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martes, 22 de junio de 2010

27. Nosotros éramos los otros

El Malba es muy Fifth Avenue (como diría Alicia).
Hasta en un feriado las mujeres van arregladas de riguroso Barrio Norte, sin importar de donde vengan.

Los ingredientes del cóctel Malba son: dos medidas de adolescentes estudiantes de arte (léase mucho negro, piercings, tatuajes, pantalones onda pañal cargado a morir, algo de disparate e higiene moderada), una medida de combos de cincuentones (hombre-hombre; mujer-mujer) los primeros: barba y pelo prolijo, relojes y zapatos caros, sobretodo o blazer apropiadamente gastado; las segundas pelo corto; anteojos de verdad, pollera, medias negras y chatitas (en ambos casos comentarios eruditos y roces –sutiles- de manos) todo esto sobre una base de parejas muy del tipo largo-chanel-harris-tweed. Para finalizar un ligero toque de madre e hijas adolescentes todas en ojos color verde-azulado educadas en el Mallinckrodt.

Me gusta el Malba y hoy fui a ver la muestra de Robert Mapplethorpe.

En las puertas un póster pequeño de un bailarín-atleta-negro tomado de espalda, parece un bronce, una locomotora sexual. A menos que uno vaya de la mano de una señorita que valga la pena, este único trabajo puede llevarnos a cometer algún acto de homosexualidad (como mínimo sublimado y convertido en un gesto amable, léase compararnos un ramo de rosas o un nuevo tacho de basura en el Carrefour de enfrente como hice yo).

Mapplethorpe fotografía penes, flores y retratos / autorretratos.
Sin abundar en detalles la mera elección representa un ideario gay completo.

Las flores tienen calidad táctil, es decir, da ganas de deshacerlas entre las manos.
Los penes erectos o muertos son más un signo que remite a significados diversos que una herramienta sexual.
Los autorretratos desafiantes, como un adolescente desafiante.

Me gustó el retrato de la nuca de una mujer de pelo rubio, lacio, corto y perfectamente cepillado (daba ganas de acariciarlo, el pelo de las mujeres siempre da ganas de acariciarlo, siempre).
También una bandera americana, flameante, desgarrada, con el sol filtrándose –apenas- por la tela a punto de deshacerse. Me hizo recordar a una bandera de Roy Lichtenstein. Un par de metros adelante había un retrato de Roy.
Otros dos negros musculosos, uno inscrito en un círculo el otro en un cuadrado: el universo a segundos de iniciarse.
Dos retratos de mujeres sobre fondo negro. El rostro y las manos extremadamente claros, parecen flotar en la oscuridad. Pero no, Robert evita el efecto maravilla de circo iluminando sutilmente los pliegues de sus camisas: ambas mujeres, aunque etéreas, están bien afirmadas en su cuerpo, en su tierra.

Salí del Malba, era de noche y hacía frío.
La memoria me trajo el recuerdo de una tarde cálida en el Castro de San Francisco.
Habíamos ido con mi mujer de visita al famoso barrio gay.
En bermudas escocesa, remeras Lacoste y zapatos náuticos, tomados tímidamente de la mano nosotros éramos los otros.
Recuerdo a hombres quizás algo gordos, de entre-casa, esperando a sus parejas, en la parada del bus, a la vuela de la oficina (uno con la bolsa de las compras, otro con el portafolio de abogado).
Recuerdo una pareja haciendo su lista de casamiento, uno aburrido por el recorrido sin fin entre loza y cristalería, el otro claramente emocionado.
Nosotros éramos los otros.
Ya nos estábamos yendo pero entramos en un local pequeño y bien iluminado.

Colgando del techo, en varias filas, unas detrás de otras, decenas, centenas de mantas bordadas, coloridas, muy trabajadas. Algunas parecían escudos heráldicos otras publicidad de películas o páginas de revistas de moda.
Preguntamos qué eran. Hoy seguramente ustedes ya lo saben.
Cada manta tiene la superficie de la losa de una tumba.
Cada manta representaba un hombre muerto por el Sida.
Cada manta era desplegada una bien junto a otra, todos los años, en el parque frente al capitolio de Washington.
En esos años la enfermedad todavía era letal.
Robert Mapplethorpe fue otra manta más.
Nosotros éramos los otros.


Waldo Williams, 22 de Junio

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