¿Para que sirven las mariposas?
Benjamín Avogadro
Calle Lamadrid al ochocientos, en la esquina Peybo, una modesta venta de electrodomésticos, al frente la policía federal y el almacén de Borgiani y Buzo. Al lado de la casa de mis abuelos, el taller de Massacheci, completamente negro y pringoso de grasa de motores. Massacheci me caía bien y alguna vez me dio una vuelta en moto. Luego la veterinaria y en su vidriera decenas de pollitos y el olor al alimento balanceado. A mitad de cuadra lo de la (estamos en la provincia) Esther Faral y sus tres patios, el último de tierra con gallinero. Esther era una santa y nos cuidó a Polaquito (el Dr. Zorrilla) a Julita y a mí (lo más parecido a los Tres Jinetes del Apocalipsis, en versión apto para todo público) durante la corta pero temible agonía de mi abuela Elena. En la otra esquina Valsecchi e Hijos, cueva de Alí Baba, ferretería enorme que con el tiempo se fue quedando con todas las propiedades de la cuadra. Quizá allí nació mi pasión, inexplicable de otro modo, por el rubro… era una de las famosas cinco esquinas… en la segunda, La Viña de Italia, comedor y pensión, donde buscábamos los domingos, tallarines con tuco, en una fuente enlosada. En la tercera, El Cuerno de la Abundancia, agencia de lotería, quiosco de revistas y parada obligatoria. En la cuarta una tienda (¿La Argentina?) donde un verano, en el colmo de le elegancia me compré nueve pares de medias Roberto de Vicenzo, cada una de diferente color, incluído coloradas y amarillo patito. En la quinta el cine Avenida, donde vi títulos del tipo La Sonrisa de Mamá (Palito Ortega y Libertad Lamarque) pero también El Ladrón de Bagdad y El Pirata Negro las dos con Douglas Fairbanks, que para esa época ya estaba recontra muerto y sepultado. Me queda sólo un recuerdo pero es más que suficiente, Fairbanks clavando su puñal en la vela mayor y dejándose deslizar a medida que el filo rasga la tela, con el viento en popa y los suyos matándose en cubierta.
Mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla, ni de un huerto claro donde madura un limonero, es evidente. Río IV no es Andalucía. Pocas mariposas y muchos cascarudos.
* * *
Las fotos vienen en tres formatos. Hoy son píxeles en celulares y tablets, en los noventa fueron álbumes malayos hechos de plástico, las anteriores, rectángulos de cartulina guardados en cajas y sobres.
Del colegio de los chicos nos pidieron fotos de nuestro primer día de clases. Las busqué, sin dudarlo, en cajas y sobres. Yo en blanco y negro, flequillo pesado, puro ojos, tan parecido a Andrés, con guardapolvo gris sentado en un banco de madera opaca más dura que el acero. Dudo de enviarla, temo que mis hijos, comparando, crean que su padre tuvo por compañeros en la primaria a los doce apóstoles. Tomo coraje y lo hago, la suerte ya fue echada hace cinco años atrás.
En otro sobre, yo de nuevo, ahora muy parecido a Benja (me pregunto ¿Veo lo qué es o lo que quiero ver?) en la terraza de la calle Lamadrid, con mediecitas tres cuarto, casi corriendo, en sepia, con mi tía Lali atrás, cuidándome y recuerdo, de nuevo, a Machado.
Una clara noche
de fiesta y de luna,
noche de mis sueños,
noche de alegría
El hada más joven
me llevó en sus brazos
a la alegre fiesta
que en la plaza ardía.
Laura (Lali) es el nombre de al menos veintidós canciones… de Dany Martin, Arjona, Charlie Parker, Nino Bravo, Raphael, Billy Joel, Roberto Carlos y Maná. Laura está presente en el título de al menos dos novelas. Laura es afín a la poesía.
Laura, Lali, era (es) mi tía más linda, mi tía Lali.
Una tía jovencita y su primer sobrino y ojos claros y sonrisa clara en la década del sesenta, la de la felicidad (ja, ja, ja).
Una tía jovencita que vivía en el palacio de la Porota ¿Una Princesita mediterránea?
Una tía jovencita que jugaba bien tenis y bailaba graciosa y cantaba como Adriana, aunque no recuerdo haberla escuchado cantar nunca. Lali tenía un novio alto, rubio, médico y de ojos celestes, del que estuve celoso, por supuesto.
Dí con ella (y con mi tía July) mis primeros pasitos en esa terraza de baldosas coloradas de la calle Lamadrid.
¿Para que sirven las mariposas? Para hacer más lindas las tardes, a la hora de la melancolía.
¿Para que sirve una tía linda? Para que Río IV luzca como Sevilla y una azotea sea un huerto claro.
A mí también, Antonio, una vez, el hada más joven me llevó en sus brazos.
Sumo una línea a la poesía de Laura.
El filo rasga la tela mientras el mundo se mata en cubierta.
Guillermo García Avogadro, 7 de agosto, 2012
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