martes, 18 de septiembre de 2012
137. La multiplicación de peces y panes
Cuando Jesús le habla a la gente desde una barca o en lo alto de una colina es previsible.
Quizá hace dos mil años era inaudito. Quizá la repetición, el poster, la samba del grano de trigo hicieron lo suyo.
Prefiero el Jesús íntimo. El que pregunta, el que es categórico sólo cuando da una indicación corta y precisa, como un cirujano en su mesa de operaciones.
De todos esos anocheceres, el momento ideal para la intimidad, mi preferido es un final de jornada, cerca del mar de Tiberíades.
Se ha juntado mucha gente que ha seguido a Jesús (el inaudito) de pueblo en pueblo. Es tarde para volver. Los caminos de noche, como siempre, son pura amenaza.
Jesús está sentado en un montecito, siempre cruzado por mil voces, por el vacío de las respuestas que no tiene. Los ojos vidriosos, miran hacia ese lugar incierto entre la vigilia y el sueño. Felipe está a su lado. Como despertándose de sí, Jesús alza los ojos y le pregunta ¿Dónde compraremos pan, para que ésta gente coma?
¿Lo hace para probarlo, porque El ya sabe lo que tiene que hacer? ¿O lo hace para darse ánimos, para obligarse a sí mismo, porque nunca está muy seguro si el próximo milagro acontecerá, porque no sabe cómo le suceden? ¿La gente lo sigue por la magia de caminar sobre las aguas y las curaciones imposibles o por el mensaje que intenta hilvanar?
Felipe responde… Ni doscientos denarios bastarían para que cada uno tuviese un mendrugo.
Como afirmando la imposibilidad de la tarea, Andrés indica que un chico, ahí, a su lado, tiene dos peces y cinco panes.
Entonces Jesús dice “Haced recostar a la gente” (y yo me digo si acaso se preguntó ¿Para qué les indicaba tal cosa, cuál era el efecto que buscaba?).
Cinco mil lo hicieron.
Jesús tomó entonces panes y peces, dio gracias y los repartió a sus discípulos y volvió asombrarse de lo hecho, de que hubiera suficiente para doce. Siempre igual, esos hombres no dudaban aunque El siempre vivía desconcertado ¿Es verdad que Soy el que Soy? ¿…Qué es la verdad?
Los doce alimentaron a miles. Comieron cuanto quisieron. Era noche cerrada cuando se recogió las sobras, Jesús no quería que se perdiera nada. Trajeron consigo doce cestas llenas.
* * *
Temprano visitamos la colina donde Jesús dio las Bienaventuranzas. Evito deliberadamente escribir El Sermón de la Montaña. Primero porque no lo es, si acaso, una ligera elevación. Luego porque no es necesario agregar dramatismo geográfico para enfatizar su importancia.
En esa línea de pensamiento recuerdo cuando mi hija Belén no entendía por qué en las películas aparecía, de pronto, música, fuerte.
Finalmente porque sermón remite inexorablemente a amonestación, insistente e interminable. A subrayado grueso. De preferir prefiero… El Encuentro de la Colina y nunca, nunca un Sermón en boca del abuelito de Heidi.
Es un día de primavera porteña, cálido y soleado, desde lo alto del cerro se ve la extensión del valle, verde, más verde que la Toscana. Treinta japoneses, en coro, cantan, religiosamente y todo combina bien, como en una película de Diane Keaton. Nada recuerda a hordas hambrientas castigadas por el sol, la tierra y el viento. Nada, sin embargo, rezo algo. Impulso espiritual, inercia, reflejo condicionado.
* * *
Cruzamos el pueblo de Magdala -de donde venía María Magdalena- y llegamos hasta la pequeña Iglesia de la Multiplicación de los los Peces y los Panes.
El primer edificio era del siglo cuarto y fue base para un segundo que los persas arrasaron en el seiscientos.
Mil trescientos años después arqueólogos dieron con algunos restos arqueológicos, mosaicos que mostraban plantas y animales del Nilo y una cesta con dos peces, uno a cada lado, la segunda cesta más famosa, luego de la de Moisés.
Sobre la antigua traza se construyó la iglesia actual, a cargo de los Benedictinos. Los arqueólogos encontraron también una piedra caliza natural, grande, donde Jesús habría apoyado peces y panes antes del reparto.
Ninguno de los cuatro evangelistas -todos muy parecidos en su narración- menciona esa piedra, la venerable. Tampoco los apócrifos la recuerdan. Pero quizá la piedra sí estuvo allí, aunque lejos de la mirada de Jesús, e indiferente a su destino de reliquia. O no, quizá Jesús haya sido consciente de ella y por un momento, de algún modo envidió la condición compacta, resistente, sin fisuras ni porqués, pero se lo guardó para sí.
Tal vez Jesús cuando jugando con las palabras le dijo a Pedro, tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, estaba pensando en la caliza que no se preguntaba, que no dudaba de su irreductible destino mineral.
A lo mejor, Jesús ni siquiera pasó cerca de la piedra, y quizá ella nunca haya existido, ni tampoco la cesta, ni preocupación alguna por el alimento.
Tal vez sólo hubo una noche plena, donde una comida frugal, ligera, fue suficiente y nadie pidió más de lo que había recibido durante ese día próspero.
Repaso estas líneas y me detengo cuando Jesús dice “Haced recostar a la gente”. Quizá no hizo más que eso, mandarnos a dormir, con la autoridad del padre, como a niños pequeños después de un día de fiesta… y luego claro… a la escena, conmovedora por sí sola, tuvimos que agregarle detalles, música, por vocación épica, para convocar el interés, para enriquecer el clima, por temor a la falta.
Es tarde. Frente a la iglesia, dos inmensas ruedas de molino, de granito o mármol.
El tiempo pasa, mejor busco otra luna.
Alicia Lis, Mar de Tiberíades, 18 de Septiembre 2012
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