Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



lunes, 23 de mayo de 2011

63. Cuando el deseo se puso en marcha (almuerzo en La Plantación)

No fui a la boda de William y Kate. No me invitaron. Sin desilusión ni rencores, estaba dentro de las posibilidades: un homeless más, una Alicia menos. No es la historia de la zorra y las uvas, no. Con los hechos consumados, ese viernes preferí encontrarme en La Plantación con Cecilia Cordero. Cecilia combina de modo impecable con almuerzo de viernes en ese jardín cruzado por ecos de colonialismo francés.

Hacía siglos que no la veía, la encontré días atrás en la proveeduría de Santa Bárbara, donde venden salami con la misma entrega y al mismo precio que el Supervielle comercia Krugerrands de 22 quilates.

En la cola para pagar (me preguntaba si aceptarían diamantes en parte de pago) me contó que estaba haciendo un postgrado sobre educación y neurociencia, o eso entendí.

A la salida -mientras esperaba la custodia para trasladar hasta el auto dos botellas de Campari, que tuvieron la deferencia de financiarme en 36 meses- acordamos encontrarnos pronto. Pronto fue hoy.

Y aquí estoy yo, en una mesa al sol, con un vestidito de jersey color cemento de Ann Taylor, leyendo en el iPad la última entrada de Guillermo. El iPad es un asco, al ratito de usarlo, esa pantalla tan brillante y nítida está cubierta de centenas de marcas de dedo. No es para mí, en mi bolso Prada no hay espacio para un Cif limpiavidrios. La vanguardia tecnológica es demasiado Juan Vucetich. Más escuela de policía que The Juilliard School of Music.

Vuelvo a Lapicerapices. Hace varias semanas que estamos con el tema del Yo, o sea, una vez más ¿Existe algo que permanece por debajo del cambio o sólo somos devenir?... Guillermo cita a Borges, quizá como modo de cerrar la discusión para toda la eternidad, entre el que fui y el que soy, nos une la caricatura y no el retrato, concluye.

Me quedo mirando a la nada, me corrijo, me quedo mirando a un hombre que no llega a los treinta y cinco, tiene un par de perros setter echados a los pies que le hacen juego con unas botitas de carpincho impecables (raro, muy raro, debe haberlas traído en la mano y habérselas calzado una vez sentado). Poco me importan los perros engamados y las botas inmaculadas. Mucho me llama la atención sus ojos azules, inquisidores. Si el acero no fuera color negro, sería del color de sus ojos. Siempre me dan curiosidad esos hombres que a la hora donde todos trabajan, están muy por el contrario, relajados, serenos, viendo como caen las hojas de un roble sobre los parques del otoño.

¡Le llevás 15 años, Alice! me amonesto y en ese momento tengo una revelación, como una zarza ardiendo (metáfora fácil si las hay). Siempre nos volvemos para mirar aquello que nos deslumbró en los momentos del deslumbramiento inicial. Pongo el punto seguido de la pretenciosa frase previa y me avergüenzo. Caigo en cuentas que Waldo me ha dicho montones de veces lo mismo pero de modo mucho más claro: no existen los viejos verdes, esos viejos siguen mirando las mismas mujeres que miran desde los veinte años, nada ha cambiado en ellos, nunca miraron a las de sesenta, siempre les gustó lo mismo, son fieles a sí mismos, no los lapidemos.

Las neuronas se me conectan como hileras de lucecitas de navidad (hoy mi poder metafórico está desatado)… quizá entienda de donde viene este recurrente preguntarse por el Yo.

A ver si me puedo explicar (a mi misma y al mismo tiempo a Ustedes)… Una empieza (junto a filósofos, todos de mediana edad) a cuestionar la unidad del Yo cuando le cuesta sostener unas preferencias que no coinciden con lo que se espera para alguien de una edad (avanzada) y una trayectoria (bien definida). Si yo no puedo sentir lo que estoy sintiendo, entonces yo no debo ser la que me creía que era. Yo soy otra. Cuando me muero de amor por mi primer novio, aunque no lo haya visto por décadas, dejo de ser una viuda devota y madre ejemplar, soy otra cosa.

A primera vista, parece que la que fui hasta recién se la llevó el famoso río, pero en realidad sigo queriendo lo mismo que deseaba cuando el deseo se puso en marcha. Como, ato cabos, me recodó Gaby Pomponio muy aristotélicamente la semana pasada, Ustedes con esos devaneos interesados sobre el Yo se olvidan que lo cambiante es lo meramente accidental, lo esencial no cambia, todos ustedes son lo que quisieron, pudieron o se permitieron ser. Ahora le entendí.

Cecilia llegó tarde, comimos poco, mal y caro. Una pasta seca con salmón, que no era más que uno especie de sopita de apenas veinte mostacholes que ocultaban sin esfuerzo unas lánguidas hebras rosadas, dos copitas de vino – mínimos dedalitos servidos hasta la mitad- café, la cuenta e indignación. Cordero habló de educación, yo creo haberle descrito el método que los faraones usaban para calcular la edad ideal de sus mujeres. Todo muy científico. Nos reímos mucho. La filosofía pasa, las amigas quedan, el hombre de los perros duerme la siesta.

Alicia Lis, Pilar, Mayo 2011

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