Cuando estoy nerviosa cuento las letras de las palabras que digo. Lo hago desde chica, por ejemplo ahora sé que hasta el momento que escribo este último ahora sé, hay 134. Mientras hablo toco con mi pulgar la yema de los otros dedos, uno por cada letra y así voy llevando la cuenta (88, por ejemplo, hasta aquí). Fácil para una controladora con más de cuarenta años de experiencia (57).
La noche que conocí a Patricio fue una conmoción, cada frase la terminaba comunicando el número de letras involucrado (111). Parecía una niña cantora de la lotería nacional (40). Patricio era un hombre completo, quizá el último renacentista tardío y lejos de considerarme un fenómeno levanta rating de talk-show, valoró esta inútil habilidad mía (142) hasta el punto de empezar a enamorarse por eso y no por la eficacia de mi sonrisa, según me confesó luego (85).
Me acordaba de esto mientras esperaba en el lounge de British Airways el vuelo que me traería, al fin, a casa (89).
Abro el bolso, un Kelly de Hermes, colorado, tan viajado que parece la montura de Lucky Luke luego de cruzar el desierto persiguiendo a los Dalton. No concibo un Kelly impecable, si alguna vez pierdo éste, al próximo lo meteré en el lavarropas con mi colección de canto rodados una tarde entera. Me fui por las ramas, perdón (268). Decía, abro el bolso, uno al lado del otro dos La Elegancia del Erizo de Muriel Barbery; mejor dicho un L'Élégance du hérisson (Gallimard) y un La Elegancia del Erizo (Seix Barral). No leo suficiente francés y es imposible disfrutar la versión española llena de me dio la tabarra; es un abogado muy pijo y frasecitas por el estilo en boca de los habitantes de un edificio muy chic, en el número 7 de la calle Grenelle. Cuando las novelas las traducía Victoria (Ocampo) eran una cosa, pero cuando caen en manos de Isabel González-Gallarza, les aseguro, es muy otra (462). Isabel, muy defensora de lo suyo, puede transformar en un quítame esas pajas, Las Fleurs du Mal de Baudelaire en Rinconete y Cortadillo de Cervantes (124). Así, primero leo una hoja en francés y luego la versión españolita de la Gallarza. Lleva su tiempo pero no hay otro modo, a menos que alguien resucite a la redacción de Sur (72).
Transcribo un párrafo de la página 57, en español, por ventura libre de golfas y chorradas (75) “no hay nada más difícil e injusto que la realidad humana: los hombres viven en un mundo donde lo que tiene poder son las palabras y no los actos, donde la competencia esencial es el dominio del lenguaje. Eso es terrible, porque en el fondo, somos primates programados para comer, dormir, reproducirnos, conquistar y asegurar nuestro territorio, y aquellos más hábiles para todas esas tareas, aquellos que entre nosotros son más animales, ésos siempre se dejan engañar por los otros, los que tienen buen discurso pero serían incapaces de defender su huerto, de traer un conejo para la cena y de procrear como es debido. Es un terrible agravio a nuestra naturaleza animal, una suerte de perversión, de contradicción profunda” (596).
Levanto la vista apenas, una inglesa, acento Mayfair, habla por su Blackberry, entre susurros distingo las palabras Amy Winehouse y hashtag. Amy es una roquera que murió de sobredosis, es lo único que sé, en el rock inglés yo me quedé en U2 (para colmo son irlandeses…). Hashtag son esas etiquetas que permiten seguir ciertos temas en Twitter, me explicó Bubu, mi hija (306).
Guardo al erizo, sacó el IPad. Me picó la curiosidad (43).
Trató de abrir una cuenta a mi nombre en Twitter. Imposible ¡Hay tres Alicia Lis! Una de ellas fanática de Atlanta, suficiente como para no seguir indagando en las preferencias de las restantes. Finalmente cerré con alicialis62; total aún nadie me da mi edad y no tengo porque esconderla (239).
Entro al mundo Twitter -ustedes saben, esa cosa mitad blog, mitad mensaje de texto en sólo 140 caracteres- con actitud exploratoria (111). Era el día de la votación en Santa Fé, en mi pantalla desfilan decenas de obviedades a favor y en contra de Miguel y Cristina y viceversa con el estilo literario de un barrabrava del conurbano. Era como si Jeimy Sommers (la mujer biónica, of course) estuviera en el medio de un vagón de la línea D a la altura de Facultad de Medicina, escuchando fragmentos de cada conversación, bien mezcladas, a las seis de la tarde. Mucho ruido, luz mortecina, clima de encierro y pocas nueces. Ninguna (518).
Voy a otra pantalla. Busco, por buscar, Silvina Luna (ex Gran Hermano). 3,000 seguidores. No sé cuántos tendrá, digamos, Obama, pero 3,000 para Silvina me parecieron una legión ¿Haber que dicen? –Silvina: Estoy en la peluquería; -Seguidor: ¿Planchando o cortando?; -Silvina: Cortando; -Seguidor: te amo, Sil, sos lo más. Huelgan los comentarios…a lo mejor Beatriz Sarlo se anima, yo no (326).
… En la última entrada Waldo se pregunta por qué y a quién le escribe en Lapicerápices. Un blog es genial para comunicarse, pero, you know, hay que escribir regularmente contenidos que despierten algún interés y eso lleva tiempo, y si no se hace uno siente que le está fallando a los lectores, así sean cinco parientes, dos de ellos tías internadas en un geriátrico (301). En Twitter, pareciera que el esfuerzo es tanto menor, el que lo creó, nos invita a usarlo contestando sólo la pregunta ¿Qué estás haciendo? Pero parafraseando a Muriel, nuestra naturaleza animal no ayuda mucho a dominar el lenguaje, a darle poder de movilización y los resultados son los (inquietantes) diálogos de Silvina. Inquietantes no por la carga sensual, inquietantes por la cantidad de seguidores que tienen esas naditas, tan, tan lejanas de las de Mozart (389).
De vez en cuando se me dan frases inspiradas, cuento letras con facilidad, sin embargo, desde esa noche y hasta ahora, no he podido estrenar aún la flamante alicialis62 (140) ¡Justo un Twitt, ja! (15)
Alicia Lis, Buenos Aires, 23 de Agosto 2011 (34)
martes, 23 de agosto de 2011
76. alicialis62
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Contar las palabras, enloquece, no se si será manía, u obsesión, o ambas cosas. Me perdí todo el artículo por verificar que los números eran exactos (casi... así el autor pierde también su tiempo verificando si lo son o no). ¿Porqué en cambio no contó los signos de puntuación? ¿Porqué no hizo un excel con la cantidad de . ! (, e incluso con las palabras, monosílabas, o las letras a, b, c, etc.? Quizá hubiera dado para una gran tesis de semiótica... pero los números, los números son como paredes de una carcel. Porque no los puedo cambiar, arreglar, mover, hacer que parezcan un poquito más o un poquito menos. Igual la próxima vez lo intentaré. Como buen abogado.- José
ResponderEliminar¡Qué bueno eso de los números como paredes de una carcel, José, en algún moneto te voy a citar! Cordialmente, Alicia
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