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jueves, 12 de julio de 2012

130. Damien Hirst


I want art to be life, but it never can be

Bajo en la estación Southwark, llueve y apuro el paso para hacer las cinco cuadras hasta la Tate Modern. Sólo me detengo frente a un edificio en construcción, típico de la arquitectura que hoy se ve en Londres, cajas de vidrio y acero, todo a la vista, estructura, servicios… Un cartel anuncia la venta de pisos a partir de un millón de libras. Hogares para familias de uno o dos miembros, quizá tres… seguramente una excepción que deberá validar el consejo de propietarios.

Llego al enorme espacio de la vieja usina y compro el ticket para la muestra de Damien Hirst.

En las escaleras mecánicas me digo que no es una exposición para ver solo. El arte conceptual prioriza el diálogo sobre la contemplación. El discurso (como modo de pensar) sobre el trabajo con los materiales.

La fuerza del arte conceptual está en la idea detrás de la obra. Vale más la agudeza, la revelación, que la ejecución misma.

Una idea puede ser descrita en un texto. El texto ha sido el modo habitual de difundir ideas. Sin más, Einstein, buen ejemplo de inteligencia visual, razona movido por imágenes, pero luego en el papel, usa pocos gráficos y muchas fórmulas, que son una expresión de lo conceptual al cuadrado. Todo eso pensaba mientras subía hasta la sala. Al entrar me cruzo con Vargas Llosa, de poder elegir hubiera preferido cruzarme con Andrea.

Andrea Mantegna trabajó en el mil cuatrocientos, para la bella Isabel de Este, en Mantua. Pintó mucho y para su marido hizo La Cámara de los Esposos, donde retrata a toda la familia, trabajando los detalles y la perspectiva de modo tal que las paredes y el techo de la habitación parecen disolverse hasta convertir el recinto en una caja de cristal con vistas al valle y a los poderosos que lo dominan. Un mago de la ilusión. Un mago.

Entro y camino a través de la obra expuesta. En el museo clásico, la caja vidriada preserva lo que merece ser exhibido y resguardado. Una inmensa vitrina con una mesa-escritorio blanca, un cenicero repleto y una silla de oficina, vacía; otras vitrinas, decenas, llenas de cajas de medicamentos. Una vaca y un ternero, Madre e hijo separados al nacer, literalmente, cada uno en dos mitades perfectas, por cuya bisectriz podemos transitar. El tiburón de doce millones de dólares (La imposibilidad física de la muerte en la mente de algo vivo) preservado en formol, que se cambia por otro cuando el tiempo lo deshace. Comprimidos, tabletas y pastillas alineadas en metros y metros de estantes. Moscas que nacen de un lado y mueren del otro, dentro de su hermética caja pero a la vista de todos.

También se recrea la instalación del año 91, In and out of love. En una primera sala, cinco paneles, grandes y monocromáticos con algunas mariposas aplicadas a modo de collage. La siguiente sala, nos hace participes del ciclo de vida de esas mariposas, las vemos volar, posarse en un hombre, en una mujer, nacer, alimentarse, languidecer y morir. Es el espacio donde me quedé más tiempo y el lugar que verifica, por contraste, lo que hace años sentenció el mismo Hirst "Quiero que el arte sea vida, pero nunca puede ser".

La mariposa es bella aún muerta. La mariposa es tan perfectamente bella que trasciende lo físico. Mi hijo Benjamín de cuatro años me preguntó si me gustaba la palabra mariposa. Luego me preguntaría si me gustaba la palabra sandía, palabra profundamente verde y rosada.

Sueños, realismo, apariencia, palabra, sentidos, vida y muerte, de eso habla la obra de Damien Hirst. Bajo ese programa le dio mayor densidad a viejos símbolos nuestros.

Salgo. Viento y nubes color cinc (son las peores…). Waldo hubiera dicha que el arte conceptual nos participa más como escribanos, que como observadores. El goce no pasa por el ojo, pasa por los diálogos. Sólo estamos ahí para dar fé que la obra se realizó, no importa por quién. Las ideas son universales y reproducibles. Discutir si tiene sentido pagar fortunas por un original (lo que en este caso sería un perfecto contrasentido) es una conversación infinita y absurda que no me interesa dar… las nubes color cinc me persiguen, diligentes.

Vuelvo a pasar por el edificio a estrenar. Pienso en Andrea Mantegna, que sólo simulo quitar las paredes, en Hirst que metió la realidad (la suya) en vitrinas para que la visualizáramos como arte. Miro esa caja de cristal, donde todo está a la vista –donde el hombre de hoy está descubierto- y remplazo el cartel de venta por otro que dice “La imposibilidad fáctica de no ser obra de arte, en la mente de un artista conceptual”.

Distraído rozo, ligero, a una señora al cruzar, rápido, la calle… Sorry about that.


Guillermo García Avogadro, 12 de Julio, Southbank

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