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jueves, 2 de abril de 2015

144. Cuatrocientos ochenta y ocho palabras valen menos que una foto de Amanda Rosales



Tengo los ojos hinchados como si fueran dos peces globo. Acuosos, duros, enfermos de conjuntivitis. Ni mar, ni sol. Encerrado, casi a oscuras, fresco a fuerza de aire acondicionado.

En la mano un libro de fotografías. ¿Qué puedo esperar? Mix de blanco y negro y color. Cuando blanco y negro, ciudades y salones y vidrieras solitarias. Cuando color, color intenso, folclórico, lejano, exótico y tropical. Rostros curtidos, ancianos, ojos febriles. Acumulación o carencia, desborde o ascetismo. También un capítulo con vegetales o flores, tenues, como pinturas abstractas, pesadillas de Georgia O'Keeffe.

Paso las hojas y no defraudo mi prejuicio, aunque hay algunas tomas interesantes.

Busco la obra de Amanda Rosales, lo único que me importa. Lo único que me pasa es lo que le pasa a mis amigos. El mundo se me termina cerca.

El tema es El Plato de Comida. Y en fotografía siempre el plato, la cama, el oficio o lo que sea es del otro. Un otro bien distinto por exceso, defecto, distancia o cercanía.

Parece que las fotos de Amanda son de un mercado en India. Estamos dentro del canon y eso evita distracciones. Mirar es más fácil, cuando no acecha lo distinto. Lo exótico es lo esperado.

Una foto me elige. Agradezco. Prefiero poder concentrarme en una sola cosa, naturalmente, evitando las decisiones.

La toma esta hecha a la altura de una vista callejera de París pintada por un impresionista. El que mira lo hace desde un primer piso de techos altos.

Se ve un galpón grande y oscuro, iluminado apenas por luz natural. El galpón es el mundo. Algunas mujeres, pequeñas, como personajes de Pieter Bruegel El Viejo. Hay algo de fin de edad media en ese retablo.

En primer plano se destaca, blanco, un ventilador de techo. Las aspas, como las de un molino que tritura el grano y nuestro tiempo.

Debajo, detrás, en seguida, un hombre joven y fuerte con barba, turbante, mangas cortas y reloj pulsera. Su mirada no es torva, ni oscura, ni amenazante, lejana, o desconfiada. No trasmite curiosidad, ni sorpresa, ni enojo. Mira a la camarada con seguridad. No, no, me mira a mí, directamente a los ojos.

En un universo donde las intenciones, la tarea, el amor, los fines últimos de nuestras acciones son esquivos, valoro quizá mas que el plato de comida, la mirada de ese hombre. En su transparencia, modestamente, cimiento mi esperanza.

A veces buscamos en los artistas desesperación, buscamos el tiro en el pecho, la sangre en el trigal. Escape de la seguridad burguesa.
Otras lo contrario, certidumbre de un orden posible, algo que nos permita mantener la mirada, mantener intacto al que somos.

Por más que todo sea cuento, nadie quiere la manzana y el veneno, todos seguimos esperando al príncipe y su beso. Deseamos con fuerza que alguien nos mire, sólo a nosotros, aun cuando sabemos, como de cualquier foto, que no es más que ilusión, decepción y deseo.

Guillermo Avogadro, abril 2015

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