Estuve en Mar del Plata durante el fin de semana. Clima ideal para hotel con mala calefacción: soleado, seco y sin viento.
Escribí estas líneas sentado en la Boston, café con leche y una docena de medialunas.
En playa Varese algunos surfistas esperan su ola.
El surf es un deporte para menores de veinte, pasada esa edad es imposible que alguien tenga el tiempo y la paciencia para esperar y esperar–imperturbable- la dichosa y esquiva ola.
Los perros (sin traje de neopreno) entran al mar corriendo y salen corriendo al primer contacto con el agua helada. Los perros son muy humanos. Los surfistas, no (andan descalzos por la calle o con el pecho descubierto en pleno junio).
Me gustan los balnearios en invierno: cuadras de negocios cerrados con vidrieras a medio desarmar, bares a los que todo les queda grande, inmensos estacionamientos vacíos, maleza creciendo entre los parches del cemento, carteles descoloridos medio arrancados por el viento, playas vírgenes de carpas, sombrillas y reposeras, arena infinita, balnearios cerrados, piletas vacías con apenas un charco de agua, puertas y ventanas tapiadas, algún gato, botellas y cajas, un diario volando, pocos perros.
Lo que queda cuando nada queda ¿Será esto la eternidad?
De los libros de Milan Kundera me encantaron La insoportable Levedad del Ser y La Inmortalidad.
En el prólogo del primero clasifica las personas según dos tipos: los que viven la vida como algo leve y los que no.
Para los primeros, cada situación que deben enfrentar en su vida no es mucho más que un ensayo general, si hay error también hay posibilidad de corregir, el ambiente es seguro, se pueden experimentar opciones, nada es definitivo. La ansiedad ante la respuesta perfecta no los paraliza; porque una respuesta así no es necesaria (ni posible) todo se está haciendo y rehaciendo, todo es de paso y provisional.
Por el contrario, para el otro grupo la vida sería como una-única función frente al auditorio más crítico y exigente. Las consecuencias de lo hecho nos acompañan siempre. Lo que sucede, sucede una vez y sus efectos son eternos.
Esta gente vive agobiado por el peso de la decisión, por la búsqueda de lo acabado y preciso.
La Inmortalidad se inicia diciendo que el repertorio de gestos humanos es limitado; que hay menos gestos que personas. Muchas veces al encontrar un parecido, lo que hallamos no es más que un gesto que se repite. Nos asombra –bobamente- encontrar un gesto nuestro en un hijo y nos enamoramos de mujeres que sonríen y miran del mismo modo. Las personas pasan y los gestos quedan.
Los que creen que todo es para siempre, viven bajo el peso de lo eterno. Al contrario de lo esperado, la eternidad los agota y paraliza.
Los que se saben contingentes viven más livianos. Dando menos importancia a las cosas las viven más plenamente. El mundo es tenue, el gozo sutil.
Los gestos nos preceden y nos heredan,
nos dan la bienvenida y nos despiden.
¿En quién encarnará el modo
en que inclinas tu cabeza
y quitas el pelo despejando la mirada?
Los gestos son inmortales, nosotros no.
Waldo Williams, 10 de junio
jueves, 10 de junio de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
La vida es leve cuando el aprendizaje creativo es parte de ella. Y está orientada la eternidad, que no es sino el aprendizaje amoroso de lo creado y del Creador. Y por eso es eterno.
ResponderEliminar