Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



lunes, 28 de mayo de 2012

124. Seguimos estando donde siempre estuvimos

Cuando el amor va mal, todo va mal. Marilyn Monroe

Una madre maneja con sus hijos de siete y cinco años sentados detrás. El primero pregunta si los perros ven en blanco y negro. La madre duda, el de cinco responde categórico, los dálmatas sí.

* * *

Waldo en su entrada 123 (Besándose amorosamente) sigue (más bien acomoda) al profesor Jean Courtin, y dice (le hace decir) que el amor precisa de tres cosas: preocupación por el otro, capacidad de comunicar sutilezas y comunión estética. No puedo estar más de acuerdo (aunque no sé exactamente con quién...).

Al segundo me di cuenta que esa caracterización del amor coincide con los requisitos para la salvación enumerados por Emanuel Swedemborg..."uno se salva por la ética, por la estética y por la razón" (aunque debemos reconocer que la cuestión estética es un aporte a esa hecha por el irlandés William Blake, su discípulo).

Para Swedemborg era inconcebible un cielo poblado por gente meramente buena. Eso no necesariamente sería el Paraíso.

Conocimos a Swedemborg por Borges cuando tendríamos diecinueve o veinte y no tardamos en convertimos (Alicia, Waldo y yo) a su credo.

Lo suyo coincidía con nuestro paradigma que dice que las descripciones, clasificaciones, y en general todo lo bueno, siempre viene de a grupo de tres (el aparato psíquico, la Santísima Trinidad, la trilogía de El Padrino, etc.). También, claro, con nuestro modo de ver el mundo.

Swedemborg fue un místico sueco del siglo XVI. Científico hasta los cincuenta y cinco años, en su primera vida publicó libros sobre matemáticas, geología, química, física, mineralogía, astronomía, anatomía, biología y psiquiatría (casi como Ludwig Von Pato, mi pato predilecto). Hizo los planos de un avión, de un submarino y descubrió el funcionamiento de las glándulas endócrinas, del cerebro y del cerebelo.

Viajó a Londres con el objetivo de entrevistarse con Newton, fracasó; pero en su lugar lo hizo con Jesucristo que se le presentó espontáneamente en una casa de Londres.

Murió a los ochenta y cuatro dejando cien obras de carácter espiritual.

Swedemborg recibió el permiso para visitar el cielo y el infierno y contarle a la humanidad los secretos de la vida después de la muerte.

Cuenta Borges que Xul (Solar) hablando de las visiones de Swedemborg decía “lo que se ve en el otro mundo, depende mucho de uno”.

En Sobre el Cielo y sus Maravillas y Sobre el Infierno (el libro de tapas rojas que Borges dice estaba en la Biblioteca Nacional de la calle México) Swedemborg nos aclara que el cielo y el infierno son primero estados del alma y luego devienen en lugares físicos, territorios. Después de muertos, cada uno de nosotros pasa un tiempo en el mundo de los espíritus y más tarde elegimos, libremente, ir al cielo o al infierno. El cielo no es una recompensa y el infierno no es un castigo.

Seguimos estando donde siempre estuvimos, si rodeados de armonía en un lugar armonioso, si acosados por el tedio en un lugar anodino. Nada extrañaremos, nada nos resultará muy distinto y nada cambiará, nunca más.

Si no hicimos crecer nuestro intelecto ¿Cuál sería la gracia de conversar con un ángel? Si nuestra vida es una mentira ¿Cuál es el valor de contemplar eternamente de la verdad? Seguramente un estafador, cargado de oros e ignorante de Gaudí, será feliz en un mundo de mala fé, trampas y amigos de lo ajeno.

Razón, estética, preocupación por el otro, nos salvan y nos enamoran.

Cuando el amor va mal, todo va mal.

Marilyn tiene razón, Emanuel también.

Guillermo García Avogadro, 28 de mayo, 2012


martes, 22 de mayo de 2012

123. Besándose, amorosamente

Jamás se me pasó por la cabeza, cuando escribí la línea Nunca Digas Nunca, que lo hacía para mandarle a Guillermo un mensaje secreto que -una vez descifrado- le abriera la posibilidad de hablar sobre las películas de James Bond, adicionando un tercer par de amantes imposibles (nosotros) a los ya identificados por mí (Eastwood-Waller; Francesca-Robert).

* * *

Yo estaba escribiendo mi entrada, al mismo tiempo que hacía cola en la caja seis (la que siempre necesita cambio) de un Carrefour Express. Detrás de mí, un hijo juraba que nunca comería la pasta con brócoli que su madre insistía con prepararle esa noche. Sus juramentos tuvieron una respuesta: Nunca digas nunca. A mí la réplica me entró por una oreja y me salió por la mano (derecha).

* * *

Ocho y cinco de una mañana fría, húmeda y cargada de nubes oscuras. Plaza impecable pero sin árboles del conurbano (escribo conurbano a propósito, porque me ayuda –mucho- a poner una nota de fealdad intrínseca). Pasto cubierto por la helada, barrio sin ángeles, vacío. Estacionado en un cordón una Chery color guinda, dentro una pareja besándose, amorosamente. Los miro de reojo, no sin vergüenza, no sin envidia y acelero, despacio.

Escribí sobre Robert y Francesca porque representan muy bien esos momentos raros, que se dan sin buscarlos y que sabemos cortos, imposibles de alargar, que devienen de la conjunción de elementos que alineó el azar y donde nuestra voluntad siempre queda fuera.

El primer sorbo de cerveza, una idea encontrada, ese verso que ilumina, el bocado de un plato desconocido y exquisito, cierta mirada, un paisaje un día y a esa hora… y como en la historia de Robert y Francesca, el momento ligero donde el amor casual enciende.

Todos los amores son casualidades. Desesperemos.

Pero… ¿Cuándo nació el amor?

Lejos en el tiempo, cuando pudimos expresar algunas sutilezas, sensibles a lo bello, capaces de ser solidarios.

En el Libro La plus belle histoire de l’amour Jean Courtin dice que el amor puede haberse iniciado hace unos 100.000 años en África. El Homo Sapiens no deja abandonados a sus muertos, a merced de las fieras; por el contrario, les concede mucha atención, muestra innegable apego a sus semejantes. El sentimiento amoroso va a la par de la consideración por los muertos.

También el sentido de la estética importa, el modo en que los visten…conchillas y dientes de ciervos y plumas recubriendo amorosamente los cuerpos. En la estética hay un orden, una intención de agradar a través de lo que nosotros trabajamos.

Solidaridad, consideración por los muertos, sentido estético. Estamos cerca del amor.

El Homo Sapiens, no trabaja con piedras toscas, lo hace con sutiles hachas de sílex. Hacerlas requiere pericia, golpear en cierto ángulo, preparar el golpe con precisión, esmerilar el sitio adecuado… esa técnica refinada no se explica únicamente con el gesto, exige una verdadera comunicación.

De… así se hace un hacha, ves, así…a… te quiero, a vos, mucho.

Esos hombres hablaban, soñaban como nosotros, conocían, debían conocer el deseo, los celos, la piedad y los caprichos de la pasión, dice Courtin. Vos y yo llevamos a esos hombres dentro.

Amor es algo más que pasar la vida entera al lado de otro. Lobos y palomas lo hacen y no podríamos llamar a eso amor.

No es lo mismo estar cercas que estar unidos.

La cercanía no es más que instinto.

Estar unidos supone una urdimbre de intereses comunes.

Para hablar de todo esto, que tantas palabras y ripios emplea, sin asegurar entendimiento cierto es que elegí, días atrás, la buena metáfora que Los Puentes de Madison lleva.

Pero de nuevo… ¿Cuándo nació el amor?

No importa, no les importa a Robert y Francesca, tampoco se preguntan por qué, no hay reglas a seguir, manda la buena o la mala fortuna.

Pero estoy seguro que ayuda si comulgamos de una misma estética, si el otro siempre está presente, si nos sabemos conectados, si desde el principio es como si hubiéramos sido siempre.

Ayuda saber que todo es de paso y casual, que las cuentas no siempre salen bien y que por el motivo que sea Nunca debes decir nunca, jamás.

Waldo Williams, 22 de mayo, 2012


jueves, 17 de mayo de 2012

122. ¿Qué es el río?

¿Qué es el río?

¿Es el cauce, el agua cristalina,
Las piedras en el fondo?
¿Un manantial serrano,
La orilla, el reflejo del sol,
La sombra del sauce,
La brisa que ondula?
¿Una tarde caliente y oscura y
Los grillos metálicos, sonando?
¿Una vacación de invierno, a la mañana,
Muy abrigado?
¿Los juncos, la creciente,
Un puente que lo cruza,
Los chicos salpicando?
¿Un pez dormido,
El curso que se encajona entre las rocas,
El remanso y la playa de arena?
¿Los enamorados que escapan de la siesta,
El agua fresca en la garganta,
la lluvia y el barro,
El fin incierto?

¿Qué es el río?

¿Qué somos nosotros?

Alicia Lis, 17 de mayo 2012


lunes, 14 de mayo de 2012

121. Vivir y Dejar Morir


Waldo dedicó su última entrada (119) a Los Puentes de Madison, nada nuevo, con esta es la tercera vez que volvemos sobre el tema. En mi vida hubiera imaginado una cosa así. De Clint Eastwood lo único que le quitaba el sueño es que le llevaba 25 centímetros de alto (1,94) y muy secundariamente que fuera un cineasta bastante independiente y a la vez exitoso.

Quizás al principio lo sedujo el doble par de amantes imposibles, el mismo Clint y el profesor Waller por un lado; Francesca y Robert por el otro. Conociéndolo, tal vez descubrió por azar la primera dupla (la que inicia el relato y toma la mitad de los caracteres) y eso lo llevó a redondear el tema glosando la película. Sin embargo en la forma que cuenta la historia se nota cierta preocupación por la suerte de Francesca y Robert, cierto grado de identificación aunque nunca le he conocido trato amoroso alguno con una mujer casada.

Pero insisto, creo que le interesaba más la relación del profesor de matemática y el actor de spaghetti western, que terminan entregando un melodrama, que los traspiés del fotógrafo y el ama de casa.

Releo su entrada y algo me llama la atención, en itálica cierra la sección dedicada a Eastwood y Waller con la frase “nunca digas nunca”.

¿Saben qué?

Nunca digas nunca (en inglés Never say never again) es una remake de 1983, hecha por el mismo Sean Connery de la película de James Bond, Operación Trueno, que el mismo protagonizara en 1965. Es la último regreso de Sean al personaje de James, al mismo tiempo que Roger Moore filmaba Octopussy, haciendo de Bond por sexta vez.

El titulo de la película tiene origen muchos años antes. Al finalizar el rodaje de Los Diamantes son Eternos, Connery le asegura a su mujer que no volverá a interpretar al agente británico nunca jamás y ella le responde Nunca digas nunca.

Con Sean, volviendo al papel de 007 luego de diez años, Nunca digas nunca es la más criticada de las películas del agente. Sin embargo, al final de los créditos se incluye un agradecimiento a la mujer de Connery. Encantador.

¿Saben qué?

Estoy convencido que Waldo incluyó a propósito esa línea, para que yo la descubriera y hablara de nuestro común amor por 007. Amantes son los que de algún modo, aman algo en común. Así, nosotros, también podríamos llamarnos amantes, en sentido lato, como diría un abogado tratando de justificar cualquier cosa.

Un poco de contexto. En nuestra niñez, la tele era en blanco y negro y chiquita y los efectos especiales digitales no existían, todavía, ni siquiera en la imaginación del mas malo de los supervillanos.

Un Superman que venía de los años cincuenta con más grasa que músculo, persiguiendo a ladrones de bicicletas, el Batman sicodélico de Adam West, que después de unos cuantos POW y SLAMS no le quedaba mucho resto… y después los dibujitos de Astroboy y más tarde Meteoro… si descontamos a El Zorro, que técnicamente no es un super-héroe, la orfandad de Hombres Araña y de Acero y Vengadores es evidente, una historieta mexicana no es lo mismo que una pantalla 3D y sonido surround-dolby-stereo. Así, Bond, el Comandante James Bond, agente 007, al servicio secreto de su majestad, con licencia para matar, tenía un campo enorme para convertirse en el rol que todos queríamos jugar cuando se nos daba por perseguirnos, luchar, tirotearnos, subir a los arboles, o disputar a piedrazos o tortas de barro.

Para mi Bond será por siempre Roger Moore –que debutó en el cine como un centurión más en César y Cleopatra- seguramente el peor de todos, el menos creíble, si creíble fuera un adjetivo que pudiera ir con 007.

Tendría diez años y fui al cine Capitol a ver Vivir y Dejar Morir con mi abuela Hebe. Fue mi primera vez y el recuerdo que me quedó por siempre es el de Bond, saltando sobre el lomo de unos cuantos cocodrilos en huída desesperada, pero sin consecuencia ninguna para su persona y sus zapatos (yo era muy prolijo y me gustaba tenerlos siempre bien lustrados, impecables).

Pero el foco de interés real, la atracción principal, eran las mujeres (nunca las chicas-Bond, que suenan a grupo de secretarias de un programa auspiciado por una marca de jabón poco creativa) repito las mujeres y los aparatos, que en esa época no sabíamos que eran gadgets.

Con diez años y en la oscuridad de la sala y sin Marcelo Tinelli todas las noches, los créditos del inicio con siluetas de mujeres y mujeres desnudas, sensuales, moviéndose como en caleidoscopio al ritmo de Paul McCartney hizo que algo cambiara en mí para siempre. Good bye, Miss Latencia.

Los aparatos no son algo menor en la serie. Los aparatos suministran capacidades especiales, poderes para los que no han tenido la suerte de nacer en Kriptón.

La sensualidad de los aparatos, del poder… y la mujer como instrumento de goce. Mujeres como máquinas blandas. Aparatos, como prótesis biónicas. Poderlo todo, super-poderes para todos.

Pasan dos años, ahora tengo doce y adultero mi cédula de identidad para poder entrar a ver El Hombre del Revólver de Oro, en el Atalaya de Palermo. Entro a la sala tarde y me pierdo los créditos. Mal.

En esa película Bond, a bordo de un AMC (la misma marca que el auto de Volver al Futuro) enfrenta un puente derruido sobre un río de Bangkok. Unas pocas tablas que tuercen a la derecha en el inicio y otras pocas tablas que tuercen a la izquierda en el final. Está huyendo, toma distancia, acelera a fondo, se eleva girando al cruzar sobre los primeros tablones, vuela, hace un giro de 360° y cae, del otro lado, a salvo.

No hubo truco de cámara, de espejos, maquetas, grúas, nada. Alguien lo hizo, de verdad, por Bond. Todos íbamos a ver ese prodigio. Todo se podía. Bond era el Hombre Araña que hoy veo estampado en las mochilas de mis hijos, que lo aman, aunque nunca han visto más de diez minutos de Tobey Maguire, saltando sobre New York.

Todo se podía.

Desde siempre quisimos ser como dioses y durante un rato lo fuimos.

El Capitol y el Atalaya hace años que fueron demolidos.

Vivir y Dejar Morir.


Guillermo García Avogadro, 14 de mayo, 2012


martes, 8 de mayo de 2012

120. Amor fantasma

Ojalá pase algo que te borre de pronto
Una luz cegadora, un disparo de nieve
Silvio Rodriguez


Una vez me dijeron que Silvio escribió esta letra pensando en el general Pinochet, que donde se canta nieve debe escucharse nievi, que sería un fusil ruso usado en la revolución cubana o el nombre de un francotirador. Ambas cosas son altamente improbables (digo, en Wikipedia, debería estar alguno de los dos términos, descritos con algún nivel de precisión y error, pero no, ninguno de los dos aparece, raro, nada, nada de nada).

No lo creo, no, Silvio no escribió que el deseo se fuera tras Pinochet, o que ojalá que no pudiera tocarlo, ni siquiera con sus canciones. No, sólo de una mujer se puede decir Ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre.


Prefiero pensar que Silvio le escribía a Emilia, a los dieciocho años, la novia que le enseñó muchas cosas, que le enseñó a César Vallejos.


Escuché Ojalá por primera vez cantada por los Zupay, en Barrancas de Belgrano, en un recital de la primavera Alfonsinista, junto a Victoria, Victoria Mansilla, mi prima de Rosario. Hacía días que había terminado con Diego, mi novio de la facultad, que me eneseñó los pasteles de Carlos Alonso. Esa noche copié cada verso, así como me iba acordando, en la libreta donde atesoro poesías para ser usadas en caso de emergencia. La leí muchas veces cuando murió Patricio. Ojalá le canta, creo, al amor que se frustra antes de verse agotado, un amor muerto que sigue con vida, un amor fantasma.


Robert Kinkaid, fotógrafo del National Geographic, seguro que sabía algo de español. Robert bien podría haber escuchado a Silvio largamente.


Hice este comentario una tarde en la casa de Guillermo, con el sol del otoño sobre la laguna. Ni él, ni Alejandro Bulacio me tuvieron muy en cuenta, discutían (ellos no pueden conversar, sólo discutir) sobre si Kant puede ser explicado de modo gráfico, sencillo. Uno estaba de acuerdo el otro tampoco.


Aquí mi modesto aporte, desde el rincón de las revistas Vogue.


Según aprendimos en el Círculo DIOR, en la ética de Kant los sentimientos no tienen lugar al momento de tomar una decisión moral.


Sabemos que Kant separa radicalmente razón y pasión, que en él la responsabilidad moral obra como una contención, como un dique contra todo sentimiento.


Parece duro, la ética siempre lo es, pero lo que pretende Kant es escapar de la visión clásica, donde se propone un ideal de vida buena, una buena forma de vivir.


Kant busca el modo en que una acción pueda juzgarse respetando la libertad y la conciencia de cada cual. Kant busca salirse del infranqueable orden natural. Kant empuja al hombre a ser su amo, a confeccionar las leyes por las que se regirá.


El problema moral aparece cuando razón y pasión señalan direcciones opuestas, muy opuestas. Veamos.


Robert toca a la puerta de Francesca, en Madison County. Italiana, casada con un ex combatiente y madre de tres hijos. Está sola, todos se han ido por cuatro días a una feria en Idaho. Se enamoran y se plantea entonces el dilema moral.


Robert le pide que se vaya con él y Francesca responde "Por más que te desee y quiera estar contigo y ser parte tuya no puedo escapar de mis responsabilidades. Pero si me lo pides no podré luchar, no me darían las fuerzas. No me hagas abandonar esto, no puedo vivir reprochándome mi egoísmo. Si me voy ahora, ese sentimiento me convertirá en una mujer muy diferente de la que amas."…


Francesca no es feliz, quizá está aburrida y ve como los años vuelan, la vida pasa. Los hijos son grandes y no la necesitan tanto. No la necesitan. Pero siente que no es el momento, que es demasiado tarde o demasiado pronto, que todavía tiene obligaciones con su familia, deberes que ella eligió, feliz, atrás, en un tiempo donde todo era porvenir.


Ella sigue a Kant, quizás sin haberlo leído, Francesca renuncia a lo que siente por Robert, a darle otra chance a su felicidad, sin tener en cuenta las consecuencias que esto tiene sobre ella. Sólo sigue lo que le dicta la razón. Quedándose junto a su familia, nos dice que valora más la unidad familiar que su propia alegría. Sus sentimientos le dicen, ni siquiera armes una valija, sal ya, corre, no mires atrás. Pero Francesca, libre, actúa siguiendo el deber que ella misma se traza.


La unidad familiar tiene más valor que tu felicidad. Francesca parece estar convencida que el modo en que obró, podría convertirse en regla de vida para sus hijos, para sus yernos y nueras, para sus nietos, para todos. La unidad familiar tiene más valor que tu felicidad.



Francesca no le hizo a nadie, lo que no le hubiera gustado que a ella le hicieran. Francesca es una buena alumna de la Critica della Ragion Pratica.


¿Pero estamos seguros, bien seguros, que si hubiera sido ella la que estaba en la feria de Idaho no hubiera podido comprender?

¿Estamos seguros, bien seguros, que si la que trae el dilema es su hija, ahora casada, la respuesta sería la misma? Escucho a mi abuela diciendo ¿Chi lo sa?

Todos tenemos un amor fantasma.
Comparto con Francesca los versos de Silvio.

Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
para que no las puedas convertir en cristal.
Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.
Ojalá que la luna pueda salir sin ti.
Ojalá que la tierra no te bese los pasos.

Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta.
Ojalá pase algo que te borre de pronto:
una luz cegadora, un disparo de nieve,
ojalá por lo menos que me lleve la muerte,
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones:
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones.

Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda.
Ojalá que tu nombre se le olvide a esa voz.
Ojalá las paredes no retengan tu ruido de camino cansado.
Ojalá que el deseo se vaya tras de ti,
a tu viejo gobierno de difuntos y flores.


Alicia Lis, 8 de mayo, 2012