y aceptó.
En la clase salió el tema de las raíces, de los inmigrantes, me contó que su padre había estado en un campo de concentración en Checoslovaquia, le pregunté cómo era, cómo se llevaba con él, me dijo que era un tipo duro y no mucho más, claro, hay que entender que un señor de más de setenta no se pone a analizar abiertamente la conducta de su padre en una mesa de La Molinera.
Luego me diría que era un hombre fuerte, que una vez había matado una lampalagua, una boa, con sus propias manos, que la había descubierto enroscada en el elástico de la cama. Escucharlo fue recordar el miedo que de chico le tenía a las víboras y como inspeccionaba mi cuarto en Alpa Corral antes de irme a dormir. Le hice una decena de preguntas, la historia me sonaba muy Horacio Quiroga pero igual me encantó.
* * *
Es martes y ahora estoy sentado frente a Quety, en otro bar, no en La Molinera por supuesto. Volvió después de dieciocho meses de enseñar francés en un harem.
Tiene un vestido color verde manzana, apenas, como una nube que en cualquier momento puede llevarse el viento.
Me muestra fotos de los hijos, unos galanes digo yo sin faltar un milímetro a la verdad. Dice, que por suerte, el mayor estudia para ser licenciado en administración, o algo así, que de chico quería ser pescador y tener una pescadería, que gracias a Dios había cambiado de opinión, que estaba muy contenta. Y yo ahora sí, tácticamente no digo nada y callo que los padres siempre se preocupan cuando los hijos eligen carreras que primero entregan felicidad y luego dinero.
Le pregunto si lee Lapicerapices, me contesta que sí, y yo le digo... ¿Cuáles te gustaron más? y Quety responde que las que cuentan una historia, y con pudor, ante mi asombro, explica que prefiere las que son bien directas, con mucha tensión interna, las que son como El Viejo y el Mar, digamos... y yo pienso que nuestros relatos son a esa historia, lo que una lombriz es a la boa del cuento de Jan. Tenemos pocos momentos así.
Tenemos pocos momentos así, pero igual estoy contento, Quety ha vuelto.
* * *
Jueves otra vez, la clase terminó. La vista de Jan no se pierde por la ventana, tampoco clava sus ojos en el infinito, me mira directo a la cara y sus ojos grises me cubren de sombras.
Pareciera que quiere contarme algo, yo no tengo ganas de volver a casa. Tristes motivos para un encuentro pero suficientes para pedir dos ginebras.
Retomo la historia de su padre y me dice que el campo de concentración no fue lo peor, que apenas estuvo nueve semanas.
Silencio, no se mira las manos, no juega con el vaso, solo dice...
“Mi padre vive en Praga con la madre, sus dos hermanas y una tía. Están convencidos que la guerra terminará pronto, quizá más impulsados por el hambre o por las ganas de sobrevivir que por la escasa información que reciben del exterior. La madre sufre de asma, a la hermana menor un sarpullido rosa le cubre el cuerpo. Salen poco y nada. Controlan y vigilan.
Una tarde cruje el parqué de la escalera, es raro, el edifico está abandonado. Pasos de botas que quieren hacerse notar.
No hay sigilo ni se escuchan perros, eso los tranquiliza, les dura poco, rápido concluyen que alguien los delató, que se comportan así porque saben lo que buscan.
La familia se esconde entre dos tabiques falsos que separan la cocina de la sala, un escondite tan bueno como cualquier otro.
Mi padre con una mano toma la de su hermana menor, trata de evitar que llore, con la otra cubre la boca de la madre que empieza a agitarse. Todos buscan contener la respiración entre esas dos paredes mínimas. Nunca los han descubierto.
Los hombres que llegan no rompen la puerta a patadas, no hace falta, está abierta. Un oficial, displicente, toca el piano, como tratando de olvidarse de sí mismo. Los soldados no hacen destrozos, buscan como científicos, no como animales.
La mano de mi padre, firme trata de sofocar el silbido ahogado que sabe los delatara, con decisión presiona sobre la nariz y la boca. Los nazis están cerca y la mujer respira fuerte, con mucha dificultad. Mi padre aprieta, como una tenaza, sin dudar o dudando y cuando con un solo movimiento el soldado arranca la falsa pared, su madre, sólo sostenida por el cartón y el yeso pintado, cae muerta.
El oficial la remata con dos tiros, por las dudas… Antes la había matado mi padre, por asfixia. El resto de las mujeres no sobrevivirán a esa noche, el fue liberado, si es que le cabe el término, nueve semanas después por los aliados."
Jan se queda mirándome y no sé que decirle, no sé si agradecerle la historia o qué, opto por quedarme callado, al fin de cuentas estamos en una clase de inglés.
La inspiración esta allí afuera, siempre.
Me pregunto con vergüenza, si tanto dolor ha sido, sólo para agradar a Quety.
Waldo Williams, 17 de marzo, 2012
Me corrige una vez más... se dice campany no company.
La agencia me ofreció trabajar seis meses en Los Ángeles, para Arco, la petrolera. Cursos de creatividad para estacionemos, nada muy edificante, pero buen dinero, casi como un detective pagado para seguir maridos infieles. Me advierten que los salvadoreños y nicaragüenses de California no respetan a los que no pronuncian bien el inglés. Todo será en español pero sé que alguna palabra se colará, entonces volví a llamar a Jan.
Tiene dos hijos y le gustan las herramientas, a mí no. Sólo coincidimos en el mutuo respeto que nos inspira Carlos Monzón.
Prefiero un bar a mi casa, o peor aún, a un instituto. Un bar es cero compromiso, es lo más parecido a la vida misma.
Desde el principio convinimos que cada uno pagara lo suyo, sólo para reforzar la idea de independencia. Hoy rompí esa regla explícita, lo invité con una ginebra y aceptó.
En la clase salió el tema de las raíces, de los inmigrantes, me contó que su padre había estado en un campo de concentración en Checoslovaquia, le pregunté cómo era, cómo se llevaba con él, me dijo que era un tipo duro y no mucho más, claro, hay que entender que un señor de más de setenta no se pone a analizar abiertamente la conducta de su padre en una mesa de La Molinera.
Luego me diría que era un hombre fuerte, que una vez había matado una lampalagua, una boa, con sus propias manos, que la había descubierto enroscada en el elástico de la cama. Escucharlo fue recordar el miedo que de chico le tenía a las víboras y como inspeccionaba mi cuarto en Alpa Corral antes de irme a dormir. Le hice una decena de preguntas, la historia me sonaba muy Horacio Quiroga pero igual me encantó.
* * *
Es martes y ahora estoy sentado frente a Quety, en otro bar, no en La Molinera por supuesto. Volvió después de dieciocho meses de enseñar francés en un harem.
Tiene un vestido color verde manzana, apenas, como una nube que en cualquier momento puede llevarse el viento.
Me muestra fotos de los hijos, unos galanes digo yo sin faltar un milímetro a la verdad. Dice, que por suerte, el mayor estudia para ser licenciado en administración, o algo así, que de chico quería ser pescador y tener una pescadería, que gracias a Dios había cambiado de opinión, que estaba muy contenta. Y yo ahora sí, tácticamente no digo nada y callo que los padres siempre se preocupan cuando los hijos eligen carreras que primero entregan felicidad y luego dinero.
Le pregunto si lee Lapicerapices, me contesta que sí, y yo le digo... ¿Cuáles te gustaron más? y Quety responde que las que cuentan una historia, y con pudor, ante mi asombro, explica que prefiere las que son bien directas, con mucha tensión interna, las que son como El Viejo y el Mar, digamos... y yo pienso que nuestros relatos son a esa historia, lo que una lombriz es a la boa del cuento de Jan. Tenemos pocos momentos así.
Tenemos pocos momentos así, pero igual estoy contento, Quety ha vuelto.
* * *
Jueves otra vez, la clase terminó. La vista de Jan no se pierde por la ventana, tampoco clava sus ojos en el infinito, me mira directo a la cara y sus ojos grises me cubren de sombras.
Pareciera que quiere contarme algo, yo no tengo ganas de volver a casa. Tristes motivos para un encuentro pero suficientes para pedir dos ginebras.
Retomo la historia de su padre y me dice que el campo de concentración no fue lo peor, que apenas estuvo nueve semanas.
Silencio, no se mira las manos, no juega con el vaso, solo dice...
“Mi padre vive en Praga con la madre, sus dos hermanas y una tía. Están convencidos que la guerra terminará pronto, quizá más impulsados por el hambre o por las ganas de sobrevivir que por la escasa información que reciben del exterior. La madre sufre de asma, a la hermana menor un sarpullido rosa le cubre el cuerpo. Salen poco y nada. Controlan y vigilan.
Una tarde cruje el parqué de la escalera, es raro, el edifico está abandonado. Pasos de botas que quieren hacerse notar.
No hay sigilo ni se escuchan perros, eso los tranquiliza, les dura poco, rápido concluyen que alguien los delató, que se comportan así porque saben lo que buscan.
La familia se esconde entre dos tabiques falsos que separan la cocina de la sala, un escondite tan bueno como cualquier otro.
Mi padre con una mano toma la de su hermana menor, trata de evitar que llore, con la otra cubre la boca de la madre que empieza a agitarse. Todos buscan contener la respiración entre esas dos paredes mínimas. Nunca los han descubierto.
Los hombres que llegan no rompen la puerta a patadas, no hace falta, está abierta. Un oficial, displicente, toca el piano, como tratando de olvidarse de sí mismo. Los soldados no hacen destrozos, buscan como científicos, no como animales.
La mano de mi padre, firme trata de sofocar el silbido ahogado que sabe los delatara, con decisión presiona sobre la nariz y la boca. Los nazis están cerca y la mujer respira fuerte, con mucha dificultad. Mi padre aprieta, como una tenaza, sin dudar o dudando y cuando con un solo movimiento el soldado arranca la falsa pared, su madre, sólo sostenida por el cartón y el yeso pintado, cae muerta.
El oficial la remata con dos tiros, por las dudas… Antes la había matado mi padre, por asfixia. El resto de las mujeres no sobrevivirán a esa noche, el fue liberado, si es que le cabe el término, nueve semanas después por los aliados."
Jan se queda mirándome y no sé que decirle, no sé si agradecerle la historia o qué, opto por quedarme callado, al fin de cuentas estamos en una clase de inglés.
La inspiración esta allí afuera, siempre.
Me pregunto con vergüenza, si tanto dolor ha sido, sólo para agradar a Quety.
Waldo Williams, 17 de marzo, 2012
martes, 13 de marzo de 2012
111. El Padrino III
Oí un zumbido de mosca al morir
El silencio en torno a mí
Era como el silencio que se da
En los márgenes de la tormenta
Emily Dickinson
A los hombres les encanta El Padrino, a muchas mujeres también. A mi solo un poco más que la serie de Misiones Imposibles e Indianas Jones, que he visto como buena samaritana que he sabido ser, asistiendo a novios y/o marido.
Pero a menos que amparándome en mis doce entregas de verano, me autorizara unas justificadas vacaciones, luego de las entradas de Waldo Williams y Guillermo Avogadro, no me queda más remedio que glosar la tercera parte, de la que apenas tengo algunos recuerdos vagos.
Soy aplicada. En un fin de semana, reviso los quinientos treinta y siete minutos de la saga completa.
Después de haber visto con los chicos, cosas como Duelo de Titanes (una de box, épica Rocky, pero con robots tipo Transformers...) la historia de los Corleone me gustó más que lo que mi memoria de largo plazo recordaba. Claro, ella no esta tan afectada, todavía, por las video-games-movies en 3D de la actualidad.
Y lloré, varias veces con su historia, signo incuestionable del valor catártico y por lo tanto artístico (sigo, creo, a Aristóteles) de la obra.
Guillermo dice que la Primera Parte "es la puesta en escena de la añoranza de una edad sin ataduras, donde sólo cuenta el coraje, el arrojo, el deleite romántico por lo casual, por el todo o nada, seguro de nosotros, sin rendir cuentas, ni a nadie ni a uno". Que la defensa que se propone Michael del nombre y la familia Corleone, es sólo una buena excusa para seguir su propia aventura. De acuerdo.
Para Waldo, la Segunda Parte habla sobre la tensión entre lo proyectado y la realidad. La distancia entre lo que hubiera podido ser Michael y lo que es, entre el romanticismo temprano y el cinismo último… y el camino de pequeñas causas y efectos mínimos, que lo llevan lentamente de un punto a otro. Compro (hoy no estoy para la polémica, discutí con mi hija mayor, sabrán entender).
La Tercera Parte es, esta vez de verdad, sobre la familia. Se inicia con un día nublado…imágenes de la casa del lago Tahoe, abandonada… las ventanas, de vidrio repartido con motivos de tela de arañas en plomo gris, como metáfora de visiones del pasado que no dejan de estar presente. Esa casa terrible, como museo de la mente de Michael.
Corte a New York donde vive un Michael de sesenta años que busca con afán limpiar, fijar y dar esplendor a la familia Corleone a fuerza de obras de beneficencia y nombramientos papales. Fiesta en su apartamento, hace tiempo que no ve a sus hijos, allí están con Kay (Diane Keaton) la madre. No creo que haya ido por su ex marido, está ahí porque el hijo de ambos, Tony, dejará Derecho para dedicarse, profesionalmente, al canto. Al canto lírico. No será parte de los negocios familiares. Está ahí para proteger la decisión de su hijo. Para protegerlo.
Sabe que la sutileza no es el modo de tratar con Michael. Con temor, en algún momento le dirá Tony sabe que mataste a Fredo (Tony knows that you killed Fredo)… como diciendo, no vengas con pavadas ¿Me entendés?
Ella ha razonado en los términos de la dialéctica Corleone.
La acción seguirá en Italia. En Roma, donde la familia busca cerrar negocios con el Banco Ambrosiano, con el Vaticano; en la opera de Palermo, donde Tony estrenará Cavalleria Rusticana y en el jardín de la villa siciliana donde vive y morirá Michael, sólo acompañado por un perro flaco que lo olfateará, displicente, antes de pasar a la música y los títulos finales.
* * *
Cardenal: ¿Te gustaría confesarte?
Michael: …Ha pasado tanto tiempo…no sabría por dónde empezar… tomaría mucho de su tiempo…
Cardenal: Siempre tengo tiempo para salvar almas, he oído las confesiones de mis sacerdotes… la necesidad de confesar puede ser abrumadora.
Michael: ¿De qué vale la confesión sin arrepentimiento?
Cardenal: He oído que eres un hombre práctico ¿Qué tienes que perder…?
Michael: He traicionado a mi esposa…
Cardenal: Sigue, hijo…
Michael: (buscando, con dificultad, las palabras) Me traicioné a mí mismo, maté hombres y mandé a matar…
Cardenal: Sigue, hijo…
Michael: …es inútil…
Cardenal: Sigue, hijo…
Michael: (con nudo en la garganta) Yo maté… yo ordené la muerte de mi hermano…él me había lastimado… (Llorando) he matado al hijo de mi madre. He matado al hijo de mi padre…
Cardenal: tus pecados son terribles…y es justo que sufras. Podrías redimirte, pero no crees que eso sea posible… y ya no vas a cambiar…
Diálogo entre Michael y el cardenal Lamberto (Raf Vallone) en la galería cerrada de un patio conventual. Sólo una madre puede entender lo que aquí significa el adjetivo terrible.
* * *
A ese hombre ¿atormentado? Le matan a su hija en las escalinatas de la Opera de Palermo. Con la chica en brazos lo vemos gritar como si lo partieran en dos y digo vemos, porque Coppola prefirió que no escucháramos nada. No hay palabra que de consuelo, ni conjuro que la devuelva, ni maldición que ejecute venganza. Silencio y soledad hasta el día de su muerte, de pena.
* * *
La familia es un tejido de expectativas, creencias, traiciones y refugios construidos.
Expectativas ¿Será nena o será varón? ¿A quién se parecerá? ¿Bueno en los deportes? ¿Seductor? ¿Inteligente? ¿Exitoso? ¿Cuánto?...
Creencias. Los límites son importantes. Los hermanos deben entender que lo único que tienen de verdad son ellos mismos. La cultura del esfuerzo es la que mejor retorno ofrece. La confianza en sí mismo es la herramienta más eficaz para construir un mundo…
Traiciones. Traicioné las expectativas de mis padres, sus creencias, mis sueños de juventud, mi vocación –buscando seguridades económicas o del alma- mis deseos de tener más hijos o de no tenerlos. Traicioné mis sentimientos, por no seguirlos, o por ser infiel u obstinadamente fiel… Siempre en la familia alguna lealtad se quiebra.
Refugios construidos. La familia es un lugar donde se vuelve. Se vuelve de los desengaños, de la muerte y de la enfermedad, de la soledad, del cansancio del mundo, de la incomprensión de Dios, de los días y de la furia.
Expectativas, creencias, traiciones y refugios construidos.
Todo eso está presente en el Padrino III, porque está presenta en cualquier familia, salvo el refugio. No hay refugio para Michael.
Vito (Marlon Brando) el padre, muere, jugando con su nieto entre los tomates de la huerta, lleno de vida. Toda la familia a su lado. Michael, sentado al sol de la tarde, sin dramatismo, cae de su silla de metal, apenas, como si nada hubiera pasado, al suelo, silenciosamente. Se escucha, fuerte, el zumbido de unas moscas, el perro flaco que lo olfatea y nada, nada más.
No hay refugio para Michael, sólo el zumbido de unas moscas y el silencio en los márgenes de la tormenta.
Alicia Lis, martes 13, de marzo. 2012
El silencio en torno a mí
Era como el silencio que se da
En los márgenes de la tormenta
Emily Dickinson
A los hombres les encanta El Padrino, a muchas mujeres también. A mi solo un poco más que la serie de Misiones Imposibles e Indianas Jones, que he visto como buena samaritana que he sabido ser, asistiendo a novios y/o marido.
Pero a menos que amparándome en mis doce entregas de verano, me autorizara unas justificadas vacaciones, luego de las entradas de Waldo Williams y Guillermo Avogadro, no me queda más remedio que glosar la tercera parte, de la que apenas tengo algunos recuerdos vagos.
Soy aplicada. En un fin de semana, reviso los quinientos treinta y siete minutos de la saga completa.
Después de haber visto con los chicos, cosas como Duelo de Titanes (una de box, épica Rocky, pero con robots tipo Transformers...) la historia de los Corleone me gustó más que lo que mi memoria de largo plazo recordaba. Claro, ella no esta tan afectada, todavía, por las video-games-movies en 3D de la actualidad.
Y lloré, varias veces con su historia, signo incuestionable del valor catártico y por lo tanto artístico (sigo, creo, a Aristóteles) de la obra.
Guillermo dice que la Primera Parte "es la puesta en escena de la añoranza de una edad sin ataduras, donde sólo cuenta el coraje, el arrojo, el deleite romántico por lo casual, por el todo o nada, seguro de nosotros, sin rendir cuentas, ni a nadie ni a uno". Que la defensa que se propone Michael del nombre y la familia Corleone, es sólo una buena excusa para seguir su propia aventura. De acuerdo.
Para Waldo, la Segunda Parte habla sobre la tensión entre lo proyectado y la realidad. La distancia entre lo que hubiera podido ser Michael y lo que es, entre el romanticismo temprano y el cinismo último… y el camino de pequeñas causas y efectos mínimos, que lo llevan lentamente de un punto a otro. Compro (hoy no estoy para la polémica, discutí con mi hija mayor, sabrán entender).
La Tercera Parte es, esta vez de verdad, sobre la familia. Se inicia con un día nublado…imágenes de la casa del lago Tahoe, abandonada… las ventanas, de vidrio repartido con motivos de tela de arañas en plomo gris, como metáfora de visiones del pasado que no dejan de estar presente. Esa casa terrible, como museo de la mente de Michael.
Corte a New York donde vive un Michael de sesenta años que busca con afán limpiar, fijar y dar esplendor a la familia Corleone a fuerza de obras de beneficencia y nombramientos papales. Fiesta en su apartamento, hace tiempo que no ve a sus hijos, allí están con Kay (Diane Keaton) la madre. No creo que haya ido por su ex marido, está ahí porque el hijo de ambos, Tony, dejará Derecho para dedicarse, profesionalmente, al canto. Al canto lírico. No será parte de los negocios familiares. Está ahí para proteger la decisión de su hijo. Para protegerlo.
Sabe que la sutileza no es el modo de tratar con Michael. Con temor, en algún momento le dirá Tony sabe que mataste a Fredo (Tony knows that you killed Fredo)… como diciendo, no vengas con pavadas ¿Me entendés?
Ella ha razonado en los términos de la dialéctica Corleone.
La acción seguirá en Italia. En Roma, donde la familia busca cerrar negocios con el Banco Ambrosiano, con el Vaticano; en la opera de Palermo, donde Tony estrenará Cavalleria Rusticana y en el jardín de la villa siciliana donde vive y morirá Michael, sólo acompañado por un perro flaco que lo olfateará, displicente, antes de pasar a la música y los títulos finales.
* * *
Cardenal: ¿Te gustaría confesarte?
Michael: …Ha pasado tanto tiempo…no sabría por dónde empezar… tomaría mucho de su tiempo…
Cardenal: Siempre tengo tiempo para salvar almas, he oído las confesiones de mis sacerdotes… la necesidad de confesar puede ser abrumadora.
Michael: ¿De qué vale la confesión sin arrepentimiento?
Cardenal: He oído que eres un hombre práctico ¿Qué tienes que perder…?
Michael: He traicionado a mi esposa…
Cardenal: Sigue, hijo…
Michael: (buscando, con dificultad, las palabras) Me traicioné a mí mismo, maté hombres y mandé a matar…
Cardenal: Sigue, hijo…
Michael: …es inútil…
Cardenal: Sigue, hijo…
Michael: (con nudo en la garganta) Yo maté… yo ordené la muerte de mi hermano…él me había lastimado… (Llorando) he matado al hijo de mi madre. He matado al hijo de mi padre…
Cardenal: tus pecados son terribles…y es justo que sufras. Podrías redimirte, pero no crees que eso sea posible… y ya no vas a cambiar…
Diálogo entre Michael y el cardenal Lamberto (Raf Vallone) en la galería cerrada de un patio conventual. Sólo una madre puede entender lo que aquí significa el adjetivo terrible.
* * *
A ese hombre ¿atormentado? Le matan a su hija en las escalinatas de la Opera de Palermo. Con la chica en brazos lo vemos gritar como si lo partieran en dos y digo vemos, porque Coppola prefirió que no escucháramos nada. No hay palabra que de consuelo, ni conjuro que la devuelva, ni maldición que ejecute venganza. Silencio y soledad hasta el día de su muerte, de pena.
* * *
La familia es un tejido de expectativas, creencias, traiciones y refugios construidos.
Expectativas ¿Será nena o será varón? ¿A quién se parecerá? ¿Bueno en los deportes? ¿Seductor? ¿Inteligente? ¿Exitoso? ¿Cuánto?...
Creencias. Los límites son importantes. Los hermanos deben entender que lo único que tienen de verdad son ellos mismos. La cultura del esfuerzo es la que mejor retorno ofrece. La confianza en sí mismo es la herramienta más eficaz para construir un mundo…
Traiciones. Traicioné las expectativas de mis padres, sus creencias, mis sueños de juventud, mi vocación –buscando seguridades económicas o del alma- mis deseos de tener más hijos o de no tenerlos. Traicioné mis sentimientos, por no seguirlos, o por ser infiel u obstinadamente fiel… Siempre en la familia alguna lealtad se quiebra.
Refugios construidos. La familia es un lugar donde se vuelve. Se vuelve de los desengaños, de la muerte y de la enfermedad, de la soledad, del cansancio del mundo, de la incomprensión de Dios, de los días y de la furia.
Expectativas, creencias, traiciones y refugios construidos.
Todo eso está presente en el Padrino III, porque está presenta en cualquier familia, salvo el refugio. No hay refugio para Michael.
Vito (Marlon Brando) el padre, muere, jugando con su nieto entre los tomates de la huerta, lleno de vida. Toda la familia a su lado. Michael, sentado al sol de la tarde, sin dramatismo, cae de su silla de metal, apenas, como si nada hubiera pasado, al suelo, silenciosamente. Se escucha, fuerte, el zumbido de unas moscas, el perro flaco que lo olfatea y nada, nada más.
No hay refugio para Michael, sólo el zumbido de unas moscas y el silencio en los márgenes de la tormenta.
Alicia Lis, martes 13, de marzo. 2012
lunes, 5 de marzo de 2012
110. El Padrino II Parte
Michael Corleone, de traje y corbata, formal e impecable está sentado en un sillón bajo, de líneas netas, cómodo, espartano, sobrio. Una pierna cruzada sobre la otra, los brazos descansan a cada lado. Energía contenida. Control, autocontrol. Rígido. Entre las sombras se destacan sus ojos negros, oscuros. Está en la casa del lago Tahoe, solo, es un invierno helado y la hora es cualquier hora del amanecer o del fin de la tarde, gris e imprecisa. Ha hecho matar a su hermano mayor, a Freddo, se cobró la traición… la película está por terminar.
Michael en su silencio parece preguntarse ¿Qué hago aquí? ¿Cómo me convertí en esto? ¿Si me descarnara hasta los huesos con un cuchillo, seguiría siendo lo mismo? ¿En qué momento todo cedió al exceso? ¿Con qué excusa podría buscar alguna aprobación? ¿Cómo transitar la soledad, cuando ni yo mismo tengo deseos de estar conmigo?... pero… ¿Es cierto esto… o de algún modo estoy orgulloso, mal que le pese a todos -incluido a mí- de algunas cosas hechas… y del modo en que se hicieron? ¿Quién es perfecto? ¿Soy un monstruo por pensar así? Sí, quizás lo sea…
Lo bueno de este momento es que Michael no suelta una palabra, con los labios apretados sólo mira fijamente a ninguna parte, o dentro de sí, que en esta circunstancia pareciera ser lo mismo.
Muchas veces he copiado, con placer, esa manera de estar sentado ocupando plenamente el espacio, aparentemente relajado y al mismo tiempo consciente de la posibilidad del estallido de violencia. Representación de tener todo bajo control y entendimiento de lo efímero de ese estado de las cosas.
Me encantaría saber por qué tantas veces he copiado esa postura. Quizá porque a todos nos seduce la idea del poder, de poder controlar, de controlar el destino. Ilusión.
La segunda parte de El Padrino es más fuerte que la primera porque su tema lo es. La tensión entre lo proyectado y la realidad. La distancia entre lo que hubiera podido ser y lo que es, entre el romanticismo temprano y el cinismo último… y el camino de pequeñas causas y efectos mínimos, que nos llevan lentamente de un punto a otro.
Aunque muchos -sólo Borges ya es suficiente para escribir muchos- prefieran evitar esa cadena de causas y efectos como modo de entender una vida y eligen, buscan, un momento, un único acto para explicarla, entera.
La película nos oferce dos de esos momentos para que nosotros elijamos.
* * *
Michael Corleone busca hacer más respetable a la familia, pero las cosas no siempre salen como se planean, la traición del hermano no está en ningún plan.
Cuando Freddo es descubierto sólo el cálculo evita la respuesta brutal e inmediata, repudio y distancia es lo único que recibe. Luego el tiempo pasa y traerá el perdón de Michael y el regreso al hogar y la cercanía con el sobrino pequeño… Todo parecería indicar un camino diferente al del asesinato por encargo… Pero no… la venganza llega, Fredo es ahogado. Matar al hermano es algo de lo que no se vuelve. Michael sabe, que fuera por el motivo que fuere, el padre, Vito (Marlon Brando) no lo hubiera aprobado, nunca. Esa muerte es el acto que unifica y da sentido al antes y después de su vida.
Michael, con el nudo de la corbata bien ajustado, el recio pelo siciliano bajo control por la gomina, los gestos mínimos y el guardaespaldas -más silencioso aún que sus propios pensamientos- busca transmitir, siempre, la idea de seguridad en sí mismo; claridad en las ideas y efectividad en la ejecución. Vito, el padre, se presentaba con ropa holgada, corriente… sus movimientos –carentes de precisión- mostraban a un hombre tan acostumbrado al poder que no requiere estar recordándolo en cada momento. Padre e hijo no son lo mismo. Michael sabe que siempre estamos al borde de perderlo todo y teme esperando ese momento.
Michael duda de lo que es, Vito no. Michael no está seguro si él eligió, Vito no se lo pregunta. Es un fin de época.
* * *
La segunda parte de El Padrino habla del cambio. De cómo el hermano menor, héroe de guerra que fuma, solitario, en el comedor de la casa mientras su familia canta Porque es un buen muchacho y siempre lo será deviene en asesino por venganza.
Lo único que se mantiene puro es su mujer, sus dos hijos y el que está por venir.
Antes del final, en una habitación de hotel, Kay (Diane Keaton) le dice a Michael que lo va a dejar y que se llevará a los hijos con ella. El trata de calmarla, pero Kay le revela entonces que su "aborto involuntario" fue solo “un aborto” y que lo hizo para evitar traer otro hijo en una familia de criminales, en la familia Corleone. Michael estalla en cólera y la abofetea en la cara.
Una sola escena sirve para simbolizar una vida. Quizá el asesinato del hermano explique mejor la peripecia de los personajes, pero en la cabeza de su Dios la declaración de Kay no es algo lateral, es el momento justo en que Michael entiende su destino triste, solitario y final, tanto como la línea de Chandler y Soriano.
Un largo adiós. Largo, largo.
Guillermo García Avogadro, 5 de marzo 2012
Michael en su silencio parece preguntarse ¿Qué hago aquí? ¿Cómo me convertí en esto? ¿Si me descarnara hasta los huesos con un cuchillo, seguiría siendo lo mismo? ¿En qué momento todo cedió al exceso? ¿Con qué excusa podría buscar alguna aprobación? ¿Cómo transitar la soledad, cuando ni yo mismo tengo deseos de estar conmigo?... pero… ¿Es cierto esto… o de algún modo estoy orgulloso, mal que le pese a todos -incluido a mí- de algunas cosas hechas… y del modo en que se hicieron? ¿Quién es perfecto? ¿Soy un monstruo por pensar así? Sí, quizás lo sea…
Lo bueno de este momento es que Michael no suelta una palabra, con los labios apretados sólo mira fijamente a ninguna parte, o dentro de sí, que en esta circunstancia pareciera ser lo mismo.
Muchas veces he copiado, con placer, esa manera de estar sentado ocupando plenamente el espacio, aparentemente relajado y al mismo tiempo consciente de la posibilidad del estallido de violencia. Representación de tener todo bajo control y entendimiento de lo efímero de ese estado de las cosas.
Me encantaría saber por qué tantas veces he copiado esa postura. Quizá porque a todos nos seduce la idea del poder, de poder controlar, de controlar el destino. Ilusión.
La segunda parte de El Padrino es más fuerte que la primera porque su tema lo es. La tensión entre lo proyectado y la realidad. La distancia entre lo que hubiera podido ser y lo que es, entre el romanticismo temprano y el cinismo último… y el camino de pequeñas causas y efectos mínimos, que nos llevan lentamente de un punto a otro.
Aunque muchos -sólo Borges ya es suficiente para escribir muchos- prefieran evitar esa cadena de causas y efectos como modo de entender una vida y eligen, buscan, un momento, un único acto para explicarla, entera.
La película nos oferce dos de esos momentos para que nosotros elijamos.
* * *
Michael Corleone quiere hacer más respetable a la familia y deja los negocios de New York, muda sus operaciones a Nevada, a los casinos de Las Vegas. Luego irá por los de la Cuba de Batista (en una escena él y sus asociados festejan el trato cortando una torta con la forma de la isla y llevándose cada uno a la boca su porción). Negocios más respetables, corrupción de políticos, amenazas, chantaje, coerción... evitando drogas y asesinatos.
La película devela lo poco glamorosa de la vida en la mafia (en realidad ¡Oh paradoja! lo poco glamoroso que es trabajar para mantener el poder, donde sea)… pocos atardeceres en el mar tendidos junto a una mujer en la cubierta de un yacht y mucho aburrimiento en salas de reuniones, con clima de encierro junto a gente que no querríamos encontrar suelta, por ahí.Michael Corleone busca hacer más respetable a la familia, pero las cosas no siempre salen como se planean, la traición del hermano no está en ningún plan.
Cuando Freddo es descubierto sólo el cálculo evita la respuesta brutal e inmediata, repudio y distancia es lo único que recibe. Luego el tiempo pasa y traerá el perdón de Michael y el regreso al hogar y la cercanía con el sobrino pequeño… Todo parecería indicar un camino diferente al del asesinato por encargo… Pero no… la venganza llega, Fredo es ahogado. Matar al hermano es algo de lo que no se vuelve. Michael sabe, que fuera por el motivo que fuere, el padre, Vito (Marlon Brando) no lo hubiera aprobado, nunca. Esa muerte es el acto que unifica y da sentido al antes y después de su vida.
Michael, con el nudo de la corbata bien ajustado, el recio pelo siciliano bajo control por la gomina, los gestos mínimos y el guardaespaldas -más silencioso aún que sus propios pensamientos- busca transmitir, siempre, la idea de seguridad en sí mismo; claridad en las ideas y efectividad en la ejecución. Vito, el padre, se presentaba con ropa holgada, corriente… sus movimientos –carentes de precisión- mostraban a un hombre tan acostumbrado al poder que no requiere estar recordándolo en cada momento. Padre e hijo no son lo mismo. Michael sabe que siempre estamos al borde de perderlo todo y teme esperando ese momento.
Michael duda de lo que es, Vito no. Michael no está seguro si él eligió, Vito no se lo pregunta. Es un fin de época.
* * *
La segunda parte de El Padrino habla del cambio. De cómo el hermano menor, héroe de guerra que fuma, solitario, en el comedor de la casa mientras su familia canta Porque es un buen muchacho y siempre lo será deviene en asesino por venganza.
Lo único que se mantiene puro es su mujer, sus dos hijos y el que está por venir.
Antes del final, en una habitación de hotel, Kay (Diane Keaton) le dice a Michael que lo va a dejar y que se llevará a los hijos con ella. El trata de calmarla, pero Kay le revela entonces que su "aborto involuntario" fue solo “un aborto” y que lo hizo para evitar traer otro hijo en una familia de criminales, en la familia Corleone. Michael estalla en cólera y la abofetea en la cara.
Una sola escena sirve para simbolizar una vida. Quizá el asesinato del hermano explique mejor la peripecia de los personajes, pero en la cabeza de su Dios la declaración de Kay no es algo lateral, es el momento justo en que Michael entiende su destino triste, solitario y final, tanto como la línea de Chandler y Soriano.
Un largo adiós. Largo, largo.
Guillermo García Avogadro, 5 de marzo 2012
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