Cómo parecer culto. Frases plagiadas para ser repetidas en público. Analogías y paradojas. Críticas en borrador. Asuntos internos: disputas legendarias por temas que le interesan sólo a los autores. Oia thoughts! Crónica de viajes. Reflexiones para llamar la atención. Nostalgia. Homenaje a nuestros amigos. Citas apócrifas. Blanco y negro, algo de sepia, nada de color. Estrategia de nicho. Redefiniciones. Aclaraciones marginales. Notas al pie de página. Deja vu. Auto-ayuda. Automatismo.



lunes, 29 de agosto de 2011

77. Salvaje síntesis

Si no tengo óleo, lo hago con pasteles. Si me faltan, crayones. En ausencia, un lápiz, un pedazo de carbón. Si me encerraran desnudo en un calabozo mojaría con la lengua mi dedo para dibujar sobre el muro.
Pablo Picasso


Salvaje síntesis –hecha de memoria- de un libro de Nicholas Carr comentado por Vargas Llosa en su columna de La Nación “Internet modifica nuestros hábitos de lectura: leemos menos, durante lapsos más cortos, sólo secciones saltando de párrafo en párrafo. Dispersos, abandonamos el texto cuando se pone oscuro, la atención flotante privilegia lo relacional sobre la profundidad”.

El autor, profesor universitario, inicia la investigación movido por su propia experiencia. A él mismo ¡horror! le pasan todas las cosas que enumeramos; hasta que se muda a una cabaña, en bucólico paisaje, donde desconectado puede retomar -como quien transita con anhelo un tratamiento de rehabilitación- los tesoros de su biblioteca académica.

Yo no leo diarios, no tengo mucho tiempo (me estoy muriendo, minuto a minuto) además, en general, son mercadería muy perecedera, su fecha de vencimiento es 24 horas. Prefiero el resumen que todos hacen la última semana del año, cuando nada pasa. Así, me enteré de la nota de Marito porque Alejandro Bulacio me etiquetó –junto a otros tantos- en Facebook. No me quiero ir mucho por las ramas, pero no me gusta nada que me anden etiquetando, me siento un detergente en una góndola, con mi código de barras en el orillo se me hace bien patente, el precio que cada hombre tiene, el precio que tengo yo.

Entré en la página de Alejandro al día siguiente de la publicación y el enlace ya tenía decenas de comentarios, la curiosidad me movió a imprimirlos ¡Cuarenta y dos páginas en font 10! No lo hago más.

La gente quería escribir, olvidarse por un rato de lilita y de la doctrina social de la iglesia.

La gente quería escribir, al menos para decir que no sabían si acordaban con el autor. Pero también estaban lo que tenían todo muy claro y escribían con pocos puntos y menos comas. Y empezaban dando sus pareceres sobre la tesis del libro sólo como excusa para luego bajarnos un programa a tres años de cómo elevar la educación universal a niveles angélicos. Algunos se embarcaban, bien rápido, en discusiones que iban desde los detalles de implementación hasta el espíritu del plan, del legislador y del santo. Era domingo a la siesta y los ciudadanos estaban en su ágora, legislándose, diciéndose presente, hasta la victoria siempre, mi elector!

Demasiada energía concentrada en un punto, para alguien como yo era el nanosegundo previo al Big Bang, una experiencia casi metafísica.

Pérdida en la multitud encuentro dos líneas escritas por Guillermo, que como era de esperar, nadie comentó. Eran un par de ideas simples, echando luz sobre lo obvio.

“Me parece que…no hay lectura posible, sin placer detrás.Últimamente, sólo sueño en las vacaciones. Me corrijo, sólo en vacaciones recuerdo lo soñado.Si uno se va a una cabaña perdida, casi necesariamente, reduce el nivel de stress. Habiendo poco s. Si no hay nada para hacer y nos gusta la lectura, llevamos con nosotros los mejores tesoros. No hace falta abundar en conexiones lógicas.Internet tiene tanto que ver con el placer y el stress; como lo podría tener el cine o los ascensores. Habiendo poco para hacer, si nos gusta la lectura, allí disfrutaremos de nuestros mejores tesoros. No hace falta abundar en conexiones lógicas. Internet tiene que ver tanto con el placer y el stress, como lo podrían tener el cine o los ascensores”.

Ni una palabra que agregar, imposible mejorar un huevo frito a caballo.

Ahora ¿Por qué leemos? ¿Por qué algunos disfrutan la lectura? Detesto eso de el hábito de la lectura. No se lee por hábito, se lee porque no podemos dejar de leer. O acaso ustedes avalarían el eufemismo de el hábito de irse a la cama con otro. Hábito le va bien a lavarse los dientes o tomar dos litro por día de agua mineral, hábito no aplica a leer ni gozar del cuerpo.

Como la lectura se asocia a la educación –error. No hay peor idiota que el idiota que ha leído mucho- entonces la queremos inculcar, hacerla hábito. Haceme Puaj.

Nací a principio de los sesenta, un televisor 20 pulgadas blanco y negro, sólo cuatro canales de televisión con dos horas diarias, máximo, de dibujitos ¿Me explico? Ni celulares, ni internet, ni cine 3D ni play ni nada ¿Juguetes? soldaditos, Mis Ladrillos, algunos autos ¡pistolas! bici y pelota, listo. No más de dos o tres tigres en el horóscopo chino, compañeros de clase, tenían el placer, la necesidad de leer. Tres o cuatro sobre cuarenta ¡El uno por ciento! A lo mejor exagero, a lo mejor éramos menos. Clase media urbana, colegio privado… El placer de la lectura no nace en una isla desierta, otras distracciones no lo amenazan.

Borges decía que imaginaba el cielo con forma de biblioteca, en los años cincuenta, previo al futbol para todos, ya muchos lo imaginaban con forma de bombonera, de estadio amalfitani, monumental. Pocos años antes Borges había sido designado inspector de mercados de aves de corral ¿Hace falta abundar en conexiones lógicas?

Seiscientos años de imprenta. En pocas casas encontré bibliotecas memorables. Cuando había, siempre daban la sensación que su crecimiento se estrangulaba en un momento de la vida del dueño, para luego ir secándose lentamente, hasta convertirse en papel viejo. Ese momento, casi siempre, coincidía con el fin de la adolescencia.

Guillermo, el de las líneas en las que nadie reparó, es un lector, un lector porque sí, de libros, Wikipedia, blogs, revistitas, panfletos y tickets de rotisería.

Lector de sesenta libros por año, hasta que nacieron sus mellizos en el 2007 y la vida se le dio vuelta, cambiándole prioridades y posibilidades. Sin embargo ese año –en que el gas-oil escaseaba- leyó las ochocientas sesenta páginas de Albert Speer, El Arquitecto de Hitler, durante seis meses, mientras iba haciendo la cola para llenar el tanque.

Si me encerraran desnudo en un calabozo mojaría con la lengua mi dedo para dibujar sobre el muro, dijo Picasso y por favor, no me vengan con que no conoció internet. Tampoco fue profesor universitario ni se aisló en las montañas de Colorado.

Waldo Williams, Cabalango, Provincia de Córdoba, (sin luz ni agua corriente) 29 de Agosto 2011

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