Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



miércoles, 23 de junio de 2010

28. Lo que no existe, no me golea

El martes a las tres y media había terminado con Mariela (mi contadora) y yendo al estacionamiento de Paraguay y Maipú me doy cuenta que estaba empezando Argentina-Grecia.
Rápida evaluación de los hechos: a casa no llegaba ni a palos y por Plaza San Martín ya no hay gente de mi edad (todos se han mudado a barrios cerrados, sólo quedan algunas amigas de mamá, separadas o viudas con poco rapport con La Selección).
¿Qué hacer?
Llevaba un bolso pesado y grande lleno de papeles y estrenaba unas botitas coloradas de Sofi Martiré que no querían caminar mucho, pero estaba bien protegida del frío con una Barbour muy inglesa (entiéndase muuuuy gastada, color verde-irreconocible-a-primera-vista, pero con el prendedor –of course- intacto).
Así las cosas me fui a ver el partido en la pantalla gigante que Mauricio puso en la plaza.
Muchas adolescentes, mucho pero mucho frío. Mucho clamor popular. Ningún gol.
En el entretiempo dije ¡Basta, Alicia, te vas a enfermar! Y me cruce al bar del Plaza (ahora Marriott-Plaza).
Dos mesas de mujeres solas buscando refugio de esa pesadilla social, el futbol.
La tercera mesa, extranjeros sesentones en su vigésimo whiskey.
Ambiente mundialista: poco y nada.
Pero OK. La revista Forbes lo eligió como uno de los nueve (¿Por qué no diez?) mejores bares del mundo.
Para cocktail no daba la hora y ahí fui entonces con un clásico tecito y sándwiches de pepinillos (sólo para hacer más Oscar Wilde el anacrónico momento).
Gol de Argentina (gritito, bien sofocado).
Como todos los argentinos, empiezo a ver cuánto falta para que termine.
El futbol del mundial es así, a menos que vayas ganando tres a cero en los primeros cinco minutos, querés que todo se termine cuando hacés el primer gol: no interesan ni gambetas, ni tacos, ni chilenas, ni toques ni oooleess ni nada. No se está para disfrutar una destreza, sólo se fue a ganar.
Me viene a la cabeza cuando los chicos de Guillermo (los mellizos Benjamín y Andrés) escuchan -o dicen- ¡Hormiga! Y enseguida rematan con un ¡Pisala!
En el mundial es lo mismo: hacer-el-gol y terminar el partido ¡Pisalo, pisalo!

No me pasó con Argentina-Grecia (al final de cuentas ya estábamos clasificados) pero en otros (el principio del segundo tiempo con Corea, por ejemplo) me tapo los ojos cuando la tensión se hace insoportable.
De nuevo el recuerdo de Benjamín y Andrés, ellos cierran fuerte los ojos y dicen ¡Escondido! Lo que no se ve, no existe. Lo que no existe, no me golea.

Yo sé que algunos dicen que el cuadro de futbol es el único refugio para aquellos que han quedado huérfanos de patria, líderes, barrio y familia. Lo último en que creer, en donde depositar los afectos y las ilusiones. Pude ser cierto, sí, aunque ningún barra se lo haya puesto a pensar jamás (cosa que no es necesario para que sea correcto).

Puede ser cierto, , pero creo que la emoción mundialista tiene raíz en el efecto de regresión que opera sobre nosotros (disculpen, se me notan los horas de terapia ¿no?).
En el mundial somos como chicos (si dijera somos chicos; algunos me etiquetarían como posible psicótica ¿No es así Licenciado Bulacio?).

Tengo diez años y voy al Italpark con mi abuela Hebe.
Dentro de mis juegos preferidos está El Tren Fantasma, una inmensa (al menos en el recuerdo) estructura de tres pisos con unos cuantos balcones. Calaveras pintadas, una Hidra descabezada y otros horrores custodian cada puerta.
El Tren Fantasma era lo primero donde subía.
Nunca vi nada. Siempre hice el recorrido con los ojos cerrados.
Subía excitada y me bajaba feliz.
El recorrido (caluroso, era un inmensa caja de chapa castigada por el sol) era algo que –al final- pasaba rápido.
Para mí, el mundial tiene mucho de Tren Fantasma.

¡Gol de Palermo! Grito no sofocado para nada.
De las otras mesas me miran con gesto de Hoolligan!!
No me importa y pido un Mai Tai (Ron blanco, Amaretto, Triple Sec, Jugo de Ananá y Ron negro, creo).
Lo traen y lo tomo a traguitos; en las repeticiones Palermo, Palermo sólo Palermo.
Sebastián Clerici puede darse vacaciones de fanatismo para el resto de sus días.

Pago y me voy. Cruzando la plaza una chica de veinte me pregunta Señora ¿Dónde compró las botitas?
–En Grecia, querida.

Alicia Lis, 24 de Junio

martes, 22 de junio de 2010

27. Nosotros éramos los otros

El Malba es muy Fifth Avenue (como diría Alicia).
Hasta en un feriado las mujeres van arregladas de riguroso Barrio Norte, sin importar de donde vengan.

Los ingredientes del cóctel Malba son: dos medidas de adolescentes estudiantes de arte (léase mucho negro, piercings, tatuajes, pantalones onda pañal cargado a morir, algo de disparate e higiene moderada), una medida de combos de cincuentones (hombre-hombre; mujer-mujer) los primeros: barba y pelo prolijo, relojes y zapatos caros, sobretodo o blazer apropiadamente gastado; las segundas pelo corto; anteojos de verdad, pollera, medias negras y chatitas (en ambos casos comentarios eruditos y roces –sutiles- de manos) todo esto sobre una base de parejas muy del tipo largo-chanel-harris-tweed. Para finalizar un ligero toque de madre e hijas adolescentes todas en ojos color verde-azulado educadas en el Mallinckrodt.

Me gusta el Malba y hoy fui a ver la muestra de Robert Mapplethorpe.

En las puertas un póster pequeño de un bailarín-atleta-negro tomado de espalda, parece un bronce, una locomotora sexual. A menos que uno vaya de la mano de una señorita que valga la pena, este único trabajo puede llevarnos a cometer algún acto de homosexualidad (como mínimo sublimado y convertido en un gesto amable, léase compararnos un ramo de rosas o un nuevo tacho de basura en el Carrefour de enfrente como hice yo).

Mapplethorpe fotografía penes, flores y retratos / autorretratos.
Sin abundar en detalles la mera elección representa un ideario gay completo.

Las flores tienen calidad táctil, es decir, da ganas de deshacerlas entre las manos.
Los penes erectos o muertos son más un signo que remite a significados diversos que una herramienta sexual.
Los autorretratos desafiantes, como un adolescente desafiante.

Me gustó el retrato de la nuca de una mujer de pelo rubio, lacio, corto y perfectamente cepillado (daba ganas de acariciarlo, el pelo de las mujeres siempre da ganas de acariciarlo, siempre).
También una bandera americana, flameante, desgarrada, con el sol filtrándose –apenas- por la tela a punto de deshacerse. Me hizo recordar a una bandera de Roy Lichtenstein. Un par de metros adelante había un retrato de Roy.
Otros dos negros musculosos, uno inscrito en un círculo el otro en un cuadrado: el universo a segundos de iniciarse.
Dos retratos de mujeres sobre fondo negro. El rostro y las manos extremadamente claros, parecen flotar en la oscuridad. Pero no, Robert evita el efecto maravilla de circo iluminando sutilmente los pliegues de sus camisas: ambas mujeres, aunque etéreas, están bien afirmadas en su cuerpo, en su tierra.

Salí del Malba, era de noche y hacía frío.
La memoria me trajo el recuerdo de una tarde cálida en el Castro de San Francisco.
Habíamos ido con mi mujer de visita al famoso barrio gay.
En bermudas escocesa, remeras Lacoste y zapatos náuticos, tomados tímidamente de la mano nosotros éramos los otros.
Recuerdo a hombres quizás algo gordos, de entre-casa, esperando a sus parejas, en la parada del bus, a la vuela de la oficina (uno con la bolsa de las compras, otro con el portafolio de abogado).
Recuerdo una pareja haciendo su lista de casamiento, uno aburrido por el recorrido sin fin entre loza y cristalería, el otro claramente emocionado.
Nosotros éramos los otros.
Ya nos estábamos yendo pero entramos en un local pequeño y bien iluminado.

Colgando del techo, en varias filas, unas detrás de otras, decenas, centenas de mantas bordadas, coloridas, muy trabajadas. Algunas parecían escudos heráldicos otras publicidad de películas o páginas de revistas de moda.
Preguntamos qué eran. Hoy seguramente ustedes ya lo saben.
Cada manta tiene la superficie de la losa de una tumba.
Cada manta representaba un hombre muerto por el Sida.
Cada manta era desplegada una bien junto a otra, todos los años, en el parque frente al capitolio de Washington.
En esos años la enfermedad todavía era letal.
Robert Mapplethorpe fue otra manta más.
Nosotros éramos los otros.


Waldo Williams, 22 de Junio

jueves, 17 de junio de 2010

26.Jugador de metegol

En este blog no hablamos sobre La Feria del Libro (mucho de feria y poco de libros) ni de Copa Mundial de Fútbol, porque el único fútbol real son los partidos que jugamos de chicos.

Siempre fui mejor jugador de metegol que de cancha grande.
En cancha grande me percibo más como un perro o durmiente de quebracho que como deportista de alta competencia.

En el pan y queso siempre último o penúltimo.
Posición de juego más destacada: defensor, junto a mi amigo y colega Esteban Martini.

Goles realizados en campos de juego: ninguno.

Sin embargo hubo un verano, el de los once años tal vez, donde el futbol fue mi pasión y una carga pública para mi primo el Dr. Benjamín Zorrilla.

Como todos los años, pasaba las vacaciones en la casa de mi abuelo Papalito en Río IV.

Digresión: mi abuelo se llamaba Julio Belisario Molina y le decían “Lalo”.
Yo fui su primer nieto y ante la imposibilidad de llamarlo –como me pedían que hiciera- papá Lalito, lo rebauticé Papalito, apelativo que se convirtió en marca registrada para el resto de sus días.
Extraño destino el del nombre de los abuelos, cambia inexorablemente según el antojo balbuceante de sus nietos. Muta cuando ya lleva más de media vida de persistencia.
El sonido de nuestro nombre, con todos los efectos psicológicos que opera sobre nosotros, cambia con la llegada de un nieto y de algún modo ese cambio también nos afecta a nosotros. No es lo mismo ser Lalo que Papalito, definitivamente no; Lalo y Papalito no son ni pueden ser la misma persona.

Retomo. Mi primo Benjamín -Polaco, porque de chico era “blanco como un polaquito” (sic)… Me pregunto ¿Si era tan blanco, no tendríamos que haberle llamado “Albino”? …- vivía en Río IV en el Barrio Bimaco (que puede sonar a nombre de cacique Ranquel, pero que tiene su origen en los apellidos de los desarrolladores del barrio: Biset, Maquiarola y Cía.).
Bimaco (a secas, como le decíamos) estaba en las afueras y se llegaba con colectivos que eran múltiplos de cinco (el Cinco, el Diez y el Quince) y que pasaban a las menos diez a las y diez y a las y media tanto de ida como de vuelta (una fiesta para Adrián Paenza).

En Bimaco las calles eran de tierra y el viento las convertía en nubes ásperas y oscuras. En Bimaco había campitos grandes e irregulares por todos lados.

Ese verano juagamos mucho al futbol en el campito que estaba frente a la parroquia.
El Dr. Benjamín Zorrilla, Polaco, jugaba de arquero y venía con su primo de Buenos Aires (o sea yo, un virtual desconocido).

El campo de juego tenía forma trapezoidal con límites elásticos e imprecisos que iban desde la casa parroquial hasta los cajones de verdura de un mini-mercado lejano.
Se gambeteaban postes de luz. Ni la calle ni los partidos de bochas (que compartían el espacio) eran obstáculos para piques, paredes ni tiros de media distancia.

En esas tardes infinitas yo fui un jugador de toda la cancha. Subía y bajaba-subía y bajaba, mandaba pases a ningún lado, probaba al arco sin paz ni cansancio, era mi momento ¡Maleta! Sí, maleta; pero girando y girando en la cinta del aeropuerto Charles De-Gaulle.

Del otro lado había un cordobés habilidoso, el bueno, el goleador, al que sin querer –de puro torpe nomás - le arruiné jugadas y tardes enteras a pura obstrucción y patadas. Mi primo Polaco (el Dr. Zorrilla) intentaba calmarlo explicándole que no era saña ni mala intención, que yo jugaba al rugby y que bueno…estaba…digamos…acostumbrado a jugar fuerte. Creo que, pese a todo, algunas veces la cosa terminó a las piñas.

Esos partidos no tenían resultados mezquinos, diecinueve a catorce era un score típico.
No había pitazo del referí que diera por terminado el encuentro: nos íbamos cuando la noche era tan cerrada que ya no podíamos distinguir la pelota de un cascote.

Transpirados y sucios, desarrapados, en camiseta o cuero nos subíamos a nuestra bicis (Polaco a su Aurorita azul yo a mi Halcón naranja) y nos íbamos pedaleando, jugando carreras, “andando sin manos” hasta la casa de la calle Timbó.

Polaco y yo vivimos la vida como algo leve, caso contrario, imposible disfrutar una tarde de futbol conmigo como primo, compañero de equipo o adversario.

La noche es cerrada y caliente. Los bichos asedian. Bimaco es el mundo.

Guillermo García Avogadro, 17 de junio

jueves, 10 de junio de 2010

24. Lo que queda cuando no queda nada

Estuve en Mar del Plata durante el fin de semana. Clima ideal para hotel con mala calefacción: soleado, seco y sin viento.
Escribí estas líneas sentado en la Boston, café con leche y una docena de medialunas.
En playa Varese algunos surfistas esperan su ola.
El surf es un deporte para menores de veinte, pasada esa edad es imposible que alguien tenga el tiempo y la paciencia para esperar y esperar–imperturbable- la dichosa y esquiva ola.
Los perros (sin traje de neopreno) entran al mar corriendo y salen corriendo al primer contacto con el agua helada. Los perros son muy humanos. Los surfistas, no (andan descalzos por la calle o con el pecho descubierto en pleno junio).

Me gustan los balnearios en invierno: cuadras de negocios cerrados con vidrieras a medio desarmar, bares a los que todo les queda grande, inmensos estacionamientos vacíos, maleza creciendo entre los parches del cemento, carteles descoloridos medio arrancados por el viento, playas vírgenes de carpas, sombrillas y reposeras, arena infinita, balnearios cerrados, piletas vacías con apenas un charco de agua, puertas y ventanas tapiadas, algún gato, botellas y cajas, un diario volando, pocos perros.
Lo que queda cuando nada queda ¿Será esto la eternidad?

De los libros de Milan Kundera me encantaron La insoportable Levedad del Ser y La Inmortalidad.
En el prólogo del primero clasifica las personas según dos tipos: los que viven la vida como algo leve y los que no.
Para los primeros, cada situación que deben enfrentar en su vida no es mucho más que un ensayo general, si hay error también hay posibilidad de corregir, el ambiente es seguro, se pueden experimentar opciones, nada es definitivo. La ansiedad ante la respuesta perfecta no los paraliza; porque una respuesta así no es necesaria (ni posible) todo se está haciendo y rehaciendo, todo es de paso y provisional.
Por el contrario, para el otro grupo la vida sería como una-única función frente al auditorio más crítico y exigente. Las consecuencias de lo hecho nos acompañan siempre. Lo que sucede, sucede una vez y sus efectos son eternos.
Esta gente vive agobiado por el peso de la decisión, por la búsqueda de lo acabado y preciso.

La Inmortalidad se inicia diciendo que el repertorio de gestos humanos es limitado; que hay menos gestos que personas. Muchas veces al encontrar un parecido, lo que hallamos no es más que un gesto que se repite. Nos asombra –bobamente- encontrar un gesto nuestro en un hijo y nos enamoramos de mujeres que sonríen y miran del mismo modo. Las personas pasan y los gestos quedan.

Los que creen que todo es para siempre, viven bajo el peso de lo eterno. Al contrario de lo esperado, la eternidad los agota y paraliza.
Los que se saben contingentes viven más livianos. Dando menos importancia a las cosas las viven más plenamente. El mundo es tenue, el gozo sutil.

Los gestos nos preceden y nos heredan,
nos dan la bienvenida y nos despiden.
¿En quién encarnará el modo
en que inclinas tu cabeza
y quitas el pelo despejando la mirada?
Los gestos son inmortales, nosotros no.

Waldo Williams, 10 de junio

lunes, 7 de junio de 2010

23. Hasta las ruinas perecerán

Alicia es una buena madre. Punto. Muy buena madre.
Sin embargo sólo en Lapicerapices llama a cada uno de sus siete hijos por el nombre que le corresponde.
En la realidad real (no-virtual) Alice siempre dice que le dan pena aquellas madres que al retar a un hijo, van recitando el nombre de todos los hermanos hasta acertar. O las que al hacer un comentario amoroso confunden el nombre del destinatario.
Ella resolvió el problema llamando a todas sus hijas mujeres Bubu (el sobrenombre de la mayor) y a todos los varones Panchito (la misma historia) independientemente del nombre que les puso según fueron naciendo.

Alicia es práctica (en la adolescencia una amiga le pide que la acompañe a bailar; la pasaría a buscar un amigo del futuro novio. Alicia acepta, cuando baja a las 12 de la noche en vez de cartera lleva un ejemplar de Las mil y Una noches. Entonces el chico le pregunta ¿Para qué es eso? Por si me aburro, responde ella).

Alicia es práctica pero también capaz de reflexionar sobre la eternidad.

Cuando veo a los mellizos Benjamín y Andrés pienso qué imagen les quedará de mí cuando sean grandes.
Y no digo imagen en el sentido de qué opinión se harán de mí, sino de imagen en el sentido estricto de la palabra ¿Qué los acompañará cuando yo nos los acompañe?

Recuerdo a mi papá joven, en el principio de sus treinta. Es de noche, él está sentado en el piso, con las piernas cruzadas, encorvado, leyendo una revista Corsa a la luz de un velador. Está sentado en el pasillo de nuestra casa de la calle Güemes, el pasillo donde daba mi cuarto. Así se sentaba las noches que yo estaba enfermo para cuidarme. Esa imagen me acompaña siempre, eternamente.

La eternidad. Leí la biografía de Albert Speer (861 páginas) de Gitta Sereny, por un comentario que encontré en la Tierra Elegida de Juan Forn.
Allí, basándose en esa biografía famosa, Juan describe la enorme maqueta de la nueva y pantagruélica Berlín imperial que Speer, el arquitecto de Hitler, había construido.
Estaba iluminada de forma tal que las sombras siempre coincidían con la hora del día en que se la visitaba. Para convencerlo al führer de la imposible inversión, había levantado la maqueta como si ya fuera una ruina del pasado. Por un lado la asimilaba a la antigua roma, por otro mostraba su belleza imponente y desmesurada aún en la decadencia.
Compré y leí el libro sólo por esta descripción (aunque después me atrapó por un montón de otras cosas que podrán ser material para otra entrega) pero en ninguna de las 861 páginas aparece la maqueta en ruinas; sólo una enorme pero convencional e impecable maqueta. Creo que Juan se lo inventó y fue un invento genial.
Una impecable metáfora sobre la eternidad.

Sin embargo, digo esto y recuerdo una sentencia que me regaló –en latín- mi amigo Claudio Gotelli “hasta las ruinas perecerán”.


La eternidad es una quimera de los hombres, muere con el último corazón que nos amó.

Guillermo García Avogadro, 7 de Junio

miércoles, 2 de junio de 2010

22. Sin Magia, ni disney ni reino

Estas líneas las escribo desde el Four Seasons de Carmelo.
Me encanta el perfume de los pinos y eucaliptos uruguayos.
Escapé con Mateo (7) y Delfi (9) después de los festejos del bicentenario.
Afuera diluvia, pedí que prendieran el hogar y yo me serví un
Nespresso.

Releo lo que escribió Waldo… creo que si Lapicerapices fuera conocido más allá de Ustedes, si fuéramos ligeramente más populares (¿Quiero realmente ser más popular?) Waldo ya habría sido lapidado públicamente ¡Nuestros verdaderos próceres son Batman y Los Tres Chiflados!... Ay Waldo mirá las cosas que decís…

Los millones de ciudadanos que desfilaron, se emocionaron, cantaron, y bailaron agitando gorros, banderas y vinchas en la 9 de julio lo hicieron movidos por algún sentimiento patrio, sí, pero también por una intensa necesidad de festejar, de sentirse unidos, de encontrar algo que les avive la esperanza.
También para salir del tedio y de la monotonía. Por curiosidad (no se sabía muy bien qué es lo que pasaría) por que la multitud atrae otras multitudes (…mirá toda la gente que hay, vayamos) por temor a perder el tren de la historia, para poder decir yo estuve ahí, porque a los chicos no se los podía tener más tiempo encerrados, porque va haber mujeres, porque va haber hombres, porque la gente ahí se respeta, porque dicen que va ir Mesi, porque es como la peregrinación a Lujan pero más descansado (…porque es como Punta Mogotes pero sin protector solar o como El Reino Mágico de Disney, pero sin magia ni disney ni reino) porque sí ¿Por qué no?
Así, la cuestión de festejar el Primer Gobierno Patrio era una variante -de peso menor- entre muchas otras tantas.
La cantidad de gente en la calle no es un indicador de patriotismo, of course.

Waldo dice que la verdadera patria es la infancia. Estoy de acuerdo, pero la infancia es mucho más que eso.

La infancia es la eternidad.
La eternidad como la
posesión simultánea y perfecta de una vida interminable.
La infancia es como estar en el cielo, pero sin saberlo.
Cuando somos chicos-chiquitos no hay una clara sensación de fin, tampoco el principio está muy presente, todo lo que pasa, pasa aquí y ahora de modo interminable.

Sólo en raros momentos esta sensación de eternidad se reproduce cuando somos grandes.

Me acuerdo de hace años en un río menor del Delta, cansada de remar y luego de comer unas uvas con sabor a manzanas, recostada sobre el muelle, sin preocupación alguna, bañada por un sol discreto de septiembre que también brillaba modestamente sobre el río. Ese día, hace años, en el Delta, el tiempo dejó de fluir: fue la primera vez que tuve sensación consciente de eternidad.
El tiempo se había detenido, no el movimiento, el tiempo.
Me resulta difícil explicarme, me enredo con las palabras y quedo a medio camino entre Claudio María Domínguez y la catequesis del padre Rubén, sepan disculpar.

Esta sensación de eternidad la viví otras veces, sí, pero jamás desde que fui madre.
Lo eterno se opone a la maternidad.
La maternidad es efímera.
Desde el primer momento vemos el fin y la velocidad de acercamiento desespera.
Una quiere durar para siempre, para proteger siempre. Una desea que nada cambie.
Pero sabemos que no va a ser así, porque nadie va a dejar que así sea: ni nuestros hijos (e hijas) ni nuestras nueras (ni yernos) ni tampoco Dios ¡Nadie!
- ¡Nadie quiere nuestra protección por los siglos de los siglos!
- Amén!
- Ustedes se lo pierden (fui abanderada en quinto grado, mejor compañera en sexto y séptimo, delegada de curso en cuarto año y cha-cha, cha-chan… Miss Simpatía a los 17 ¿Viste?).

Alicia Lis, 2 de junio.

martes, 1 de junio de 2010

21. 200 años: nuestros verdaderos próceres son Batman y Los Tres Chiflados

Da la ¿casualidad? que las abuelas de Alicia, Guillermo y la mía se llamaban Hebe.
Parece una paradoja que el nombre de nuestra abuela signifique “juvenil como una flor”, pero al fin de cuentas (o mejor dicho en el inicio de la cuenta) todos fuimos jóvenes.
Releí las últimas entradas del blog. Escribimos sobre diálogos y diálogos rotos, sobre emigrar e inmigrantes, sobre varios otros temas pero lo que está siempre, siempre presente son los recuerdos de la juventud, de la infancia.

La infancia como primer motor inmóvil.

Nuestra patria es la infancia, no el territorio en que nacimos. Es lo que más amamos y defendemos, lo que llevamos a flor de piel.
Nuestros verdaderos próceres son Batman y Los Tres Chiflados ¡Basta de hipocresía!

La infancia es nuestra cantera de materiales para construir lo que sea.
Los mejores recuerdos vienen de la infancia, los más memorables, las experiencias iniciáticas: el lento pulido del cristal por donde miramos. En la infancia diseñamos, sin objetivo ni plan, los anteojos que nos acompañarán toda la vida.

En el libro Viaje al Futuro del Imperio, Robert Kaplan dice que día a día los acontecimientos bélicos y políticos que forjaron un país (y que son celebrados universalmente en las fiestas patrias) tienen menos relevancia en la vida de las nuevas generaciones. Estoy de acuerdo, aunque en nuestro país pareciera que fuera al revés (1).
Estoy convencido que une más el cariño planetario a los Bakycardigans que la admiración local a Sarmiento o Thomas Jefferson.
Pesa más la conciencia ecológica global (hoy presente en todo niño) que la defensa de la soberanía por un peñón o islote.

Somos hermanos porque temas centrales o amores comunes nos unen.
Esos temas y amores nada tienen que ver con batallas, primeros gobiernos patrios, ni líneas de puntos limítrofes. Nos une un autor, un personaje, una banda de música o una marca de autos. Argentinos es un colectivo mucho más difuso que el club de fans de La Guerra de las Galaxias en Facebook.

Los restos del patriotismo de los siglos XIX y XX, quizá sólo descansen precariamente en los equipos deportivos que compiten mundialmente. Las marchas y los himnos, son sustituidos por comerciales apoyando a Nuestra Selección, chauvinistas y sensibleros, anclados en un mítico pasado, exitistas, machistas y superficiales.
Cualquier parecido entre estos comerciales y las marchas guerreras de antaño, reclamárselo a la agencia que factura la creatividad.

Irlanda, 1998. Estamos con mi ex mujer en un bar de Dublin, la ventana deja atrás un frío formidable. Tras las cortinas se ve la estatua de James Joyce.
Le pedimos al mozo un té y un chocolate (todo bieeen caliente).
Mientras nos sirve, pregunta de dónde venimos.
- De Glendalough, contestamos.
- No, no de que país.
- Ahhh. De Argentina.
- No, no puede ser.
- Perdón ¿Por qué no puede ser?
- Porque Ustedes son Italianos.
- ¡Italianos! ¿Por qué Italianos? ¿Por qué no Españoles, por ejemplo?
- Porque son Italianos.
- ¿Pero por queeé..?
- Porque lucen como italianos, hablan como italianos, se mueven como italianos. Son italianos.

Esto mismo me ha pasado una punta de veces.
Personalmente comprobé también que el único lugar fuera de Buenos Aires donde te subís a un colectivo y parece que fueras en el 12 o el 39 es en Roma. Quizá el mozo tenía razón.

José Luis Romero en su Breve Introducción a la Historia Argentina dice que en las primeras décadas del siglo XX, en Buenos Aires, la primera nacionalidad era la Italiana, luego la Española y por último y bien a lo último los Argentinos nativos.
Todavía hoy en nuestras guías de teléfono (¿Cuándo van a desaparecer estos dinosaurios?) los apellidos italianos van a la cabeza del ranking.
Somos el único país del mundo, 50% gallego y 50% tano.
Pocos ya de primera generación, unos cuántos todavía de segunda y muchos de tercera ¡Somos tan nuevos!

Tito Cossa escribió Gris de Ausencia para Teatro Abierto.
Una familia argentina emigra a Italia y abre una tratoría. En la puesta original Pepe Soriano (el abuelo, el único que hizo el viaje de ida y vuelta) confunde al Coliseo con la Cancha de Boca. Brandoni; el hijo, putea contra la realidad itálica como lo haría contra la nuestra. No hay diferencias, todo es la misma cosa.


Mi concepto de patria, de patriotismo, no es el más apropiado para escribir en conmemoración de los 200 años del 25 de mayo. Dejé pasar unos días, pensé que quizá podía moderar algunas ideas, al final no pude ni quise ¡Aguante el negrito Simón (que nunca vi) y la mazamorra caliente (que jamás comí)!

(1) Leo en el blog Humo para las Masas “En la 9 de julio… está la gente emocionándose hasta las lágrimas cuando ve desfilar a los ex combatientes de Malvinas. Recuerdo haber visto en vivo y en directo a varios ex combatientes pidiendo en colectivos, subtes, trenes o en la calle, sin que nadie se conmueva”. Está todo perfectamente dicho, huelgan los comentarios.

Waldo Williams 1 de junio