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jueves, 17 de junio de 2010

26.Jugador de metegol

En este blog no hablamos sobre La Feria del Libro (mucho de feria y poco de libros) ni de Copa Mundial de Fútbol, porque el único fútbol real son los partidos que jugamos de chicos.

Siempre fui mejor jugador de metegol que de cancha grande.
En cancha grande me percibo más como un perro o durmiente de quebracho que como deportista de alta competencia.

En el pan y queso siempre último o penúltimo.
Posición de juego más destacada: defensor, junto a mi amigo y colega Esteban Martini.

Goles realizados en campos de juego: ninguno.

Sin embargo hubo un verano, el de los once años tal vez, donde el futbol fue mi pasión y una carga pública para mi primo el Dr. Benjamín Zorrilla.

Como todos los años, pasaba las vacaciones en la casa de mi abuelo Papalito en Río IV.

Digresión: mi abuelo se llamaba Julio Belisario Molina y le decían “Lalo”.
Yo fui su primer nieto y ante la imposibilidad de llamarlo –como me pedían que hiciera- papá Lalito, lo rebauticé Papalito, apelativo que se convirtió en marca registrada para el resto de sus días.
Extraño destino el del nombre de los abuelos, cambia inexorablemente según el antojo balbuceante de sus nietos. Muta cuando ya lleva más de media vida de persistencia.
El sonido de nuestro nombre, con todos los efectos psicológicos que opera sobre nosotros, cambia con la llegada de un nieto y de algún modo ese cambio también nos afecta a nosotros. No es lo mismo ser Lalo que Papalito, definitivamente no; Lalo y Papalito no son ni pueden ser la misma persona.

Retomo. Mi primo Benjamín -Polaco, porque de chico era “blanco como un polaquito” (sic)… Me pregunto ¿Si era tan blanco, no tendríamos que haberle llamado “Albino”? …- vivía en Río IV en el Barrio Bimaco (que puede sonar a nombre de cacique Ranquel, pero que tiene su origen en los apellidos de los desarrolladores del barrio: Biset, Maquiarola y Cía.).
Bimaco (a secas, como le decíamos) estaba en las afueras y se llegaba con colectivos que eran múltiplos de cinco (el Cinco, el Diez y el Quince) y que pasaban a las menos diez a las y diez y a las y media tanto de ida como de vuelta (una fiesta para Adrián Paenza).

En Bimaco las calles eran de tierra y el viento las convertía en nubes ásperas y oscuras. En Bimaco había campitos grandes e irregulares por todos lados.

Ese verano juagamos mucho al futbol en el campito que estaba frente a la parroquia.
El Dr. Benjamín Zorrilla, Polaco, jugaba de arquero y venía con su primo de Buenos Aires (o sea yo, un virtual desconocido).

El campo de juego tenía forma trapezoidal con límites elásticos e imprecisos que iban desde la casa parroquial hasta los cajones de verdura de un mini-mercado lejano.
Se gambeteaban postes de luz. Ni la calle ni los partidos de bochas (que compartían el espacio) eran obstáculos para piques, paredes ni tiros de media distancia.

En esas tardes infinitas yo fui un jugador de toda la cancha. Subía y bajaba-subía y bajaba, mandaba pases a ningún lado, probaba al arco sin paz ni cansancio, era mi momento ¡Maleta! Sí, maleta; pero girando y girando en la cinta del aeropuerto Charles De-Gaulle.

Del otro lado había un cordobés habilidoso, el bueno, el goleador, al que sin querer –de puro torpe nomás - le arruiné jugadas y tardes enteras a pura obstrucción y patadas. Mi primo Polaco (el Dr. Zorrilla) intentaba calmarlo explicándole que no era saña ni mala intención, que yo jugaba al rugby y que bueno…estaba…digamos…acostumbrado a jugar fuerte. Creo que, pese a todo, algunas veces la cosa terminó a las piñas.

Esos partidos no tenían resultados mezquinos, diecinueve a catorce era un score típico.
No había pitazo del referí que diera por terminado el encuentro: nos íbamos cuando la noche era tan cerrada que ya no podíamos distinguir la pelota de un cascote.

Transpirados y sucios, desarrapados, en camiseta o cuero nos subíamos a nuestra bicis (Polaco a su Aurorita azul yo a mi Halcón naranja) y nos íbamos pedaleando, jugando carreras, “andando sin manos” hasta la casa de la calle Timbó.

Polaco y yo vivimos la vida como algo leve, caso contrario, imposible disfrutar una tarde de futbol conmigo como primo, compañero de equipo o adversario.

La noche es cerrada y caliente. Los bichos asedian. Bimaco es el mundo.

Guillermo García Avogadro, 17 de junio

1 comentario:

  1. Me gusto mucho. Recuerdo interminables partidos de futbol en mi barrio, cuando era chico, cuando Lugano tambien era el mundo.

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