Instrucciones de lectura. Lea está entrada de corrido, como lo hace habitualmente. Luego, si un párrafo le resultó incomprensible, vuélvalo a leer sólo teniendo en cuenta las secciones en azul. De nada.
Es de noche y aún no son las seis de la tarde.
La vereda blanca y negra, típica de Río, pero original de Portugal.
Estoy sentado en un bar, frente a la playa en Barra. La Tabacalera se acordó de mí. Un joven ejecutivo de marketing sin-rolex-ni-traje-de-hugo-boss, pero-con-penguin-marrón-y-zapatillas-puma me convocó (lo ejecutivos no citan, convocan) para que lo ayudara con una presentación (los ejecutivos no dialogan, presentan) a su jefe (el jefe sigue siendo lo mismo, jefe. En este caso un italiano que me dicen nunca se quita sus ray ban negros).
Research, sondeo de mercado. Preguntarle a la gente que cosa que hoy no existe le gustaría comprar mañana. Inútil. El comprador está tan enajenado que sólo desea lo que le indican. El axioma Lacaniano brillando en todo su esplendor “El deseo es el deseo del otro”. Y si sabe lo que desea no se anima a decirlo y miente. O simplemente miente para agradar. O miente por el placer de mentir; sin consecuencias. En síntesis, sea por lo que sea el consumidor siempre miente.
Decenas de fracasos -luego de infinitos estudios cuantitativos y focus groups (en vez de preguntarles de a uno qué desean, se le pregunta al cardumen. Cost efficiency, le dicen) - al lanzar productos (los productos no se ponen a la venta, eso es muy down to earth, pedestre, los productos se lanzan, como naves al espacio infinito) convencieron a los marketineros (o sea mercaderes) que el valor predictivo de ese indagar sobre lo que se deseaba tendía a cero.
Haga la prueba, pregúntele a alguien lo que desea realmente: balbuceo, vaguedades y mentiras (buen título de película para presentar en el Sundance Festival).
Un ejemplo. Pantallas táctiles hay desde los años setenta y a nadie le pareció sexy (deseable) el monitor del cajero automático del banco galicia. A ningún consumidor se le ocurrió desear desesperadamente tener un iPad para mostrarles a sus amigos la foto de Mario Alberto Kempes haciendo un gol en el mundial 78 ¡Nadie lo pedía!
Seguramente el deseo del comprador por el iPad empezó a desenvolverse cuando vio la película de Stephen Spielberg Minority Report donde Tom Cruise se ponía unos guantes para manipular imágenes, cifras, datos que se materializaban en el aire, frente a sí. Ahí la gente dijo Uy! que bueno sería tener esa compu. Y casi la tuvo, porque el iPad es casi lo mismo, pero muy diferente, porque –como dice Alice- una pantalla que en seguida se llena de marcas de dedos está muy lejos de las imágenes prístinas suspendidas en el aire de Stephen.
Spielberg es un creador de sueños (de deseos. Los sueños son un modo de realización de los deseos infantiles reprimidos ¿No?). El resto también soñamos, sí, pero nuestras realizaciones son mucho, pero mucho más modestas.
Los mercaderes –marketineros- tuvieron un insight (cayeron en cuenta de algo evidente) “que más que preguntarle al hombre-arena (leve, uniforme, sin aristas, con presencia sólo si está junto a otros infinitos hombres-arena) había que seguir a los trend-setters (marginales que hacen lo que se les canta y a veces, por un arcano motivo, ese hacer se convierte en algo que empieza a ser repetido, copiado por otros, más y más) para saber lo que todos querríamos tener la siguiente temporada”. Ojo no confundir tren-setters con celebrities (las celebrities son actores, modelos, deportistas y rockeros que los mercaderes usan para amplificar el efecto trend-setter). Así, la firma global T le paga a digamos Luciana Lopilato (a la que yo sólo conozco como un nombre propio, o como el sujeto de un predicado que dice se casó con –otro nombre propio para mí- Michael Buble) para que use el bolso modelo bodrio de su marca asfixia. Parece que la estadística confirma, que por cada foto donde aparece Luciana con su bodrio en la mano 100 mujeres deciden imitarla e ir también por el suyo (por su bodrio).
El joven ejecutivo de la Tabacalera llegó a mí por otro joven ejecutivo que se jubiló (de joven ejecutivo) hace un tiempo. Mi contacto original piensa que yo puedo ser un trend-hunter, o sea, puedo decirles donde encontrar trend-setters. Dinero fácil, pensé y aquí estoy a minutos de participar en un panel sobre el tema en el Fórum I believe, we’ll win the world (sea como sea voy a vender lo que el pronóstico de venta me obliga) que organizó mi cliente para alinear y motivar las in-countries organizations (o sea los que realmente van a tener que salir a matar).
Desde mi humilde mesita plástica veo entrar a los participantes al sheraton barra. Observo que ese clásico del hombre de negocios latinoamericano, la camisa polo ralph lauren con botones en el cuello, murió y fue reemplazada por la camisa blanca o celeste o a rayas blancas y celestes (y sí…mucha creatividad no hay…) sin logo a la vista y de cuello italiano. Los hermanos latinoamericanos lucen como tales y los argentinos como italianos que no les alcanza el sueldo para vestirse en Milán.
Soy su ice-breacker (su único momento de espontaneidad corporativa).
Esperan de mí algo ocurrente.
Esperan.
Waldo Williams, Barra de Tijuca, mayo 2011
lunes, 30 de mayo de 2011
lunes, 23 de mayo de 2011
63. Cuando el deseo se puso en marcha (almuerzo en La Plantación)
No fui a la boda de William y Kate. No me invitaron. Sin desilusión ni rencores, estaba dentro de las posibilidades: un homeless más, una Alicia menos. No es la historia de la zorra y las uvas, no. Con los hechos consumados, ese viernes preferí encontrarme en La Plantación con Cecilia Cordero. Cecilia combina de modo impecable con almuerzo de viernes en ese jardín cruzado por ecos de colonialismo francés.
Hacía siglos que no la veía, la encontré días atrás en la proveeduría de Santa Bárbara, donde venden salami con la misma entrega y al mismo precio que el Supervielle comercia Krugerrands de 22 quilates.
En la cola para pagar (me preguntaba si aceptarían diamantes en parte de pago) me contó que estaba haciendo un postgrado sobre educación y neurociencia, o eso entendí.
A la salida -mientras esperaba la custodia para trasladar hasta el auto dos botellas de Campari, que tuvieron la deferencia de financiarme en 36 meses- acordamos encontrarnos pronto. Pronto fue hoy.
Y aquí estoy yo, en una mesa al sol, con un vestidito de jersey color cemento de Ann Taylor, leyendo en el iPad la última entrada de Guillermo. El iPad es un asco, al ratito de usarlo, esa pantalla tan brillante y nítida está cubierta de centenas de marcas de dedo. No es para mí, en mi bolso Prada no hay espacio para un Cif limpiavidrios. La vanguardia tecnológica es demasiado Juan Vucetich. Más escuela de policía que The Juilliard School of Music.
Vuelvo a Lapicerapices. Hace varias semanas que estamos con el tema del Yo, o sea, una vez más ¿Existe algo que permanece por debajo del cambio o sólo somos devenir?... Guillermo cita a Borges, quizá como modo de cerrar la discusión para toda la eternidad, entre el que fui y el que soy, nos une la caricatura y no el retrato, concluye.
Me quedo mirando a la nada, me corrijo, me quedo mirando a un hombre que no llega a los treinta y cinco, tiene un par de perros setter echados a los pies que le hacen juego con unas botitas de carpincho impecables (raro, muy raro, debe haberlas traído en la mano y habérselas calzado una vez sentado). Poco me importan los perros engamados y las botas inmaculadas. Mucho me llama la atención sus ojos azules, inquisidores. Si el acero no fuera color negro, sería del color de sus ojos. Siempre me dan curiosidad esos hombres que a la hora donde todos trabajan, están muy por el contrario, relajados, serenos, viendo como caen las hojas de un roble sobre los parques del otoño.
¡Le llevás 15 años, Alice! me amonesto y en ese momento tengo una revelación, como una zarza ardiendo (metáfora fácil si las hay). Siempre nos volvemos para mirar aquello que nos deslumbró en los momentos del deslumbramiento inicial. Pongo el punto seguido de la pretenciosa frase previa y me avergüenzo. Caigo en cuentas que Waldo me ha dicho montones de veces lo mismo pero de modo mucho más claro: no existen los viejos verdes, esos viejos siguen mirando las mismas mujeres que miran desde los veinte años, nada ha cambiado en ellos, nunca miraron a las de sesenta, siempre les gustó lo mismo, son fieles a sí mismos, no los lapidemos.
Las neuronas se me conectan como hileras de lucecitas de navidad (hoy mi poder metafórico está desatado)… quizá entienda de donde viene este recurrente preguntarse por el Yo.
A ver si me puedo explicar (a mi misma y al mismo tiempo a Ustedes)… Una empieza (junto a filósofos, todos de mediana edad) a cuestionar la unidad del Yo cuando le cuesta sostener unas preferencias que no coinciden con lo que se espera para alguien de una edad (avanzada) y una trayectoria (bien definida). Si yo no puedo sentir lo que estoy sintiendo, entonces yo no debo ser la que me creía que era. Yo soy otra. Cuando me muero de amor por mi primer novio, aunque no lo haya visto por décadas, dejo de ser una viuda devota y madre ejemplar, soy otra cosa.
A primera vista, parece que la que fui hasta recién se la llevó el famoso río, pero en realidad sigo queriendo lo mismo que deseaba cuando el deseo se puso en marcha. Como, ato cabos, me recodó Gaby Pomponio muy aristotélicamente la semana pasada, Ustedes con esos devaneos interesados sobre el Yo se olvidan que lo cambiante es lo meramente accidental, lo esencial no cambia, todos ustedes son lo que quisieron, pudieron o se permitieron ser. Ahora le entendí.
Cecilia llegó tarde, comimos poco, mal y caro. Una pasta seca con salmón, que no era más que uno especie de sopita de apenas veinte mostacholes que ocultaban sin esfuerzo unas lánguidas hebras rosadas, dos copitas de vino – mínimos dedalitos servidos hasta la mitad- café, la cuenta e indignación. Cordero habló de educación, yo creo haberle descrito el método que los faraones usaban para calcular la edad ideal de sus mujeres. Todo muy científico. Nos reímos mucho. La filosofía pasa, las amigas quedan, el hombre de los perros duerme la siesta.
Alicia Lis, Pilar, Mayo 2011
Hacía siglos que no la veía, la encontré días atrás en la proveeduría de Santa Bárbara, donde venden salami con la misma entrega y al mismo precio que el Supervielle comercia Krugerrands de 22 quilates.
En la cola para pagar (me preguntaba si aceptarían diamantes en parte de pago) me contó que estaba haciendo un postgrado sobre educación y neurociencia, o eso entendí.
A la salida -mientras esperaba la custodia para trasladar hasta el auto dos botellas de Campari, que tuvieron la deferencia de financiarme en 36 meses- acordamos encontrarnos pronto. Pronto fue hoy.
Y aquí estoy yo, en una mesa al sol, con un vestidito de jersey color cemento de Ann Taylor, leyendo en el iPad la última entrada de Guillermo. El iPad es un asco, al ratito de usarlo, esa pantalla tan brillante y nítida está cubierta de centenas de marcas de dedo. No es para mí, en mi bolso Prada no hay espacio para un Cif limpiavidrios. La vanguardia tecnológica es demasiado Juan Vucetich. Más escuela de policía que The Juilliard School of Music.
Vuelvo a Lapicerapices. Hace varias semanas que estamos con el tema del Yo, o sea, una vez más ¿Existe algo que permanece por debajo del cambio o sólo somos devenir?... Guillermo cita a Borges, quizá como modo de cerrar la discusión para toda la eternidad, entre el que fui y el que soy, nos une la caricatura y no el retrato, concluye.
Me quedo mirando a la nada, me corrijo, me quedo mirando a un hombre que no llega a los treinta y cinco, tiene un par de perros setter echados a los pies que le hacen juego con unas botitas de carpincho impecables (raro, muy raro, debe haberlas traído en la mano y habérselas calzado una vez sentado). Poco me importan los perros engamados y las botas inmaculadas. Mucho me llama la atención sus ojos azules, inquisidores. Si el acero no fuera color negro, sería del color de sus ojos. Siempre me dan curiosidad esos hombres que a la hora donde todos trabajan, están muy por el contrario, relajados, serenos, viendo como caen las hojas de un roble sobre los parques del otoño.
¡Le llevás 15 años, Alice! me amonesto y en ese momento tengo una revelación, como una zarza ardiendo (metáfora fácil si las hay). Siempre nos volvemos para mirar aquello que nos deslumbró en los momentos del deslumbramiento inicial. Pongo el punto seguido de la pretenciosa frase previa y me avergüenzo. Caigo en cuentas que Waldo me ha dicho montones de veces lo mismo pero de modo mucho más claro: no existen los viejos verdes, esos viejos siguen mirando las mismas mujeres que miran desde los veinte años, nada ha cambiado en ellos, nunca miraron a las de sesenta, siempre les gustó lo mismo, son fieles a sí mismos, no los lapidemos.
Las neuronas se me conectan como hileras de lucecitas de navidad (hoy mi poder metafórico está desatado)… quizá entienda de donde viene este recurrente preguntarse por el Yo.
A ver si me puedo explicar (a mi misma y al mismo tiempo a Ustedes)… Una empieza (junto a filósofos, todos de mediana edad) a cuestionar la unidad del Yo cuando le cuesta sostener unas preferencias que no coinciden con lo que se espera para alguien de una edad (avanzada) y una trayectoria (bien definida). Si yo no puedo sentir lo que estoy sintiendo, entonces yo no debo ser la que me creía que era. Yo soy otra. Cuando me muero de amor por mi primer novio, aunque no lo haya visto por décadas, dejo de ser una viuda devota y madre ejemplar, soy otra cosa.
A primera vista, parece que la que fui hasta recién se la llevó el famoso río, pero en realidad sigo queriendo lo mismo que deseaba cuando el deseo se puso en marcha. Como, ato cabos, me recodó Gaby Pomponio muy aristotélicamente la semana pasada, Ustedes con esos devaneos interesados sobre el Yo se olvidan que lo cambiante es lo meramente accidental, lo esencial no cambia, todos ustedes son lo que quisieron, pudieron o se permitieron ser. Ahora le entendí.
Cecilia llegó tarde, comimos poco, mal y caro. Una pasta seca con salmón, que no era más que uno especie de sopita de apenas veinte mostacholes que ocultaban sin esfuerzo unas lánguidas hebras rosadas, dos copitas de vino – mínimos dedalitos servidos hasta la mitad- café, la cuenta e indignación. Cordero habló de educación, yo creo haberle descrito el método que los faraones usaban para calcular la edad ideal de sus mujeres. Todo muy científico. Nos reímos mucho. La filosofía pasa, las amigas quedan, el hombre de los perros duerme la siesta.
Alicia Lis, Pilar, Mayo 2011
lunes, 16 de mayo de 2011
62. Ninguno de los dos va a la cita (Borges y Calamaro)
La última vez que nos vimos eramos primos
la próxima vez quizas seamos extraños
segun pasan los años puede ser qu ellegue a ser
un viejo desconocido, el novio del olvido.
Andrés Calamaro
Un Jorge Luis Borges mayor se encuentra con el Borges adolescente.El mayor vive en 1969 y el menor en 1918. Los dos comparten un banco sobre el río, mientras el anciano ve correr el Charles en Oxford; el joven pierde su vista frente al Ródano en Ginebra. Borges dice querer olvidar ese momento para no perder la razón.
El Borges narrador se reconoce en un estilo criollo silbado por el chico. No le es indiferente, le trae recuerdos de un patio de Palermo. Prefiere estar sólo pero sin embargo se queda, dice, para no lucir incivil. Busca demostrarle que los dos son Borges y que lo que están viviendo no es un sueño.
Hablan de su historia, pero fatalmente hablan de letras. Medio siglo no pasa en vano, piensa Borges y comprende que no pueden entenderse. Son demasiado distintos y demasiado parecidos. No pueden engañarse, lo cual hace más difícil el diálogo. Cada uno es el remedo caricaturesco del otro. Aconsejar o discutir es inútil.
Se proponen verse al día siguiente pero los dos faltan a la cita.
Apretada síntesis de El Otro, J.L. Borges, El Libro de Arena.
Lo fantástico del cuento está menos en la trama que en el título. Borges se refiere a sí mismo, en la juventud, como “el otro”. Hoy son dos personas bien diferentes. Nada permanece, todo cambia y enfrentar dos versiones de uno mismo tan separadas por el tiempo nos pone al límite de perder la razón.
Dice Daniel Zuñiga, “…esta narración no habla del encuentro de Borges consigo mismo. Es la historia nuestra de todos los días cuando nos vemos en una foto, o cuando una persona vuelve a nuestra vida y trae con ella recuerdos del pasado. Es la historia de nuestro eterno chocar con lo que alguna vez fue y no puede repetirse; pero sobre todo de nuestra imperiosa necesidad de olvidar, porque de lo contrario viviremos el tormento de esa versión anterior que -incapaz de comprendernos o nosotros a ella- parece que toma vida con el único fin de provocarnos la terrible duda de si, en nuestro pasado, no habremos soñado alguna vez con lo que nos hemos convertido…”. Gracias Daniel, sólo el plagio o la cita, podían hacer justicia a esta elegante conclusión.
Vuelvo por un momento al texto de Borges.
Dice el joven – Si Usted ha sido yo ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que le dijo que él también era Borges?
- Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.
Aventuró una tímida pregunta -¿Cómo anda de su memoria?
Le contesté – Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan.
La memoria suele parecerse al olvido. Dormir es distraerse del mundo. Pensar es olvidar diferencias. El olvido es la única venganza y el único perdón.
En un siglo donde la guarda y el acceso a los recuerdos es el canon, la regla, Borges pareciera que equipara el valor del Olvido al del del Recuerdo.
El olvido, como la memoria, selecciona lo que desea guardar. El descanso y el perdón lo requieren.
Quizá cuando el pasado agobia, cuando abruma el tiempo perdido, en vez de ir a buscarlo, en contra de Marcel y Sigmund, convenga distraerse de él, de nosotros mismos.
Llegar a ser el novio del olvido, puede ser un honesto programa de trabajo. Una tarea que permita enamorarnos otra vez.
Más allá de todo, la pregunta de Zuñiga sigue interrogándome artera, en mi cabeza… ¿En nuestro pasado, no habremos soñado alguna vez con lo que nos hemos convertido?
Conclusión provisional “Ten cuidado de soñar algo con mucha fuerza, puedes alcanzarlo”.
Guillermo García Avogadro, 16 de Mayo, frente al Río de la Plata
la próxima vez quizas seamos extraños
segun pasan los años puede ser qu ellegue a ser
un viejo desconocido, el novio del olvido.
Andrés Calamaro
Un Jorge Luis Borges mayor se encuentra con el Borges adolescente.El mayor vive en 1969 y el menor en 1918. Los dos comparten un banco sobre el río, mientras el anciano ve correr el Charles en Oxford; el joven pierde su vista frente al Ródano en Ginebra. Borges dice querer olvidar ese momento para no perder la razón.
El Borges narrador se reconoce en un estilo criollo silbado por el chico. No le es indiferente, le trae recuerdos de un patio de Palermo. Prefiere estar sólo pero sin embargo se queda, dice, para no lucir incivil. Busca demostrarle que los dos son Borges y que lo que están viviendo no es un sueño.
Hablan de su historia, pero fatalmente hablan de letras. Medio siglo no pasa en vano, piensa Borges y comprende que no pueden entenderse. Son demasiado distintos y demasiado parecidos. No pueden engañarse, lo cual hace más difícil el diálogo. Cada uno es el remedo caricaturesco del otro. Aconsejar o discutir es inútil.
Se proponen verse al día siguiente pero los dos faltan a la cita.
Apretada síntesis de El Otro, J.L. Borges, El Libro de Arena.
Lo fantástico del cuento está menos en la trama que en el título. Borges se refiere a sí mismo, en la juventud, como “el otro”. Hoy son dos personas bien diferentes. Nada permanece, todo cambia y enfrentar dos versiones de uno mismo tan separadas por el tiempo nos pone al límite de perder la razón.
Dice Daniel Zuñiga, “…esta narración no habla del encuentro de Borges consigo mismo. Es la historia nuestra de todos los días cuando nos vemos en una foto, o cuando una persona vuelve a nuestra vida y trae con ella recuerdos del pasado. Es la historia de nuestro eterno chocar con lo que alguna vez fue y no puede repetirse; pero sobre todo de nuestra imperiosa necesidad de olvidar, porque de lo contrario viviremos el tormento de esa versión anterior que -incapaz de comprendernos o nosotros a ella- parece que toma vida con el único fin de provocarnos la terrible duda de si, en nuestro pasado, no habremos soñado alguna vez con lo que nos hemos convertido…”. Gracias Daniel, sólo el plagio o la cita, podían hacer justicia a esta elegante conclusión.
Vuelvo por un momento al texto de Borges.
Dice el joven – Si Usted ha sido yo ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que le dijo que él también era Borges?
- Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.
Aventuró una tímida pregunta -¿Cómo anda de su memoria?
Le contesté – Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan.
La memoria suele parecerse al olvido. Dormir es distraerse del mundo. Pensar es olvidar diferencias. El olvido es la única venganza y el único perdón.
En un siglo donde la guarda y el acceso a los recuerdos es el canon, la regla, Borges pareciera que equipara el valor del Olvido al del del Recuerdo.
El olvido, como la memoria, selecciona lo que desea guardar. El descanso y el perdón lo requieren.
Quizá cuando el pasado agobia, cuando abruma el tiempo perdido, en vez de ir a buscarlo, en contra de Marcel y Sigmund, convenga distraerse de él, de nosotros mismos.
Llegar a ser el novio del olvido, puede ser un honesto programa de trabajo. Una tarea que permita enamorarnos otra vez.
Más allá de todo, la pregunta de Zuñiga sigue interrogándome artera, en mi cabeza… ¿En nuestro pasado, no habremos soñado alguna vez con lo que nos hemos convertido?
Conclusión provisional “Ten cuidado de soñar algo con mucha fuerza, puedes alcanzarlo”.
Guillermo García Avogadro, 16 de Mayo, frente al Río de la Plata
lunes, 9 de mayo de 2011
61. Gris de Ausencia (Clark Gable y Machado)
Gran Buenos Aires, medio nublado, ruta 197 y camiones desvencijados. Paro en un semáforo, esquina desangelada. Brisas de Abril -negocio de ropa de mujeres- dos, tres perros, flacos y de pelo duro juegan a morderse. Zapatillas cuelgan del cablerío que cruza el cielo y una pintada exalta al cheguevara. Todo es gris. Gris de Ausencia. Charcos mezcla de agua, aceites y basura. Prefería visitar a Guillermo en Belgrano R. acelero y dejo atrás una pareja de gordos-flacos en ropa deportiva, besándose como si fuera el fin del mundo. Quizá la esquina de Brisas de Abril lo sea.
De pronto, sin aviso previo, el motor del auto para, se silencia y no hay modo de hacerlo arrancar. Mientras paciente (una vez más) espero el auxilio, escribo estas líneas, solo, en estos andurriales.
Desconocía las actividades del Círculo Dior y de la filo-sophia de Alicia. La indagación por el Yo (¿Existe algo que permanece por debajo del cambio, o el Yo es una ilusión y no somos más que devenir?) es lo que Julia Zorrilla diagnostica como Angustia de Marcelo Tinelli. Es decir, cavilaciones de quienes no tienen nada central por qué preocuparse.
En muchos casos, la reflexión sobre el Yo, no expresa más que cierta nostalgia por algún aspecto del pasado. Nostalgia que no significa un rechazo completo del presente.
Guillermo nos cuenta que John Dillinger asiste a una proyección de Manhattan Melodrama, justo antes de ser asesinando por el FBI. Nada dice sobre el guión de esa película que cuadra perfecto con la línea de argumentación de su entrada, la cadena de decisiones que nos alejan de aquellos que algua vez habíamos amado tanto. El se lo perdió.
“Dos huérfanos se convierten en hermanos al ser adoptados por el mismo hombre. Construyen una gran amistad, sin embargo la vida los lleva por caminos distintos, mientras el primero (William Powell) llega a ser abogado y trabaja para la fiscalía, el segundo (Clark Gable) deviene en gánster. Todo se complica cuando uno ha de procesar al otro por asesinato y cuando ambos se enamoran de la misma mujer (Myrna Loy). “
Historias de hermanos, como el doble de la literatura fantástica alemana, operan como metáfora de un Yo ilusorio. Volvamos entonces un par de semanas atrás, volvamos a los Machado.
Antonio fue el segundo de cinco hermanos. En la década del veinte viaja a París donde vive Manuel, el mayor. Congenian. Practican el difícil arte de escribir en colaboración, estrenan teatro en Madrid y alcanzan juntos algún éxito.
Antonio fuma dejando caer la ceniza sobre sí, los alumnos le apodan don Antonio Manchado. Manuel es un caballero sevillano, un hombre sin nostalgia que vive el presente, ama la conquista y pasarla bien. Antonio, tímido y segundón es la melancolía ardiente. Manuel, en cambio, marcha alegre y despreocupado, escribe “nada de amor, sólo besos y abrazos, mi voluntad ha muerto”.
Estalla la guerra civil. Los caminos de los poetas se bifurcan, Antonio apoya a la República y Manuel al franquismo. No volverán a verse.
Antonio quiere ser héroe. Se obsesiona con la palabra capitán, capitán sin fuerzas para sostener la espada. Lucha como puede, con sus textos defiende la libertad, la decencia humana. Vive escapando. Sufre al saber que su hermano recita en la radio versos dedicados a la sonrisa de Franco. Manuel escribe sonetos ruines, nefastos, ilegibles, malísimos.
Los Republicanos están siendo derrotados, Antonio cruza la frontera bajo la lluvia. Dolor, exilio, su madre muriendo y el cansancio de tres años en los que no paró de escribir. Fuma y toma café sin parar, le duele el corazón y el asma ahoga. Un mes en el destierro y la vida se le termina. En la partida de defunción no consta ninguna causa de muerte.
En España el régimen obsequia a Manuel con una silla en la Real Academia de la Lengua.
Los Machado, hermanos que de niños juegan sobre sus camas, cada noche a ser piratas y los dos eligen el mismo nombre y el mismo barco. Que jóvenes, en vez de diferenciarse, recorren el camino inverso y la frase que inicia uno la termina el otro, escribiendo a dos manos piezas teatrales que son de los dos y de ninguno. Esos Machados terminando siendo muy otros, negándose, para siempre.
En la vida de los hermanos, hermanos unidos por educación y genética, nos resulta más fácil, nos permitimos ver, lo ilusorio de un yo que permanece fiel a sí mismo. La historia de mi hermano es un un espejo que refleja de manera invertida el fantasma de creernos (de querernos) el mismo, siempre.
Waldo Williams, El Fin del Mundo, Mayo del 2011
De pronto, sin aviso previo, el motor del auto para, se silencia y no hay modo de hacerlo arrancar. Mientras paciente (una vez más) espero el auxilio, escribo estas líneas, solo, en estos andurriales.
Desconocía las actividades del Círculo Dior y de la filo-sophia de Alicia. La indagación por el Yo (¿Existe algo que permanece por debajo del cambio, o el Yo es una ilusión y no somos más que devenir?) es lo que Julia Zorrilla diagnostica como Angustia de Marcelo Tinelli. Es decir, cavilaciones de quienes no tienen nada central por qué preocuparse.
En muchos casos, la reflexión sobre el Yo, no expresa más que cierta nostalgia por algún aspecto del pasado. Nostalgia que no significa un rechazo completo del presente.
Guillermo nos cuenta que John Dillinger asiste a una proyección de Manhattan Melodrama, justo antes de ser asesinando por el FBI. Nada dice sobre el guión de esa película que cuadra perfecto con la línea de argumentación de su entrada, la cadena de decisiones que nos alejan de aquellos que algua vez habíamos amado tanto. El se lo perdió.
“Dos huérfanos se convierten en hermanos al ser adoptados por el mismo hombre. Construyen una gran amistad, sin embargo la vida los lleva por caminos distintos, mientras el primero (William Powell) llega a ser abogado y trabaja para la fiscalía, el segundo (Clark Gable) deviene en gánster. Todo se complica cuando uno ha de procesar al otro por asesinato y cuando ambos se enamoran de la misma mujer (Myrna Loy). “
Historias de hermanos, como el doble de la literatura fantástica alemana, operan como metáfora de un Yo ilusorio. Volvamos entonces un par de semanas atrás, volvamos a los Machado.
Antonio fue el segundo de cinco hermanos. En la década del veinte viaja a París donde vive Manuel, el mayor. Congenian. Practican el difícil arte de escribir en colaboración, estrenan teatro en Madrid y alcanzan juntos algún éxito.
Antonio fuma dejando caer la ceniza sobre sí, los alumnos le apodan don Antonio Manchado. Manuel es un caballero sevillano, un hombre sin nostalgia que vive el presente, ama la conquista y pasarla bien. Antonio, tímido y segundón es la melancolía ardiente. Manuel, en cambio, marcha alegre y despreocupado, escribe “nada de amor, sólo besos y abrazos, mi voluntad ha muerto”.
Estalla la guerra civil. Los caminos de los poetas se bifurcan, Antonio apoya a la República y Manuel al franquismo. No volverán a verse.
Antonio quiere ser héroe. Se obsesiona con la palabra capitán, capitán sin fuerzas para sostener la espada. Lucha como puede, con sus textos defiende la libertad, la decencia humana. Vive escapando. Sufre al saber que su hermano recita en la radio versos dedicados a la sonrisa de Franco. Manuel escribe sonetos ruines, nefastos, ilegibles, malísimos.
Los Republicanos están siendo derrotados, Antonio cruza la frontera bajo la lluvia. Dolor, exilio, su madre muriendo y el cansancio de tres años en los que no paró de escribir. Fuma y toma café sin parar, le duele el corazón y el asma ahoga. Un mes en el destierro y la vida se le termina. En la partida de defunción no consta ninguna causa de muerte.
En España el régimen obsequia a Manuel con una silla en la Real Academia de la Lengua.
Los Machado, hermanos que de niños juegan sobre sus camas, cada noche a ser piratas y los dos eligen el mismo nombre y el mismo barco. Que jóvenes, en vez de diferenciarse, recorren el camino inverso y la frase que inicia uno la termina el otro, escribiendo a dos manos piezas teatrales que son de los dos y de ninguno. Esos Machados terminando siendo muy otros, negándose, para siempre.
En la vida de los hermanos, hermanos unidos por educación y genética, nos resulta más fácil, nos permitimos ver, lo ilusorio de un yo que permanece fiel a sí mismo. La historia de mi hermano es un un espejo que refleja de manera invertida el fantasma de creernos (de querernos) el mismo, siempre.
Waldo Williams, El Fin del Mundo, Mayo del 2011
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