miércoles, 15 de agosto de 2012
134. Iglesia de la Natividad
- ¿Dónde está el futuro?
- En la televisión
- No, adelante
- No, en la televisión…
- No, adelante…
- No…
(Diálogo de dos niños de cuatro años)
Viajo veinticinco horas (sin contar el remis hasta Ezeiza) haciendo escala en París y llego a mi destino final, mi hija mayor.
El destino final de los padres, ineludible, son sus hijos.
Emilia conoció en Los Ángeles a un productor de televisión Israelí y allá lo siguió y luego de siete meses, parece que todo ha terminado y aquí viene mamá sin estar muy segura si la llamaron o no, aunque siempre dispuesta a integrarse a cualquier equipo si la selección nacional de hijas mimadas la convoca.
Con la recomendación de que no me sellen el pasaporte -por si después quiero visitar algún país árabe- hago cola en Migraciones. Delante de mí una ex argentina, tarotista, residente en Tel-Aviv desde el 2002. Ciudad preciosa, me dice. ¿Es segura? pregunto. Por supuesto… ¿Vos vivís en Buenos Aires…no? Imperdible. Debo recorrerla. Hacelo en colectivo me grita en el oído izquierdo (ciega a mi falda y mi saquito color marfil, made by Prada, not La Salada, señora tarotista, tan preocupada por los precios de Galerías Pacífico). Pero eso sí… me recomienda… evitá las horas picos (claro, claro, digo yo…) es el momento que eligen los suicidas para volarse por los aires… es para causar más daño ¿Viste?
La convencí a Emilia que pasáramos juntas unos días en Jerusalén.
Jerusalén es una ciudad santa para los judíos, aquí se levantó el Templo de Salomón (el lugar donde moraba Dios mismo) y a uno de sus muros, todavía en pie, vienen todos los días centenas de hombres a rezar y hacer sus pedidos. Lo es también para los musulmanes que en el mismo espacio edificaron la Mezquita de la Roca, desde donde Mahoma se elevó a los cielos. Allí mismo fue juzgado y crucificado Jesús. No hay espacio de tierra en el planeta, con más concentración de sacralidad por centímetro cuadrado.
Evitamos algunos hoteles, el King David por el recuerdo del atentado, el Herodes porque nunca dormiría tranquila en la cama de aquel señor… (Me pregunto ¿Saben sus administradores lo que hizo ese hombre?)… y siguiendo esa línea desechamos otro par y finalmente caímos en éste ¡Oh error! que parece una remake de Feliz Domingo Para Todos en versión Hacoaj.
La épica de la tierra elegida y el terror de la Alemania nazi, ya fueron. En Buenos Aires, París y New York, los judíos viven bien o muy bien, integrados. Ni necesidad de huir, ni gestas fundacionales… y la tasa de natalidad de las familias hebreas en comparación con la de las familias árabes es bajísima ¿A qué apunto? Apunto a que la estructura demográfica de Israel está cambiando dramáticamente y que sus autoridades deben esforzarse para mantener el equilibrio entre los dos grupos ¿Entonces? Entonces salen de conscripción de socios e invitan a centenas de estudiantes americanos, de la colectividad, en plan fun tour, para ofrecerles un estilo de vida, mejor, una estadía en tierra santa, con la ilusión de que alguno volverá, elegirá estudiar aquí y quizás eche raíces.
Y nosotras en medio de todo ésto, chicos y chicas de Washington, Vermont, Maine, Wyoming y Minnesota… apilados en pasillos, en sofás y en el suelo, entrando y saliendo, una, cien, mil veces de sus habitaciones y de las de otros, e ingentes e inmanejables cajas de pizzas y botellas por todos lados y fiestas nocturnas y llantos despechados y colas infinitas en los ascensores y un calvario, que ni siquiera la inmensa caja de trufas de El Viejo Oso que traje de Buenos Aires puede mitigar… al final creo que nos equivocamos, que el Herodes no hubiera estado tan mal.
Hoy un guía nacido aquí y casado con una uruguaya nos lleva a Belén (Bethlehem, que significa…casa de carne… ¡Qué asquito… ughff!).
Belén está a unas setenta cuadras de nuestro hotel. Imagínese que sale de Santa Fé y Callao hacia el norte y a la altura de Cabildo y Congreso se encuentra -cortando la avenida, a mitad de cuadra, de lado a lado- con un muro de planchas de cemento, de tres pisos de alto y tiene que bajarse del auto y cruzar una rampa cubierta de alambre tejido, mientras la vigilan desde torres de seguridad fortificadas. Todo luce a guerra fría, a intercambio de rehenes en un puente que une, precario, Este y Oeste. Y reflectores y pintadas en los muros y revisión de pasaportes ¿Y cómo dos mujeres solas? y hostilidad y paso rápido y miradas furtivas y entonces nos vuelven a meter en otro auto, ahora del lado contrario del muro y con un guía cristiano-palestino. Es la tardecita, está nublado y pronto se hará de noche.
Hay viento y olor a pólvora en el viento. Nadie o casi nadie en la calle. Ventanas y puertas de casas y tiendas, cerradas. Escombros, cables caídos, vidrios rotos y el auto que cruza veloz cada esquina.
Estacionamos en una plaza seca, color tiza y caramelo, empedrada, que a modo de pasillo desemboca en la Iglesia de Natividad, la iglesia que guarda la gruta del pesebre, el lugar donde nació Jesús.
Primera desilusión, uno de los lugares más sagrados de la cristiandad no es otra cosa que un paredón sin forma, en el fondo de la nada. Piedras irregulares castigadas por la metralla y una puerta diminuta (la puerta de la humildad) que debemos atravesar en cuclillas. Luego me enteraría que no fue cuestión de presupuesto limitado, fue una medida de seguridad: evitaba que los soldados entraran a caballo al templo. El dintel, tres bloques oblongos (¿Puede haber mejor palabra para describir lo tosco, lo feo, lo soso?) pesados, desiguales y sin inscripción alguna.
Llegamos hasta allí casi marchando como marines, custodiadas por tres voluntarios con rifles pesados, en el interior todo remite a mundo oriental, iconos oscuros y lámparas de aceite en vidrio coloreado, dispuestas en guirnaldas. Goteras, luz mortecina, pisos entablonados y deterioro ¿Dónde estamos? Hay que bajar cuatro o cinco escalones -curvos y gastados -y allí abajo, indicado con una estrella de plata el lugar del nacimiento y más íconos y sombras y un cable de donde cuelgan algunas bombitas de luz, algunas encendidas (25 watts) otras quemadas, por como (no)lucen, desde hace años. Estamos solas, nos sacamos un par de fotos… pero la emoción no aparece, nadie le avisó que estábamos aquí abajo. Me desilusiono de no emocionarme. Salimos, pasamos ahora por la parte católica, toda la visita fue como si me metieran en el lavarropas y me zarandearan entre un montón de prendas, con el motor aturdiendo y el agua turbia y los giros y giros y el desconcierto y luego, rapidito (fue un programa corto) alguien me cuelga en el tender para ser planchada y entregada en la habitación del hotel lista para ir a comer. Todo muy lejos de la hermana Consuelo, del catecismo, de las misas de gallo y del Pesebre Viviente en el Redentor.
Nunca el significado, fue tanto más fuerte que el significante.
Es de noche y se desata una tormenta eléctrica.
El guía nos cuenta que hace unos años, nueve de cada diez habitantes de Belén eran cristianos. Hoy son menos de tres, en poco tiempo no quedará ninguno.
Yo digo que me impresionó el estado de abandono de la iglesia, casi desidia… vergonzante.
Sin sacar los ojos del camino el hombre sonríe y explica que eso no tiene nada que ver con los palestinos… Despacio deja caer las palabras Status Quo… un documento de más de trescientas páginas que regla casi toda la vida en la Iglesia de la Natividad y preserva las relaciones entre el clero romano, el ortodoxo y el armenio, que más de una vez se han tomado a los golpes, largamente.
Todos se disputan la propiedad del lugar, dice.
Por ejemplo… la llave de la puerta está bajo custodia de los ortodoxos… sólo ellos pueden abrirla… En 1853 un incidente con ese pedazo de hierro justificó la Guerra de Crimea... Los romanos tienen uso exclusivo del pesebre de la gruta pero no pueden limpiar la estrella de plata del nacimiento ni celebrar misa en ese lugar… En días alternos a romanos y armenios les es permitido limpiar los escalones que llevan a la gruta… hay sectores del templo exclusivo para cada cual… pero nadie puede introducir ningún cambio… nada puede cambiar…
Miro la cara de Emilia apenas iluminada por las luces del tablero. Va en su mundo revisando por enésima vez el correo que nadie le escribe. Lleva el pelo arreglado con dos hebillas, parece una enfermera de pueblo.
Se muerde el labio y dice, inaudible…
- Ma… ¿Crees en el destino?
- Algunos ven al destino como un riel que nos lleva directo a la estación terminal… para mí es como la noche… una noche donde nos perdemos.
- Má… podés dejar de hablar para el blog… sonás peor que Mr. Gardiner.
- ...Creo en el futuro.
- ¿Crees que tengo futuro?
- Dejá de hablar para dar pena… sonás peor que Ana O.
- Se ríe. ¿Dónde está mi futuro?
- Adelante.
Alicia Lis, 15 de agosto, Jerusalén, 2012
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