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jueves, 23 de agosto de 2012

135. Obacaesnas


Seguimos en el hotel “Feliz Sabbath Para Todos”.
Hacía mucho que no compartía el mismo cuarto con mi hija.
Hemos puesto las camas a un lado y nos acostamos en bolsas de dormir.

Cuando murió Patricio, mi marido, me daba miedo irme a la cama sola. No quería invitar a nadie que me hiciera compañía, pero menos que menos preocupar a los chicos… así que los ocho nos íbamos de campamento al living… comíamos sándwiches, mirábamos las estrellas por la ventana y el sueño nos llegaba entre historias de miedo, que cada cual contaba desde su colchón, uno muy al lado del otro.

Hoy Emilia me pidió dormir en carpa y yo no me pude negar.

Con los ojos clavados en el cielorraso, apenas iluminado por el neón del garaje de enfrente, ella recita su malquerer y como le pasa a todo el mundo, en estos casos, confunde educación, cariño en el mejor de los casos, con amor.

El hombre la dejó y parece que sigue solo, y quiere seguir así, evitando todo compromiso.

No la llama, pero si ella le manda una chocotorta (o la mejor versión que una chica muy goy pueda hacer con productos kosher) él le agradece y le dice que es la mejor repostera y Emilia se hace ilusiones pero todo termina ahí. A veces le escribe algo cortito, como por ejemplo, Te recomiendo que veas una serie nueva, Sherlock Holmes… creo que te va a gustar y recibe como única respuesta… Me encantaría… pero estoy agotado… Y Emilia piensa en mandársela en DVD, para que él la mire cuando tenga un tiempo, quiere seguir compartiendo algo… pero no lo hace, no quiere mendigar, no quiere ser la pesada del grupo… Y pasan los días y vuelve sobre lo mismo pero de otra manera y le deja El Extraño incidente del Perro a Medianoche, que es como retomar el tema de Sherlock por otra vía (más dulce, más sensible)… y él de nuevo le agradece escribiendo… llevo al libro a todas partes… me encanta… Y mi hija cambia el nombre común libro, por el nombre propio Emilia y sueña un rato con él y con ella, juntos, pero temprano se despierta y está sola, en una historia que no es la suya y sufre y a mí no me gusta verla así.

Quiero traerla a casa, pero es inútil que haga o diga cualquier cosa, Emilia, sola, tiene que desinteresarse de un juego donde es la única que tira los dados, mueve las piezas, avanza y retrocede, termina la partida y ordena el tablero otra vez, para ofrecerse revancha.

Tengo una imagen en la cabeza, es la de un chico y su perro al atardecer. El chico tira un palo lejos, entre los pinos, en el bosque cerrado y húmedo. El perro va, lo busca y regresa feliz, es el juego de siempre. El chico con desgano, sin darle ninguna importancia lo tira más lejos y el perro viene con él de nuevo. Así una y otra vez, indefinidamente. Con cada tiro el palo cae en profundidades más oscuras y en una vuelta el perro ya no regresa. Sólo se escucha el ruido del viento entre los árboles. Entonces el chico tira dos piedritas al agua, vuelve sobre sus pasos y se va.

¿Triste, no…? Abandono por cansancio, dejarse perder en la niebla.

Puestos a elegir, prefiero el dueño que le parte el palo al perro en el lomo y da vuelta la cara para no verlo escapar entre aullidos. Claro y distinto. Definitivo y categórico.

Una vez una psicóloga me dijo que las relaciones entre hombres y mujeres necesitan explosión, necesitan una dosis de violencia, que el exceso de cortesía, contrario a lo que podemos creer, no ayuda. Quizá tenga razón, pero sé que Emilia no va a dar un portazo sonoro y el otro tampoco. Sólo resta, niebla y cansancio.

* * *

Sale el sol.

En mi mesa de luz, como en la de Catherine Deneuve, un frasco de Chanel N°5. Nunca como en la de Marilyn… siempre duermo en camisón, aún en una bolsa rellena de plumas duvet.

Emilia despierta adentro de una remera de la UCLA, talle XXLL, no creo que la haya comprado ella. Se da una ducha rápida, de vuelta toma el frasco pequeño, de líneas netas, glamour y austeridad, y con las yemas de los dedos se pone dos o tres gotas, apenas, detrás de las orejas. Es divina (soy la madre).

- Papá siempre decía que le gustaba el perfume de tu cuello…Ma… ¿Hoy vamos a la Iglesia de los Peces y de los Panes, no?
- Sí, claro
- ¿Te parece bies éste?

Me muestra un vestidito mínimo en seda naranja. Tiene el pelo largo, lacio y brillante.

- Má… ¿Me prestás la esmeralda de Colombia?

Sus ojos brillan, la niebla está levantando. Sanseacabó.

Alicia Lis, Jerusalen, 23 de agosto, 2012

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