Alicia es una buena madre. Punto. Muy buena madre.
Sin embargo sólo en Lapicerapices llama a cada uno de sus siete hijos por el nombre que le corresponde.
En la realidad real (no-virtual) Alice siempre dice que le dan pena aquellas madres que al retar a un hijo, van recitando el nombre de todos los hermanos hasta acertar. O las que al hacer un comentario amoroso confunden el nombre del destinatario.
Ella resolvió el problema llamando a todas sus hijas mujeres Bubu (el sobrenombre de la mayor) y a todos los varones Panchito (la misma historia) independientemente del nombre que les puso según fueron naciendo.
Alicia es práctica (en la adolescencia una amiga le pide que la acompañe a bailar; la pasaría a buscar un amigo del futuro novio. Alicia acepta, cuando baja a las 12 de la noche en vez de cartera lleva un ejemplar de Las mil y Una noches. Entonces el chico le pregunta ¿Para qué es eso? Por si me aburro, responde ella).
Alicia es práctica pero también capaz de reflexionar sobre la eternidad.
Cuando veo a los mellizos Benjamín y Andrés pienso qué imagen les quedará de mí cuando sean grandes.
Y no digo imagen en el sentido de qué opinión se harán de mí, sino de imagen en el sentido estricto de la palabra ¿Qué los acompañará cuando yo nos los acompañe?
Recuerdo a mi papá joven, en el principio de sus treinta. Es de noche, él está sentado en el piso, con las piernas cruzadas, encorvado, leyendo una revista Corsa a la luz de un velador. Está sentado en el pasillo de nuestra casa de la calle Güemes, el pasillo donde daba mi cuarto. Así se sentaba las noches que yo estaba enfermo para cuidarme. Esa imagen me acompaña siempre, eternamente.
La eternidad. Leí la biografía de Albert Speer (861 páginas) de Gitta Sereny, por un comentario que encontré en la Tierra Elegida de Juan Forn.
Allí, basándose en esa biografía famosa, Juan describe la enorme maqueta de la nueva y pantagruélica Berlín imperial que Speer, el arquitecto de Hitler, había construido.
Estaba iluminada de forma tal que las sombras siempre coincidían con la hora del día en que se la visitaba. Para convencerlo al führer de la imposible inversión, había levantado la maqueta como si ya fuera una ruina del pasado. Por un lado la asimilaba a la antigua roma, por otro mostraba su belleza imponente y desmesurada aún en la decadencia.
Compré y leí el libro sólo por esta descripción (aunque después me atrapó por un montón de otras cosas que podrán ser material para otra entrega) pero en ninguna de las 861 páginas aparece la maqueta en ruinas; sólo una enorme pero convencional e impecable maqueta. Creo que Juan se lo inventó y fue un invento genial.
Una impecable metáfora sobre la eternidad.
Sin embargo, digo esto y recuerdo una sentencia que me regaló –en latín- mi amigo Claudio Gotelli “hasta las ruinas perecerán”.
La eternidad es una quimera de los hombres, muere con el último corazón que nos amó.
Guillermo García Avogadro, 7 de Junio
lunes, 7 de junio de 2010
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