Pueden guardarte en una jaula por nada
Pero el amor es más fuerte
Andrés Calamaro
Me acuesto, mi cabeza está cansada de palabras corporativas (forecast, budget, tasks…) en la laguna el metálico croec-croec de las ranas, monocorde y naturalmente sincronizado. Mis hijos se van durmiendo mientras se cantan a sí mismos su versión de Manuelita, en vez de arrancarse los dientes golpeándose contra el borde de la cama. A veces una noche puede ser casi idílica.
En su última entrada Waldo nos recuerda la película de Abraham Zapruder, en la que se ve cómo el cerebro de Kennedy se derrama hacia atrás en el momento del impacto de la bala. Algo caerá sobre el vestido de Jackie, algo en el tapizado del convertible, en el agente de seguridad que cubre el cuerpo del presidente, en un guardabarros, en el asfalto de Dallas.
¿Dónde están los recuerdos? ¿Dónde han ido a parar? ¿Dónde la noche interminable de la segunda guerra? ¿Dónde el viento frío de enero, sobre la cara, el día del primer discurso a la nación? ¿Dónde la piel suave de Marilyn? ¿Dónde la secuencia de las diecinueve medicinas diarias? ¿Dónde el día que le tomaron la foto con su hijo John, saludando desde abajo del escritorio en el salón oval?
¿Dónde están los recuerdos? En cualquier lugar.
* * *
Conocí a Fernando Albinarrate cuando tenía dieciséis años, pero ningún piano, todavía. Tengo la sensación que era tarde y había terminado su práctica en uno desvencijado, infame del aula de música del Colegio San Miguel, en el borde más clase media de Barrio Norte. Llevaba un montgomery azul (en esa época ya no usábamos sobretodos, pero las madres muy protectoras no se resignaban a las camperas que no te tapaban el traste) estaba guardando las partituras Riccordi en una bolsa de tela azul, muy al estilo bolsa de hacer las compras. Calzaba anteojos de pasta y gruesos, insondables cristales verdosos, que hoy, treinta años después pareciera no necesitar.
En esa misma aula, su maestra advirtió, a los seis años, que precisaba lentes. Recuerdo cuando me contó el primer día que vio la cara de su su madre con mirada y sonrisa de madre y no como una nube sonora y borrosa. En el caso de Alby, primero fue el verbo, los tonos, el ritmo y mucho tiempo después las imágenes.
Su madre era Lola… ¿Puede haber nombre mejor que Lola, Lolita, para el personaje de la madre de un músico? Don Raúl, el padre, en su piso de soltero contaba haber tenido armado en un rincón su Rick´s Cafe, al estilo de la Casablanca de Bogart. Nunca estuve en ese piso, pero compartimos varios comidas en el Riobamba, antes que desangelara en pizzería.
Los tres vivían en un departamento de dos ambiente en la calle Juncal y pronto tuvieron que apretarse un poco más… había llegado a la casa un piano Kimball. Junto a ese piano, pasé las mejores tardes en los inicios de los ochenta.
Hace pocas semanas atrás, en un escenario de Buenos Aires, Alby le confirma a Alicia Terzian que su música es teatral, que ama al teatro. Raro, nunca fuimos, creo, juntos al teatro, aunque sí muchas veces al cine, muchas con Lolita y Raúl y con almuerzo en Edelweiss. Alby era fan de Bette Davis, La Malvada era una de sus favoritas, también de Charles Laughton y La noche del cazador. Hasta aquí ninguna coincidencia.
A los dos nos encantaba la Comedia Musical, sí, con mayúscula.
A mí desde que mi abuela Hebe me llevó al cine Callao a ver Erase una vez en Hollywood y a la salida bailé con mis siete años dos cuadras seguidas de la avenida. Nada nuevo.
Alby, creo, seducido por el jazz de Los Aristogatos.
Yo soy desafinado y en el baile, bien me puedo comparar, con una estaca pampa, bien clavada en una cancha de básquet.
Juntos escribimos tres comedias musicales y Alby particularmente componía para que yo pudiera darme un gusto en el escenario. También se lo dieron Marisa, Ticha, Tere, Sandra, Gabriela, Fernanda, Alejandra, Cecilia, Miguel, Daniel, Gustavo, Ezequiel, el gordo Costa, Julito, Ezequiel, Rizzo y decenas de coreutas.
Mi psicoanalista le recomendó el suyo. Digamos que somos primos por parte de terapeuta.
Alby dejó Derecho, se dedicó a la música y vive en París desde hace años. Yo también dejé Derecho, me recibí de Psicólogo y por años no escribí una sola línea.
Asimetría e inversión.
Alby estuvo en Buenos Aires la última semana de agosto para el estreno internacional de su Gavroche. Desde la tercera fila, a lo único que yo prestaba atención era a su piano. Como siempre, tocaba como si no pasara nada, como si estuviera practicando algo en su casa, tranquilo, dominando todo. No tengo vocabulario musical, no sé cómo explicarlo, había densidad sonora, profundidad. Algo fuerte, orgánico. Era el piano que yo recordaba de tantas veces, pero calzando el traje de Superman y con la capa roja al mango. Era el piano Kimball pero con genética de superhéroe.
Me paro y camino queriendo pasar por sombra en el medio del concierto, había vibrado el celular y tenía que llevar de urgencia a Benjamín al médico, a una guardia, lejos, a más de una hora de allí. Levanto un par de veces la mano, como diciendo, acá estoy, arriba, impecable, quiero que me veas, pero los focos del escenario son más fuertes y no da gritar ¡Grande Alby! ¡Maestro! No da y me voy, silbando bajito La Suma Navideña el primer hito de su curriculum.
Las salas oscuras siempre me cobijan, demoro la salida, antes de cruzar la puerta agudizo la mirada y recorro las plateas, nadie de los viejos tiempos.
¿Dónde están? En Cualquier Lugar.
Guillermo García Avogadro, 26 de Septiembre 2011
lunes, 26 de septiembre de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario