viernes, 21 de junio de 2013
141. Obsesión
Un perro de color rojo estira hasta el desgarro cada músculo de su cuerpo. Un perro deudor de Guernica y sus caballos. Un perro como una lanza dirigida a la noche infinita. Un perro escapando de la tierra, que sabe, lo devora. Un perro y dos o tres colores. Un perro de Rufino Tamayo en mis sueños. Un perro, de algún modo, compartido.
Me despierto. Andrés está a mi lado, abrazadito a mí, el cuerpo tibio y el aliento fresco. Recompensas. Le acaricio el pelo, la cabeza.
En la mesa de luz “El Hombre que Amaba los Perros”, el libro que terminé de leer ayer y cuenta la historia de una obsesión, de una ideología. Cuenta la historia del asesinato de León Trotsky a manos de Ramón Mercader.
Durante las primeras cincuenta páginas me llamó la atención el modo en que los personajes se refieren al Socialismo. Si remplazáramos Dictadura del Proletariado, Bolchevique, Soviets o Revolución por Pedro, Irene, Martín o Juan, el libro podría seguirse sin dificultad alguna.
Leído de un modo u otro, ese texto es siempre una historia de amor. Amor a una idea o a un amante. Es la misma cosa, la misma obsesión.
Las ideas nos constituyen. Somos nuestras ideas, nos dan un sentido y nos arropan. Ideas de cómo debe ser un buen gobierno, una pintura, una mujer, un paisaje nocturno, un caballo, un trabajo, una comida, un viaje.
Por nuestras ideas hacemos cosas temerarias, mezquinas, absurdas o altruistas.
La idea obsesiva es esa que nos asedia y persiste más allá de nuestra razón.
Por una idea Ramón Mercader abandona todo: lengua, relaciones, tierra, historia, personalidad, suerte, destino y termina clavando una piqueta de montañismo en el cráneo a León Trotsky.
Duda antes y después del asesinato, duda de su mentor y de las razones para llevar adelante la misión. En el momento que levanta el arma homicida, duda de su ideología y de las implicancias de ese acto. Duda, pero sin embargo actúa conforme a una obsesión.
La idea obsesiva es un mundo único, limitado y excluyente.
Nunca es fácil la mudanza de ideas, pero a veces nos resistimos a cambiarlas aún cuando a nuestro alrededor todo las desmiente.
Las ideas protegen pero las obsesiones nos hacen esclavos. No podemos o no queremos librarnos de ellas, tenemos miedo a vivir fuera.
A través de la vida de Ramón Mercader recorremos todas las etapas de una idea obsesiva: fascinación, entrega, dependencia, duda, negación, frustración, enojo y cinismo.
Fascinación, entrega y dependencia, marcan el inicio. El amanecer, el enamoramiento, Ramón durante la Guerra Civil Española lleno de ideales, luchando por la República, luego captado por la Unión Soviética y entrenado como un agente de elite.
Duda primero y negación ante la evidencia luego, aparecen cuando no podemos sostener nuestra idea pero al mismo tiempo no sabemos, no tenemos donde ir. Ramón, en Ciudad de México, durante los días que anteceden a su crimen.
Frustración, enojo y cinismo, llegan cuando nos alejamos de la idea, tarde y mal. Ramón después de purgar su condena; son los días del exilio en Moscú y más tarde en la Habana.
La historia de Ramón Mercader fascina porque, aún de modo grotesco, representa la relación de cada uno con nuestras ideas. ¿Tomamos nosotros responsabilidad de lo hecho o culpamos al mundo por lo que nos pasa? ¿Tomamos el control o nos dejamos, ciegos, llevar?
Hasta aquí la obsesión como karma. Exceso de confianza, voluntad inquebrantable, tormento, dependencia, desmesura.
* * *
Año 1976. A los catorce años con mi amigo Diego Pochat fuimos a ver Equus de Peter Shaffer a un teatro de la calle Corrientes. No sé por qué la elegimos ni cómo nos dejaron pasar, en la obra Miguel Angel Solá y la protagonista femenina se desnudaban en el escenario, y al menos yo tenía más cara de once que de dieciocho.
El argumento. Al psiquiatra Martin Dysart le piden que trate a Alan, un joven que dejó ciego a los caballos que amaba, en un establo, sin razón aparente.
Lentamente Dysart comienza a conectar elementos de la vida de su paciente: el fervor religioso de la madre, la falta de contacto con otros chicos y una temprana fascinación por los caballos.
Dysart, envuelto en un matrimonio sin sentido, no puede evitar cierta curiosidad por la devoción de Alan hacia los caballos y se cuestiona tímidamente el valor de curarlo.
La madre ha impuesto dura censura sobre el sexo. En su delirio Alan ritualizará el montar desnudo por las noches. Este acto lo lleva a un éxtasis físico y psicológico, su versión del orgasmo.
Dysart sigue investigando y descubre la atracción que Alan siente por Jill. En una dramática sesión, revivirán todo lo que sucedió antes del incidente en el establo.
Alan y Jill entran en un cine pornográfico, él se excita con la imagen de una mujer bajo la ducha y allí, en ese momento, descubre su naturaleza sexual y termina llevando a la chica al establo.
Llueve torrencialmente. Ellos se quitan la ropa pero él queda paralizado al escuchar el ruido de los caballos, enloquece y pide, a los gritos, perdón a Equus, la deidad equina. Pide perdón pero a la vez desea librarse de la opresión que el dios de sus delirios le impone. Jill huye asustada y Alan ciega a los animales en un intento desesperado por liberarse de su carga.
Han pasado treinta y siete años de esa escena y cuando la revivo siento la misma turbación y claridad que me tomó esa noche.
Duilio Marzio era el psiquiatra y cerraba la obra mirando a la platea y diciendo:
«El será libre de su locura ¿Y luego qué?
Sentirá que lo aceptan ¿Y luego qué?
¿Piensan que sentimientos así de intensos, pueden volcarse fácilmente sobre otros objetos?
Yo quisiera convertir a este chico en un buen marido, en un ciudadano respetable, creyente en un dios único y abstracto... Pero lo más probable es que mis logros lo conviertan en un fantasma.
¿Hay algo peor que quitarle a un hombre su pasión, quitarle lo que adora?
Ustedes lo ven, la pasión puede ser destruida por un médico. No se puede crear. Muy pocos logran desatarla.»
* * *
La moneda de la obsesión tiene dos caras, de un lado Alan del otro Ramón Mercader. A veces asusta, a veces envidiamos quien la tiene. Ciertos días queremos llevarla en nuestra mano, otros enterrarla, lejos. Así somos.
Dirá el doctor Martin Dysart «Lo normal es ver la sonrisa de dios en los ojos de un chico. También es normal la mirada muerta de millones de adultos. La normalidad en ambos casos, como un dios, sostiene y mata. Lo común, lo normal, lo corriente mudado en algo bello. Lo normal es el promedio convertido en agente letal, el dios asesino que la salud requiere. Yo soy su sacerdote.»
Guillermo García Avogadro, 21 de junio, 2013
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