Harto ya de alabar tu piel dorada,
tus externas y muchas perfecciones,
canto al jardín azul de tus pulmones
y a tu tráquea elegante y anillada.
Canto a tu masa intestinal rosada,
al bazo, al páncreas, a los epiplones,
al doble filtro gris de tus riñones
y a tu matriz profunda y renovada.
Canto al tuétano dulce de tus huesos,
a la linfa que embebe tus tejidos,
al acre olor orgánico que exhalas.
Quiero gastar tus vísceras a besos,
vivir dentro de ti con mis sentidos...
Yo soy un sapo negro con dos alas.
Baldomero Fernández Moreno, Soneto a tus vísceras
Cruzo Saint James Park. Nublado y ventoso. En las parcelas de césped (inglés, nada de grama bahiana) decenas de reposeras con lonas celestes y blancas a rayas. Súbditos de la corona, sin termos ni mate, dirigen la mirada al punto teórico donde debería estar el sol. Nublado y ventoso, verano londinense.
Los árboles pierden hojas como si fuera otoño y la gente compra helados como si hiciera calor. Nadie transpira, les aseguro. Camino entre macizos de flores blancas, azules, amarillas, margaritas, me encante su salvajismo, digo, su paisajismo.
Arrastro mi bolso Samsonite. Las ruedas, estoicas rebotan sobre el pavimento, indiferentes a las decenas de turistas que se fotografían frente a Buckingham Palace. Hace años juré no sacar una foto más y no me arrepiento. Ahora debería jurar no llevar más bolsos.
Son las cuatro y media de la tarde, es mi último día en la ciudad, hago cola y luego pago 9 libras en The Queen’s Gallery para ver la exhibición Leonardo Da Vinci: Anatomista. Yo paso por el detector de metales, sendos trajes del Hombre de Acero -con sus mascaras- que compré para Benjamín y Andrés son rigurosamente examinados, pero también pasan.
No lo advertí y nadie me avisó que la galería cierra en media hora. Mal rayo me parta, haré la visita como tour de japoneses en el Louvre.
Mi primera vez en The Queen’s Gallery. Es pequeña y acogedora. La iluminación óptima, en ningún caso tuve que ajustar el ángulo de visión o hacerme pantalla con la entrada ni entornar la vista, nunca ningún reflejo sobre el cristal que protege las obras. La magia existe y no es patrimonio exclusivo de Pixar.
Me produce cierta emoción (algo kitsch, reconozco) tener esos dibujos a la misma distancia que los tuvo Leonardo cuando los fue haciendo. Nada me separa, tengo las obras frente a mí, extiendo mi brazo y puedo jugar a que yo dibujo los contornos. Veo lo que él veía, me miento, porque sé que nunca, nunca podremos ver como él y no lo digo filosóficamente hablado, lo afirmo fisiológicamente convencido.
(Es)tuve sólo media hora. Voy directo al punto. A Leonardo lo tenemos (lo tengo) como un artista interesado por la ciencia… pero si fuera al revés… ¿Si fuera un científico cabal, habilidoso con la manos que se gana la vida decorando interiores para sus patrocinantes?
Quizá mi modo de valorarlo sea una deformación romántica donde el genio artístico le gana a la metódica ciencia. Quizá.
Es cierto, Andrea del Verrochio, maestro de Leonardo, les enseñaba a los aprendices que debían profundizar su conocimiento del cuerpo humano si querían representarlo de modo preciso… Pero imaginemos este cuadro… Un hombre insiste frente a señores y magistrados para conseguir hoy un cadáver y mañana otro, en días donde esa tarea es rara, inusual, más todavía si la lleva adelante un artesano. Son tiempos donde no existen medios para conservar los tejidos y la tarea no se acaba en una noche. Olor denso, acre, nauseabundo. Trabajo sin sueños ni pausas. Ácidos, sustancias viscosas, grasa, todo en descomposición. Luz de velas, sombras cambiantes, la vista que se esfuerza por captar detalles en condiciones imposibles, la necesidad de crear métodos que permitan sostener la apariencia de un órgano un rato más, para poder dibujarlo mejor, vívido, preciso. Seccionar cráneos y abrir un torso al medio, quitar capa por capa, piel, tejido adiposo, llegar al músculo, separar sus fibras, estudiarlas, limpiar hasta el hueso, recorrer cada forma, al tiempo que todo se registra con esmero sobre una hoja… y sobre otra y otra… y la ropa manchada de sangre y bilis y asco y la muerte metiéndose en los pulmones y debajo de las uñas y opacando el brillo de los ojos y un hombre que sigue dibujando lo que pocos, quizá nadie vio hasta ese momento, la inserción de los nervios espinales, el corazón y sus válvulas, los órganos de la reproducción, de la vista, la lengua, la mecánica interna de brazos y piernas, el feto humano en una bolsa, esférica, perfecta e irreal… Todo ese celo, esa energía, no deviene únicamente de cumplir con la enseñanza del maestro, nada tiene que ver con el mero interés de representar a un guerrero en batalla conforme a su naturaleza, no, no…Es otra cosa, de otro orden, hay un interés profundo y evidente por el conocimiento cierto que trae la observación precisa del mundo.
Leonardo no sabía leer latín, no tenía acceso directo al conocimiento disponible en su época… Una debilidad que lo hizo más fuerte, nada se interpuso entre él y su ojo, aprendió más y mejor, generó ciencia. Sin embargo lo que produjo se mantuvo disperso y oculto por años, para todos. No hubo herederos. Los anatomistas que vinieron luego, durante siglos recorrieron lentamente y con menos brillo caminos ya abiertos. Transitaron sin saber lo ya transitado, centenas de láminas espléndidas y precisas se les negaron.
Del Leonardo artista recordamos la Gioconda, la Última Cena, la Virgen de las Rocas y el Juan Bautista.
También tenemos sus curiosas máquinas y la caligrafía espejada, casi dos juegos, dos curiosidades.
El fiel balanza no es generoso con el pintor, el escultor, el artesano.
Sabemos de sus múltiples intereses, en todos los órdenes.
Tratamos de explicarlo diciendo que fue un hombre del renacimiento.
Hoy estoy convencido que antes que nada, primero fue un científico y luego un artista.
…Pero quizá no… Quizá Leonardo lo sea todo, todo junto, al mismo tiempo e igual de bueno… y nos cuesta reconocerlo.
Todas las vocaciones son un misterio. Las habilidades, los dones, son regalos. Fernández Moreno lo sabía y nunca intentó ser médico.
Guillermo Garcia Avogadro, 25 de julio, 2012
miércoles, 25 de julio de 2012
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