No hay día que no piense en ti.
(Fragmento de la carta del Príncipe Encantado a Blancanieves)
Si tenemos una sola imagen de esa película, será la de Allen y Diane sentados en un banco, al amanecer, frente al puente de la calle 59. Quizá por esa escena me hice devoto de esos bancos, de las plazas. Conversar hasta que el día nos cae encima… cosas que ya no nos pasan.
Pero para mí Manhattan no es esa imagen, es otra, es la de una pareja, elegante, besándose en la terraza de un pent-house con la ciudad atrás, presente y distante a la vez.
Para mí esa es la escena, tanto y tan olvidada, que decidí -a contramano de toda nuestra tradición- abrir con ella mi texto, con esa mujer y ese hombre, solos con ellos mismos, porque solos se bastan.
No importan los fuegos artificiales en el cielo, son en blanco y negro, tampoco la vida rutilante de los que lejos habitan la luz de su ventana, ellos solos se bastan.
Repasemos el guión.
Ike (Woody Allen) está separado de su mujer (Meryl Streep) y ella tiene la custodia del hijo. Él la amó y ahora la aborrece, tanto como quiere a Tracy (Mariel Hemingway). Tracy es muy joven… Ike es mayor que su padre.
Luego está el íntimo amigo de Ike, Yale (Michael Murphy) quien se acaba de enamorar de Mary, bastante más joven que su mujer. Mary ama a Yale, o al menos eso cree.
Pero por esas cosas de las películas Mary empieza a tener onda con Ike y el sentimiento parece ser recíproco. Ike termina ahora enamorado de Mary y se aparta de Tracy.
Y luego, para la sola desgracia –o no- de la mujer de Yale, en el último acto, Mary y Yale se reencuentran y Ike vuelve a buscar a Tracy.
Así contada, parece el juego de las esquinitas y entusiasma tanto como la descripción de la cadena de acido desoxirribonucleico de Megan Fox.
Esa tarde en el cine, lo que me encantó (como en un cuento de hadas) fue el mundo de esa gente, las conversaciones en Elaine´s y en las galerías del MoMa, el Hayden Planetariun y en el Central Park y fue allí ¡Oh, paradoja! donde me enamoré para siempre de Diane Keaton, de Mary, la anti heroína. Me enamoré porque era super femenina, frívola sí, inmadura también pero alegre y bien leída. Era como estar con mi amigo Fernando Albinarrate pero con el adicional, que Diane se prestaba para abrazarla, para tenerla entre los brazos.
Creo que de los cien egresados del Guadalupe de ese año, yo era el único perdidamente enamorado (con póster en el cuarto, sobre la cama) de Diane Keaton. Hubo otros amores, sí… pero siempre volveré a ese, mi primero.
Me enamoré de ella y su ambiente, tan diferente del mío, de mi Buenos Aires parroquial muy anterior a la guerra de Malvinas y a la caída del régimen.
En esos años no conocía personalmente a nadie que hubiera caminado por New York.
New York y la vida, sólo era en películas.
Ví Manhattan con todas las mujeres que quise, incluida mi abuela Hebe y con el tiempo me di cuenta que esa película de snobs y diletantes, aunque parezca lo contrario, es la reivindicación del amor sobre el intelecto.
Veamos. Isaac, Yale (como la universidad) y Mary son intelectuales y todos andan un poco desorientados en la búsqueda de la felicidad.
Yale es el académico que se jacta de escribir una biografía sobre Eugene O’Neill pero muere por tener un Porsche. Es incapaz de enfrentar la realidad e hipócrita, le pide a Isaac que actúe de modo diferente de cómo él lo hace, le recrimina su relación secreta con Mary.
Mary es periodista y no usa rímel, un poco inmadura y demasiado creída. Construye una lista de Sobrevalorados por la Historia donde incluye a Mahler, Fitzgerald y Van Gogh. Mary, la periodista y amante de Yale, es tan inmadura como él, pero transparente.
Isaac va y viene en su relación con Tracy y no está muy lejano del universo de Yale y Mary. Caso contrario ese planeta no lo atraería tanto.
Tracy con diecisiete años (igual que yo, en mi primera vez, en el Santa Fé 1) es equilibrada y gentil y hace que no escucha los chistes que cuentan de ella Mary y Yale.
Tracy sabe lo que quiere. Ama a Isaac de verdad y acepta la ruptura sin dramatismo ni histeria. También sabrá perdonarlo cuando sufra el despacho de Mary.
Tracy, naturalmente representa todo lo bueno, pero yo, en el año setenta y nueve, me enamoré de la mujer equivocada. Muchos años me llevaría darme cuenta. Gracias a dios (Allen Stewart Konigsberg) Diane Keaton también fue Annie Hall.
Tracy es el modelo a seguir, menos conversaciones sobre La Obra de Arte en la Época de la Reproducción Técnica y más humanidad. Menos palco en el Metropolitan y más movies en la cama compartiendo chocolate. Menos yo y más nosotros.
Como le dice Isaac a Mary “Nada que valga la pena puede ser asimilado por la mente. Tiene que entrar por una abertura diferente… y disculpa lo vulgar que pueda ser la imagen… Siempre he pensado que el cerebro es el más sobrevalorado de todos los órganos”.
Quizá desde siempre intuí que no podría ser el Isaac que Mary besa. Quizá tampoco lo quise ser, realmente. Quizá por eso elegí esa pareja anónima, en la oscuridad, en lo alto besándose, sin importarles nada, porque ellos solo se bastan.
Guillermo García Avogadro (desde un probador de Zara) junio 11, 2012

Me encantó...
ResponderEliminarY me convenció que mirar cine es como mirar una pintura, escuchar música, ver una obra de teatro, leer un libro o estar delante de una escultura... No se puede enseñar sino sólo después de haberse dejado tocar por lo que no toca pero provoca... Creo que por eso a mi lo que mas me estremece es el teatro, y al final la pintura y la escultura... el degradé de cada uno debe ser directamente proporcional al lugar donde lo humano más humano se nos hace entraña... a mí lo humano detras de la escultura y la pintura me resulta lejano. En el teatro en cambio, lo humano me es absolutamente cercano, me es mío, me es visceral...
Siií... definitivamente el teatro está primero, pero es tan fugaz que me resulta muy difícil escribir sobre una experiencia lejana como la versión de Galileo Galilei con Waler Santana, o Gris de Ausencia o Hamlet-Macbeth último acto... quizá lo inetente... te agradezco el comentario, me ha iluninado y desafiado. Abrazo, Guillermo
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