Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



viernes, 17 de abril de 2015

145. I have a dream


I have a dream
J.F.K.
 
Un hombre sueña que atraviesa el paraíso y corta una flor única y bella. Al despertar, la encuentra marchita, en su mano.
 
El texto es de Borges y tiene ecos de La máquina del Tiempo de Welles.
Cada vez que lo leí, no fuí más allá del encantamiento que genera el cuento fantástico. La poesía del milagro, del misterio. Pobre, lo mío.

Ahora la que sueña soy yo, Alicia Alejandra (¿A quien se le ocurre..? A mi mamá, por la novela de Sábato) Lis.

“Patio cuadrado de una villa del renacimiento rodeado de amplias galerías por sus cuatro lados.
Arboles centenarios, colores ocre, amarillo y verde, un otoño suave. Paredes en mil tomos de siena marcadas por los años. Una fuente de piedra, peces entre los flores acuáticas. Un huerto, un reloj de sol, sol de mediodía.
El padre y la madre de mi primer novio, hace siglo que no los veo, pero la imaginación lleva adelante el trabajo del tiempo y los presenta reconocibles pero en sus setenta. Lucen como si hicieran alguna labor en el jardín. También esta él, sereno, con la edad que tendría hoy, pleno.”

Me despierto. No amaneció aún, me tapo, tengo frío, rápido concilio el sueño.

“Sigo siendo sólo una observadora. Sé que estoy dentro de la misma propiedad pero ahora en esas casas de campo francesas, de dos pisos, donde abajo duermen los animales y en el primer piso sus dueños."
Mis hijos y yo vamos habitar esa casa. En el sueño parece todo muy romántico. En el sueño, claro.”

Releo lo que les cuento y es nada. Cáscaras de nuez que la escoba se lleva. Un retrato fuera de foco, una bolsa sin gracia que el viento empuja. Empecé a escribir cruzada por las sensaciones que esas arquitecturas me habían traído, sosiego, dicha, ternura, calidez, algo de optimismo. Pero por más que me esfuerzo, nada de eso aparece. Palabras opacas, prosa muerta.

Un hombre sueña que atraviesa el paraíso y corta una flor única y bella. Al despertar, la encuentra marchita, en su mano.

Borges con el pretexto de lo fantástico nos habla de la sustancia de los sueños,especies exóticas mientras dormimos, cadáveres al despertar.
Contar un sueño al levantarnos, es poco menos que hacer su autopsia.

Los sueños son la manifestación enmascarada de deseos infantiles reprimidos, arriesga Freud buscando la seguridad que lo justifique.

Para mí, los sueños sólo son perversos que nos causan dolor sin ningún tipo de piedad. Si enmascaran algo, lo hacen para justificarse de modo mínimo, sabiendo que siempre descubriremos quién está debajo.

Nos ubican por segundos en el mundo deseado, para quitarnóslo con el despertar. Nos entusiasman con lo poco probable. Nos dan y nos quitan, nos ilusionan y al entreabrir los ojos nos arrojan a la realidad. Meten el dedo en la herida y son tan perfectos en la ejecución que parecen regodearse en ello.

Pero quizá no. Quizá los sueños sean el último refugio, el último lugar donde ser nosotros con una máscara mínima. No hay nosotros sin máscara.

Hay sueños que se repiten, personajes y situaciones que persisten el tiempo, los cambios y los humores. Hogares de los que no queremos partir, a los que deseamos volver cuando termina nuestro día.

¿Alguién soñará conmigo? ¿Cómo, quién, cuánto, dónde?

Tal vez sólo el cuánto importe.

Bagdad, la ciudad de las Mil y una Noches, tiene una leyenda que dice de una princesa:”A pesar de su velo, bastaba la mano para adivinarle el rostro.”

Siempre fascina más lo ignorado que lo conocido.

¿Cómo, quién, cuánto, dónde?
Tal vez sólo el cuánto importe.


Alicia Lis
Abril, 2014

jueves, 2 de abril de 2015

144. Cuatrocientos ochenta y ocho palabras valen menos que una foto de Amanda Rosales



Tengo los ojos hinchados como si fueran dos peces globo. Acuosos, duros, enfermos de conjuntivitis. Ni mar, ni sol. Encerrado, casi a oscuras, fresco a fuerza de aire acondicionado.

En la mano un libro de fotografías. ¿Qué puedo esperar? Mix de blanco y negro y color. Cuando blanco y negro, ciudades y salones y vidrieras solitarias. Cuando color, color intenso, folclórico, lejano, exótico y tropical. Rostros curtidos, ancianos, ojos febriles. Acumulación o carencia, desborde o ascetismo. También un capítulo con vegetales o flores, tenues, como pinturas abstractas, pesadillas de Georgia O'Keeffe.

Paso las hojas y no defraudo mi prejuicio, aunque hay algunas tomas interesantes.

Busco la obra de Amanda Rosales, lo único que me importa. Lo único que me pasa es lo que le pasa a mis amigos. El mundo se me termina cerca.

El tema es El Plato de Comida. Y en fotografía siempre el plato, la cama, el oficio o lo que sea es del otro. Un otro bien distinto por exceso, defecto, distancia o cercanía.

Parece que las fotos de Amanda son de un mercado en India. Estamos dentro del canon y eso evita distracciones. Mirar es más fácil, cuando no acecha lo distinto. Lo exótico es lo esperado.

Una foto me elige. Agradezco. Prefiero poder concentrarme en una sola cosa, naturalmente, evitando las decisiones.

La toma esta hecha a la altura de una vista callejera de París pintada por un impresionista. El que mira lo hace desde un primer piso de techos altos.

Se ve un galpón grande y oscuro, iluminado apenas por luz natural. El galpón es el mundo. Algunas mujeres, pequeñas, como personajes de Pieter Bruegel El Viejo. Hay algo de fin de edad media en ese retablo.

En primer plano se destaca, blanco, un ventilador de techo. Las aspas, como las de un molino que tritura el grano y nuestro tiempo.

Debajo, detrás, en seguida, un hombre joven y fuerte con barba, turbante, mangas cortas y reloj pulsera. Su mirada no es torva, ni oscura, ni amenazante, lejana, o desconfiada. No trasmite curiosidad, ni sorpresa, ni enojo. Mira a la camarada con seguridad. No, no, me mira a mí, directamente a los ojos.

En un universo donde las intenciones, la tarea, el amor, los fines últimos de nuestras acciones son esquivos, valoro quizá mas que el plato de comida, la mirada de ese hombre. En su transparencia, modestamente, cimiento mi esperanza.

A veces buscamos en los artistas desesperación, buscamos el tiro en el pecho, la sangre en el trigal. Escape de la seguridad burguesa.
Otras lo contrario, certidumbre de un orden posible, algo que nos permita mantener la mirada, mantener intacto al que somos.

Por más que todo sea cuento, nadie quiere la manzana y el veneno, todos seguimos esperando al príncipe y su beso. Deseamos con fuerza que alguien nos mire, sólo a nosotros, aun cuando sabemos, como de cualquier foto, que no es más que ilusión, decepción y deseo.

Guillermo Avogadro, abril 2015