Pueden guardarte en una jaula por nada
Pero el amor es más fuerte
Andrés Calamaro
Me acuesto, mi cabeza está cansada de palabras corporativas (forecast, budget, tasks…) en la laguna el metálico croec-croec de las ranas, monocorde y naturalmente sincronizado. Mis hijos se van durmiendo mientras se cantan a sí mismos su versión de Manuelita, en vez de arrancarse los dientes golpeándose contra el borde de la cama. A veces una noche puede ser casi idílica.
En su última entrada Waldo nos recuerda la película de Abraham Zapruder, en la que se ve cómo el cerebro de Kennedy se derrama hacia atrás en el momento del impacto de la bala. Algo caerá sobre el vestido de Jackie, algo en el tapizado del convertible, en el agente de seguridad que cubre el cuerpo del presidente, en un guardabarros, en el asfalto de Dallas.
¿Dónde están los recuerdos? ¿Dónde han ido a parar? ¿Dónde la noche interminable de la segunda guerra? ¿Dónde el viento frío de enero, sobre la cara, el día del primer discurso a la nación? ¿Dónde la piel suave de Marilyn? ¿Dónde la secuencia de las diecinueve medicinas diarias? ¿Dónde el día que le tomaron la foto con su hijo John, saludando desde abajo del escritorio en el salón oval?
¿Dónde están los recuerdos? En cualquier lugar.
* * *
Conocí a Fernando Albinarrate cuando tenía dieciséis años, pero ningún piano, todavía. Tengo la sensación que era tarde y había terminado su práctica en uno desvencijado, infame del aula de música del Colegio San Miguel, en el borde más clase media de Barrio Norte. Llevaba un montgomery azul (en esa época ya no usábamos sobretodos, pero las madres muy protectoras no se resignaban a las camperas que no te tapaban el traste) estaba guardando las partituras Riccordi en una bolsa de tela azul, muy al estilo bolsa de hacer las compras. Calzaba anteojos de pasta y gruesos, insondables cristales verdosos, que hoy, treinta años después pareciera no necesitar.
En esa misma aula, su maestra advirtió, a los seis años, que precisaba lentes. Recuerdo cuando me contó el primer día que vio la cara de su su madre con mirada y sonrisa de madre y no como una nube sonora y borrosa. En el caso de Alby, primero fue el verbo, los tonos, el ritmo y mucho tiempo después las imágenes.
Su madre era Lola… ¿Puede haber nombre mejor que Lola, Lolita, para el personaje de la madre de un músico? Don Raúl, el padre, en su piso de soltero contaba haber tenido armado en un rincón su Rick´s Cafe, al estilo de la Casablanca de Bogart. Nunca estuve en ese piso, pero compartimos varios comidas en el Riobamba, antes que desangelara en pizzería.
Los tres vivían en un departamento de dos ambiente en la calle Juncal y pronto tuvieron que apretarse un poco más… había llegado a la casa un piano Kimball. Junto a ese piano, pasé las mejores tardes en los inicios de los ochenta.
Hace pocas semanas atrás, en un escenario de Buenos Aires, Alby le confirma a Alicia Terzian que su música es teatral, que ama al teatro. Raro, nunca fuimos, creo, juntos al teatro, aunque sí muchas veces al cine, muchas con Lolita y Raúl y con almuerzo en Edelweiss. Alby era fan de Bette Davis, La Malvada era una de sus favoritas, también de Charles Laughton y La noche del cazador. Hasta aquí ninguna coincidencia.
A los dos nos encantaba la Comedia Musical, sí, con mayúscula.
A mí desde que mi abuela Hebe me llevó al cine Callao a ver Erase una vez en Hollywood y a la salida bailé con mis siete años dos cuadras seguidas de la avenida. Nada nuevo.
Alby, creo, seducido por el jazz de Los Aristogatos.
Yo soy desafinado y en el baile, bien me puedo comparar, con una estaca pampa, bien clavada en una cancha de básquet.
Juntos escribimos tres comedias musicales y Alby particularmente componía para que yo pudiera darme un gusto en el escenario. También se lo dieron Marisa, Ticha, Tere, Sandra, Gabriela, Fernanda, Alejandra, Cecilia, Miguel, Daniel, Gustavo, Ezequiel, el gordo Costa, Julito, Ezequiel, Rizzo y decenas de coreutas.
Mi psicoanalista le recomendó el suyo. Digamos que somos primos por parte de terapeuta.
Alby dejó Derecho, se dedicó a la música y vive en París desde hace años. Yo también dejé Derecho, me recibí de Psicólogo y por años no escribí una sola línea.
Asimetría e inversión.
Alby estuvo en Buenos Aires la última semana de agosto para el estreno internacional de su Gavroche. Desde la tercera fila, a lo único que yo prestaba atención era a su piano. Como siempre, tocaba como si no pasara nada, como si estuviera practicando algo en su casa, tranquilo, dominando todo. No tengo vocabulario musical, no sé cómo explicarlo, había densidad sonora, profundidad. Algo fuerte, orgánico. Era el piano que yo recordaba de tantas veces, pero calzando el traje de Superman y con la capa roja al mango. Era el piano Kimball pero con genética de superhéroe.
Me paro y camino queriendo pasar por sombra en el medio del concierto, había vibrado el celular y tenía que llevar de urgencia a Benjamín al médico, a una guardia, lejos, a más de una hora de allí. Levanto un par de veces la mano, como diciendo, acá estoy, arriba, impecable, quiero que me veas, pero los focos del escenario son más fuertes y no da gritar ¡Grande Alby! ¡Maestro! No da y me voy, silbando bajito La Suma Navideña el primer hito de su curriculum.
Las salas oscuras siempre me cobijan, demoro la salida, antes de cruzar la puerta agudizo la mirada y recorro las plateas, nadie de los viejos tiempos.
¿Dónde están? En Cualquier Lugar.
Guillermo García Avogadro, 26 de Septiembre 2011
lunes, 26 de septiembre de 2011
martes, 20 de septiembre de 2011
80. Organo predilecto
El cerebro es mi segundo órgano predilecto
Woody Allen
Y te aclaro, Alice, por las dudas, que el corazón no es el primero.
La película JFK de Oliver Stone, gatilló en 1992 la creación del Assassinations Records Review Board, entidad independiente con la misión de recopilar y proteger datos sobre la muerte de Kennedy, no para identificar sus asesinos. El Board cesó sus actividades en 1998 con un informe de 32 carillas. Como todo informe oficial, arroja más sombras que luces.
Veamos que dice acerca del segundo órgano predilecto (estoy seguro) de Kennedy.
En la autopsia del presidente hubo dos cerebros: el primero y auténtico, hecho jirones por el impacto de una bala con entrada frontal. El atentado quedó grabado en la memoria colectiva gracias a la película de 8 milímetros de Abraham Zapruder, en la que se ve cómo el cerebro de Kennedy se derrama hacia atrás en el momento del impacto de la bala. En el hospital de Dallas lo sacaron del cráneo, lo pusieron en una jarra blanca y faltaba más de la mitad.
El segundo, fotografiado en Washington después que el cadáver fuera trasladado allí en avión, apenas dañado, presentaba una herida de bala por detrás. Este es el que ha quedado registrado en la historia oficial a través del informe de la Comisión Warren. Es la prueba de que Kennedy sólo pudo haber sido asesinado por Lee Harvey Oswald, disparándole por la espalda desde lo alto de un depósito de libros.
Francis O´Neill, un agente del FBI que presenció ambas autopsias, testificó en los años noventa que en el cadáver "no quedaba mucho del cerebro" mientras que en la fotografía que guardan los Archivos Nacionales, el encéfalo aparece completo.
John Stringer, fotógrafo que retrató la autopsia afirma que las fotos que él disparó no son las que constan en el registro oficial.
Jeremy Gunn, ex director ejecutivo del Board dice que muy posiblemente los forenses revisaron dos cerebros diferentes.
Entonces, digo, alguien se quedó con la mitad que pusieron en la jarra blanca, con la mitad que no servía para incriminar a Oswald. Alguien tiene en una caja de cedro el cerebro de Kennedy.
Yo no creo, que aun habiendo sido descabelladamente riesgoso guardarlo, el encargado de deshacerse del verdadero medio cerebro de Kennedy haya llevado adelante su misión hasta el final.
Fue el caso inverso al de Tritón, leñador obligado a dar muerte a Blancanieves (de cortarle la cabeza) que cuando esgrimir el hacha quiso contra la inocente, sintió que sus fuerzas lo abandonaban. Por el contrario, el oficial americano justo antes de arrojar kilo y medio de neuronas en algún recodo del Potomac, se cargó de valor y volvió sobre sus pasos.
No era un agente de inteligencia, no, era un médico militar de Colorado, hijo de mormones, parecido a Donald Sutherland de joven. Siempre había votado por los Republicanos, pero la última vez, contrariando a sus padres lo había hecho por un católico, por Kennedy. De algún modo se las ingenió para atravesar Nuevo México y disimulando, luego, la frontera. Llegó, como no podía ser de otra manera a Suramérica, a Buenos Aires. Primero vivió en un hotel de Constitución, luego se perdió en la Chubut Galesa, donde pasaba bien desapercibido. Fue arriero, mayordomo de estancia y cuando abuelo abrió una casa de té. Jamás volvió a practicar la medicina, veía sangre y caía desmayado. En la oficina donde hacía las cuentas y atendía a proveedores, en un estante lateral, junto a La Filosofía del Diablo de Ambose Bierce, una jarra con una especie de pechuga de pollo gris. Nunca nadie preguntó nada. Desapareció con su muerte, algunos dicen que sus hijos enterraron la jarra junto al padre. Que en paz descansen.
* * *
Viene a mi memoria una tarde de Acción Católica, el padre Marqué (León Dionisio Marqué) nos dice que en los Testamentos los órganos más citados son primero el corazón y luego los riñones y las entrañas. Del cerebro nada, aunque desde siempre estuvo muy cerca de ojos, boca y orejas.
¿Somos ingenuos o lo fueron nuestros mayores?
Desde hace un tiempo, en los papeles, la cabeza es todo. Pero ¿Si le cortan el cuerpo, qué queda? Ecos de oscuridades y resplandores quisiera. Oscuridad, nada más que oscuridad y mis deseos, mis deseos sólo.
Waldo Williams, 12 de Septiembre del 2011, Federico Lacroze y Corrientes
Woody Allen
Y te aclaro, Alice, por las dudas, que el corazón no es el primero.
La película JFK de Oliver Stone, gatilló en 1992 la creación del Assassinations Records Review Board, entidad independiente con la misión de recopilar y proteger datos sobre la muerte de Kennedy, no para identificar sus asesinos. El Board cesó sus actividades en 1998 con un informe de 32 carillas. Como todo informe oficial, arroja más sombras que luces.
Veamos que dice acerca del segundo órgano predilecto (estoy seguro) de Kennedy.
En la autopsia del presidente hubo dos cerebros: el primero y auténtico, hecho jirones por el impacto de una bala con entrada frontal. El atentado quedó grabado en la memoria colectiva gracias a la película de 8 milímetros de Abraham Zapruder, en la que se ve cómo el cerebro de Kennedy se derrama hacia atrás en el momento del impacto de la bala. En el hospital de Dallas lo sacaron del cráneo, lo pusieron en una jarra blanca y faltaba más de la mitad.
El segundo, fotografiado en Washington después que el cadáver fuera trasladado allí en avión, apenas dañado, presentaba una herida de bala por detrás. Este es el que ha quedado registrado en la historia oficial a través del informe de la Comisión Warren. Es la prueba de que Kennedy sólo pudo haber sido asesinado por Lee Harvey Oswald, disparándole por la espalda desde lo alto de un depósito de libros.
Francis O´Neill, un agente del FBI que presenció ambas autopsias, testificó en los años noventa que en el cadáver "no quedaba mucho del cerebro" mientras que en la fotografía que guardan los Archivos Nacionales, el encéfalo aparece completo.
John Stringer, fotógrafo que retrató la autopsia afirma que las fotos que él disparó no son las que constan en el registro oficial.
Jeremy Gunn, ex director ejecutivo del Board dice que muy posiblemente los forenses revisaron dos cerebros diferentes.
Entonces, digo, alguien se quedó con la mitad que pusieron en la jarra blanca, con la mitad que no servía para incriminar a Oswald. Alguien tiene en una caja de cedro el cerebro de Kennedy.
Yo no creo, que aun habiendo sido descabelladamente riesgoso guardarlo, el encargado de deshacerse del verdadero medio cerebro de Kennedy haya llevado adelante su misión hasta el final.
Fue el caso inverso al de Tritón, leñador obligado a dar muerte a Blancanieves (de cortarle la cabeza) que cuando esgrimir el hacha quiso contra la inocente, sintió que sus fuerzas lo abandonaban. Por el contrario, el oficial americano justo antes de arrojar kilo y medio de neuronas en algún recodo del Potomac, se cargó de valor y volvió sobre sus pasos.
No era un agente de inteligencia, no, era un médico militar de Colorado, hijo de mormones, parecido a Donald Sutherland de joven. Siempre había votado por los Republicanos, pero la última vez, contrariando a sus padres lo había hecho por un católico, por Kennedy. De algún modo se las ingenió para atravesar Nuevo México y disimulando, luego, la frontera. Llegó, como no podía ser de otra manera a Suramérica, a Buenos Aires. Primero vivió en un hotel de Constitución, luego se perdió en la Chubut Galesa, donde pasaba bien desapercibido. Fue arriero, mayordomo de estancia y cuando abuelo abrió una casa de té. Jamás volvió a practicar la medicina, veía sangre y caía desmayado. En la oficina donde hacía las cuentas y atendía a proveedores, en un estante lateral, junto a La Filosofía del Diablo de Ambose Bierce, una jarra con una especie de pechuga de pollo gris. Nunca nadie preguntó nada. Desapareció con su muerte, algunos dicen que sus hijos enterraron la jarra junto al padre. Que en paz descansen.
* * *
Viene a mi memoria una tarde de Acción Católica, el padre Marqué (León Dionisio Marqué) nos dice que en los Testamentos los órganos más citados son primero el corazón y luego los riñones y las entrañas. Del cerebro nada, aunque desde siempre estuvo muy cerca de ojos, boca y orejas.
¿Somos ingenuos o lo fueron nuestros mayores?
Desde hace un tiempo, en los papeles, la cabeza es todo. Pero ¿Si le cortan el cuerpo, qué queda? Ecos de oscuridades y resplandores quisiera. Oscuridad, nada más que oscuridad y mis deseos, mis deseos sólo.
Waldo Williams, 12 de Septiembre del 2011, Federico Lacroze y Corrientes
lunes, 12 de septiembre de 2011
79. No la quiero preocupar, le digo que me duele la panza
El frío me tiene harta. Desde el living veo el pasto del jardín quemado por las heladas, parece que viviera en puerto Madryn. La caldera está prendida al máximo. Juan (Llach) dice que pagamos el gas diez veces menos que nuestros vecinos… tengo que aprovechar entonces, este invierno.
Leo la última entrada de Guillermo. Veníamos con textos bobitos, Twitter, Internet and so… y de pronto nuestro director de compañía multinacional se despacha con el cuento de cinco muertes de personas queridas.
Yo tenía tres años y estaba llorando debajo de una cama. Feliciana, nuestra empleada, me encuentra y me alza haciéndome un mimo. Le miento, no la quiero preocupar, le digo que me duele la panza. Lloro, por que sé, porque tengo la certeza que todos vamos a morir, Feliciana, yo, papá, mamá, todos. Quizá la idea me vino, de puro observadora que siempre fui. Sentada en el mostrador de la farmacia, veía como la gente llegaba esperanzada a comprar su cajita (de remedios) una y otra vez, hasta que un día no volvía más.
Steve manzanita Jobs dice que la muerte es un poderoso agente de cambio. En teoría puede ser correcto, ante la finitud evidente buscamos aprovechar al máximo nuestro días. Pero yo creo que eso es falso, quizá no para él… pero sí para el resto, para los que la rechazamos con todas nuestras fuerzas y tratamos rápidamente de distraernos de ella y sus efectos. A la mayoría silenciosa le aplica más la oscura frase del señor Grondona, Todo pasa. Si yo estuviera equivocada estaríamos rodeados de vidas plenas y las agendas de los analistas mostrarían largos bloques en blanco. La realidad apoya a esta modesta ama de casa, frente a su fogón moderno.
Guillermo empieza hablando de la muerte de Borges. Muchas veces le escuché de su desazón, al saber que ese cerebro se desvanecía. Siempre dice que lo desilusionan las entrevistas a los escritores, que nunca están a las alturas de sus textos. Claro, las compara con las últimas de Borges, donde lo oral se había convertido, casi, en el género literario.
Para alguien que le costaba tanto ponerse a escribir, la oralidad era su Meca. Guillermo hizo de ese cerebro un fetiche. Práctica más común de lo que parece; aunque claro, no compite con el corazón, el órgano más versificado.
Rusia tiene una colección que se llama El Panteón de los Cerebros, que incluye el de Pavlov (el de los reflejos condicionados) y el de Lenin (Oh paradoja! También interesado por condicionar los reflejos).
Tengo a mi lado un cuaderno de la época del círculo DIOR (Disfrutando la Ontología Razonada) de cuando nos juntábamos a conversar para entendernos mejor, en el Havanna café de Martínez.
Leo. El 18 de abril de 1955 el patólogo Thomas Harvey, encargado de la autopsia de Albert Einstein, tomó una sierra circular, extrajo el cerebro del genio y se lo llevó a su casa. El cuerpo fue cremado en menos de veinticuatro horas.
El Dr. Harvey es despedido del hospital de Princeton por negarse a entregar el cerebro de Einstein a su hijo Hans.
Tiempo después, corta el cerebro del científico en 240 bloques de 1 cm3 cada uno y los envuelve en una sustancia similar a la resina. Harvey ha removido también los ojos de Einstein y los regala al oftalmólogo privado de aquél, doctor Henry Adams.
En 1978 el cerebro del científico fue descubierto por el periodista Steven Levy entre las posesiones del Dr. Harvey, quien había mantenido el órgano en un cajón de cedro por 20 años.
El cerebro, luego de un largo viaje a través de cinco mil kilómetros en el baúl de un auto, es donado al departamento de patología de la Universidad de Princeton y se cierra el círculo.
Harvey, patólogo de una pequeña ciudad, realizó la autopsia de Einstein casi por error. Quizá pensó que su misión era proteger el cerebro como mejor pudiera, hasta que la humanidad encontrara la llave para acceder al genio.
Su carrera se vino abajo. Tuvo varios matrimonios fracasados, pierde el trabajo y finalmente la licencia como médico. Quizás él percibió que su propia inmortalidad estaba unida al cerebro de Einstein y por eso se aferró con fuerza a él.
Al lado de la fotocopia, estaba escrito, con lápiz HB y mi letra, la cabeza nos pesa demasiado.
Y no lo decía por sus ocho kilogramos, lo decía por lo que nos pesa a nosotros, los educados en la importancia de ser perfectos. Perfectos como los números, o como dice José mi lector abogado, como las paredes carcelarias.
En su entrada Guille se olvida rápido de Borges y enseguida conecta con el corazón. Guille es un intelectual Mickey-Mouse. Gracias a Dios.
Alicia Lis, Buenos Aires, 12 de Septiembre, 2011
Leo la última entrada de Guillermo. Veníamos con textos bobitos, Twitter, Internet and so… y de pronto nuestro director de compañía multinacional se despacha con el cuento de cinco muertes de personas queridas.
Yo tenía tres años y estaba llorando debajo de una cama. Feliciana, nuestra empleada, me encuentra y me alza haciéndome un mimo. Le miento, no la quiero preocupar, le digo que me duele la panza. Lloro, por que sé, porque tengo la certeza que todos vamos a morir, Feliciana, yo, papá, mamá, todos. Quizá la idea me vino, de puro observadora que siempre fui. Sentada en el mostrador de la farmacia, veía como la gente llegaba esperanzada a comprar su cajita (de remedios) una y otra vez, hasta que un día no volvía más.
Steve manzanita Jobs dice que la muerte es un poderoso agente de cambio. En teoría puede ser correcto, ante la finitud evidente buscamos aprovechar al máximo nuestro días. Pero yo creo que eso es falso, quizá no para él… pero sí para el resto, para los que la rechazamos con todas nuestras fuerzas y tratamos rápidamente de distraernos de ella y sus efectos. A la mayoría silenciosa le aplica más la oscura frase del señor Grondona, Todo pasa. Si yo estuviera equivocada estaríamos rodeados de vidas plenas y las agendas de los analistas mostrarían largos bloques en blanco. La realidad apoya a esta modesta ama de casa, frente a su fogón moderno.
Guillermo empieza hablando de la muerte de Borges. Muchas veces le escuché de su desazón, al saber que ese cerebro se desvanecía. Siempre dice que lo desilusionan las entrevistas a los escritores, que nunca están a las alturas de sus textos. Claro, las compara con las últimas de Borges, donde lo oral se había convertido, casi, en el género literario.
Para alguien que le costaba tanto ponerse a escribir, la oralidad era su Meca. Guillermo hizo de ese cerebro un fetiche. Práctica más común de lo que parece; aunque claro, no compite con el corazón, el órgano más versificado.
Rusia tiene una colección que se llama El Panteón de los Cerebros, que incluye el de Pavlov (el de los reflejos condicionados) y el de Lenin (Oh paradoja! También interesado por condicionar los reflejos).
Tengo a mi lado un cuaderno de la época del círculo DIOR (Disfrutando la Ontología Razonada) de cuando nos juntábamos a conversar para entendernos mejor, en el Havanna café de Martínez.
Leo. El 18 de abril de 1955 el patólogo Thomas Harvey, encargado de la autopsia de Albert Einstein, tomó una sierra circular, extrajo el cerebro del genio y se lo llevó a su casa. El cuerpo fue cremado en menos de veinticuatro horas.
El Dr. Harvey es despedido del hospital de Princeton por negarse a entregar el cerebro de Einstein a su hijo Hans.
Tiempo después, corta el cerebro del científico en 240 bloques de 1 cm3 cada uno y los envuelve en una sustancia similar a la resina. Harvey ha removido también los ojos de Einstein y los regala al oftalmólogo privado de aquél, doctor Henry Adams.
En 1978 el cerebro del científico fue descubierto por el periodista Steven Levy entre las posesiones del Dr. Harvey, quien había mantenido el órgano en un cajón de cedro por 20 años.
El cerebro, luego de un largo viaje a través de cinco mil kilómetros en el baúl de un auto, es donado al departamento de patología de la Universidad de Princeton y se cierra el círculo.
Harvey, patólogo de una pequeña ciudad, realizó la autopsia de Einstein casi por error. Quizá pensó que su misión era proteger el cerebro como mejor pudiera, hasta que la humanidad encontrara la llave para acceder al genio.
Su carrera se vino abajo. Tuvo varios matrimonios fracasados, pierde el trabajo y finalmente la licencia como médico. Quizás él percibió que su propia inmortalidad estaba unida al cerebro de Einstein y por eso se aferró con fuerza a él.
Al lado de la fotocopia, estaba escrito, con lápiz HB y mi letra, la cabeza nos pesa demasiado.
Y no lo decía por sus ocho kilogramos, lo decía por lo que nos pesa a nosotros, los educados en la importancia de ser perfectos. Perfectos como los números, o como dice José mi lector abogado, como las paredes carcelarias.
En su entrada Guille se olvida rápido de Borges y enseguida conecta con el corazón. Guille es un intelectual Mickey-Mouse. Gracias a Dios.
Alicia Lis, Buenos Aires, 12 de Septiembre, 2011
martes, 6 de septiembre de 2011
78. La misma desilusión
Cuando olviden tu nombre
Entenderás la velocidad
Miguel Abuelo
El cerebro de Borges un día se diluyó, se deshicieron miles de citas, referencias, hipótesis osadas, notas en los márgenes, claridades, hallazgos, perlas, historias, caligrafías y versos, donde había ficción y fricción sólo hubo viscosa liquidez. Nada más.
Nada más, no más Borges, sólo referencias a Borges. Me impresionaba que esa máquina de producir sentido, se convirtiera, de golpe, en una especie de repetidora del interior, en un canal Volver.
La muerte, con suerte, nos convierte en cita.
* * *
Hacía poco que el hombre había llegado a la luna. Ese hombre era un ser mitológico de tres cabezas: Armstrong, Collins y Aldryn (aunque esté nunca la pisó, sólo quedo orbitando a su alrededor).
Yo tenía siete años. En mi tele en blanco y negro había esperado con anhelo descubrir un marciano (lunático, hubiera sido, quizá, más apropiado). Muchos de mi edad sufrieron la misma desilusión.
Al lado de la cama de mi abuela Elenita (Chita, nunca me gustó) un tubo de oxígeno, como un cohete y mascarillas y tubos flexibles y ella que ya no estaba.
Mi tía July nos llevó a Polaco, mi primo de cinco (hoy es del Dr. Zorrilla) y a mí a un costado. Llorando nos dijo, que la abuelita se había ido al cielo, que desde allí nos estaba mirando.
Esos días quise ser astronauta, aunque poco me importaban las naves, la aventura o los ausentes marcianos.
La muerte es poner distancia, es ver las cosas desde otra perspectiva.
* * *
Enero caluroso, yo dejaba de prepararme para el ingreso a Derecho y tomaba un micro a Córdoba, un lechero, parando en todos los pueblos, apenas evitando el sol con esas cortinitas azul que se deshacían, leía una novela de Elia Kazán. Iba a Río IV, mi abuelo Papalito (papa Lalo, papa Lalito… Papalito) estaba internado, estaba muriendo. En la Clínica Regional del Sur, me esperaban mamá y Polaco, que lo había ayudado a afeitarse. Lo abracé, como pude. En otro momento le hubiera jugado una pulseada, lo evité aunque él la hubiera aceptado. Nunca le había ganado una y no quise, ni por ventura, ganarle esa, aunque fuerte como un toro, débil, pero toro al fin, no me la hubiera hecho fácil.
A los pocos días esa fuerza se diluyó, para siempre.
En mi recuerdo llevo la foto que un año antes le había pedido nos tomáramos. Foto de estudio, en blanco y negro, los dos de traje, él detrás de mí como una montaña, guardándome. Si esa toma hubiera sido un cuadro de Magritte, sobre la frente de Papalito habría pintado Primordiaux, primordial.
Primordial, primitivo, primero. La muerte, por contraste, evidencia la fuerza de lo vivo. También su contracara, lo efímero de toda fuerza.
* * *
Hace unas semanas les hablé de mi tío Manolo, el que tenía una radio (con locutores, discos y micrófonos) y un Falcon Futura que era lo más cercano a la Enterprise que uno podía tocar.
Mi tío Manolo tenía algo de Isidoro Cañones, el pelo a la gomina, quizá la forma de la nariz. Elegante, bronceado y con gracia española, había sido en los comienzos viajante de Kolinos, miles de historias, reales y ficticias. Ficticias y ficticias. En los años treinta, a los autos no les alcanzaba el combustible para llegar de un pueblo perdido a otro más perdido aún. Caminos de tierra, páramos sin estaciones de servicio. Manolo llegaba manejando con sus dentífricos hasta que el auto decía basta en algún lugar de Traslasierra. Allí esperaba entonces la llegada de un compañero, primero la nube de polvo y luego el salvador con los dos bidones de nafta. Historias, reales y ficticias. Ficticias y ficticias. Algo en él me remitía a mi abuelo, también Manolo, que nunca conocí.
Lo vi por última vez un verano a fin del siglo, estaba con su mujer Porotita (la más chica de las Aramburu) los dos de punta en blanco. El resto, en bermudas, achicharrados, éramos la desgracia, mis tíos, en cambio, dos hidalgos, dos quijotes de la elegancia perdida.
La muerte se lleva estilos, repertorios. Nos deja referencias. La muerte fuerza las comparaciones.
* * *
En el año 97 vivía en Richmond, Londres, a cuadras de la casa de William Turner.
Lluvia, aún con el cielo despejado, lluvia. El verde era de color gris y si uno quería hablar con Buenos Aires temprano, tenía que esperar hasta el medio día. Desde mi ventana veía pasar (y escuchaba) los últimos Concordes.
Hebe, mi abuela, mi vida, mi todo, se había quebrado la cadera por segunda vez. Estaba internada. Pensé en volver, pero me tranquilizaron, no hacía falta. Sí, hacía falta y no me lo voy a olvidar. Nunca.
Llegué a casa, Gabriela me recibió en la puerta y yo supe que Hebe había muerto y literalmente me derrumbé, me hice un ovillo desmadejado al borde de la escalera. Y nada fue cómo antes había sido. Perdí la voz, o no quería hablar, o quería hacerlo en susurros y no moverme. Hay momentos en que creemos que si nos adormecemos, si invernamos como osos, la realidad también lo hará. Falso.
Esa tarde concluí, grande, que ya no era un chico. Que no había nadie que me viera y me tratara como a un chico. Había dejado de serlo, era un adulto. En ese momento pensé, por primera vez, ser padre.
La muerte es, sin más, el fin irremediable. Paradoja, también es un nuevo inicio.
La muerte, con suerte, nos convierte en cita.
La muerte es poner distancia, es ver las cosas desde otra perspectiva.
La muerte, por contraste, evidencia la fuerza de lo vivo. También su contracara, lo efímero de toda fuerza.
La muerte se lleva estilos, repertorios. Nos deja referencias. La muerte fuerza las comparaciones.
La muerte es, sin más, el fin irremediable. Paradoja, también es un nuevo inicio.
Guillermo García Avogadro, 6 de Septiembre, 2011
Entenderás la velocidad
Miguel Abuelo
El cerebro de Borges un día se diluyó, se deshicieron miles de citas, referencias, hipótesis osadas, notas en los márgenes, claridades, hallazgos, perlas, historias, caligrafías y versos, donde había ficción y fricción sólo hubo viscosa liquidez. Nada más.
Nada más, no más Borges, sólo referencias a Borges. Me impresionaba que esa máquina de producir sentido, se convirtiera, de golpe, en una especie de repetidora del interior, en un canal Volver.
La muerte, con suerte, nos convierte en cita.
* * *
Hacía poco que el hombre había llegado a la luna. Ese hombre era un ser mitológico de tres cabezas: Armstrong, Collins y Aldryn (aunque esté nunca la pisó, sólo quedo orbitando a su alrededor).
Yo tenía siete años. En mi tele en blanco y negro había esperado con anhelo descubrir un marciano (lunático, hubiera sido, quizá, más apropiado). Muchos de mi edad sufrieron la misma desilusión.
Al lado de la cama de mi abuela Elenita (Chita, nunca me gustó) un tubo de oxígeno, como un cohete y mascarillas y tubos flexibles y ella que ya no estaba.
Mi tía July nos llevó a Polaco, mi primo de cinco (hoy es del Dr. Zorrilla) y a mí a un costado. Llorando nos dijo, que la abuelita se había ido al cielo, que desde allí nos estaba mirando.
Esos días quise ser astronauta, aunque poco me importaban las naves, la aventura o los ausentes marcianos.
La muerte es poner distancia, es ver las cosas desde otra perspectiva.
* * *
Enero caluroso, yo dejaba de prepararme para el ingreso a Derecho y tomaba un micro a Córdoba, un lechero, parando en todos los pueblos, apenas evitando el sol con esas cortinitas azul que se deshacían, leía una novela de Elia Kazán. Iba a Río IV, mi abuelo Papalito (papa Lalo, papa Lalito… Papalito) estaba internado, estaba muriendo. En la Clínica Regional del Sur, me esperaban mamá y Polaco, que lo había ayudado a afeitarse. Lo abracé, como pude. En otro momento le hubiera jugado una pulseada, lo evité aunque él la hubiera aceptado. Nunca le había ganado una y no quise, ni por ventura, ganarle esa, aunque fuerte como un toro, débil, pero toro al fin, no me la hubiera hecho fácil.
A los pocos días esa fuerza se diluyó, para siempre.
En mi recuerdo llevo la foto que un año antes le había pedido nos tomáramos. Foto de estudio, en blanco y negro, los dos de traje, él detrás de mí como una montaña, guardándome. Si esa toma hubiera sido un cuadro de Magritte, sobre la frente de Papalito habría pintado Primordiaux, primordial.
Primordial, primitivo, primero. La muerte, por contraste, evidencia la fuerza de lo vivo. También su contracara, lo efímero de toda fuerza.
* * *
Hace unas semanas les hablé de mi tío Manolo, el que tenía una radio (con locutores, discos y micrófonos) y un Falcon Futura que era lo más cercano a la Enterprise que uno podía tocar.
Mi tío Manolo tenía algo de Isidoro Cañones, el pelo a la gomina, quizá la forma de la nariz. Elegante, bronceado y con gracia española, había sido en los comienzos viajante de Kolinos, miles de historias, reales y ficticias. Ficticias y ficticias. En los años treinta, a los autos no les alcanzaba el combustible para llegar de un pueblo perdido a otro más perdido aún. Caminos de tierra, páramos sin estaciones de servicio. Manolo llegaba manejando con sus dentífricos hasta que el auto decía basta en algún lugar de Traslasierra. Allí esperaba entonces la llegada de un compañero, primero la nube de polvo y luego el salvador con los dos bidones de nafta. Historias, reales y ficticias. Ficticias y ficticias. Algo en él me remitía a mi abuelo, también Manolo, que nunca conocí.
Lo vi por última vez un verano a fin del siglo, estaba con su mujer Porotita (la más chica de las Aramburu) los dos de punta en blanco. El resto, en bermudas, achicharrados, éramos la desgracia, mis tíos, en cambio, dos hidalgos, dos quijotes de la elegancia perdida.
La muerte se lleva estilos, repertorios. Nos deja referencias. La muerte fuerza las comparaciones.
* * *
En el año 97 vivía en Richmond, Londres, a cuadras de la casa de William Turner.
Lluvia, aún con el cielo despejado, lluvia. El verde era de color gris y si uno quería hablar con Buenos Aires temprano, tenía que esperar hasta el medio día. Desde mi ventana veía pasar (y escuchaba) los últimos Concordes.
Hebe, mi abuela, mi vida, mi todo, se había quebrado la cadera por segunda vez. Estaba internada. Pensé en volver, pero me tranquilizaron, no hacía falta. Sí, hacía falta y no me lo voy a olvidar. Nunca.
Llegué a casa, Gabriela me recibió en la puerta y yo supe que Hebe había muerto y literalmente me derrumbé, me hice un ovillo desmadejado al borde de la escalera. Y nada fue cómo antes había sido. Perdí la voz, o no quería hablar, o quería hacerlo en susurros y no moverme. Hay momentos en que creemos que si nos adormecemos, si invernamos como osos, la realidad también lo hará. Falso.
Esa tarde concluí, grande, que ya no era un chico. Que no había nadie que me viera y me tratara como a un chico. Había dejado de serlo, era un adulto. En ese momento pensé, por primera vez, ser padre.
La muerte es, sin más, el fin irremediable. Paradoja, también es un nuevo inicio.
La muerte, con suerte, nos convierte en cita.
La muerte es poner distancia, es ver las cosas desde otra perspectiva.
La muerte, por contraste, evidencia la fuerza de lo vivo. También su contracara, lo efímero de toda fuerza.
La muerte se lleva estilos, repertorios. Nos deja referencias. La muerte fuerza las comparaciones.
La muerte es, sin más, el fin irremediable. Paradoja, también es un nuevo inicio.
Guillermo García Avogadro, 6 de Septiembre, 2011
Etiquetas:
autoayuda,
Escritores,
filosofía al paso,
Hijos,
lugares,
personajes,
Pintura
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)