Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



miércoles, 25 de julio de 2012

132. Leonardo, anatomista

Harto ya de alabar tu piel dorada,
tus externas y muchas perfecciones,
canto al jardín azul de tus pulmones
y a tu tráquea elegante y anillada.
Canto a tu masa intestinal rosada,
al bazo, al páncreas, a los epiplones,
al doble filtro gris de tus riñones
y a tu matriz profunda y renovada.
Canto al tuétano dulce de tus huesos,
a la linfa que embebe tus tejidos,
al acre olor orgánico que exhalas.
Quiero gastar tus vísceras a besos,
vivir dentro de ti con mis sentidos...
Yo soy un sapo negro con dos alas.

Baldomero Fernández Moreno, Soneto a tus vísceras


Cruzo Saint James Park. Nublado y ventoso. En las parcelas de césped (inglés, nada de grama bahiana) decenas de reposeras con lonas celestes y blancas a rayas. Súbditos de la corona, sin termos ni mate, dirigen la mirada al punto teórico donde debería estar el sol. Nublado y ventoso, verano londinense.

Los árboles pierden hojas como si fuera otoño y la gente compra helados como si hiciera calor. Nadie transpira, les aseguro. Camino entre macizos de flores blancas, azules, amarillas, margaritas, me encante su salvajismo, digo, su paisajismo.

Arrastro mi bolso Samsonite. Las ruedas, estoicas rebotan sobre el pavimento, indiferentes a las decenas de turistas que se fotografían frente a Buckingham Palace. Hace años juré no sacar una foto más y no me arrepiento. Ahora debería jurar no llevar más bolsos.

Son las cuatro y media de la tarde, es mi último día en la ciudad, hago cola y luego pago 9 libras en The Queen’s Gallery para ver la exhibición Leonardo Da Vinci: Anatomista. Yo paso por el detector de metales, sendos trajes del Hombre de Acero -con sus mascaras- que compré para Benjamín y Andrés son rigurosamente examinados, pero también pasan.

No lo advertí y nadie me avisó que la galería cierra en media hora. Mal rayo me parta, haré la visita como tour de japoneses en el Louvre.

Mi primera vez en The Queen’s Gallery. Es pequeña y acogedora. La iluminación óptima, en ningún caso tuve que ajustar el ángulo de visión o hacerme pantalla con la entrada ni entornar la vista, nunca ningún reflejo sobre el cristal que protege las obras. La magia existe y no es patrimonio exclusivo de Pixar.

Me produce cierta emoción (algo kitsch, reconozco) tener esos dibujos a la misma distancia que los tuvo Leonardo cuando los fue haciendo. Nada me separa, tengo las obras frente a mí, extiendo mi brazo y puedo jugar a que yo dibujo los contornos. Veo lo que él veía, me miento, porque sé que nunca, nunca podremos ver como él y no lo digo filosóficamente hablado, lo afirmo fisiológicamente convencido.

(Es)tuve sólo media hora. Voy directo al punto. A Leonardo lo tenemos (lo tengo) como un artista interesado por la ciencia… pero si fuera al revés… ¿Si fuera un científico cabal, habilidoso con la manos que se gana la vida decorando interiores para sus patrocinantes?

Quizá mi modo de valorarlo sea una deformación romántica donde el genio artístico le gana a la metódica ciencia. Quizá.

Es cierto, Andrea del Verrochio, maestro de Leonardo, les enseñaba a los aprendices que debían profundizar su conocimiento del cuerpo humano si querían representarlo de modo preciso… Pero imaginemos este cuadro… Un hombre insiste frente a señores y magistrados para conseguir hoy un cadáver y mañana otro, en días donde esa tarea es rara, inusual, más todavía si la lleva adelante un artesano. Son tiempos donde no existen medios para conservar los tejidos y la tarea no se acaba en una noche. Olor denso, acre, nauseabundo. Trabajo sin sueños ni pausas. Ácidos, sustancias viscosas, grasa, todo en descomposición. Luz de velas, sombras cambiantes, la vista que se esfuerza por captar detalles en condiciones imposibles, la necesidad de crear métodos que permitan sostener la apariencia de un órgano un rato más, para poder dibujarlo mejor, vívido, preciso. Seccionar cráneos y abrir un torso al medio, quitar capa por capa, piel, tejido adiposo, llegar al músculo, separar sus fibras, estudiarlas, limpiar hasta el hueso, recorrer cada forma, al tiempo que todo se registra con esmero sobre una hoja… y sobre otra y otra… y la ropa manchada de sangre y bilis y asco y la muerte metiéndose en los pulmones y debajo de las uñas y opacando el brillo de los ojos y un hombre que sigue dibujando lo que pocos, quizá nadie vio hasta ese momento, la inserción de los nervios espinales, el corazón y sus válvulas, los órganos de la reproducción, de la vista, la lengua, la mecánica interna de brazos y piernas, el feto humano en una bolsa, esférica, perfecta e irreal… Todo ese celo, esa energía, no deviene únicamente de cumplir con la enseñanza del maestro, nada tiene que ver con el mero interés de representar a un guerrero en batalla conforme a su naturaleza, no, no…Es otra cosa, de otro orden, hay un interés profundo y evidente por el conocimiento cierto que trae la observación precisa del mundo.

Leonardo no sabía leer latín, no tenía acceso directo al conocimiento disponible en su época… Una debilidad que lo hizo más fuerte, nada se interpuso entre él y su ojo, aprendió más y mejor, generó ciencia. Sin embargo lo que produjo se mantuvo disperso y oculto por años, para todos. No hubo herederos. Los anatomistas que vinieron luego, durante siglos recorrieron lentamente y con menos brillo caminos ya abiertos. Transitaron sin saber lo ya transitado, centenas de láminas espléndidas y precisas se les negaron.

Del Leonardo artista recordamos la Gioconda, la Última Cena, la Virgen de las Rocas y el Juan Bautista.

También tenemos sus curiosas máquinas y la caligrafía espejada, casi dos juegos, dos curiosidades.

El fiel balanza no es generoso con el pintor, el escultor, el artesano.

Sabemos de sus múltiples intereses, en todos los órdenes.

Tratamos de explicarlo diciendo que fue un hombre del renacimiento.

Hoy estoy convencido que antes que nada, primero fue un científico y luego un artista.

Pero quizá no… Quizá Leonardo lo sea todo, todo junto, al mismo tiempo e igual de bueno… y nos cuesta reconocerlo.

Todas las vocaciones son un misterio. Las habilidades, los dones, son regalos. Fernández Moreno lo sabía y nunca intentó ser médico.



Guillermo Garcia Avogadro, 25 de julio, 2012

lunes, 16 de julio de 2012

131. Picadilly Line

Let it be (Lennon y McCartney)

Sigo en Londres. Viajo por Picadilly Line, si nuestra línea D uniera Ezeiza con plaza San Martín, sería una buena comparación.

Suben tres adolescentes, japoneses, todos llevan anteojos tipo Henry Kissinger. Uno de ellos sin lentes (sí, sólo el armazón). No puedo dejar de mirarlo fijo, me cuesta creerlo (quizá porque ya olvidé lo que es tener dieciocho). Se debe haber sentido cohibido, al momento se los quita y guarda. Luego en el aeropuerto me cruzaría con otro caso similar. Dos golondrinas hacen verano. La moda (como la rosa) es sin por qué. Definitivamente.

En el vagón, muchos son literalmente absorbidos por sus smarth-phones. Con auriculares puestos dejándose llevar por la música, o leyendo mensajes, por decenas, o twitters con fotos diminutas, o moviéndolos a izquierda y derecha corriendo una carrera o escapando de caníbales... No sé, completamente absorbidos. Quizá en Buenos Aires pasa lo mismo, viajo tan poco…

Sentado frente a mí, en su diminuta pantalla, un paquistaní ve una y otra vez un clip subido a U-tube. El video sucede en el subte, underground.

Dejo a un lado a mi amigo con turbante y me concentro en lo que pasa a nuestro alrededor, observo un cartel que dice “El diario que Usted lee es basura”, fuerte ¿No?… Claro está, es una campaña para que todo esté un poco más limpio. Registro el movimiento de las estaciones, los trenes que vienen en dirección contraria y nos encandilan, la gente que baja y sube (esa es aquí la dinámica de sólidos) los cambios de luz, de temperatura, la publicidad, voy del detalle a lo general y de de allí de vuelta a otro detalle.

Un compañero de viaje, en su pantalla, ve lo que ve a través del recorte de otro. Su experiencia de primera mano es, de hecho, una experiencia de segunda mano (un banquete para Platón)… Me pregunto: dentro de una misma generación ¿En qué momento se corta la cadena de representaciones de la realidad ancladas en soportes digitales generados por alguien anterior, al que ahora mira?
Pero también me pregunto si esa forma de ver la realidad, está reduciendo verdaderamente nuestra capacidad de observar. O de alguna u otra manera, sea como sea, siempre hemos recortado la realidad para poder asimilarla. Ya sea porque otro encuadra y graba, o porque alguien nos instruye en cuáles son las categorías óptimas para ordenar, y entender (aprehender) lo que vemos. No sé… era más fácil concluir que la moda es sin por qué.

Suben dos inglesas, madre e hija, clase media trabajadora, las mujeres inglesas tienen los ojos azules más lindos del mundo. No importa que sean demasiado gordas o demasiado flacas u ordinarias o no tengan gracia, o hayan envejecido mal o intuimos que así será. Esos ojos azules son mágicos y siempre lo serán.

Me distraje. Me distraje y me pasé.

Bajo en Baker Street (la calle de los panaderos. Hoy nos genera una sonrisa ingenua, mientras Silicom Valley, admiración. Nada más que una cuestión de tiempo). Es la estación original del primer subterráneo del mundo, una placa dice que se inauguró en 1863.

Pero sólo Baker Street 221 B, tiene algún eco para mí. Es el domicilio del dos ambientes de Sherlock Holmes. En la época en que se escribieron sus historias, la Baker Street no llegaba hasta el 221. Al extenderse la calle, muchos años después, esa dirección le correspondió a la Abbey National Building que ocupo el espacio entre el 219 y el 229. Y es allí donde empezaron a llegar cartas, con el nombre de Holmes como destinatario. Tiempo después, en algún lugar entre el 237 y el 241 fue abierto, siguiendo una reconstrucción detallada (incluida el número de escalones entre la planta baja y el primer piso) el Holmes Museum. La disputa de a quién le correspondía el celebérrimo 221 duró años y nunca se zanjó, sólo que cuando la Abbey cerró allí su operación, nadie osó desafiar nuevamente a la ficción.

Doble paradoja. Un observador agudo de la realidad, un reconstructor del mundo a partir de la deducción sostenida en el detalle registrado con minucia, un detective que le da sentido a lo aparentemente ilógico a partir de su fé en el poder de la razón, de su apego a los hechos medibles, verificables… Un representante del positivismo, pero un personaje de ficción al fin, cuya materia es la palabra escrita, logra filtrarse en el mundo, logra hacerse tan presente y sólido como un edificio y disputar con un organismo inglés el derecho de propiedad sobre el 221B.

Quizá un Imperio lo sea por su genio para escribir las historias que nos gusta contarnos y su capacidad de perseguirlas y hacerlas realidad. Quizá, no sé

Llegué al fin, subo las escaleras, me miro los zapatos, están un poco golpeados. Me acuerdo que de chico, con no más de diez años, me los hacía lustrar en la tienda de lustre que estaba (creo que sigue estando) en uno de los extremos del pasaje Obelisco Norte, a la salida de la estación Catedral (de la D, claro). Hoy no podría resistir tener alguien encorvado sobre mis pies, con las manos y la uñas retintas, afanándose por unas monedas. Se me ocurre algo, casi una formación reactiva. Camino rápido hacia Whitcomb Street, cerca de la National Gallery, entro al Barber Shop y le ofrezco mi cuello y mis mejillas a la navaja.

El imperio inglés dominó desde el Lejano Oriente hasta América, incluyendo entre otras decenas de países a Botsuana, Egipto, Rhodesia, Seychelles, Canadá, Birmania, Ceylán, Nepal, Palestina, Singapur, Nueva Zelanda, Bután, Irak, Tonga, América del Norte , Australia, Papúa New Guinea y las Malvinas¿Me explico? En el sillón del barbero me siento un poco Al Capone, cuando se dejaba afeitar cada mañana por un desconocido en el Lexington Hotel de Chicago. Demuestro mi poder, desarmándome frente al poderoso. Metáforas.

Metáforas, decir una cosa por otra.

¿De qué hablamos cuando no hablamos de amor?

Camino solo, muy solo.

Y ahí estás vos, lector para el que escribo todas las semanas, más poderoso que un Imperio, callado, sin decirme nada, a vos te ofrezco estas líneas que me gustaría fueran Naderías de Una noche de Verano, de Wolfang Amadeus Shakespeare y no son más que mis Tribulaciones desde el Subsuelo a la hora de la Siesta.

Let it be

Guillermo García Avogadro, Picadilly Line, 16 de Julio, 2012

jueves, 12 de julio de 2012

130. Damien Hirst


I want art to be life, but it never can be

Bajo en la estación Southwark, llueve y apuro el paso para hacer las cinco cuadras hasta la Tate Modern. Sólo me detengo frente a un edificio en construcción, típico de la arquitectura que hoy se ve en Londres, cajas de vidrio y acero, todo a la vista, estructura, servicios… Un cartel anuncia la venta de pisos a partir de un millón de libras. Hogares para familias de uno o dos miembros, quizá tres… seguramente una excepción que deberá validar el consejo de propietarios.

Llego al enorme espacio de la vieja usina y compro el ticket para la muestra de Damien Hirst.

En las escaleras mecánicas me digo que no es una exposición para ver solo. El arte conceptual prioriza el diálogo sobre la contemplación. El discurso (como modo de pensar) sobre el trabajo con los materiales.

La fuerza del arte conceptual está en la idea detrás de la obra. Vale más la agudeza, la revelación, que la ejecución misma.

Una idea puede ser descrita en un texto. El texto ha sido el modo habitual de difundir ideas. Sin más, Einstein, buen ejemplo de inteligencia visual, razona movido por imágenes, pero luego en el papel, usa pocos gráficos y muchas fórmulas, que son una expresión de lo conceptual al cuadrado. Todo eso pensaba mientras subía hasta la sala. Al entrar me cruzo con Vargas Llosa, de poder elegir hubiera preferido cruzarme con Andrea.

Andrea Mantegna trabajó en el mil cuatrocientos, para la bella Isabel de Este, en Mantua. Pintó mucho y para su marido hizo La Cámara de los Esposos, donde retrata a toda la familia, trabajando los detalles y la perspectiva de modo tal que las paredes y el techo de la habitación parecen disolverse hasta convertir el recinto en una caja de cristal con vistas al valle y a los poderosos que lo dominan. Un mago de la ilusión. Un mago.

Entro y camino a través de la obra expuesta. En el museo clásico, la caja vidriada preserva lo que merece ser exhibido y resguardado. Una inmensa vitrina con una mesa-escritorio blanca, un cenicero repleto y una silla de oficina, vacía; otras vitrinas, decenas, llenas de cajas de medicamentos. Una vaca y un ternero, Madre e hijo separados al nacer, literalmente, cada uno en dos mitades perfectas, por cuya bisectriz podemos transitar. El tiburón de doce millones de dólares (La imposibilidad física de la muerte en la mente de algo vivo) preservado en formol, que se cambia por otro cuando el tiempo lo deshace. Comprimidos, tabletas y pastillas alineadas en metros y metros de estantes. Moscas que nacen de un lado y mueren del otro, dentro de su hermética caja pero a la vista de todos.

También se recrea la instalación del año 91, In and out of love. En una primera sala, cinco paneles, grandes y monocromáticos con algunas mariposas aplicadas a modo de collage. La siguiente sala, nos hace participes del ciclo de vida de esas mariposas, las vemos volar, posarse en un hombre, en una mujer, nacer, alimentarse, languidecer y morir. Es el espacio donde me quedé más tiempo y el lugar que verifica, por contraste, lo que hace años sentenció el mismo Hirst "Quiero que el arte sea vida, pero nunca puede ser".

La mariposa es bella aún muerta. La mariposa es tan perfectamente bella que trasciende lo físico. Mi hijo Benjamín de cuatro años me preguntó si me gustaba la palabra mariposa. Luego me preguntaría si me gustaba la palabra sandía, palabra profundamente verde y rosada.

Sueños, realismo, apariencia, palabra, sentidos, vida y muerte, de eso habla la obra de Damien Hirst. Bajo ese programa le dio mayor densidad a viejos símbolos nuestros.

Salgo. Viento y nubes color cinc (son las peores…). Waldo hubiera dicha que el arte conceptual nos participa más como escribanos, que como observadores. El goce no pasa por el ojo, pasa por los diálogos. Sólo estamos ahí para dar fé que la obra se realizó, no importa por quién. Las ideas son universales y reproducibles. Discutir si tiene sentido pagar fortunas por un original (lo que en este caso sería un perfecto contrasentido) es una conversación infinita y absurda que no me interesa dar… las nubes color cinc me persiguen, diligentes.

Vuelvo a pasar por el edificio a estrenar. Pienso en Andrea Mantegna, que sólo simulo quitar las paredes, en Hirst que metió la realidad (la suya) en vitrinas para que la visualizáramos como arte. Miro esa caja de cristal, donde todo está a la vista –donde el hombre de hoy está descubierto- y remplazo el cartel de venta por otro que dice “La imposibilidad fáctica de no ser obra de arte, en la mente de un artista conceptual”.

Distraído rozo, ligero, a una señora al cruzar, rápido, la calle… Sorry about that.


Guillermo García Avogadro, 12 de Julio, Southbank

viernes, 6 de julio de 2012

129. Difícil dormir

El viajar es un placer, que te suele suceder
Pipo Pescador
 
¿Olimpiadas? Tal vez, lo único que sé es que no había asiento en Business. Conseguí en Económica Superior, su nombre ya la delata, un absurdo, una especie de purgatorio, una cabina pequeña entre cortinitas azules que separa a la nobleza del pueblo, una especie de clase media, incómoda y pretenciosa como toda clase media que se precie.
 
Asientos ligeramente más amplios que los de la cercana Económica a Secas, pero que no sirven de mucho al volar trece horas con cuatro de diferencia horaria. Cuando en casa son las nueve, hora de ir a comer, en el destino son la una de la mañana y en el medio de la nada vaya a saber qué hora sea.
 
Es difícil dormir sentado, largamente, a contra reloj. Uno sabe que no debe intentar estirarse sobre el abdomen tipo decúbito prono, con el cráneo incrustado en el posabrazo, y los miembros superiores e inferiores flexionados y rotados en modo inverso a la rotación de la luna. Uno sabe que debe relajarse… y gozar. Pero no… no podemos mantenernos así mucho tiempo, hay algo que nos lleva a buscar una posición inexistente para alcanzar el sueño que sólo la horizontalidad puede traer. Esa posición inexistente es siempre absurda e incómoda, pero igual insistimos.
 
He dormitado tres horitas bajo un frío glaciar (no entiendo porque los pilotos insisten en convertir a su pasaje en medias res) suerte que vine preparado (bufanda de algodón incluida) a mi lado veo sufrir a todos los que viajan muy vestidos de verano europeo. Están estornudando ¡Super! Mañana yo estoy igual.
 
Tengo los pies hinchados, son dos diminutos Increíbles Hulk a punto de estallar. Las articulaciones duras, como si me hubieran inyectado, con esmero, en cada una, conchillas de mar. Me saco el antifaz que me mantiene en la oscuridad (como si con eso bastara para conciliar el sueño) el elástico estaba a punto de cortarme la circulación a la altura de las orejas, que tengo plastificadas con un par de tapones que reducen, intentan reducir, el ruido de las turbinas. Me duele la cabeza, ese tipo de dolor producido, digamos, por tener puesta una escafandra y desconectado el oxígeno o quizá mejor, por llevar un vagón de subte entre las sienes.
 
Abro un ojo, en la pantalla que tengo frente a mí, veo que la ciudad más cercana es Dakar, que la temperatura exterior es de 65 grados bajo cero y que nuestra velocidad llega a 970 kilómetros por hora, todo es lugares y cifras inauditas.
 
Tengo hambre, hace seis horas sirvieron una mezcla de almuerzo y cena. Pasa un ayudante de cabina, le pido, por favor, algún snack. Me trae tres paquetes con dos galletitas cada uno, un sache de paté de hígado de ganso, un vaso de agua, un jugo de naranja y una magdalena (alguien me puede negar que la ecónoma-nutricionista-chef que diseño este menú estaba al borde de ser internada, para siempre). Clasifico mi bandeja según la calidad de los empaques, los que se abren fácilmente al desgarrarlos por el lugar indicado y los que terminan siendo una bolsita tironeada con el contenido hecho polvo. Termino mi magdalena, me tomo un vaso de agua y me acuerdo de mi hijo Andrés (le encantan las mandalenas).
 
En el medio de la noche, alguien le pide a su vecino que le saque una foto, quiere documentar quizá tanto glamour, seguramente. Al menos estoy sentado del lado del pasillo, no molesto a nadie, voy al baño (baño con nueve horas de vuelo. Do you know what I mean?) Tengo la piel seca, los párpados y las fosas nasales y los labios secos, me miro en el espejo, la mirada opaca, así luciré cuando esté muerto.
 
Salgo, dos mujeres charlando, creo que harán Londres y Praga... Yo pensé que ya estaban hechas, también tocarán París, aunque no creo que se deje. Una de ellas era la misma que en Ezeiza, con acento cordobés, le pedía a otro, por celular, que le contara todo, qué estaba haciendo, qué pensaba, cómo se sentía. Sí yo hubiera sido el interrogado me hubiera quedado bloqueado por horas. Parece qué a él le pasó lo mismo, la cordobesa cortó en menos de dos minutos.
 
Vuelvo a mi asiento. A lo lejos alguien llora, a lo lejos. Debe ser uno de los cuatro hijos -entre dos y cinco años- de la pareja alemana que me crucé al embarcar, cuando la aerolínea trataba de comprar voluntades a 400 dólares por pasajero... Las olimpiadas, tal vez, lo único que sé es que habían sobrevendido el vuelo.
 
En mi reloj son la una y veinte, estoy desvelado pero intentaré lo imposible, dormir algo más…Mañana Damien Hirst me espera a mí… y a otros cientos, en la Tate Modern, luego de una hora de cola .
 
Guillermo García Avogadro, 6 de julio, 2012