lunes, 14 de mayo de 2012
121. Vivir y Dejar Morir
Waldo dedicó su última entrada (119) a Los Puentes de Madison, nada nuevo, con esta es la tercera vez que volvemos sobre el tema. En mi vida hubiera imaginado una cosa así. De Clint Eastwood lo único que le quitaba el sueño es que le llevaba 25 centímetros de alto (1,94) y muy secundariamente que fuera un cineasta bastante independiente y a la vez exitoso.
Quizás al principio lo sedujo el doble par de amantes imposibles, el mismo Clint y el profesor Waller por un lado; Francesca y Robert por el otro. Conociéndolo, tal vez descubrió por azar la primera dupla (la que inicia el relato y toma la mitad de los caracteres) y eso lo llevó a redondear el tema glosando la película. Sin embargo en la forma que cuenta la historia se nota cierta preocupación por la suerte de Francesca y Robert, cierto grado de identificación aunque nunca le he conocido trato amoroso alguno con una mujer casada.
Pero insisto, creo que le interesaba más la relación del profesor de matemática y el actor de spaghetti western, que terminan entregando un melodrama, que los traspiés del fotógrafo y el ama de casa.
Releo su entrada y algo me llama la atención, en itálica cierra la sección dedicada a Eastwood y Waller con la frase “nunca digas nunca”.
¿Saben qué?
Nunca digas nunca (en inglés Never say never again) es una remake de 1983, hecha por el mismo Sean Connery de la película de James Bond, Operación Trueno, que el mismo protagonizara en 1965. Es la último regreso de Sean al personaje de James, al mismo tiempo que Roger Moore filmaba Octopussy, haciendo de Bond por sexta vez.
El titulo de la película tiene origen muchos años antes. Al finalizar el rodaje de Los Diamantes son Eternos, Connery le asegura a su mujer que no volverá a interpretar al agente británico nunca jamás y ella le responde Nunca digas nunca.
Con Sean, volviendo al papel de 007 luego de diez años, Nunca digas nunca es la más criticada de las películas del agente. Sin embargo, al final de los créditos se incluye un agradecimiento a la mujer de Connery. Encantador.
¿Saben qué?
Estoy convencido que Waldo incluyó a propósito esa línea, para que yo la descubriera y hablara de nuestro común amor por 007. Amantes son los que de algún modo, aman algo en común. Así, nosotros, también podríamos llamarnos amantes, en sentido lato, como diría un abogado tratando de justificar cualquier cosa.
Un poco de contexto. En nuestra niñez, la tele era en blanco y negro y chiquita y los efectos especiales digitales no existían, todavía, ni siquiera en la imaginación del mas malo de los supervillanos.
Un Superman que venía de los años cincuenta con más grasa que músculo, persiguiendo a ladrones de bicicletas, el Batman sicodélico de Adam West, que después de unos cuantos POW y SLAMS no le quedaba mucho resto… y después los dibujitos de Astroboy y más tarde Meteoro… si descontamos a El Zorro, que técnicamente no es un super-héroe, la orfandad de Hombres Araña y de Acero y Vengadores es evidente, una historieta mexicana no es lo mismo que una pantalla 3D y sonido surround-dolby-stereo. Así, Bond, el Comandante James Bond, agente 007, al servicio secreto de su majestad, con licencia para matar, tenía un campo enorme para convertirse en el rol que todos queríamos jugar cuando se nos daba por perseguirnos, luchar, tirotearnos, subir a los arboles, o disputar a piedrazos o tortas de barro.
Para mi Bond será por siempre Roger Moore –que debutó en el cine como un centurión más en César y Cleopatra- seguramente el peor de todos, el menos creíble, si creíble fuera un adjetivo que pudiera ir con 007.
Tendría diez años y fui al cine Capitol a ver Vivir y Dejar Morir con mi abuela Hebe. Fue mi primera vez y el recuerdo que me quedó por siempre es el de Bond, saltando sobre el lomo de unos cuantos cocodrilos en huída desesperada, pero sin consecuencia ninguna para su persona y sus zapatos (yo era muy prolijo y me gustaba tenerlos siempre bien lustrados, impecables).
Pero el foco de interés real, la atracción principal, eran las mujeres (nunca las chicas-Bond, que suenan a grupo de secretarias de un programa auspiciado por una marca de jabón poco creativa) repito las mujeres… y los aparatos, que en esa época no sabíamos que eran gadgets.
Con diez años y en la oscuridad de la sala y sin Marcelo Tinelli todas las noches, los créditos del inicio con siluetas de mujeres y mujeres desnudas, sensuales, moviéndose como en caleidoscopio al ritmo de Paul McCartney hizo que algo cambiara en mí para siempre. Good bye, Miss Latencia.
Los aparatos no son algo menor en la serie. Los aparatos suministran capacidades especiales, poderes para los que no han tenido la suerte de nacer en Kriptón.
La sensualidad de los aparatos, del poder… y la mujer como instrumento de goce. Mujeres como máquinas blandas. Aparatos, como prótesis biónicas. Poderlo todo, super-poderes para todos.
Pasan dos años, ahora tengo doce y adultero mi cédula de identidad para poder entrar a ver El Hombre del Revólver de Oro, en el Atalaya de Palermo. Entro a la sala tarde y me pierdo los créditos. Mal.
En esa película Bond, a bordo de un AMC (la misma marca que el auto de Volver al Futuro) enfrenta un puente derruido sobre un río de Bangkok. Unas pocas tablas que tuercen a la derecha en el inicio y otras pocas tablas que tuercen a la izquierda en el final. Está huyendo, toma distancia, acelera a fondo, se eleva girando al cruzar sobre los primeros tablones, vuela, hace un giro de 360° y cae, del otro lado, a salvo.
No hubo truco de cámara, de espejos, maquetas, grúas, nada. Alguien lo hizo, de verdad, por Bond. Todos íbamos a ver ese prodigio. Todo se podía. Bond era el Hombre Araña que hoy veo estampado en las mochilas de mis hijos, que lo aman, aunque nunca han visto más de diez minutos de Tobey Maguire, saltando sobre New York.
Todo se podía.
Desde siempre quisimos ser como dioses y durante un rato lo fuimos.
El Capitol y el Atalaya hace años que fueron demolidos.
Vivir y Dejar Morir.
Guillermo García Avogadro, 14 de mayo, 2012
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