El martes a las tres y media había terminado con Mariela (mi contadora) y yendo al estacionamiento de Paraguay y Maipú me doy cuenta que estaba empezando Argentina-Grecia.
Rápida evaluación de los hechos: a casa no llegaba ni a palos y por Plaza San Martín ya no hay gente de mi edad (todos se han mudado a barrios cerrados, sólo quedan algunas amigas de mamá, separadas o viudas con poco rapport con La Selección).
¿Qué hacer?
Llevaba un bolso pesado y grande lleno de papeles y estrenaba unas botitas coloradas de Sofi Martiré que no querían caminar mucho, pero estaba bien protegida del frío con una Barbour muy inglesa (entiéndase muuuuy gastada, color verde-irreconocible-a-primera-vista, pero con el prendedor –of course- intacto).
Así las cosas me fui a ver el partido en la pantalla gigante que Mauricio puso en la plaza.
Muchas adolescentes, mucho pero mucho frío. Mucho clamor popular. Ningún gol.
En el entretiempo dije ¡Basta, Alicia, te vas a enfermar! Y me cruce al bar del Plaza (ahora Marriott-Plaza).
Dos mesas de mujeres solas buscando refugio de esa pesadilla social, el futbol.
La tercera mesa, extranjeros sesentones en su vigésimo whiskey.
Ambiente mundialista: poco y nada.
Pero OK. La revista Forbes lo eligió como uno de los nueve (¿Por qué no diez?) mejores bares del mundo.
Para cocktail no daba la hora y ahí fui entonces con un clásico tecito y sándwiches de pepinillos (sólo para hacer más Oscar Wilde el anacrónico momento).
Gol de Argentina (gritito, bien sofocado).
Como todos los argentinos, empiezo a ver cuánto falta para que termine.
El futbol del mundial es así, a menos que vayas ganando tres a cero en los primeros cinco minutos, querés que todo se termine cuando hacés el primer gol: no interesan ni gambetas, ni tacos, ni chilenas, ni toques ni oooleess ni nada. No se está para disfrutar una destreza, sólo se fue a ganar.
Me viene a la cabeza cuando los chicos de Guillermo (los mellizos Benjamín y Andrés) escuchan -o dicen- ¡Hormiga! Y enseguida rematan con un ¡Pisala!
En el mundial es lo mismo: hacer-el-gol y terminar el partido ¡Pisalo, pisalo!
No me pasó con Argentina-Grecia (al final de cuentas ya estábamos clasificados) pero en otros (el principio del segundo tiempo con Corea, por ejemplo) me tapo los ojos cuando la tensión se hace insoportable.
De nuevo el recuerdo de Benjamín y Andrés, ellos cierran fuerte los ojos y dicen ¡Escondido! Lo que no se ve, no existe. Lo que no existe, no me golea.
Yo sé que algunos dicen que el cuadro de futbol es el único refugio para aquellos que han quedado huérfanos de patria, líderes, barrio y familia. Lo último en que creer, en donde depositar los afectos y las ilusiones. Pude ser cierto, sí, aunque ningún barra se lo haya puesto a pensar jamás (cosa que no es necesario para que sea correcto).
Puede ser cierto, sí, pero creo que la emoción mundialista tiene raíz en el efecto de regresión que opera sobre nosotros (disculpen, se me notan los horas de terapia ¿no?).
En el mundial somos como chicos (si dijera somos chicos; algunos me etiquetarían como posible psicótica ¿No es así Licenciado Bulacio?).
Tengo diez años y voy al Italpark con mi abuela Hebe.
Dentro de mis juegos preferidos está El Tren Fantasma, una inmensa (al menos en el recuerdo) estructura de tres pisos con unos cuantos balcones. Calaveras pintadas, una Hidra descabezada y otros horrores custodian cada puerta.
El Tren Fantasma era lo primero donde subía.
Nunca vi nada. Siempre hice el recorrido con los ojos cerrados.
Subía excitada y me bajaba feliz.
El recorrido (caluroso, era un inmensa caja de chapa castigada por el sol) era algo que –al final- pasaba rápido.
Para mí, el mundial tiene mucho de Tren Fantasma.
¡Gol de Palermo! Grito no sofocado para nada.
De las otras mesas me miran con gesto de Hoolligan!!
No me importa y pido un Mai Tai (Ron blanco, Amaretto, Triple Sec, Jugo de Ananá y Ron negro, creo).
Lo traen y lo tomo a traguitos; en las repeticiones Palermo, Palermo sólo Palermo.
Rápida evaluación de los hechos: a casa no llegaba ni a palos y por Plaza San Martín ya no hay gente de mi edad (todos se han mudado a barrios cerrados, sólo quedan algunas amigas de mamá, separadas o viudas con poco rapport con La Selección).
¿Qué hacer?
Llevaba un bolso pesado y grande lleno de papeles y estrenaba unas botitas coloradas de Sofi Martiré que no querían caminar mucho, pero estaba bien protegida del frío con una Barbour muy inglesa (entiéndase muuuuy gastada, color verde-irreconocible-a-primera-vista, pero con el prendedor –of course- intacto).
Así las cosas me fui a ver el partido en la pantalla gigante que Mauricio puso en la plaza.
Muchas adolescentes, mucho pero mucho frío. Mucho clamor popular. Ningún gol.
En el entretiempo dije ¡Basta, Alicia, te vas a enfermar! Y me cruce al bar del Plaza (ahora Marriott-Plaza).
Dos mesas de mujeres solas buscando refugio de esa pesadilla social, el futbol.
La tercera mesa, extranjeros sesentones en su vigésimo whiskey.
Ambiente mundialista: poco y nada.
Pero OK. La revista Forbes lo eligió como uno de los nueve (¿Por qué no diez?) mejores bares del mundo.
Para cocktail no daba la hora y ahí fui entonces con un clásico tecito y sándwiches de pepinillos (sólo para hacer más Oscar Wilde el anacrónico momento).
Gol de Argentina (gritito, bien sofocado).
Como todos los argentinos, empiezo a ver cuánto falta para que termine.
El futbol del mundial es así, a menos que vayas ganando tres a cero en los primeros cinco minutos, querés que todo se termine cuando hacés el primer gol: no interesan ni gambetas, ni tacos, ni chilenas, ni toques ni oooleess ni nada. No se está para disfrutar una destreza, sólo se fue a ganar.
Me viene a la cabeza cuando los chicos de Guillermo (los mellizos Benjamín y Andrés) escuchan -o dicen- ¡Hormiga! Y enseguida rematan con un ¡Pisala!
En el mundial es lo mismo: hacer-el-gol y terminar el partido ¡Pisalo, pisalo!
No me pasó con Argentina-Grecia (al final de cuentas ya estábamos clasificados) pero en otros (el principio del segundo tiempo con Corea, por ejemplo) me tapo los ojos cuando la tensión se hace insoportable.
De nuevo el recuerdo de Benjamín y Andrés, ellos cierran fuerte los ojos y dicen ¡Escondido! Lo que no se ve, no existe. Lo que no existe, no me golea.
Yo sé que algunos dicen que el cuadro de futbol es el único refugio para aquellos que han quedado huérfanos de patria, líderes, barrio y familia. Lo último en que creer, en donde depositar los afectos y las ilusiones. Pude ser cierto, sí, aunque ningún barra se lo haya puesto a pensar jamás (cosa que no es necesario para que sea correcto).
Puede ser cierto, sí, pero creo que la emoción mundialista tiene raíz en el efecto de regresión que opera sobre nosotros (disculpen, se me notan los horas de terapia ¿no?).
En el mundial somos como chicos (si dijera somos chicos; algunos me etiquetarían como posible psicótica ¿No es así Licenciado Bulacio?).
Tengo diez años y voy al Italpark con mi abuela Hebe.
Dentro de mis juegos preferidos está El Tren Fantasma, una inmensa (al menos en el recuerdo) estructura de tres pisos con unos cuantos balcones. Calaveras pintadas, una Hidra descabezada y otros horrores custodian cada puerta.
El Tren Fantasma era lo primero donde subía.
Nunca vi nada. Siempre hice el recorrido con los ojos cerrados.
Subía excitada y me bajaba feliz.
El recorrido (caluroso, era un inmensa caja de chapa castigada por el sol) era algo que –al final- pasaba rápido.
Para mí, el mundial tiene mucho de Tren Fantasma.
¡Gol de Palermo! Grito no sofocado para nada.
De las otras mesas me miran con gesto de Hoolligan!!
No me importa y pido un Mai Tai (Ron blanco, Amaretto, Triple Sec, Jugo de Ananá y Ron negro, creo).
Lo traen y lo tomo a traguitos; en las repeticiones Palermo, Palermo sólo Palermo.
Sebastián Clerici puede darse vacaciones de fanatismo para el resto de sus días.
Pago y me voy. Cruzando la plaza una chica de veinte me pregunta Señora ¿Dónde compró las botitas?
–En Grecia, querida.
Alicia Lis, 24 de Junio
Pago y me voy. Cruzando la plaza una chica de veinte me pregunta Señora ¿Dónde compró las botitas?
–En Grecia, querida.
Alicia Lis, 24 de Junio
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