Oí un zumbido de mosca al morir
El silencio en torno a mí
Era como el silencio que se da
En los márgenes de la tormenta
Emily Dickinson
A los hombres les encanta El Padrino, a muchas mujeres también. A mi solo un poco más que la serie de Misiones Imposibles e Indianas Jones, que he visto como buena samaritana que he sabido ser, asistiendo a novios y/o marido.
Pero a menos que amparándome en mis doce entregas de verano, me autorizara unas justificadas vacaciones, luego de las entradas de Waldo Williams y Guillermo Avogadro, no me queda más remedio que glosar la tercera parte, de la que apenas tengo algunos recuerdos vagos.
Soy aplicada. En un fin de semana, reviso los quinientos treinta y siete minutos de la saga completa.
Después de haber visto con los chicos, cosas como Duelo de Titanes (una de box, épica Rocky, pero con robots tipo Transformers...) la historia de los Corleone me gustó más que lo que mi memoria de largo plazo recordaba. Claro, ella no esta tan afectada, todavía, por las video-games-movies en 3D de la actualidad.
Y lloré, varias veces con su historia, signo incuestionable del valor catártico y por lo tanto artístico (sigo, creo, a Aristóteles) de la obra.
Guillermo dice que la Primera Parte "es la puesta en escena de la añoranza de una edad sin ataduras, donde sólo cuenta el coraje, el arrojo, el deleite romántico por lo casual, por el todo o nada, seguro de nosotros, sin rendir cuentas, ni a nadie ni a uno". Que la defensa que se propone Michael del nombre y la familia Corleone, es sólo una buena excusa para seguir su propia aventura. De acuerdo.
Para Waldo, la Segunda Parte habla sobre la tensión entre lo proyectado y la realidad. La distancia entre lo que hubiera podido ser Michael y lo que es, entre el romanticismo temprano y el cinismo último… y el camino de pequeñas causas y efectos mínimos, que lo llevan lentamente de un punto a otro. Compro (hoy no estoy para la polémica, discutí con mi hija mayor, sabrán entender).
La Tercera Parte es, esta vez de verdad, sobre la familia. Se inicia con un día nublado…imágenes de la casa del lago Tahoe, abandonada… las ventanas, de vidrio repartido con motivos de tela de arañas en plomo gris, como metáfora de visiones del pasado que no dejan de estar presente. Esa casa terrible, como museo de la mente de Michael.
Corte a New York donde vive un Michael de sesenta años que busca con afán limpiar, fijar y dar esplendor a la familia Corleone a fuerza de obras de beneficencia y nombramientos papales. Fiesta en su apartamento, hace tiempo que no ve a sus hijos, allí están con Kay (Diane Keaton) la madre. No creo que haya ido por su ex marido, está ahí porque el hijo de ambos, Tony, dejará Derecho para dedicarse, profesionalmente, al canto. Al canto lírico. No será parte de los negocios familiares. Está ahí para proteger la decisión de su hijo. Para protegerlo.
Sabe que la sutileza no es el modo de tratar con Michael. Con temor, en algún momento le dirá Tony sabe que mataste a Fredo (Tony knows that you killed Fredo)… como diciendo, no vengas con pavadas ¿Me entendés?
Ella ha razonado en los términos de la dialéctica Corleone.
La acción seguirá en Italia. En Roma, donde la familia busca cerrar negocios con el Banco Ambrosiano, con el Vaticano; en la opera de Palermo, donde Tony estrenará Cavalleria Rusticana y en el jardín de la villa siciliana donde vive y morirá Michael, sólo acompañado por un perro flaco que lo olfateará, displicente, antes de pasar a la música y los títulos finales.
* * *
Cardenal: ¿Te gustaría confesarte?
Michael: …Ha pasado tanto tiempo…no sabría por dónde empezar… tomaría mucho de su tiempo…
Cardenal: Siempre tengo tiempo para salvar almas, he oído las confesiones de mis sacerdotes… la necesidad de confesar puede ser abrumadora.
Michael: ¿De qué vale la confesión sin arrepentimiento?
Cardenal: He oído que eres un hombre práctico ¿Qué tienes que perder…?
Michael: He traicionado a mi esposa…
Cardenal: Sigue, hijo…
Michael: (buscando, con dificultad, las palabras) Me traicioné a mí mismo, maté hombres y mandé a matar…
Cardenal: Sigue, hijo…
Michael: …es inútil…
Cardenal: Sigue, hijo…
Michael: (con nudo en la garganta) Yo maté… yo ordené la muerte de mi hermano…él me había lastimado… (Llorando) he matado al hijo de mi madre. He matado al hijo de mi padre…
Cardenal: tus pecados son terribles…y es justo que sufras. Podrías redimirte, pero no crees que eso sea posible… y ya no vas a cambiar…
Diálogo entre Michael y el cardenal Lamberto (Raf Vallone) en la galería cerrada de un patio conventual. Sólo una madre puede entender lo que aquí significa el adjetivo terrible.
* * *
A ese hombre ¿atormentado? Le matan a su hija en las escalinatas de la Opera de Palermo. Con la chica en brazos lo vemos gritar como si lo partieran en dos y digo vemos, porque Coppola prefirió que no escucháramos nada. No hay palabra que de consuelo, ni conjuro que la devuelva, ni maldición que ejecute venganza. Silencio y soledad hasta el día de su muerte, de pena.
* * *
La familia es un tejido de expectativas, creencias, traiciones y refugios construidos.
Expectativas ¿Será nena o será varón? ¿A quién se parecerá? ¿Bueno en los deportes? ¿Seductor? ¿Inteligente? ¿Exitoso? ¿Cuánto?...
Creencias. Los límites son importantes. Los hermanos deben entender que lo único que tienen de verdad son ellos mismos. La cultura del esfuerzo es la que mejor retorno ofrece. La confianza en sí mismo es la herramienta más eficaz para construir un mundo…
Traiciones. Traicioné las expectativas de mis padres, sus creencias, mis sueños de juventud, mi vocación –buscando seguridades económicas o del alma- mis deseos de tener más hijos o de no tenerlos. Traicioné mis sentimientos, por no seguirlos, o por ser infiel u obstinadamente fiel… Siempre en la familia alguna lealtad se quiebra.
Refugios construidos. La familia es un lugar donde se vuelve. Se vuelve de los desengaños, de la muerte y de la enfermedad, de la soledad, del cansancio del mundo, de la incomprensión de Dios, de los días y de la furia.
Expectativas, creencias, traiciones y refugios construidos.
Todo eso está presente en el Padrino III, porque está presenta en cualquier familia, salvo el refugio. No hay refugio para Michael.
Vito (Marlon Brando) el padre, muere, jugando con su nieto entre los tomates de la huerta, lleno de vida. Toda la familia a su lado. Michael, sentado al sol de la tarde, sin dramatismo, cae de su silla de metal, apenas, como si nada hubiera pasado, al suelo, silenciosamente. Se escucha, fuerte, el zumbido de unas moscas, el perro flaco que lo olfatea y nada, nada más.
No hay refugio para Michael, sólo el zumbido de unas moscas y el silencio en los márgenes de la tormenta.
Alicia Lis, martes 13, de marzo. 2012
martes, 13 de marzo de 2012
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